Este año, la solemnidad de la Santísima Trinidad que antecede a la del Corpus, se abre con la lectura del libro de la Sabiduría, una verdadera joya del antiguo testamento. Si la Trinidad es uno de los mayores Misterios de la fe, la Sabiduría divina no se queda atrás. ¿Es algo o es alguien? ¿Es un atributo divino o más bien es el mismo Dios revelado de esta forma tan singular? En la presentación que la Sabiduría hace de sí misma, la cosa no está clara: Dios la hace previa a todas sus tareas; es algo así como una hoja de ruta que inspira la creación, el pensamiento o el sentimiento de Dios que guía sus manos creadoras. La sabiduría adquiere forma antes de la creación; no es creada sino “engendrada”, dando a entender que no forma parte del mundo creado, sino que viene a ser como el motor que hace que todo exista; un motor juguetón que introduce en el dinamismo creativo de Dios un gozo que se supone inoculado en todo lo que existe.
La visión lúdica, gozosa o “divertida” del dinamismo creador (al mismo tiempo que travieso e incluso cruel por la perturbación que el mal ejerce) es reconocida en salmo 8, que remite a la creación desde la perspectiva humana. Y es que la humanidad no es creada como un elemento más, sino puesta en la cúspide, al frente de todo lo creado a pesar de su fragilidad. De ello se sorprende el salmista, como no puede ser de otra manera: ¿Qué es el ser humano para que Dios piense en él de esta manera? ¿Por qué ha querido Dios darle el poder que tiene a pesar de su fragilidad, haciéndole partícipe de la actividad creadora de Dios?
Si Dios crea, la humanidad está llamada a re-crearse, siendo convocada a la sinfonía de todo lo que existe no como una espectadora pasiva, sino como la directora de orquesta de esta misteriosa sinfonía que es la existencia y cuya partitura no es otra que la Sabiduría divina.
Es decir, la unicidad universal (con uno mismo y con todo lo creado) depende de la fidelidad a la partitura que se nos entrega; salirnos de ella supondría desentonar y destruir la armonía micro cósmica (nuestro ser más íntimo) y macro cósmica (el mundo externo a nosotros). Lo paradójico es que la fidelidad a esta partitura no nos hace esclavos de la misma, sino seres más libres, pues es ella quien invita a que la re- creemos de forma creativa en nuestra propia realidad y con nuestros propios matices, sin dejar de ser fieles a su partitura. Es la plena unidad que acoge y armoniza la diversidad. Ya vemos aquí prefigurado un dinamismo plural y relacional, pues la creación no remite a un único sujeto creador que forma un objeto ajeno a sí mismo, sino a un Dios que hace extensible la relación que tiene consigo mismo a todo lo creado, dotándolo de autonomía y libertad para que pase de ser un objeto, a un sujeto interlocutor del mismo dinamismo creador de Dios.Así somos convocados a la vida. Para san Pablo, como expresa en su carta a los romanos, la fe es la “llave” que abre a la “justificación”, que es algo así como la sintonía nuclear y central del ser humano con su Creador. Esta sintonía produce paz, gracia y gloria, incluso en los sufrimientos. Es más, Pablo nos muestra cómo lograr reconducir la situación cuando la armonía inicial se ve perturbada por el mal, al que él llama “tribulación”. Introducir la fe en la ecuación provoca que la tribulación nos haga personas constantes, la constancia forje en nosotros “virtud probada” (es decir, valores bien cimentados en la personalidad) y todo ello nos lleve a la esperanza. Esta última virtud es de singular importancia en el presente año jubilar, pues el lema del mismo nos convoca a ser sus testigos. Pero como no nos cansaremos de repetir, no hemos de confundir la esperanza con la ilusión. La ilusión provoca ilusos y termina defraudando porque no se asienta sobre la fe y el amor, sino sobre las emociones y los sentimientos pasajeros que provocan sueños sin fundamento (realidad virtual). Por el contrario, la esperanza nunca defrauda porque está fundada sobre el amor que Dios derrama en nosotros a través de su Espíritu; no un amor teórico, sino constatable en la persona del Hijo que dio su vida por nosotros y en el testimonio de aquellos que le siguen con fidelidad.
Estas reflexiones tan “sesudas” (especialmente en este tiempo de bochorno) vienen completadas por el texto del evangelio de Juan, que no contribuye precisamente a bajar el nivel, sino a subirlo todavía más. A riesgo que sufrir un cortocircuito por el calor, me atrevo a desmenuzar el mensaje de este domingo para acercarnos un poco más al misterio de la Trinidad que ya percibimos entretejido en los otros textos.
