Esta es sin duda la homilía más difícil del todo el año, pues debe servirnos para ayudar a contemplar el misterio central de nuestra fe, aquel sin el cual todo aquello por lo que vivimos y luchamos carecería de sentido.
No es fácil anunciar al mundo que el bien vence al mal, el perdón al pecado y la vida a la muerte en medio de una realidad en la que todo lo negativo parece tan evidente. No es fácil abrir los ojos del corazón para ver más allá de lo aparente sin caer en una especie de infantilismo inmaduro que resultará contraproducente si no presentamos este acontecimiento histórico y esta experiencia espiritual de la forma apropiada.
Pero si esta noche no hablamos de la resurrección estaríamos traicionando el Evangelio y privando a la humanidad del anuncio central que atraviesa el tiempo y la historia, inoculando en lo más profundo de la creación una semilla de esperanza. Ciertamente para los creyentes, Cristo vive. Tenemos plena conciencia de no seguir a un hombre bueno cuya vida acabó en el sepulcro. Sabemos que lo que nos da vida no es sólo su mensaje, por muy atractivo, verdadero o luminoso que pueda ser (que lo es), sino su propia persona. No nos relacionamos con la memoria de un difunto, sino con un Ser al que sentimos activo y presente en lo más íntimo de nuestro corazón.
Ahora bien, ¿Cómo seremos capaces de transmitir al mundo esta profunda convicción? ¿Qué palabras podemos usar para iluminar la oscuridad que supone vivir sin fe o para desenmascarar las luces artificiales del mundo, de manera que la humanidad se deje seducir por la luz natural de una creación que camina hacia su plenitud? ¿Cómo hablar de Cristo vivo sin dar a entender que no es más que un amigo imaginario inventado por nosotros mismos para hacernos llevadera la realidad de una existencia abocada al exterminio, al vacío o a la nada? Este es el gran reto al que los creyentes nos enfrentamos esta noche: no sólo experimentar la resurrección de Cristo en nuestras vidas y en nuestro mundo, sino también saber transmitir esta experiencia sin caer en ideologías o simplicidades inmaduras que más que causar fe, provocan desapego a lo religioso.
Ante todo, la resurrección del Señor es el anuncio central de la fe, aquello que forma parte de lo que denominamos el “kerigma”, que es como un resumen del mensaje fundamental de la salvación. Pero el anuncio del kerigma no es una ideología; tampoco es una convicción a la que se llega por el intelecto, sino una experiencia totalizante que afecta a todas las dimensiones de nuestro ser; a saber: la razón (el entendimiento), el corazón (emociones, sentimientos e intuiciones) y la voluntad. Esta experiencia es integral y no se puede tener de forma desordenada, sino armónica, vinculando estas tres dimensiones de lo humano.
Sin esta experiencia de encuentro con Jesús resucitado es imposible ser creíbles, porque la resurrección no es sólo una convicción dogmática, sino sobre todo una experiencia de encuentro, en lo más profundo de nuestra conciencia, con una persona: Dios hecho hombre que nos lega su Espíritu para entrar en comunión con él y a través de él con toda la creación, especialmente con nuestros semejantes. Tampoco puede reducirse a un mero sentimiento o intuición irracional, pues necesita, cuanto menos, ser compatible con nuestro limitado entendimiento para no caer en la pseudo ciencia o el histrionismo intelectual. Y mucho menos puede ser una convicción a la que se llega a fuerza de voluntad, pues sólo es alcanzable en cuanto gracia inesperada que un día nos asalta en el momento más inesperado, prendido en tantas experiencias vitales que desencadenan esta catarata inexplicable de amor, perdón, alegría y esperanza.
