Cuando celebramos la Eucaristía, los cristianos ofrecemos el pan y el vino, al igual que hizo Cristo en la última cena antes de completar su sacrificio en la cruz. De esta manera, la última cena se convierte en un rito que está íntimamente ligado a una vida de entrega y sacrificio hasta la muerte. Nuestros ritos no son ceremonias al margen de la vida, sino expresión y manifestación de una fe que se hace realidad en el sacrificio cotidiano de la vida. Una vida que no es sacrificada por amor no merece tampoco ser celebrada. Toda celebración al margen de la vida no deja de ser un rito vacío, pura estética que deriva inevitablemente en hipocresía.
Usamos el pan y el vino porque son los dos elementos que Jesús quiso escoger para dejar en ellos su presencia. Son alimentos que necesitan un largo proceso de elaboración: sembrar, cultivar, cosechar, triturar, fermentar, amasar y finalmente cocer o envasar antes de llegar a nuestra mesa. Son alimentos que forman parte del rito de la pascua judía y que representan al mismo tiempo la base de la alimentación del pueblo hebreo. Lo que Jesús propone con esta ofrenda a través del pan y del vino, es un nuevo sacrificio incruento en el que la sangre de los animales ya no es necesaria, sino la entrega de la propia vida. No se ofrece nada que nos sea ajeno, sino al mismo Cristo, hombre como nosotros que se sacrifica, se entrega sin límites de forma apasionada por la humanidad, con la que se identifica y hace suya hasta el extremo.
No es la primera vez que en la biblia aparecen ofrendas de pan y vino. En la primera lectura vemos como el rey-sacerdote Melquisedec, ofrece esos mismos alimentos a Abram en señal de agradecimiento a Dios por la victoria sobre los enemigos. Es importante señalar que ya en estos textos tan antiguos se subraya que no se trata de ofrecer sacrificios a Dios por la victoria; es decir, no se trata de “pagar” a Dios por su ayuda ni de satisfacer un favor divino, sino simplemente de dar gracias por su presencia liberadora. Este fondo de agradecimiento ritual será el que quede finalmente establecido como la verdadera función del sacerdocio del nuevo testamento, superando al sacerdocio judío (monopolio de una sola tribu), ligado a ritos de sacrificios como moneda de cambio por los favores recibidos o por recibir de Dios.
En el nuevo testamento se afirma que sólo hay un único sacerdote:
Jesucristo. No es un sacerdote al estilo de los sacerdotes del judaísmo (Jesús no era de una tribu sacerdotal de Leví) sino según el rito de Melquisedec, es decir, convirtiendo su ofrenda en una “acción de gracias” y no en un mero pago a Dios por sus servicios.En la segunda lectura tenemos uno de los textos eucarísticos más antiguos de nuestra tradición; incluso más que los evangelios. A través de este texto, descubrimos cómo la Eucaristía está presente desde los mismísimos orígenes de la Iglesia. No se trata de un simple símbolo, sino de una presencia real que se manifiesta a través de la Palabra de Dios proclamada y escuchada, y de la ofrenda del pan y del vino sobre un altar que es, a la vez, cruz y mesa fraterna. Como altar es el lugar del sacrificio; como mesa fraterna es el lugar donde comer juntos porque la comunión no es un valor individual, sino de todo un pueblo: el pueblo de Dios.
Cristo cumple en su persona el mandato que le escuchamos hacer en el evangelio de hoy: “dadles vosotros de comer”. Es muy grande la tentación de convertir la misa en un acto de palabras sin vida ni hechos reales de amor al prójimo. Despedir a la gente sólo con el pan de la palabra, pero sin el pan compartido de la vida, supone deformar el verdadero sentido de lo que antes se ha proclamado. Por ello, tras dar al pueblo la Palabra de Dios, es preciso darnos nosotros; dar lo que tenemos, compartir y no despedir a la gente para que cada cual se las arregle como pueda. “Dadles vosotros de comer” supone el compromiso ineludible al que todo creyente ha de responder con su propia vida, compartiendo lo que tenga, sea mucho o poco, porque lo que se celebra ha de ser vivido realmente y no sólo en teoría.
El amor y la justicia se unen en la eucaristía, que es acción de gracias por todo lo recibido inmerecidamente. Dar gracias a Dios con la boca y no con nuestro desprendimiento supone una burda manipulación de Dios. El cuerpo y la sangre de Cristo son presencia REAL, no virtual ni simbólica. Al comer ese cuerpo y beber esa sangre nos hacemos UNO con cristo. Cristo nos une entre nosotros y nos une a Él; por ello, con Él y en Él estamos llamados también a partir y repartir nuestros cuerpos y nuestra sangre en favor de la vida de la humanidad. Cada cual en la parcela que le ha tocado vivir es un sagrario vivo que ha de ser abierto para saciar el hambre de justicia, paz, esperanza y tantas otras necesidades de la humanidad de hoy. Darnos en cuerpo y en sangre con Cristo, esa es la verdadera Eucaristía a la que estamos llamados.
Documento de la semana
Lecturas, homilía y oraciones para leer, imprimir o compartir · 257,7 KB