Homilías

V domingo de cuaresma (Ciclo A)

Homilía: V domingo de cuaresma (Ciclo A)

Evangelio: Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45):

Calmada nuestra sed con el agua viva que Cristo nos descubre en el pozo de nuestro corazón e iluminados por su luz, el paso siguiente antes de adentrarnos de lleno en el misterio pascual es celebrar la vida como “aperitivo” de la experiencia nuclear de nuestra liberación. Contamos para ello con tres lecturas cuyo mensaje es una llamada a la lucha por la vida, incluso cuando se pierde la esperanza.

Ya Ezequiel, viendo al pueblo morir en el destierro, no se desesperó, creando un bellísimo canto a la vida. Con el pueblo de Dios que moría en Babilonia y era sepultado en tierra extraña no debía morir la promesa que había recibido de Dios. Ezequiel confronta así la resignación invitando a su pueblo a la esperanza. El pueblo elegido intuye la llegada de un día en el que Dios abra esos sepulcros y llame a la vida a los que allí son enterrados bajo la pesada losa de la derrota, la esclavitud, el fracaso y la frustración.

La muerte pone fin a todos nuestros sueños; pero hasta el día de nuestra muerte, hemos de asistir a otras pequeñas muertes anticipadas; a muchos fracasos, frustraciones… a muchos “destierros”. En esta situación es posible que, sin querer, convirtamos el “vivir” en un simple “sobrevivir”. Es posible que, aunque el cuerpo esté organicamente vivo, el corazón esté muerto, carente de todo aliento, sin más aliciente que los pequeños y pasajeros instantes de gozo que siempre pasan, dejándonos el amargo sabor de la fugacidad.

El creyente en Cristo tiene una respuesta a esta tragedia. Cristo es la Vida. Así nos lo revela el evangelista Juan en este último “milagro” antes de afrontar la muerte. Cristo es dueño de la vida; la muerte no es más que la excusa ideal para que Dios nos demuestre su amor sin límites, que es su verdadera gloria. Dios es glorificado cuando el hombre es salvado, liberado, rescatado de las garras de la muerte. La enfermedad, las injusticias provocadas por el egoísmo, los fracasos, la muerte en sí misma… nada tiene la última palabra, aunque lo parezca. Nuestra carne está atravesada por el Espíritu de Dios.

El aliento divino llora ante la tumba de nuestras derrotas y fracasos sin dejarse vencer; entra en nuestras tumbas llenándolas de agua viva y de luz eterna. La palabra de Dios recorre nuestros sepulcros hasta el último rincón. La voz de Cristo es firme y decidida. Dos son sus mandatos, resumidos con dos imperativos con destinatarios diferentes: Lázaro, el muerto, es uno; nosotros somos el otro. La primera orden de Jesús es para Lázaro: “¡Lázaro, levántate y sal fuera!”. En el lugar de Lázaro no estaría mal que pusiéramos nuestros nombres para tomar conciencia de la llamada a la vida que Cristo nos hace, ordenándonos salir de nuestros sepulcros. Lázaro ha muerto y ha sido sepultado, pero debe volver a la VIDA. Sintamos en estos días cómo la voz de Dios nos interpela y nos llama al esfuerzo de abrir los ojos, ponernos en pie y salir de nuestras tumbas.

La segunda orden es para nosotros: “Desatadlo”. ¡Cuántas personas vuelven a la vida, pero no pueden salir de sus sepulcros ni caminar porque no tienen quienes les libren de sus mortajas! Sufrir y padecer en el mundo de hoy es terrible porque hemos construido una sociedad que no ayuda a los débiles, ni tiene tiempo para recuperar a los caídos. Caes y te amortajan bien para que no te levantes e incordies a los que quieren vivir tranquilos. Aunque las mortajas sean de seda, no dejan de ser mortajas.

