Introduzca alguna palabra de búsqueda.

Noticias de interés

Semana Santa 2015. Vuelve a Jesús, mira a tu hermano

Vida Nueva

El Siervo de Yahvé siempre es para nosotros interpelación y clave, desecho de los hombres, Varón de dolores, a la vez que exaltado y preferido. Él es el crucificado que ha resucitado. A nosotros solo nos queda caminar con Él y profundizar en su amor, del que nada ni nadie nos podrán separar. El camino de la cruz que ahora emprendemos es un camino en el que la compasión y la indignación se unen para lograr la transformación. Por eso, en el triduo pascual, nos atrevemos a “volver a Jesús y mirar al hermano”.

I. Jesús, condenado y agredido por una economía que matacada vez se hace más densa la noche.La pobreza se torna miseria y exclusión.No tenemos pan para los hijosy nuestras redes están vacías.El futuro se nos muestra incierto.Te presentamos a los condenadosde la tierra.Son condenados al hambre,al desempleo, al desprecio,al desamparo y a la represión.¡No permitas que se les robela esperanza!Ayúdanos a descubrir en ellosel rostro de tu Hijoy a servirles con nuestra acogida, escucha y entrega.

 

Es reo de muerte. “¡Crucifícalo!” (Mt 26, 66; 27, 22)

La condena apresurada de Jesús por parte de los que detentan el poder, en connivencia con un gentío que clama ¡crucifícalo!, es el primer paso hacia su muerte. El Jesús que “pasó haciendo el bien”, curando a los oprimidos por el mal (Hch 10, 38) y llevando la buena noticia del amor del Padre a los más pobres (Lc, 4, 18) ahora es condenado y cargado con la cruz del pecado: “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia” (1 Pe 2, 24).

Jesús, condenado, carga con la cruz de la injusticia y la inequidad. ¡Y cómo pesa! Es también el peso de todas las injusticias, con sus graves consecuencias sociales: precariedad y exclusión social, desempleo, desahucios, hambre…

Contemplamos a Jesús en el rostro de tantas personas empobrecidas que sufren las consecuencias de una crisis económica, social y ética. Una crisis que no es solo causa, sino consecuencia de un modelo social injusto, al que la misma crisis retroalimenta y fortalece.

Por el vía crucis de nuestro país caminan los casi doce millones de personas afectadas por algún síntoma de exclusión, de los que cinco millones viven en exclusión severa. Estefanía es una de ellas. Madre de cuatro niños, vive en uno de esos barrios que el papa Francisco considera más hechos para aislar y proteger que para conectar e integrar (cf. EG 75).

Un día se encuentra con su párroco y, ante la pregunta de este sobre cómo se encuentra, le responde: “Padre, se habrá dado cuenta de que últimamente nos vemos con cierta frecuencia en Mercadona; pues no piense que voy a comprar, sino a pillar algo”. Y le explicó que, cuando va el frigorífico y no hay nada para dar de comer a sus hijos, sufre un dolor tremendo, pero cuando está intentando robar algo, siente pánico por las consecuencias. Ella es uno de esos rostros de Cristo condenado y agredido.

También caminan por el vía crucis del mundo 1.300 millones de pobres que viven con menos de un dólar y los más de 50 millones de desplazados de sus países, de los que 3.400 murieron en el mar Mediterráneo intentado llegar a Europa (Amnistía Internacional).

Y ante esta realidad, nos preguntamos: ¿quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas nuestros?

Y nos acordamos de lo que dijo Pablo VI: “El mundo está enfermo. Su mal está… en la falta de la fraternidad entre los hombres y los pueblos” (PP 66).

Quien condena es un modelo social que confunde desarrollo humano con crecimiento económico, “sin un rostro y un objetivo verdaderamente humano” (EG 55), en el que impera la ley del más fuerte y el juego de la competitividad para sostener un estilo de vida que acaba excluyendo a otros. Es la sacralización de la desregulación del mercado y el dogma del crecimiento ilimitado. En la génesis de esta economía que mata, está la gran mentira: a mayor enriquecimiento, mejor les irá a los menos favorecidos (cf. EG 54).

Condena un sistema cultural basado en la perversión de los valores sociales, en el que se cambia solidaridad y hospitalidad (con el extranjero) por seguridad, y en la promulgación de otros contravalores: el beneficio inmediato, los resultados con independencia del esfuerzo, el fraude fiscal, el olvido de lo gratuito… Es el triunfo de “la cultura del descarte” (EG 53).

Condena una clase política que ha perdido su capacidad para gobernar por el bien común, frente al creciente poderío de lo económico. “¡El dinero debe servir y no gobernar!” (EG 58).

Y corre el peligro de condenar una Iglesia “autorreferencial”, encerrada en sus estructuras poco acogedoras y burocráticas, incapaz de responder a los problemas de la gente (cf. EG 63).

Este modelo no solo genera exclusión, también la gestiona: mide y descubre la pobreza como carencia, trata de invisibilizarla, culpabiliza a los pobres de su propia situación y los considera como gasto que amenaza el bienestar social. “Este es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas” (EG 59).

Queremos contemplar a Cristo en cada uno de los condenados por nuestra sociedad. Creemos que nuestro lugar, como creyentes y como Iglesia, es estar al lado de tantos crucificados con la mirada puesta en Jesús. Estamos llamados a acogerlos, escucharlos en sus dolores y sentimientos, protegerlos y acompañarlos en su camino de cruz para que les lleguen la esperanza y el gozo del Evangelio. “Hoy tenemos que decir no a una economía de la exclusión y de la inequidad” (EG 53). Es necesario un verdadero desarrollo que priorice la vida digna de todos.

Padre bueno,