José ha pasado a nuestra historia como el “hombre justo” (dikaios) al que Dios le pide lo más costoso que se le podía pedir a un hombre judío en su época: la renuncia al derecho de paternidad biológica y la aceptación de la custodia de la obra que Dios ha hecho no en él, sino en la mujer con la que se había desposado. De esta manera se viene a romper una tradición patriarcal que hacía recaer exclusivamente sobre el hombre la fuente de la legitimidad generacional, iniciándose un devoto respeto a la figura de la mujer, representada en María, como Madre de Dios.
De san José conocemos muy poco, aunque sí lo suficiente para afirmar que es miembro de la tribu de Judá, descendiente del rey David, y por tanto miembro de pleno derecho de la nación israelita. Según la tradición judía, la genealogía se desplegaba a través del varón, siendo la mujer un mero elemento receptor y “paridor” de una raza que según la Mishná pasaba exclusivamente de padres a hijos varones.
Pero en la forma en la que los evangelios (especialmente Mateo) presentan el origen de Jesús, esta concepción tradicional parece resquebrajarse. Ya en la genealogía con la que Mateo hace iniciar su evangelio, se intercalan entre los hombres a cuatro mujeres, dos de ellas de una más que dudosa reputación: Tamar, Rahab, Rut y la mujer de Urías. De esta manera, la Revelación de Dios parece desbordar los cánones humanos, actuando de forma irregular. La genealogía patriarcal se comienza así a romper y José, como depositario de dicha genealogía que viene del mismo Abraham, lo sufrirá en su propia vida. Él estaba llamado a ser el signo y meta del devenir patriarcal, pues reunía todas las condiciones para ello: israelita, hombre de la tribu de Judá, descendiente de David de cuya descendencia vendría el mesías… ¿Qué salió mal? ¿Por qué Mateo se refiere a él en la genealogía no por su nombre sino como “el esposo de María”, reduciéndolo a una especie de príncipe consorte de la verdadera protagonista, que es Virgen? Es difícil encontrar en la Revelación un signo más fuerte que dinamite desde dentro la mentalidad patriarcal y nacionalista religiosa.
Con la gestación de la Palabra de Dios en el seno de María no sólo se superan las leyes biológicas, sino también se quiebra un tradicionalismo que ha resultado estéril, iniciándose una nueva era que dará como resultado una nueva Alianza. Pero esta novedad divina que cambiará por completo la salvación de la humanidad, no es una revolución; no comienza desde cero, sino que asume la historia salvífica del primer o del antiguo testamento, cuyo exponente es José. Lo que va a suceder con José y María es algo nuevo, pero no en el sentido de algo inventado desde cero, sino en cuanto florecimiento o expresión de una Tradición que no se quiebra, sino que simplemente se renueva o reinventa desde el respeto al pasado, pero también desde la fidelidad a una promesa futura en la que hay que confiar.Serán María y José los artífices del inicio de esta nueva alianza. Lo que acontece en el seno de María es afrontado en primer lugar desde la única perspectiva que José conocía: la de su tradición, según la cual o bien denunciaba a su mujer para que la lapidaran o la repudiaba en secreto abandonándola a su suerte. José, sin salirse de la Ley, elige el mal menor. Es lo máximo que puede hacer por la mujer que ama como buen israelita; inhibirse ante aquel enorme problema. Pero lo que aparentemente es un acto de omisión, se convierte en el fondo en el primer paso de su conversión.
Todos nos hemos ido a la cama alguna vez en la vida con un volcán de sentimientos en el corazón y con un tifón de pensamientos en la cabeza. Cuando José se recuesta tras el golpe que María asesta a su vida, sólo los ángeles podrían haberle hecho dormir; y lo hacen. Lo que María acepta despierta y alerta ante Dios, José sólo podrá hacerlo en sueños.
Tal vez aquí se manifiesta la diferencia entre la psicología femenina, más intuitiva y emocional, y la masculina, más dada a la lógica y a una reflexión apoyada en la razón y las normas. Lo que aquella noche aconteció en el corazón de José fue una profunda conversión que le ayudó a romper con un tipo de patriarcado asentado sobre la indiferencia ante la mujer. La primera consecuencia es recibir a María como la protagonista de su vida por voluntad de Dios, como lo es que el hijo que asumirá como suyo en la tierra ya no lleve su nombre, sino aquel que le sugieren los ángeles de Dios. Jesús (Dios con nosotros). Al no poner su nombre al que a los ojos de todos sería su hijo, asume sobre el niño que iba a nacer una autoridad basada en la fe, no en la potestad meramente jurídica que nace de lo puramente biológico.