El mundo de hoy sólo busca espectáculo, pero elude el compromiso de participar en el milagro de devolver a la vida al que estaba muerto. ¡Qué injustas son las mortajas con las que obligamos a los caídos a morirse para no revivir, aunque quieran! Por eso Jesús nos ordena que desatemos y soltemos a los que han sido llamados a la vida, y por eso el milagro de la vida no es un milagro que deba ser observado como meros espectadores, sino para que nos impliquemos en él. La vida es un misterio que no puede ser gozada más que desde dentro.

Debemos preguntarnos en esta cuaresma qué estamos haciendo para soltar y liberar de sus ataduras a tantas personas prisioneras de nuestras mortajas de injusticia, frivolidad e indiferencia. Nosotros no pertenecemos a la muerte, sino a la vida. Como san Pablo nos recuerda, somos de Cristo. El espíritu de Cristo nos rescata ya en este mundo y en esta vida. Morir no es sólo un misterio biológico, sino sobre todo una experiencia existencial. Optemos por la vida y estaremos empezando a resucitar.

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Para la celebración

Lecturas

1ª Lectura

Lectura del profeta Ezequiel (37,12-14)

Así dice el Señor: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de

vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando

abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío,

sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré

en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago.» Oráculo del

Señor.

Salmo Responsorial (Sal 129,1-2.3-4ab.4c-6.7-8)

Del Señor viene la misericordia.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;

Señor, escucha mi voz,

estén tus oídos atentos

a la voz de mi súplica. R/.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor,

¿quién podrá resistir?

Pero de ti procede el perdón,

y así infundes respeto. R/.

Mi alma espera en el Señor,

espera en su palabra;

mi alma aguarda al Señor,

más que el centinela la aurora.

Aguarde Israel al Señor,

como el centinela la aurora. R/.

Porque del Señor viene la misericordia,

la redención copiosa;

y él redimirá a Israel

de todos sus delitos. R/.

2ª lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,8-11)

Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros

no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios

habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.

Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado,

pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que

resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó

de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos

mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Evangelio según san Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45):

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús,

diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.» Jesús, al oírlo, dijo: «Esta

enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de

Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Jesús amaba a

Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo,

se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus

discípulos: «Vamos otra vez a Judea.» Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba

ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús,

salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a

Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero

aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Jesús le

dijo: «Tu hermano resucitará.» Marta respondió: «Sé que resucitará en la

resurrección del último día.» Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida:

el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en

mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Ella le contestó: «Sí, Señor: yo

creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»

Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»

Le contestaron: «Señor, ven a verlo.» Jesús se echó a llorar. Los judíos

comentaban: «¡Cómo lo quería!»

Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no

podía haber impedido que muriera éste?» Jesús, sollozando de nuevo, llega

al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: «Quitad

la losa.» Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal,

porque lleva cuatro días.» Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás

la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a

lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú

me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que

crean que tú me has enviado.» Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro,

ven afuera.» El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la

cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había

hecho Jesús, creyeron en él.

Acción de gracias

Una losa invisible aplasta la vida;

la recluye en lo profundo de la nada

y la abraza de tinieblas irredentas

que estrangulan el hálito sagrado.

La muerte anuda su sinuoso cuerpo al nuestro

con lazos trenzados de desesperanza

y mortajas teñidas de una fe descolorida.

Cuando los días pasan enmudecen los ayes;

los gritos se hacen más hondos, tornándose en silencios

que braman con llantos invisibles

como olas que rompen en un alma herida,

marchita y desnuda de todo consuelo.

El tembloroso y entrecortado aliento de los vivos

emerge como un terremoto interior

de penas y tormentos.

¡Ay Amor! Si es que aún me habitas,

acude a esta tierra herida y maltrecha;

que tiemble toda ella abriendo en mí

impertinentes grietas por las que tu luz penetre

gritando con violencia: “¡amigo, sal fuera!”.

Porque sólo esa voz encarna la Palabra

capaz de transformar las tumbas muertas

en praderas de vida en la que los niños jueguen

sin miedo a perder, otra vez, esta su tierra.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57