Homilías

Solemnidad de todos los santos

Homilía de la Solemnidad de todos los santos

Evangelio: Mateo 5,1-12a

Jesús proclama el sermón de las bienaventuranzas desde la montaña a sus discípulos y a la multitud. En él, declara dichosos a los sencillos, a los que sufren y a los perseguidos, prometiéndoles una gran recompensa en el reino de los cielos.

**HOMILÍA**

La solemnidad de todos los santos suele estar empañada por la conmemoración de los fieles difuntos que se celebra al día siguiente. La cercanía de ambas fechas ha provocado una especie de confusión celebrativa en la que la añoranza de nuestros difuntos más allegados difumina la memoria festiva y agradecida de la infinidad de santos anónimos, orgullo de la Iglesia, aunque sus nombres no consten en ningún santoral.

En la solemnidad de todos los santos recuperamos la frase del credo que dice: “creo en la comunión de los santos”. Esta comunión no es sólo la de la Iglesia terrenal, sino que incluye a los que nos han precedido en este mundo y se encuentran ante Dios esperando que la resurrección de la carne les devuelva su cuerpo para afrontar el juicio final que marcará definitivamente nuestra eternidad.

Las lecturas que la liturgia de la Iglesia nos ofrece en este día son las mismas en los tres ciclos litúrgicos. Se trata de visiones escatológicas que remiten a una realidad ya presente, pero que todavía no se ha desarrollado en plenitud. Lo importante es no quedarse aferrados a lo caduco de este mundo, sino saberse en el caudal de la vida y en la senda correcta que poco a poco nos vaya transformando en bienaventurados. No se trata, por tanto, de desplegar una espiritualidad “escapista” de un presente que nos hipnotiza o de un futuro lejano y utópico que nos aliena, sino de una espiritualidad realista que parte de los hechos, enriqueciéndola y dotándola de todo el potencial y el dinamismo necesario para alcanzar la meta que nos es propuesta.

En lo que respecta a la creencia en la vida eterna, hemos de distinguir entre la ilusión y la esperanza. El creyente no vive de ilusiones en un mundo ideal, porque las ilusiones producen ilusos, mientras que la esperanza forja hombres y mujeres realistas y activos, dinamizados por un mañana que da sentido al presente, que nos motiva y alienta para que nos lancemos con ardor hacia la perfección del mundo. Dicho de otro modo, no nos debe importar tanto si hay vida después de la muerte cuanto nuestra capacidad para vivir en plenitud, incluso antes de morir.

La solemnidad de todos los santos nos remite a personas anónimas que por su ejemplo de vida creenis que están ante la contemplación gloriosa de Dios, más cerca en su proceso de salvación que otros que han llevado una vida mediocre y que tal vez necesiten un proceso más largo de purificación hasta estar preparados para el juicio divino que antecederá la salvación total, una vez reunido cuerpo y alma, para integrarnos en el Todo del que emanó nuestra vida. A ese proceso de purificación hasta alcanzar esta situación indispensable para aceptar el juicio de misericordia es a lo que llamamos de una forma más o menos acertada “purgatorio”. No se trata de un lugar, sino de un estado de purificación indispensable para entrar en la senda de la salvación.

El libro del Apocalipsis recoge un número concreto de elegidos que se corresponde simbólicamente con el de las 12 tribus de Israel (12 tribus por 12.000 miembros por cada tribu dan la cifra de 144.000). Estos números han de ser interpretados en sentido metafórico, no matemático. Ahora bien, incluso detrás de estos “privilegiados”, por el mero hecho de ser pueblo de Dios, hay un número incontable de personas de todo tipo, raza y condición. Ellos son los que, a pesar de no ser parte formal del pueblo elegido, darán a Dios un culto que se resume en siete palabras: alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza… hasta los mismos ángeles caen ante estas palabras en la visión de Juan. El texto nos obliga a especificar de qué personas se trata: ni más ni menos que las víctimas de la historia cuyo martirio y sacrificio vital ha purificado sus vidas a pesar de ser bañadas en la sangre de Cristo. El salmo responsorial nos aclara y concreta de qué tipo de personas estamos hablando: personas de manos inocentes y puro corazón que han aprendido a no confiar en los ídolos; es decir, personas libres de cualquier idolatría que han sabido poner a Dios en el centro de sus vidas.

