Homilías

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Homilía de la SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Todos los que asistimos a la Eucaristía los domingos tenemos fe en Dios. Decimos que creemos, pero si nos preguntaran a cada uno de nosotros cómo pensamos que es Dios, seguramente saldrían tantas imágenes de Dios como fieles creemos en él. Todos los creyentes de todos los tiempos se han enfrentado a este problema, porque una cosa es la imagen que tenemos de Dios y otra lo que Dios realmente es. Ejemplo de ello lo encontramos en la primera lectura, tomada del libro del Éxodo. Moisés sube de nuevo con las tablas de la Ley al monte Sinaí y allí vuelve a encontrarse con el Señor, quien le revela su propio nombre junto con algunos adjetivos que destruyen la imagen terrorífica de un Dios justiciero, vengativo y castigador: Dios mismo dice ser: “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. De entrada, ya tenemos aquí unos cuantos valores no sólo para entender a Dios, sino también para entendernos a nosotros mismos, pues somos imagen suya: la compasión, la misericordia, la templanza ante la tentación de la ira, la clemencia y la lealtad.

Pero si hay una imagen de Dios verdaderamente auténtica y más fiable, es la que él mismo nos trasmite, no ya desde lo alto de un monte, sino desde un pesebre, unos caminos polvorientos, un calvario o una tumba vacía. Es la imagen de la misma Palabra de Dios hecha carne, la imagen que nos trasmite Jesucristo. Tras su paso por este mundo y su regreso a la derecha del Padre, el encargado de mantener viva esa imagen es el mismo Dios. Un Dios que al pueblo de Israel le habló desde el monte Sinaí, que funda con los discípulos y apóstoles el nuevo pueblo de Dios desde los caminos de Galilea, Samaria y Judea; un Dios que nos habla a través del Espíritu que el mismo Jesús dejó en ese nuevo pueblo: La Iglesia.

¿Cuáles son los rasgos de Dios que perviven en este nuevo pueblo?

Nos lo recuerda san Pablo en la segunda carta a los corintios cuando nos dice: “alegraos, enmendaos, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz”.

Es decir, la imagen de Dios que ha de pervivir en su pueblo: la alegría, la corrección fraterna desde el ánimo mutuo, la búsqueda de un mismo sentir (no dice de un mismo pensar) y de la paz como escenario de la vida. Con ello, la Iglesia viene a cerrar el círculo trinitario al que somos invitados a participar, no como espectadores, sino como miembros de pleno derecho.

En el magnífico icono de la Trinidad de Andrei Ruvlev, el círculo en el que se encuentran los tres personajes alados que representan las tres personas de naturaleza divina (Dios comunión de amor) se encuentra incompleto porque la mesa a la que están sentados es una mesa cuadrada (símbolo del mundo en aquella época). Ese cuarto asiento está reservado y abierto para quien contempla el icono; es decir, para nosotros, porque sabemos que un incono no es un simple cuadro hecho para ser mirado y admirado, sino una ventana a lo sagrado para ser contemplado y orado. A través de este incono, podemos no sólo dejarnos iluminar por la luz de Dios Uno y Trino, sino también “entrar” por él hacia la comunión que nos invita. De esta manera, Dios se convierte en la fuente y el cénit de nuestra unión. Esta unión unifica al mismo tiempo nuestro ser personal, haciéndonos entrar en armonía con toda la creación.

Es decir, Dios Uno y Trino nos hace vivir en permanente salida de nosotros mismos hacia la creación de la que formamos parte, pero sin anular ni diluir nuestra personalidad.

La clave de nuestra salvación es creer que lo anterior es posible, es decir: tener fe en Dios en cuanto comunión de amor que nos invita a entrar en esa misma comunión. Se trata de creer en el amor de Dios Padre que envía su Palabra (el Hijo), a través del cual nos envía también su Espíritu para que guiados y protegidos por él podamos vincularnos al círculo eterno de amor que nos salva. En nuestra mano está incorporarnos a esta armonía salvífica o quedarnos fuera, posicionándonos como espectadores o directamente como enemigos de todo dinamismo unificador en nosotros mismos, en nuestras relaciones personales y en la creación.

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Para la celebración

Lecturas

1ª Lectura

Lectura del libro del Éxodo (34,4b-6.8-9)

En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había

mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra. El Señor

bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del

Señor. El Señor pasó ante él, proclamando: “Señor, Señor, Dios compasivo

y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. Moisés, al

momento, se inclinó y se echó por tierra. Y le dijo: “Si he obtenido tu favor,

que mi Señor vaya con nosotros, aunque ése es un pueblo de cerviz dura;

perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya.”

2ª Lectura.

Lectura de la segunda carta a los Corintios (13,11-13)

Hermanos: Alegraos, enmendaos, animaos; tened un mismo sentir y vivid

en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros. Saludaos

mutuamente con el beso ritual. Os saludan todos los santos. La gracia del

Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté

siempre con todos vosotros.

EVANGELIO

Juan 3,16-18

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca

ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios

no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo

se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está

juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Acción de gracias

¿Cómo he de llamarte, Señor

si tu nombre no cabe en mis labios?

¿Cómo atreverme a decir tu nombre

con esta lengua harta de discursos huecos

y silencios cómplices de la injusticia,

enferma de cómoda cobardía?

A tientas, sólo atisbo a llamarte “Padre”,

como me enseñaste

haciendo tuyas mis palabras indigentes.

Pero una y otra vez me viene,

como un torrente, tu presencia,

ungiendo mi voz y las voces de este mundo,

consagrándolas y afinando sus anhelos

en la bendita pluralidad de incontables universos

llamados a entrelazarse sin diluirse ni imponerse

los unos a los otros.

A pesar de las gramáticas y acentos divergentes

una sola es la voz con la que tus criaturas de reclaman;

voz en la que cabe toda voz,

suma que no necesita difuminar sumandos

para alcanzar la cifra que aspira al infinito.

Te escondes en un inabarcable círculo abierto

como quien extiende las manos y abre el pecho

para que nadie quede fuera de su cálido regazo.

Eres fuente y caudal sonoro

a cuyo paso la vida es convocada y se refresca

con el alegre fluir de tu torrente

y el bendito don de tu agua siempre nueva.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57