Parroquia de San Diego

Carta pastoral 2026-2027

Los que formamos parte de esta gran familia que es la comunidad de san Diego en la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús de Cartagena, tratamos de vivir nuestra fe de una manera abierta, sencilla y acogedora. No sólo nos sentimos alegres de formar parte de esta comunidad, sino que además queremos compartir esa alegría con nuestro barrio y ciudad, aportando nuestro granito de arena para que este mundo se parezca cada vez más a eso que Jesús de Nazaret llamaba “el reino de Dios” y que en el fondo no es más que la armonía y plenitud de vida que todos sentimos en el corazón cuando nuestras vidas adquieren sentido, encontrando la armonía no sólo a nivel personal, sino también familiar y comunitario.

Aunque no sea tarea fácil, sabemos que para encontrar ese punto de equilibrio espiritual hemos de renovarnos interiormente, cambiando las cosas que no funcionan bien y afianzando las que sí lo hacen. De esta manera, pasaremos por la vida no sólo sobreviviendo a golpe de pequeños “chutes” de felicidad, sino aprendiendo a encontrar sentido a todas las cosas, sean cuales sean las situaciones que atravesemos; porque cuando en nuestro horizonte hay una meta que nos atrae y hacia la que caminar en comunidad, sabiéndose parte de una gran familia que se apoya mutuamente, todo adquiere sentido.

En esta comunidad tratamos de vivir en libertad respetando las situaciones y los procesos de cada persona que nos visita o se nos une. Queremos que nuestra parroquia sea una casa de puertas abiertas en la que nadie se sienta extraño; tratamos de ser como un oasis donde reponer fuerzas para afrontar los retos de la vida, sabiendo que si caminamos solos es sólo porque queremos. Aquí tratamos de descubrir el sentido de nuestras vidas en un ambiente familiar que fomente la unidad y la integración. Intentamos formarnos y madurar en la fe mediante un diálogo que nos ayude a aprender lo que no sabemos y a enseñar lo aprendido a quien nos quiera escuchar.

Pero para que no todo quede en teoría estéril, también nos esforzamos en poner en práctica el Evangelio, evitando caer en la hipocresía que supone decir una cosa y hacer la contraria; para ello contamos con diversos voluntariados y actividades sociales que buscan promover la justicia social, ayudando de forma altruista a quien lo necesite para que descubran su dignidad personal. Intentamos ser apoyo y sustento de quienes no pueden o no saben salir solos de un sinfín de situaciones dolorosas e injustas. Nuestra motivación no es la filantropía ni nos mueve una ideología, sólo somos conscientes de que, como nos enseñó Jesús, hemos de dar gratis lo que hemos recibido gratis.

Pero también es esta una casa de oración y de celebración de la vida y la fe. En el templo y en la capilla tratamos de llevar la vida al altar, para que del altar podamos volver renovados a la vida. De esta manera, intentamos dar mucha importancia al lenguaje del silencio, a la contemplación serena de la vida que fluye dentro y fuera de nosotros… en el fondo, a la oración que es la respiración del alma, sin la cual todo acaba perdiendo su sabor y color.

De una forma más concreta, el curso pastoral en el que nos encontramos vamos a tener muy presente el momento de gracia que vive la Iglesia universal; se trata de un momento marcado profundamente por la implementación de las conclusiones del sínodo que inició nuestro recordado papa Francisco y que ahora el papa León XIV nos pide llevar a la práctica. Nuestra parroquia se ha identificado desde el principio con este movimiento renovador inspirado por el Espíritu Santo, tratando de dar respuesta valiente y profética a los retos que el mundo de hoy nos plantea, evitando caer en añoranzas de épocas “mejores”, renovando nuestra mente, discerniendo los signos de los tiempos y tratando de ser fiel a la misión que el Señor nos encomienda en la parte que nos toca.

A todos es posible que nos suene la palabra “sínodo”. Es una palabra muy antigua que alude al hecho de caminar juntos. De esta manera, la sinodalidad es un modo de vivir y actuar que creemos llevar viviendo en nuestra parroquia desde hace ya mucho tiempo. Pero este estilo y forma de vivir la fe en la parroquia, que para muchos resulta tan “novedosa”, necesita de formas y estructuras renovadas para que no se quede sólo en una bonita idea. Este es el sentido del programa pastoral que presento a la comunidad. Es importante que esta carta pastoral sea una referencia abierta y que nuestras estructuras y programas sean flexibles, porque la realidad no se puede encerrar dentro de ningún plan pastoral.