Pero incluso a pesar de poder ser llamados hijos de Dios, bien por el bautismo formal o por nuestra vida martirial semejante a la de Cristo, todavía hemos de esperar la manifestación final de lo que somos. Esto quedó acuñado en la expresión teológica del “ya sí pero todavía no”, que tanto ayudó a entender el teólogo Jürgen Moltmann. Esta expresión está inspirada en la primera carta de Juan que hoy tenemos como segunda lectura. Esto significa que a pesar de poder decir que YA SOMOS hijos de Dios, TODAVÍA no se ha manifestado en plenitud lo que seremos. Se trata así de mantener una sana tensión entre la esencia de hijos de Dios, que nadie nos puede arrebatar, y la realidad plena de lo que seremos si seguimos así (algo que no hemos podido alcanzar todavía). Precisamente el pecado consiste no tanto en la infracción de unas normas (eso serían las consecuencias), sino en la contradicción vital que supone actuar de forma contraria a lo que somos, cosa que no sólo hace daño a la creación y a los demás, sino también a nosotros mismos, porque la primera víctima del pecado es el propio pecador. El pecado está en negar lo que soy, no sólo en transgredir una norma que marca lo que debo hacer.

Las bienaventuranzas (ese maravilloso sermón de Jesús) que siempre son proclamadas en este día, nos ayudan a entender la respuesta del hijo de Dios a su identidad; lo hace de una forma concreta; tan concreta que podemos mirarnos en ella como en un espejo para comprobar si hay autenticidad en nuestra vida o mera apariencia. Son nueve las bienaventuranzas y cada una de ellas tiene consecuencias semejantes, pero con matices. Antes de explicitarlas, es importante resaltar que no se trata de una normativa expresada en forma de norma prohibitivas, sino como propuestas a realizar o caminos abiertos para alcanzar la verdadera felicidad que a veces chocan con las propuestas tramposas de este mundo, tan fáciles de entrar por ellas como difíciles para liberarse.

En español podríamos distinguir entre aventurados y aventureros. El aventurero puede estar movido por la valentía, pero le falta la brújula, el norte, el sentido de la vida. Un aventurero no valora el riesgo, no tiene temor; se lanza sin pensar, movido por la confianza en sí mismo sin tener en cuenta que todos somos dependientes de algo o de alguien. Por el contrario, el aventurado conoce el riesgo, es consciente de las consecuencias, pero a pesar de ello se lanza con confianza, porque en su horizonte sí existe un norte, un sentido, una meta. Digamos que el aventurero se deja llevar por el viento que sopla sin carta de navegación, mientras que el aventurado no se deja arrastrar por los vientos que soplan ni encandilar por los cantos de sirena, ni por una curiosidad malsana; su vida está orientada hacia una meta que sabe que es bella y verdadera.

Sólo el aventurado puede ser así pobre de espíritu, es decir, vivir sin apegos; sabe llorar porque comprende que hay un consuelo para cada lágrima; sabe sufrir porque conoce que hay penas que merecen ser asumidas para heredar algo mejor en este mundo; también tiene hambre y sed de la justicia, porque conoce las consecuencias de la injusticia y busca más saciar a los demás que saciarse a sí mismo. El aventurado tiene misericordia porque se sabe sujeto de una Misericordia mayor; es limpio de corazón porque comprende que es la única forma de ver con claridad el rostro de Dios, sin mediaciones ni artificios.

Pero el aventurado también suele ser víctima de la injusticia humana; navega contra corriente y en su camino se encuentra con aventureros no permiten que alguien tenga clara su meta, pues el simple hecho de estar orientados en la vida destapa y denuncia la jauría de vidas sin norte ni sentido. Por ello no es extraño que los aventurados suelan ser insultados, perseguidos y calumniados, cuando no ridiculizados por la causa que les llena de sentido… A ellos se les pide estar alegres, porque la recompensa del cielo compensa con creces los padecimientos de este mundo.

Tenemos las herramientas necesarias y la carta de navegación que Jesús nos dejó en el sermón de la montaña y que luego cumplió con su vida; tenemos el ejemplo de los santos conocidos y de la legión de santos anónimos, gracias a los cuales nuestros pasos tienen un camino que seguir; un camino hecho a golpe de pisadas que nos han antecedido; son pasos conocidos, familiares; pasos que incluso pueden ser recientes, de personas a las que hemos admirado y con las que estamos deseando reencontrarnos en la otra orilla. Hoy nos toca pedir por ellos y recordarles, como algún día otros pedirán por nosotros en esa maravillosa comunión fraterna entre la Iglesia terrestre y la celeste que supera todo espacio y lugar.