La progresividad que san Pablo da a la forma de llegar a la esperanza (de la tribulación a la constancia, de la constancia a la virtud probada y de ésta a la esperanza) es también utilizada por san Juan, quien observa una metodología pedagógica similar en la revelación divina: Padre e Hijo lo comparten todo y hacen copartícipe a la humanidad de su unidad a través del Espíritu Santo. Si nos acercamos al misterio de la Trinidad sin este dinamismo progresivo no conseguiremos ningún resultado positivo; es más, nos resultará un misterio absurdo e inútil. Para adentrarnos en el “tejido” trinitario de Dios hemos de caminar con SABIDURÍA, acompañados por alguien que nos “guíe a la verdad plena”. Ello da a entender que hay verdades parciales y una verdad plena. La verdad plena no es la suma de las verdades parciales, sino la armonía y unificación de las mismas dentro de un orden. Todo ser humano, cultura, civilización, religión o ideología puede contener semillas o brotes de la verdad, pero sin la vinculación armónica con el resto de verdades sólo conseguiremos dispersarnos y adentrarnos en callejones sin salida. No estaremos en la mentira, pero sí en la falta de verdad.Para encontrar la verdad plena hay que escuchar el Espíritu Santo.
Juan dice que el Espíritu habla de lo que oye y luego comunica. De nuevo vemos aquí un dinamismo divino de escucha antes de la palabra.
Sólo podemos dar lo que hemos recibido. Por eso es tan importante discernir lo que recibimos y no tragárnoslo todo de forma indiscriminada.
Para ello es indispensable el silencio como antesala de la palabra e incluso como intervalo entre nota y nota para que la música sea una sinfonía armónica y no una cacofonía imposible de digerir. Esta armonía progresiva entre silencio, escucha y testimonio (transmisión de lo recibido) hace que todo esté en su sitio y que exista paz y equilibrio.
Dicho de otra forma, el Espíritu glorifica al Hijo cuando recibe del Hijo y nos lo da a nosotros, como el Hijo glorifica al Padre cuando recibe del Padre y lo da al Espíritu… Nuestra gloria será dejarnos guiar por el Espíritu y escucharlo, para dar testimonio en el mundo y así volver a glorificar al Padre. Se produce así un círculo virtuoso en donde sin que nadie pierda su identidad, se elimina el individualismo o la auto referencialidad, optando por una actitud relacional. Es este dinamismo el que nos unifica al mismo tiempo que resalta nuestra singularidad, lo cual no deja de ser paradójico. Es así como podemos hablar de Dios al mismo tiempo que le reconocemos con “Padre, Hijo Y Espíritu Santo”. Y es así como a imagen de este Dios uno y trino, podemos hablar de nosotros sin que nuestro “yo” se diluya ni quede anulado por ninguna realidad plural.
Pero ¿Qué ocurre cuando este dinamismo trinitario no se sigue?
Pueden ocurrir cuatro cosas: a) Que nos cerremos a no recibir nada y por lo tanto todo lo que demos haya que inventarlo desde cero. No se trata de renovar, sino de inventar como si nadie hubiera inventado antes. Este es el caso, por ejemplo, de las revoluciones, que consideran que todo lo anterior no ha servido de nada y que un movimiento o una entidad es capaz crearlo todo de la nada. Las consecuencias las podemos ver bien claras en la historia. b) Que recibamos, pero que no comuniquemos nada y que por tanto lo recibido se detenga y muera con nosotros. Aquí se introduce el silencio, pero un silencio estéril que sólo busca retener y retroalimentarse, sin ser capaz de abrirse a la creación y a sus criaturas. Este es el problema de una Iglesia que deja de ser misionera; sencillamente termina desapareciendo. c) Que no recibamos porque alguien cortó el anuncio y por lo tanto que no tengamos opción de comunicar nada. Esto nos lleva a un silencio que provoca un sin sentido vital tremendo y un vacío interior que se agranda más cuanto más tratamos de llenarlo con cosas o ideas que no pertenecen a la verdad.d) Que recibamos pero que comuniquemos mal, bien por negligencia o por ignorancia. Esta sería la menos mala de las cuatro situaciones descritas, porque siempre una mala transmisión puede ser evaluada y corregida. Para evitar este error, es fundamental la formación permanente en nuestras vidas, así como el contraste de nuestras metodologías con la realidad y con otras personas mediante evaluaciones y revisiones periódicas.
En resumen: estamos hechos a imagen y semejanza de un Dios plural en su singularidad. Ello nos lleva a encontrar el sentido de nuestras vidas cuando salimos de nosotros mismos y de nuestra singularidad, para interactuar con un ente más grande que al mismo tiempo que nos ayuda a unificarnos personalmente, nos dota de una identidad plural y de un sentido de pertenencia que amplifica y completa nuestro ser. Esa es la función de las instituciones humanas que naturalmente brotan a poco que dejemos que lo natural (y no lo artificial) se abra paso: la familia, la pandilla, los compañeros de trabajo, la comunidad… Bien entendido, el misterio de la Trinidad nos hace comprender el sentido de nuestra singularidad (ser únicos), precisamente cuando no tratamos de retenerla, sino cuando la entregamos y la transmitimos a otros entes diferentes que agrandan mi ser: la creación, la humanidad, Dios… ¿Eres un ser trinitario o sigues ahogado en un colectivismo borreguil que no te deja ser tú mismo o en un egoísmo e individualismo inane, o lo que es peor, en las dos actitudes a la vez? Cuando pensemos en el Misterio de la Trinidad no pensemos sólo en las altas teologías, sino también en las consecuencias que tiene para nuestra vida práctica pensar en Dios de una u otra manera.
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