Es aquí, en la aplicación de la teoría a la práctica, donde lo que el sínodo llama “sensus fidei” adquiere gran importancia en cuanto expresión de la fe profesada por todo el pueblo y no sólo por los pastores. Esta fe no puede ser impuesta desde arriba, sino discernida por todos y llevada a cabo de común acuerdo. El servicio de los pastores adquiere sentido cuando se trata de orientar y guiar al pueblo, sin dirigir ni imponer los propios criterios. Ahora bien, para que esto sea posible, es necesario que todo bautizado sea consciente de su responsabilidad a la hora de participar y cooperar de forma activa, sin limitarse a obedecer lo que le digan, sino aportando su punto de vista para enriquecimiento de todos.

El sínodo nos ha pedido renovar y redefinir el concepto de autoridad, lo cual implica entender todo ministerio jerárquico como un servicio a la comunidad que promueve la corresponsabilidad e invita a la participación. Esto supone revisar en la parroquia las estructuras organizativas que tenemos para que se ajusten a la voluntad de Dios y al verdadero sentido de la Iglesia, que no tiene forma piramidal sino circular. Es decir, los responsables de cualquier área no son los que mandan, sino los que sirven. Esta forma renovada de ser Iglesia requiere una “espiritualidad sinodal” no exenta de ascesis, paciencia, perdón mutuo y apertura a la gracia.

El sínodo también nos ha pedido implementar algunas líneas generales concretas, como trabajar más por la dignidad de la mujer, la promoción de los laicos, la renovación del servicio del ministerio ordenado y la acogida y el acompañamiento tanto de los que se acercan a nuestra comunidad como de los miembros que en algún momento requieren algo de nosotros.

Renovar nuestra iglesia es algo que comienza por el discernimiento de la propia vida y de nuestras relaciones. En este sentido, el sínodo deja claro que no puede haber auténtica sinodalidad si no hay una conversión personal y una renovación de nuestras relaciones. Es decir, hemos de empeñarnos mucho en revisar nuestras vidas a la luz de Evangelio, así como revisar también nuestra forma de ser Iglesia. Ello se hace de la siguiente manera:

  • Discerniendo en común.
  • Tomando decisiones en común, buscando no el consenso, sino la unión.
  • Llevando a cabo esas decisiones mediante compromisos concretos.
  • Evaluando y rindiendo cuentas ante la comunidad de todo lo realizado.

No es esta una pedagogía ni una táctica pastoral, sino la expresión concreta de la esencia de ser Iglesia. Es decir, no se trata de un capricho del papa ni de una campaña más de las muchas que existen; la sinodalidad es la forma en la que el Espíritu Santo nos está pidiendo cambiar, renovarnos, actualizarnos, no para ser más “modernos” ni para tener una mejor imagen, sino para volver a la fuente de la que mana nuestra identidad.

En la parte que nos toca, buscamos la renovación de la parroquia mediante la participación de todos los que la formamos, sin esperar a que vengan a descubrirnos, sino saliendo al encuentro de otras personas, sean creyentes o no. No es tampoco una obligación legal, sino la necesidad espiritual de compartir con los demás la alegría del Evangelio. Desde ahí entendemos el ecumenismo, el diálogo interreligioso y misión “ad gentes”, que es el encuentro con aquellos que todavía no han descubierto el amor de Dios. En este sentido, es de vital importancia volcarnos con los que más lo necesitan, fomentando una cultura de la atención y el cuidado de los más vulnerables, tanto dentro como fuera de la iglesia. Hemos también de discernir y gestionar bien nuestras relaciones en un mundo cada vez más digital y tecnológico, porque corremos el riesgo de perder la naturalidad y la frescura del trato personal. Para todo ello se va a proponer a los diferentes grupos de adultos trabajar el documento final del sínodo, implicándose en la implementación de las sugerencias que allí se ofrecen para contribuir, desde la humildad de nuestra parroquia, a la renovación de toda la Iglesia universal.

