Homilías

El bautismo del Señor (Ciclo A)

Homilía: El bautismo del Señor (Ciclo A)

Hace una semana celebrábamos la Epifanía contemplando al niño Jesús junto a su madre recibiendo las ofrendas de los sabios de oriente; ahora damos un salto grande en el tiempo y nos situamos más o menos 30 años después. No se trata de ignorar lo que se ha dado en llamar “la vida oculta de Jesús”, pues esta tiene un profundo valor, sino de conmemorar el acontecimiento con el cual podemos decir que Jesús inaugura de forma explícita su misión entre nosotros.

Resaltando lo anterior, hemos de subrayar algo importante para no dar la impresión de que Jesús estuvo perdiendo el tiempo 30 años y de que ese tiempo, por tanto, pudo ser un tiempo inútil, ya que su vida fue una vida tan normal y discreta que hasta los vecinos se sorprendieron cuando descubrieron toda la sabiduría que atesoraba. Y es que el tiempo de Dios no es igual que el nuestro. Por eso a la liturgia cristiana no le importa saltarse 30 años en una semana y pasar en esos 7 días del Jesús niño al Jesús maduro. Esto es así porque toda la vida de Jesús forma parte de una misma realidad, de un mismo acto de amor que se derrama en diferentes momentos acomodándose a la naturaleza humana. Todos esos actos, por pequeños e insignificantes que sean, tienen una misma fuente y un mismo valor; en cada uno de ellos está presente plenamente la Salvación de Dios.

Lo que Jesús hace a lo largo de su vida es poner un amor sin condiciones en cada cosa; de esta forma, desde nacer en un pesebre hasta morir en una cruz, pasando por clavar púas en la carpintería, aprender la Torá con otros niños, orar con su madre, retirarse al desierto, elegir discípulos, predicar, curar o celebrar la Pascua ofreciéndose como víctima viva… todo es lo mismo: un único acto de amor capaz de romper las garras del mal y vencer a la muerte. Así, podemos decir que la sombra de su cruz se extiende hasta el pesebre; que en la última cena también hay un niño indefenso perseguido por el mal o que en su bautismo se manifiesta la misma gloria de Dios que en el monte Tabor. Para Dios no existe el tiempo; eso es algo nuestro que Jesús asume como parte de nuestra realidad, pero Él va más allá; Jesús es el tiempo de Dios, su eternidad amorosa hecha carne, capaz de derramar su misericordia infinita en solo una mirada o en una sonrisa.

Una vez hecho este preludio, debemos sumergirnos en esta escena de la vida de Jesús, la que supone la “puesta de largo” de su vida pública. El bautismo de Jesús es el primer momento en el que claramente se empezaría a manifestar quién era realmente Él.

Conviene aclarar también que el bautismo que Jesús recibe tiene poco que ver con el bautismo que nosotros conocemos; es decir, el primer sacramento del cristiano. Juan Bautista simplemente celebraba a orillas del río Jordán uno de los ritos que los judíos tenían para manifestar públicamente su arrepentimiento ante Dios y ante los hombres y así convertirse al Señor. Se trataba, por tanto, de un rito de purificación espiritual e interior que se exteriorizaba a través de un baño externo con agua. En otros momentos de la biblia este signo del agua se cambia por ceniza o por ofrendas, siendo ritos y gestos que podían repetirse en diferentes momentos de la vida. Evidentemente nuestro bautismo tiene poco que ver con aquellas expresiones de arrepentimiento, no sólo porque sólo lo recibimos una vez, sino porque nuestro bautismo no es un bautismo “de agua”, como el de Juan, sino un bautismo de fuego, en el Espíritu. El bautismo que Jesús inaugurará con su muerte y resurrección no es un simple “arreglo” del alma, o “reparación” del espíritu, sino un cambio radical de vida que orienta definitivamente hacia Dios.

