Nos acercamos poco a poco a la semana santa, corazón litúrgico y espiritual de nuestra fe. Tres evangelios nos ayudarán en estos domingos a hacer esa preparación. Estos evangelios nos remitirán a tres símbolos que tienen mucho que ver con el bautismo: el agua, la luz y la vida. No está de más que los ya bautizados, renovemos este sacramento para darnos cuenta que también en el desierto de nuestro mundo y de nuestro corazón de piedra puede manar el agua viva de Dios.
El Evangelio de este domingo es toda una lección de psicología y pedagogía. Jesús nos revela su estrategia liberadora acercándose a la humanidad pecadora (representada por la samaritana) para hacernos descubrir que el pozo de felicidad que tanto anhelamos no está fuera de nosotros, en las cosas terrenales, sino que lo llevamos dentro. La conversación de Jesús con la samaritana sería digna del mejor psicopedagogo, maestro o catequista. Aquí Jesús nos da una lección magistral de respeto, delicadeza, elegancia y sabiduría para afrontar el reto de hacer ver a aquella mujer la verdad y la vida que anidaban en su corazón, cerrado por la testarudez y el pecado. Es una conversación que requiere tiempo, algo que tendríamos que meternos bien en la cabeza para evitar pretender sembrar y cosechar en el mismo día, rindiéndonos a la precipitación y la impaciencia.
La conversión a la que finalmente llega la samaritana (modelo de toda conversión) es un PROCESO lento que puede ser encendido o suscitado desde fuera, pero nunca impuesto o forzado. Toda conversión tiene sus etapas y cada pecador tiene unos límites que sólo él puede traspasar. Es el pecador mismo el que ha de darse cuenta de su realidad.
En este sentido, Jesús nos enseña magistralmente cómo dar luz sin cegar y calentar el corazón sin quemar. Jesús se mueve en una línea peligrosa; por eso la conversación entra a veces en un lenguaje ambiguo, incluso no carente de picardía. ¿Qué hace Jesús a solas con una mujer junto a un pozo? En aquella época era sin duda una situación embarazosa, dado que en ese contexto se trataba de una relación hombre-mujer no precisamente muy espiritual. Jesús sabe el significado de ese contexto, pero no lo elude de forma timorata; al contrario, parece que lo busca. Con el provocativo “dame de beber”, no inicia Jesús el diálogo de forma directa o brusca, sino que entra de lleno en el terreno de aquella mujer, adaptándose a su mentalidad y a sus formas.
Pero Jesús va abriendo poco a poco el horizonte de la samaritana para que sea ella misma la que caiga en la cuenta de su verdadera sed.
Porque nadie que no reconozca su sed puede descubrir el agua viva.
Descubrir la sed es algo muy personal. No sirven razones ni explicaciones, aunque sean ciertas, sino cercanía, luz, respeto y mucho amor.
Llega así un momento en el que a la samaritana le resulta incómoda la conversación y por ello busca el conflicto a través de polémicas raciales y religiosas. Jesús tampoco elude esos problemas, pero sabe que son excusas y salta sobre ellos para seguir demostrándole que lo que verdaderamente importa, no son las religiones o la raza, sino creer y adorar en espíritu y en verdad. ¿Quién es ese hombre que le demuestra su amor desde el respeto; que le abre a la fe desde la superación de los conflictos; que le dice quién es ella sin que esa enseñanza la humille?
Finalmente, la mujer deja a un lado su sed humana para expresar aquello que realmente anhela: la llegada del Mesías, del verdadero salvador. Sólo entonces (¡nunca antes!), cuando el otro quiere abrir el corazón para hacernos ver las esperanzas más íntimas, es cuando su tierra está preparada para recibir la semilla del mensaje: “soy yo, el que habla contigo”. Es entonces cuando creer deja de ser una enseñanza que viene de fuera para convertirse en una relación con alguien que camina al lado, que padece sed humana como nosotros, pero que porta el agua de la vida para que nuestro corazón deje de sufrir y se sacie plenamente.
La samaritana se convierte así en misionera; con su palabra traerá a la fe a los de su pueblo. Sus paisanos no quedan tan impresionados por sus razones o enseñanzas, cuanto por su testimonio y su experiencia personal. Finalmente, ni eso es necesario cuando se encuentran directamente con Cristo. Jesús ha renovado el milagro de sacar agua del desierto, como hizo Moisés. Pero esta vez el desierto no es un lugar, sino un corazón sediente que trataba de saciar su sed en charcos y no en el manantial de la vida.
Jesús da su vida por los pecadores, muere ante ellos sediento y fatigado del camino, pero esa sed y fatiga se convierten en un bastón poderoso que golpea delicadamente nuestro corazón de piedra para que de él brote el agua de la vida. Bebamos de esa agua y demos de beber también a tanta gente sedienta. Seamos pozos y fuentes de agua viva en este mundo para que tantas personas en búsqueda tengan la oportunidad de encontrarse con Jesús y descubrir su propio pozo interior.
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