Cuando uno se asoma a la gran ventana del mundo y contempla a las gentes con las que compartimos el tiempo y la historia, es imposible no sentir una profunda herida en el corazón: es el grito de los pobres, de los hambrientos, de los sin techo, de los desnudos, de esa masa ingente que de vez en cuando asoma por nuestras pantallas o se cuelan en nuestra vida cotidiana tiñendo de amargura el horizonte feliz con el que se nos quiere hacer creer que “todo va bien” o que “estamos en el buen camino”.
Para una minoría de cristianos, esos rostros que en silencio claman justicia, no son desconocidos; se trata de aquellos que no se han cerrado a su propia carne, sino que han sabido salir de sí mismos para iniciar un camino que lleva a las cruces y pesebres de la historia. En la antesala de ese compromiso estamos muchos: los mediocres, los que hemos pronunciado un “sí” a medias sin acabarnos de creer del todo la Palabra de Dios.
¿Cómo es posible que siendo los cristianos en el mundo más de mil millones, no brille la justicia en la tierra con más claridad? ¿Cómo es posible que incluso esas situaciones enquistadas de injusticia se estén dando precisamente en muchos países con larga tradición cristiana?
¿Cómo es posible que sean precisamente algunos cristianos los más acérrimos defensores de las políticas que tienen a construir muros para protegerse, antes que puentes o caminos para encontrarse?
Tal vez, a pesar de llamarnos “cristianos” hayamos envuelto el Evangelio en un bonito papel de regalo sin atrevernos a abrirlo todavía.
De alguna manera, el Evangelio sigue sin estrenar. Aquellos llamados a hacerlo brillar puede que sigamos empecinados en agrandar los problemas pequeños, reduciendo al mero asistencialismo o a la “beneficencia” situaciones dramáticas que hunden sus raíces en la injusticia, la desigualdad o las estructuras de pecado de una sociedad que se construye de espalda a los más pobres.
Entre la gran clase media en la que la mayoría de cristianos nos encontramos, hay poco lugar para palabras como “justicia” o “compromiso”; nuestros problemas suelen ser cada vez más de tipo psicológico y relacional, fruto de unos mundos cada vez más estrechos y limitados, de relaciones personales inmaduras abocadas a conflictos estériles que nos hacen sufrir inútilmente.
Contra el lastre de una vida de fe cimentada en la rutina, Isaías nos propone la creatividad de un camino que garantiza la auténtica felicidad: no cerrarse a la propia carne, siendo permeables a los pobres para que traspasen la frontera de nuestras ideologías y teorías con las que nos atrincheramos, manteniéndonos en un aparente espacio “seguro” sin atrevernos a cruzar a la otra orilla.El servicio a los pobres ha de ser un verdadero camino espiritual que afecta a la propia vida, cuestionando nuestra conducta para modificar, lenta pero inexorablemente, nuestras actitudes y hábitos, configurándonos como seres humanos más en coherencia con el Evangelio. Porque los pobres no son sólo un problema, sino también una oportunidad de conversión y acercamiento al Señor. La relación con ellos no consiste en un compromiso moral reducido a la beneficencia, sino en una verdadera espiritualidad que hace del encuentro con las realidades sangrantes de este mundo un lugar teológico, una oportunidad de encontrarnos con Dios mismo, tan presente en la Eucaristía como en la vida de los pobres y marginados que habitan los pesebres y cruces de la historia.
Como Isaías nos dice, para que nuestra luz brille y la felicidad se abra paso en nosotros, la justicia debe ir por delante. La pena o la simple lástima (provocada por el sentimentalismo y la hiper emotividad tan fomentada hoy día), no generan justicia, sino que enquistan las realidades injustas, pretendiendo curar con aspirinas o tiritas las venas abiertas por los cuchillos del mal que están degollando a nuestros hermanos más vulnerables.
Lo que se propone, por tanto, no es un camino de ida y vuelta.
Cuando se siente la llamada de Dios a dejar la propia tierra ya no hay marcha atrás; es una llamada que nos hacer mirar siempre hacia delante, tendiendo puentes entre mundos desconectados. Ninguna de las dos orillas de ese puente es buena: la nuestra es fuente de opresión, manantial de miedos y cantera de desesperanzas; la otra orilla es la antesala del infierno de la que los pobres tratan de huir cruzando alambradas o jugándose la vida en pateras, “asaltando” terrazas de cafeterías para mendigar unas monedas o extendiendo sus manos a las puertas de los templos.
La caridad puede empezar en un voluntariado, pero el verdadero voluntario no tiene tiempos ni espacios acotados para la caridad, sino que hace del amor (la caridad) un estilo de vida. Nadie debería volver a su orilla como si lo que ha experimentado en la orilla de los pobres no le hubiera afectado y no condicionara para nada su estilo de vida acomodado. El verdadero voluntario ya no vuelve a su vida anterior, sino que se convierte en camino y puente para que unos y otros se encuentren, haciendo del encuentro y del camino su nuevo hogar.