Si esto es así, podemos preguntarnos ¿Qué hacía entonces Jesús en aquel lugar? ¿Por qué Él, que iba a inaugurar un bautismo nuevo y que no tenía pecado alguno, estaba allí pidiendo a un hombre que le bautizara? La respuesta es sencilla y lo extraño hubiera sido que hubiera empezado su ministerio desde otro lugar. El primer paso público de Jesús no podía ser una nota desafinada de lo que sería su melodía vital: una melodía de sencillez y pobreza, de cercanía tan profunda al pueblo que ni el mismo pueblo se percibe de su presencia. Cristo ocupa el último puesto, se pone en la cola de los pecadores, va donde están aquellos que buscan un cambio de vida; en ningún momento quiere aparecer como el maestro, como el que sabe, sino que prefiere hacerlo todo desde abajo, para que aquellos que están abajo puedan tenerle al lado como un hermano que salva, no como un rey que legisla sin conocer la realidad.

Es precisamente esta actitud de Jesús y este estilo nuevo y escandaloso lo que manifiesta la verdadera gloria de Dios. Es este un estilo que Jesús no se inventa. Como presencia de la gloria de Dios Él sabe lo que quiere; pero como hombre, esa sabiduría ha tenido que aprenderla; ha tenido que ser instruido en ella y desde luego ha tenido que sentirse profundamente identificado en la tradición de sus padres. Así recobran pleno sentido las profecías de Isaías que hoy volvemos a leer en las lecturas. Es realmente hermoso repasarlas y ver cómo encajan perfectamente con la figura de Jesús.

Si tomamos como ejemplo el texto de Isaías que hoy se nos propone, vemos cómo hay una intervención directa de Dios hablando para dos interlocutores: el primero de ellos es el pueblo ante el que presenta a su elegido, a su “siervo” destinado a ser la salvación de todos. En un segundo momento Dios habla directamente al elegido, al siervo, enfrente de todo el pueblo, comprometiéndose ambos públicamente. Volvamos brevemente sobre este precioso texto:

1º. Dios se dirige al pueblo para presentarle al Siervo que les salvaría.

• Le presenta con dos palabras: “siervo” y “elegido”, y proclama que pondrá su Espíritu sobre él, lo que implica que la presencia del “siervo” será su propia presencia.

• Define cuál será su misión: por él las naciones conocerán sus juicios; es el mediador perfecto, aquel que podrá comunicarle la voluntad de Dios en un lenguaje que los hombres puedan entender claramente. Su misión será recuperar lo débil y salvarlo. • La estrategia: el silencio, la vida discreta y la resistencia frente al mal; un estilo nuevo y hasta escandaloso viniendo de un rey todopoderoso.

2º. Dios le habla al elegido directamente:

• Te he llamado y te he cogido de la mano. Gestos más de padre que de señor que revelan la ternura y la cercanía de Dios para con su elegido. • Luego le revela cuál será su destino: Ser vínculo de unión del pueblo, luz para las naciones y liberador de los pobres.

Con estos antecedentes transmitidos por la tradición y enseñados por su propia madre, no nos resultará demasiado extraño entender el estilo de vida de Jesús: sin serlo, él adoptará desde el principio el papel del “siervo”, no el de señor; él tomará conciencia de que el Espíritu del Padre está sobre él y en él y que ese mismo Espíritu es una fuerza poderosa que trabaja de dentro a fuera, discretamente, en silencio, sin protagonismos, como la sal que da sabor a la comida sin que se vea o la luz que hace que todo resplandezca sin que ella misma pueda ser vista. Jesús tiene conciencia de ser elegido; es decir, vive su vocación como gracia, en plena y total dependencia del Padre sin el cual sería como una palabra que nunca es pronunciada. Él sabe cuál es su misión: la unión de los hombres, un hermoso sueño, ser luz para que todos vean la verdad, se liberen de sus ataduras, dejen de oprimirse unos a otros y así todos puedan llamarse en verdad hermanos.

Con el gesto de dejarse bautizar, Jesús está queriendo sellar en Él todo eso que el Padre ha soñado para la humanidad desde los tiempos del antiguo testamento, disponiéndose a hacerlo vida no sólo con palabras, sino con su propio ejemplo. ¿Había acaso una forma mejor de decirlo que puesto a la cola de los que decían públicamente que eran pecadores? ¿Habría otro pesebre más pobre que aquella orilla del río en donde tantos hombres y mujeres venían con el corazón roto, deseosos de reconciliarse con Dios y de iniciar una nueva vida? Todos sabemos lo que es estar a una cola. Sólo la gente sin “enchufes” hace cola; Cristo ha de saber lo que es también hacer cola; ha de empaparse de esa experiencia de espera paciente y a veces sufriente de quien aguarda aquello que busca.