Documento de la semana

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Para la celebración

Lecturas

Primera lectura: Apocalipsis 7,2-4.9-14

Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles: "No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios." Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel. Después esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: "¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!" Y todos los ángeles que estaban alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y rindieron homenaje a Dios, diciendo: "Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén." Y uno de los ancianos me dijo: "Ésos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?" Yo le respondí: "Señor mío, tú lo sabrás." Él me respondió: "Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero."

Palabra de Dios

Salmo responsorial: Salmo 23

Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.
Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos. R.

¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes y puro corazón
que no confía en los ídolos. R.

Ése recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Éste es el grupo que busca al Señor,
que viene a tu presencia, Dios de Jacob. R.

Segunda lectura: 1 Juan 3,1-3

Queridos hermanos: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esperanza en él, se purifica a sí mismo, como él es puro.

Palabra de Dios

Evangelio: Mateo 5,1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles: "Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo."

Moniciones

Monición de entrada

Hoy celebramos uno de los artículos que profesamos en el credo: “la comunión de los santos”. Ello significa que entre los que han pasado por este mundo y los que todavía estamos en él, existe un vínculo del que debemos ser conscientes. Al igual que ellos contemplan cara a cara la gloria de Dios y piden por nosotros, nosotros también debemos pedir por ellos. Sabemos que muchos de los que han dejado este mundo son santos; conocemos sus nombres porque la Iglesia así los ha reconocido por sus virtudes y ejemplo de vida. Pero hay otros muchos santos anónimos. A ellos se les dedica este día. Sus vidas nos recuerdan que no estamos llamados solamente a ser buenas personas, sino a la santidad de vida.

Monición a las lecturas

Escuchamos la Palabra de Dios que nos habla no sólo de nuestro destino final a través de una de las visiones del libro del Apocalipsis, sino también de aquello a lo que estamos destinados y ya hemos de empezar a saborear en esta vida, según nos recuerda la primera carta de san Juan. Esta preparación para la vida eterna, que se inicia tras el encuentro con nuestro creador y se manifiesta de forma visible en la vivencia de las bienaventuranzas, es el contrapunto a una visión legalista de la religión. Porque para el creyente, la vida eterna se encuentra más en la alegría de vivir el camino de la felicidad que en la ilusión de un mundo mejor que se desea pasivamente. Sólo la transformación de este mundo en un anticipo del Reino de Dios es garantía de estar en el camino correcto.

Oración de los fieles

ORACIÓN DE LOS FIELES (peticiones)

1. Que todos lleguemos a la santidad iluminados por las vidas de los santos a quienes veneramos hoy. ROGUEMOS AL SEÑOR

2. Que en nuestras vidas se cumplan las bienaventuranzas para que el mundo crea y encuentre el camino de la salvación. ROGUEMOS AL SEÑOR

3. Por todos los miembros de nuestras familias y amigos que han dejado ya este mundo. Que encuentren en Dios misericordia y perdón y que sus vidas puedan brillar en el cielo por toda la eternidad. ROGUEMOS AL SEÑOR.

4. Aumenta nuestra fe, Señor, para que podamos hacer frente con esperanza a la ausencia de aquellos que la muerte nos arrebató. ROGUEMOS AL SEÑOR.

5. Por todas aquellas personas que han muerto sin tener a nadie que pida por ellos. Que por la comunión de los santos sientan la solidaridad y el apoyo de toda tu Iglesia. ROGUEMOS AL SEÑOR.

Acción de gracias

**Acción de gracias**

Santos quiero en la tierra,
más que modelos en los altares;
hombres y mujeres de manos limpias
más que frías estatuas de piedra;
corazones puros y ojos limpios,
más que carcomidas figuras de madera.
Bondad, belleza y verdad son el fruto
de los rostros anónimos
que hacen fermentar la masa
con la levadura de la humildad silente.
Hoy nuestras gargantas gritan los nombres invisibles
de aquellos que dejaron a su paso
las huellas sobre las que hoy caminamos;
almas dichosas que antepusieron la alegría del amor
a las leyes que ahogan el aliento
y sacrifican el alma para salvar sólo el cuerpo.
Santos quiero;
santos anónimos que brillan en silencio,
aunque la tensa espera de esta vida
no nos deje ver con claridad
el Reino que está amaneciendo cual imparable alborada.
Abrid los ojos y mirad sin miedo
la incontable legión de diminutas estrellas
que abren sendas en el firmamento
al ritmo de bienaventurados gestos;
brillan esas estrellas anónimas
como pequeñas gotas de lluvia
que empapan con ternura nuestros campos
y riegan nuestra seca y agrietada tierra.

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Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57