La experiencia de desierto que hoy se nos presenta en la primera lectura tiene un triple objetivo pedagógico: afligir, poner a prueba y conocer nuestras verdaderas intenciones. El hambre y la sed sacan de nosotros nuestra verdad más profunda a través de diversos sentimientos y emociones que delatan la auténtica condición de nuestra alma.
Cuando a través de las emociones o sentimientos negativos constatamos que algo en el fondo de nuestro ser no funciona bien, solemos entrar en lo que llamamos “crisis”. En estas situaciones es importante contar con buenos apoyos para salir fortalecidos. Como dice la Palabra de Dios, uno de esos apoyos son los mandamientos de Dios; ellos nos recuerdan la verdadera dirección hacia la que tenemos que orientar nuestras obras. Los mandamientos son una especie de “prótesis espirituales” para ayudar a enderezar la vida. Cuando más hay que recurrir a ellos es precisamente cuando más perdidos y desorientados estamos, tanto moral como espiritualmente.
Pero en la crisis también hay pequeños consuelos que hacen llevadera la vida, pues Dios no nos prueba por encima de nuestras fuerzas. Ese es el sentido del “maná”. Podemos preguntarnos, ¿Qué maná pone Dios en mi vida para hacerme más llevadera la travesía por este mundo? El objetivo es no olvidarnos nunca de dónde venimos para no ahogarnos en las apreturas de un presente sacado del contexto de toda una vida. A veces sucede que una situación difícil en un momento determinado nubla la esclavitud de la que venimos, el mal del que tratamos de huir.
La ofuscación suele sobrevenir cuando sólo nos fijamos en la crisis que experimentamos sin ponerla en relación con nuestro pasado y con nuestro futuro, es decir, con toda nuestra existencia. La incomodidad del momento presente puede llegar a tal punto de provocar espejismos. Uno de esos espejismos es la nostalgia de pensar que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Es así como miramos la esclavitud del pasado como algo más deseable que la incomodidad de ser libres.
En los momentos de sequedad, desolación o prueba, es importante fijar con más fuerza las convicciones que originaron nuestra salida del mal para no volver sobre nuestros pasos a la situación original, pensando que siempre es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer. A ello nos ayudan los mandatos de Dios y las pequeñas consolaciones que Dios nos hace, como guiños que nos invitan a no desfallecer en la aventura de ser libres.A fin de cuentas, nosotros no caminamos por este mundo únicamente con idea de un Dios hacia el que nos encaminamos, sino con la experiencia de un Dios que camina con nosotros, un Dios encarnado que nos alienta con su Espíritu y que está presente en medio de su pueblo invitándonos a participar de su unión trinitaria, respetando nuestra identidad personal. El día del Corpus Christi nos ayuda a tomar conciencia de la necesidad de esa comunión. Como san Pablo nos dice en la segunda lectura, es una comunión que traspasa lo humano hasta descubrir en su esencia más íntima la presencia misma de Dios; pues el pan y el cáliz que compartimos no son sólo una expresión de solidaridad y fraternidad humana; también los no creyentes pueden experimentar esa solidaria fraternidad. Nosotros vamos un paso más allá, no por ideología, sino por una experiencia de encuentro con un Dios que nos habita desde lo más hondo de nuestro ser, mostrándose como Padre que a todos hermana, como Hijo que se hace amigo y compañero y como Espíritu que alienta nuestro caminar. Por tanto, nuestra comunión como creyentes no se fundamenta solamente en los valores humanos, sino en el pilar de la fe; es decir, en la experiencia de sabernos hijos de un mismo Padre, Creador y Hacedor de todo; una Padre que nos invita a entrar en comunión perfecta con Él a través de la comunión con toda la creación, especialmente con nuestros congéneres.
A la hora de experimentar esta comunión, que es fuente de vida, muchos cristianos tenemos la gracia del sacramento de la Eucaristía, instituida por el mismo Jesucristo. La comunión es la fuente y la expresión de quien aspira a una unidad perfecta en la que seamos capaces de habitar dentro de Dios, dejando que Dios nos habite no sólo de forma simbólica, sino real. Porque comulgar es mucho más que un acto litúrgico. En realidad, el acto litúrgico expresa la vida de la que emerge y a la que nutre mediante una cohabitación (comunión) que a todos nos hace uno sin que nadie pierda su propia identidad personal. No se trata de buscar una comunión que necesite difuminar o diluir lo humano para expresar lo divino, sino de divinizar lo humano hasta que alcance su máxima expresión.
En esto se diferencia el pan terrenal del pan celestial. El primero es necesario para no morir en este mundo; el segundo es necesario también para vivir en el mundo que hay más allá de los horizontes y fronteras que percibimos como límites, cuando no son más que lanzaderas a la verdadera comunión universal. Pero para tener esa vida en plenitud de la que habla san Juan en su evangelio es necesario no mirar al pasado con añoranza, ni empantanarse en el presente, ya sea cruel o dichoso, duro o amable, amargo o dulce. Quien come del pan de la vida encuentra la fuerza suficiente para seguir caminando, aunque sea cojeando o arrastrándose, porque nunca se conforma con el maná de este mundo, sino que aspira al verdadero pan de vida. Que la Eucaristía que recibimos sea el alimento de vida eterna que necesitamos para vencer en todas las tentaciones o para ser librados del mal cuando sucumbimos a ellas. Que el Cuerpo y la Sangre de Cristo alienten siempre nuestro caminar en la fe.
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