En este contexto, el encuentro de Juan y Jesús es un encuentro crucial. Juan se resiste, pero finalmente entiende y pasa el relevo a Jesús bautizándole. Aquí se acaba el Antiguo Testamento y empieza el Nuevo.Cuando Cristo sale del agua se manifiesta su gloria y Dios hace realidad la promesa de Isaías ante aquel pueblo de pecadores. Se abre así un bautismo nuevo que ya no es dado por mano de hombre, sino realizado por Dios mismo a través de su Hijo. Ese bautismo durará algunos años a los ojos de los hombres, pero es eterno a los ojos de Dios. Con su pasión, muerte y resurrección, aquellos que hemos quedado prendidos de Jesús de Nazaret tenemos nuestras propias orillas del Jordán y nuestros momentos sagrados para contemplar la gloria de Dios en nuestras vidas. El bautismo que Jesús manda celebrar en su nombre, así nos lo concede.

Es tiempo ahora de aplicar las consecuencias que nuestro bautismo tiene a la luz de Cristo, que lo inaugura. Al entrar en la dinámica de Dios, nuestro bautismo no es un hecho aislado o pasado en el tiempo; no se trata sólo de un rito de unos cuantos minutos, sino de un sacramento permanente en nuestras vidas. Por decirlo de alguna manera, es como si nos estuviéramos bautizando a cada momento, pues sus efectos no son del pasado, sino sobre todo acontecimientos del presente, de cada instante. El bautismo es una fuente de agua viva que mana sin cesar dentro de nosotros; un nuevo Jordán en el que quedamos liberados para siempre de las garras de la muerte salvo que voluntariamente queramos renunciar a ello. A muchos se nos da siendo niños, significando así que no es sólo una elección nuestra, sino una gracia que Dios nos otorga en la Iglesia. Otros lo celebran de adultos, pero aún así no deja de ser una gracia.

Al bautizarnos morimos al hombre viejo, al hombre del antiguo testamento y renacemos a una nueva vida. No se trata de que el antiguo testamento sea malo ni de desprestigiar nuestra vida anterior; simplemente se trata de llevar a plenitud esa búsqueda, de comprender que el mejor camino para encontrar a Dios es dejarse encontrar por Él y, de esa forma, identificarse con la presencia de Dios más accesible y más próxima que tenemos: Jesús de Nazaret. ¿Qué actitudes son las que hemos de desplegar en nosotros a raíz de este bautismo? A la luz de estos textos y del estilo de vida de Jesús serían las siguientes: a) La toma de conciencia de que somos “elegidos” y “llamados”.

Nosotros sólo podemos responder como María un “si”, pero es Dios quien lleva la iniciativa. b) La toma de conciencia de nuestra condición de “siervos”, pero ¡ojo!

Siervos no de un tirano o de un rey cruel, sino del Creador del cielo y de la tierra, capaz de dar la vida por nosotros. Debe haber con él una relación de sumisión, pero una sumisión que nunca es esclavizante o degradante (como algunos interpretan) sino liberadora y plenamente humanizadora. c) Estamos llamados a ser luz para los que todavía no viven esta experiencia maravillosa. Se nos da la luz, pero no para nosotros solos, sino para que brillemos e iluminemos a los demás. Hemos de tomar conciencia de ello, pues en muchos casos seremos el único evangelio vivo al que tendrán acceso aquellos con los que convivimos. Si no leen en nuestras vidas esa buena nueva, tal vez nunca la lean en ningún otro sitio. Somos palabra viva de Dios, auténticos sagrarios de su presencia en la humanidad. d) Con nuestra presencia estamos llamados a una tarea de “recuperación”. La Iglesia está cambiando y el cambio siempre supone conflicto. No se trata de que la novedad deje arrinconadas las viejas expresiones de la fe, sino de aprovecharlas. El cristiano no es quien apaga pequeños fuegos, sino el que los aviva. No se trata de restar, sino de sumar y de buscar siempre lo positivo de cada cosa para recuperarla sin quedarse en la negatividad o en la crítica que no construye. e) Estamos llamados a llevar una vida discreta, sin sensacionalismo ni protagonismos, sino según el estilo de Nazaret. El amor verdadero es siempre un trabajo a largo plazo; sus efectos no son inmediatos y es necesario tener paciencia. Esta actitud va contracorriente en un mundo en el que se exigen frutos y resultados inmediatos; pero nosotros no podemos renunciar al Evangelio en función del utilitarismo o la rentabilidad. f) Hemos de resistir ante la adversidad. Se dice de las nuevas generaciones que son “flojas” y tal vez sea cierto en gran medida.