Hoy puede ser una buena noche para preguntarnos con sinceridad:
¿Creo realmente que Cristo vive? ¿Cómo es mi relación con Cristo resucitado? ¿Cómo ha sido mi encuentro con él? ¿De qué manera lo trasmito a aquellos que todavía no han tenido esta experiencia? Es importante responder a estas preguntas porque casi siempre solemos relacionarnos espiritualmente con el Jesús de la historia, pero muy poco con le Cristo de la fe. Es decir, a la hora de entrar en comunicación con Dios, el camino más accesible es el que él mismo nos ofrece a través de su Palabra encarnada:
Jesucristo. Leemos los evangelios que hablan de él y nos dejamos llevar por la Tradición de la Iglesia. Somos, sus discípulos del siglo XXI y eso no está mal; pero esta relación de seguimiento queda coja si se limita a una relación pre-pascual, es decir, si se circunscribe al Cristo antes del calvario.
Para tener una relación plena con Cristo, que incluya la experiencia de la resurrección, toda la vida y enseñanza de Jesús ha de ser interpretada desde su resurrección. No tiene sentido seguir a Jesús si toda su vida termina en la tumba. Como acto de voluntad puede ser muy hermoso e incluso puede dar sentido a muchas personas; sin duda puede ayudar también a hacer la vida algo más llevadera. Pero el cristianismo no predica un existencialismo se supervivencia. El creyente en Cristo vivo no se arrastra por este “valle de lágrimas” ni se limita a sobrevivir, sino que busca una vida en abundancia, un anticipo aquí y ahora de la dicha eterna que sólo emana de un amor capaz de sacrificarse hasta el extremo, encontrando en esta actitud vital una alegría que nada ni nadie puede dar en este mundo.
Es esta una tarea tan complicada que tenemos cincuenta días por delante para tratar de profundiza en ella. Así, si para preparar la pasión y muerte tuvimos cuarenta días de ayuno, penitencio y oración, tenemos diez días más para saborear la belleza, verdad y bondad de la vida redimida por Cristo. En este tiempo exploraremos la experiencia de las apariciones en su variedad y riqueza catequética; veremos cómo no pocos discípulos tuvieron las mismas o más dificultades que tenemos nosotros para creer; veremos qué importante es buscar esta experiencia de vida siempre en comunidad y nunca de forma individualista o aislada; también caeremos en la cuenta de que para encontrarse con el Cristo de la fe o el Señor resucitado, es indispensable previamente hacerse discípulo del Jesús de la historia. Es decir, no se puede llegar a experimentar a Cristo vivo si antes no se ha aprendido a caminar tras él como el amigo. Sólo esta inmersión en su humanidad nos puede llevar a una experiencia mística que casi toca el cielo sin caer en el iluminismo, el pietismo, en actitudes grotescas o en una religiosidad de brocha gorda.
Hoy toca dejar la puerta abierta, volver sobre nuestros pasos después de la negación o el abandono que hicimos del amigo. No importa si le buscamos como un muerto, porque lo importe en la fe no es nuestra búsqueda, sino el encuentro que él provoca con quien le busca, aunque sea muerto.
Dejémonos asombrar por las huellas o pistas que el paso de Dios ha dejado en nuestro mundo finito. Porque este mundo limitado por el espacio y el tiempo ha sido atravesado por la eternidad del amor creador de Dios, penetrándolo incluso hasta la muerte y el infierno para que ningún tiempo ni espacio esté vacío, sino impregnado de su presencia. Abramos bien los ojos, como lo hacen los niños, para dejarnos sorprender por Dios.
Recuperemos la inocencia original para creer más allá de lo que nuestros sentidos son capaces de percibir. Sólo así descubriremos como María Magdalena la voz que nos llama por nuestro nombre, el amigo que se hace compañero de camino hasta Emaús, el cuerpo llagado que Tomás necesita tocar para creer o la figura misteriosa que nos espera a la orilla preparándonos el desayuno tras una noche de duro trabajo… y en todo ello, descubriremos cómo este mundo es un inmenso Tabor en el que descubrir, transfigurado, la presencia consoladora de Dios con nosotros, en la vida y en la muerte para llevarnos hasta la eternidad.
Documento de la semana
Lecturas, homilía y oraciones para leer, imprimir o compartir · 275,2 KB