Sugerencia para contemplar el nacimiento de Dios

 

Al igual que se hace al rezar frente a un icono o imagen sagrada, rezar ante el portal o pasear en torno a uno de los muchos belenes que engalanan nuestras plazas y casas puede ser una forma creativa y hermosa de orar. Cuando oramos, más que pensar tratamos de sentir. Es como dejarnos tocar el corazón por una melodía o cautivar por el aroma de una flor. Orar es una experiencia que afecta a los sentidos, más que un ejercicio racional. Por eso, al orar ante el portal de belén, más que reflexionar, tenemos que dejarnos llevar por los sentidos: sobre todo el de la vista.

 

A modo de sugerencia, podemos imaginar la escena del portal de Belén, bien directamente ante un nacimiento o con los ojos cerrados imaginando la escena. Se trata de visualizar este acontecimiento como si de una película se tratara, comenzando desde un plano general para terminar en un primer plano. Lo hemos visto muchas veces en las películas; un plano general es una imagen abierta en la que caben muchos personajes. Este plano nos presenta una escena amplia, sin entrar en detalles. Pero al mismo tiempo que la cámara se va acercando, algunas cosas quedan fuera del encuadre, mientras que otras se van mostrando con más claridad hasta descubrirnos los más pequeños detalles.

 

La Navidad no es sólo una foto fija. Los días de la noche buena y de Navidad pueden ser como la presentación de la escena. Es una escena abierta. En ella vemos muchos personajes: los ángeles, la estrella, los pastores con su rebaño, el buey, la mula, María, José y el niño en el pesebre. Pero al mismo tiempo que la Navidad va avanzando, el objetivo de nuestros ojos se va centrando en algunos aspectos más concretos. Por ejemplo, el día de la Sagrada familia la cámara avanza hacia la figura de tres personajes centrales: María, José y el niño. No es que hayamos echado del portal a los ángeles y a los pastores con sus animales, simplemente nos vamos centrando lentamente en la familia que Dios ha elegido para hacerse uno de los nuestros, meditando sobre lo que ello puede significar también para nosotros.

 

Si seguimos con el avance de la cámara, llegamos a una imagen todavía más reducida, en la que desaparece san José para quedarnos con la entrañable presencia de María con su hijo. María no sólo es la madre de Jesús, sino también la madre de Dios, del Mesías, la Palabra de Dios hecha carne para dinamizar nuestra historia. Esa Palabra es una palabra viva, que dialoga con la humanidad, incluso desde el silencio y la entrega generosa de la Virgen.

 

Finalmente, en la Epifanía, la cámara nos lleva a un primerísimo primer plano del niño Jesús. No importa que ya no veamos a los demás personajes; ni tan siquiera a los magos de oriente que le traen el oro de los reyes para que rija el universo, el incienso de los sacerdotes para que ofrezca el más excelso de los sacrificios y la mirra de los profetas que anticipa su sufrimiento; no importa porque en ese primer plano, y si nos fijamos bien, podemos ver reflejados en los ojos del niño Jesús la silueta de todos los pueblos de la tierra, representados en las diferentes razas de los magos de oriente. De esta manera, el primerísimo primer plano del niño Dios, lejos de difuminar lo humano, lo lleva a su máxima expresión. Sus ojos no son sólo la mirada de Dios, sino también la mirada de toda la humanidad. Una humanidad que alcanza su máxima expresión y esplendor en la frágil y al mismo tiempo maravillosa mirada de un niño.

 

Con esa mirada en el corazón dejamos el belén en miniatura para volver a los “belenes” reales en donde todos nosotros vivimos, cada uno representando un papel. ¿Cuál sería tu papel si la vida fuera un belén y tú una de las figuritas?

 

Pascual Saorín Camacho, Párroco del Sagrado Corazón de Jesús (barrio de san Diego)

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