Hoy se cambia según el viento que sople sin darse cuenta de que así sólo se consigue perder el rumbo una y otra vez. Hay que aprender a mantenerse firmes, a capear los temporales con paciencia, a desarrollar el espíritu de resistencia y de fortaleza frente a las agresiones externas. g) Somos llamados por Dios por nuestro propio nombre; nuestra misión es única e insustituible, de ahí nuestra responsabilidad en responder adecuadamente. h) El principal de nuestros trabajos: la unidad. Tal vez sea el valor más grande que hay que construir y tal vez también el más costoso. Sin unidad no es posible la fe, no es posible la Iglesia y los sueños de ver el reino de Dios se desvanecen. Trabajar por la unidad a veces supone renuncia, sacrificio de los propios ideales, pero es el único camino. Un hilo se rompe fácilmente, pero cuando muchos hilos se unen forman una cuerda y esta es más difícil de romper.

Trabajemos en estas líneas, que son las líneas que Jesús inaugura y que nosotros debemos continuar. Cojamos el relevo de nuestros antepasados, la antorcha de la luz de Cristo que brilla para todos y llevémosla a donde haya oscuridad, sobre todo allí donde haya un pobre que socorrer, un débil que fortalecer o una esclavitud que romper. Que el Cristo humilde y siervo del Jordán nos empape con su agua nueva y con su fuego nuevo, reverdeciendo en nosotros los frutos de nuestro bautismo para que seamos verdaderamente testigos vivos del Evangelio, hombres y mujeres nacidos del agua en espíritu y en verdad.

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Para la celebración

Lecturas

1ª Lectura.

Lectura del profeta Isaías (42,1-4.6-7)

Así dice el Señor: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero.

Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará,

no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo

vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará,

hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor,

te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho

alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques

a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas.”

SALMO RESPONSORIAL (28)

El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor,

postraos ante el Señor en el atrio sagrado ®

La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales.

La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica ®

El Dios de la gloria ha tronado. En su templo un grito unánime: “¡Gloria!”

El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como rey eterno. ®

2ª Lectura.

Lectura de los Hechos de los apóstoles (10,34-38)

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: “Está claro que Dios no hace

distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió

su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.

Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo,

aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios

con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos

por el diablo, porque Dios estaba con él.”

EVANGELIO

Mateo 3,13-17

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo

bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: “Soy yo el que necesito que tú

me bautices, ¿y tú acudes a mí?” Jesús le contestó: “Déjalo ahora. Está bien que

cumplamos así lo que Dios quiere.” Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó

Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una

paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: “Este es mi hijo, el

amado, mi predilecto.”

Acción de gracias

A orillas de un río

un pueblo espera,

resignado al hoy,

asido a las promesas del ayer

y expectante a cada nuevo amanecer.

El agua corre juguetona entre sus pies,

mojándoles el alma,

llevándose consigo

sus penas y fracasos,

reflejando un sol inaccesible

que brilla impasible en el cielo.

Una mano amiga asperja promesas;

son como divinas caricias

que despejan las nubes del corazón

abriendo caminos en la espesura del miedo.

Emerge del río una sombra luminosa

que abraza la noche sin herirla

para sacar de sus entrañas

la luz que lleva dentro, aún sin saberlo.

Y una cascada de gracias se derrama

como una espiral de aladas sonrisas

que llenan de serena alegría

el corazón de los que esperan.

Desde entonces,

una luz que no cesa

brilla entre nosotros

sin cegar nuestra mirada

ni fundir con su calor

nuestra frágil condición humana.

Dejémonos iluminar por su presencia,

y a orillas del río de la vida

sumerjamos de nuevo nuestros cuerpos

en sus inmaculadas aguas

para renovar las promesas

con las que nutrir nuestra esperanza.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57