Así se entienden las palabras de Isaías: cuando vestimos al desnudo, no es necesario que nos desnudemos, sino que aligeremos nuestras pesadas maletas y cebados armarios, librándonos de las modas y de los caprichos siempre innecesarios. No se trata de desnudar un santo para vestir a otro, sino de compartir lo que a unos nos sobra para vestir al desnudo que nada tiene.Cuando cobijamos al que no tiene techo, no renunciamos a nuestro derecho a un hogar, pero hacemos que nuestras casas dejen de parecer cárceles repletas de video cámaras, alarmas o rejas de seguridad, para convertirlas poco a poco en un lugar de encuentro. O cuando damos de comer al hambriento y de beber al sediento, no se trata de que nosotros nos quedemos con hambre o sed, sino de hacer realidad el ayuno que abre a la compasión.
En la primera parte del texto de Isaías se habla de estas tres acciones, pero al final se ahonda más reconociendo que esos “actos” de amor a los pobres sólo son posibles si socorremos al primer pobre, al que tenemos más cerca: a nosotros mismos, pues nuestros egoísmos, miedos o dudas no dejan de ser nuestra propia pobreza. Por ello, hay que trabajar nuestro corazón para desterrar la opresión de nuestras almas, aquella que empieza simplemente por la acepción de personas, las envidias, resentimientos e incluso los odios. Hay que borrar el gesto amenazador.
Si así lo hacemos, habremos dado el primer paso para que nuestra luz brille. Seremos más pobres ante los hombres, pero más ricos ante Dios.
Aun así, hay que advertir de otro peligro: muchos cristianos se han roto interiormente intentando hacer un compromiso por sus propias fuerzas. Es inútil, no se puede. El corredor de maratón no puede correr 42 kilómetros en el primer entrenamiento. No se trata de adoptar posturas maximalistas, tan exigentes que nos quiebren interiormente.
¿Cómo discernir unas opciones buenas de otras destructivas? Es bien simple: las buenas opciones nos llenan de vida, alegría y esperanza desde el primer momento y compromiso, por pequeño que sea; por el contrario, las opciones basadas en la auto exigencia sólo pueden sembrar en nosotros mal humor, depresiones, actitudes hostiles, ansiedad o un rigorismo destructivo.
San Pablo lo entendió así y así se lo hizo ver a sus discípulos de Corinto. Él no fue un misionero que basó su apostolado en sus propias dotes personales; más bien parece que no era buen orador y que su forma de hablar era brusca, fruto de un temperamento airado. Sin embargo, para él, esa debilidad se torna en fortaleza cuando es reconocida y asumida. Cuando hacemos una opción decidida en favor de la Justicia, hemos de hacerla sin confiar en nuestras propias fuerzas, siendo conscientes de que toda gracia viene de Dios. Por ello, quizá la primera regla espiritual para seguir a Jesús es aprender a desprenderse de las propias seguridades, soltando el lastre de nuestras “mochilas” para que el caminar sea más ágil y ligero. Ser “sal y luz” del mundo no es ponerse en el centro para que todos nos vean. Isaías nos dice que delante de nosotros irá la Justicia, pero detrás la “gloria de Dios”, no la nuestra. Los protagonismos hacen mucho daño, pues la alabanza de los hombres ha de ser siempre hacia Dios. Si nos convertimos en los únicos protagonistas de nuestras buenas acciones estaremos siendo cuerpos opacos que impiden que los demás puedan ver a nuestro creador.Al igual que la mucha sal echa a perder la comida o la mucha luz deslumbra y ciega, hemos de medir nuestros pasos procurando no estirar más de la cuenta el texto del Evangelio de Mateo. La sal no se ve, pero hace sabrosa la comida. La luz tampoco se ve, pero hace que todo sea visible. Una fe que se esconde es una fe inútil. Una fe sin obras de justicia es una falsa fe.
Rompamos de una vez todo aquello que tiñe de excusas nuestras vidas y pongámonos en camino, un camino que nos lleve hasta el encuentro con Cristo pobre. Sólo así nuestras vidas brillarán y desaparecerán nuestros miedos y vacilaciones. Es un camino largo; pero es gratificante saber que Dios sólo nos pide el gesto de ponernos en marcha; Él mismo, con la fuerza de su Espíritu, se encargará de alentarnos cada día empujándonos hacia la construcción de un mundo más fiel al Reino de Dios. Hagámonos amigos y aliados de los pobres en sus causas justas; que nuestra pobreza sea nuestra primera alidada para estar más cerca de Dios, dando más luz y más sabor a este mundo.
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