De esta forma, el nacimiento “virginal” de Jesús es un símbolo de la obra escatológica de Dios, encarnado no sólo como una idea, sino como una persona real, de carne y hueso, dentro de un linaje humano que transciende lo meramente carnal. Es una forma de entrar en lo humano sin ningunearlo u obviarlo (como haría un fantasma), pero al mismo tiempo sin plegarse a su más frágil condición: la del pecado original que nos aleja esencialmente de Dios.
Para entender la importancia del nacimiento de Jesús en estas circunstancias, hay que entender que no es suficiente con predicar el Reino de los cielos que anunció Jesucristo, ni tan siquiera su pasión, muerte y resurrección… es necesario volver al origen de este Hijo del Hombre para descubrir cómo ha nacido; porque su nacimiento también nos revela su identidad. En base a esto los evangelios nos enseñan que Jesús no es exclusivamente fruto del amor carnal entre María y José, sino que viene al mundo por la fuerza del Espíritu Santo, es decir, por la misma fuerza forjadora de la creación, generadora de la vida desde el principio de la historia y protectora de la misma en su desarrollo hasta el final de los tiempos.El nacimiento de Jesús y el papel que san José desempeña en la vida de Jesús supone una puerta de entrada a un espacio sagrado al cual sólo es posible acceder desde la fe. Ellos mismos tuvieron que dar ese salto en la fe, aunque José tuviera que hacerlo en sueños. Es evidente que los relatos del origen de Jesús están impregnados no sólo de una base histórica, sino también de elementos míticos que provienen de la cultura de aquella época, incluso de la cultura pagana de ámbito mediterráneo. Es innegable las similitudes que María puede tener, por ejemplo, con algunas diosas paganas como Isis o Cibeles (por poner un ejemplo); pero ello no desdice ni erosiona la fe, simplemente la hace más humana, más encarnada en la historia. De alguna forma purifica la fe del espiritualismo o angelismo con el que a veces hemos dibujado las intervenciones de Dios en nuestra historia. Los evangelios, especialmente el de Mateo, ha querido escoger precisamente este difícil y pedregoso camino. No es él quien inventa el nacimiento virginal, recibiéndolo de la Iglesia primitiva y también dándole forma teniendo en cuenta los géneros literarios de su época. Mateo asume esta forma de contar el nacimiento de Jesús para contribuir a superar el patriarcado ancestral que se había mostrado inútil a la hora de salvar al pueblo y también para expresar de la mejor manera posible lo inexplicable, utilizando el sueño de José como la mejor herramienta para introducir lo arcano en lo humano. Con todo, el riesgo de seguir cargando las tintas sobre la figura del varón a la hora de explicar la irrupción de Dios en la historia, llevaría a san Lucas a compensar el protagonismo que José tiene en el evangelio de Mateo con la figura de María, que brilla por encima de su marido en su evangelio.
Recordemos el hermoso pasaje de la anunciación que sólo Lucas recoge.
Sea de una manera o de otra, José es modelo de conversión al entender su vida como un sacrificio para un renacer nuevo de lo humano en la persona de su hijo. Si Mateo opta por poner en un segundo plano a María no lo hace para ocultarla, sino porque entiende que quien debe hacer el esfuerzo de asumir a Dios hecho hombre no es la mujer, sino el hombre (José). Así se hace frente a la tentación de la prepotencia y se evita esconder u ocultar a la que desde el principio de la creación ha sido creada como carne de su carne y hueso de sus huesos, hecha como su complemento para que ambos sean verdadera imagen de Dios. San José nos da una lección magistral de humildad y silencio, entendiendo que toda su psicología y biología humana está puesta no para imponer o aplastar, sino para proteger, guiar, enseñar y dar un paso atrás cuando llega el momento oportuno. Así, la fuerza masculina, lejos de ocultar a Dios, lo muestra de la forma más noble, justa y leal posible.
Hoy es día de acordarse de todos los hombres del mundo que han entendido, al igual que José, que todo lo que han recibido en la vida (también su sexo) ha de estar puesto siempre a disposición de los más débiles y frágiles, superando toda tentación de ejercer la fuerza en cuanto dominio, gestionando el potencial natural con que han sido bendecidos para proteger, dar seguridad y forjar en silencio el devenir de un mundo nuevo.
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