Finalmente, para aterrizar en los equipos y grupos de la parroquia y antes de hacer una presentación de los mismos para el presente curso, me gustaría señalar algunas prioridades y objetivos pastorales para que sean tenidas en cuenta. Espero que estas propuestas sean vistas como tales y que el “sensus fidei” del Pueblo de Dios se active para que nuestra comunidad parroquial dé un verdadero testimonio de fe, esperanza y caridad.

Prioridades para este curso

  1. Formación en la fe para todas las edades. Ante las crecientes solicitudes de bautismo o de confirmación de adultos, ampliar el proyecto integral de formación y educación en la fe: elegir catequistas de adultos que, junto con las catequistas de niños y de jóvenes, completen un proceso de formación en la fe desde la infancia hasta la madurez.
  2. Pastoral juvenil. Articular una pastoral juvenil más organizada para el grupo juvenil que se ha ido formando tras la Confirmación, recuperando tal vez la asociación juvenil «Un Paso Más».
  3. Pastoral familiar. Crear un equipo de pastoral familiar formado por matrimonios, para acompañar a las parejas jóvenes antes y después del matrimonio y acoger y orientar a los padres que piden el bautismo para sus hijos.
  4. Carisma vicenciano y devoción a la Virgen Milagrosa. Ante la marcha de las Hijas de la Caridad del barrio, custodiar y promocionar por nuestros propios medios el carisma vicenciano, especialmente la devoción a la Virgen Milagrosa, renovando el sentido de ser hijos e hijas de María.
  5. Reconstrucción del coro y reforma del templo. Reconstruir el coro parroquial dentro de un plan integral de reforma del templo. Requerirá un esfuerzo económico y creativo, con iniciativas como un «crowdfunding» o similar para obtener fondos.
  6. Centro social y Caridad. Ante la crisis económica y la inmigración que azotan el barrio, seguir llamando a la comunidad a abrirse al centro social y a las actividades de Caridad, y buscar fórmulas para que el Centro Social y la Parroquia se vean como dos caras de una misma moneda.
  7. Nuevos voluntarios en economía y administración. Incorporar nuevos voluntarios al equipo de economía y a la administración y archivo parroquial, para una gestión ágil de los asuntos económicos y administrativos.

Espero que todos los miembros de esta comunidad y aquellos que comiencen a formar parte de ella encuentren aquí una prolongación de sus familias y hogares para que todos tengamos más fácil renovarnos y alcanzar una vida en plenitud.

Pascual Saorín Camacho, párroco.

Nuestro párroco

Pascual Saorín Camacho

Nacido en Cieza en enero de 1968, estudió Teología con los franciscanos de Murcia, donde empezó como voluntario de Cáritas, y se formó en el Seminario San Fulgencio. Fue ordenado sacerdote el 12 de julio de 1992 en su parroquia natal. Sirvió en Roldán, El Jimenado y Los Martínez del Puerto y después en San Ginés de la Jara, en Cartagena, donde también fue profesor de religión y coordinó la pastoral juvenil de la vicaría.

En 1999 partió como misionero con el IEME y llegó a Japón en septiembre de 2001. Trabajó en la archidiócesis de Osaka y en la diócesis de Takamatsu como párroco, capellán de colegios infantiles y de dos cárceles y con la comunidad de inmigrantes latinos y brasileños. Se licenció en Teología Pastoral en la Universidad Pontificia de Salamanca (2015-2017) y en Takamatsu fue vicario general.

Volvió en julio de 2020 como párroco de Albudeite y La Puebla de Mula y capellán del Centro Penitenciario Murcia II. Desde septiembre de 2022 es párroco del Sagrado Corazón de Jesús, en San Diego. Además preside el Centro Social San Diego, es capellán del colegio de la Sagrada Familia (Hermanos Maristas) y consiliario del Movimiento Familiar Cristiano de Cartagena. En 2026 la Federación de Asociaciones de Vecinos de Cartagena y Comarca le concedió un Premio Quórum por su entrega humana y pastoral.

Fuentes: Diócesis de Cartagena, Escuela de Formación Misionera y Alfa y Omega.

Cartas anteriores: 2025-2026 · «Una iglesia en camino. ¡Seamos testigos de la esperanza!»

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