La solemnidad de la inmaculada concepción de la virgen María está situada de forma casi estratégica a las puertas de la Navidad. No obstante, este acontecimiento histórico del misterio de la fe es una parte nuclear de la experiencia cristiana. Se trata de acercarnos al misterio de la Encarnación de Dios, es decir, al proceso mediante el cual Dios mismo no se separa de su creación, sino que se sumerge en ella haciéndose barro de su barro para, desde dentro, conducirla a su plenitud.
Si el ser humano ha sido creado a imagen de Dios y el pecado rompe esa imagen, la única forma de reunificar la humanidad con su origen divino es teniendo a alguien capaz de santificar hasta lo más miserable de la humanidad; alguien capaz de bajar hasta los infiernos para dar una oportunidad a quien se cree perdido y sin esperanza. En esto consiste el misterio de la Encarnación. Todo el mundo (esté en la situación que esté) tiene abierta la puerta de la esperanza para el encuentro con Dios, quien viene a nosotros a través de nuestra propia historia, es decir, a través de las cosas que nos suceden por muy prosaicas que sean. De alguna manera, el misterio de la encarnación de Dios hace que todo sea susceptible de ser santificado; así, toda la creación queda consagrada porque Dios la abraza, fundiéndose con ella y vinculándose con su propia esencia.
No creemos en un Dios ausente que desde un paraíso lejano dirige caprichosamente los destinos del mundo siguiendo una especie de voluntad arcana. Sinceramente, esa imagen de Dios es cruel y opresiva, a la vez que generadora de sistemas culturales y políticos que violan los derechos humanos y privan al hombre del tesoro de su libertad. Que Dios se haga hombre y que como hombre trate de salvar a la humanidad, significa que la salvación no viene desde arriba, sino todo lo contrario: la fe cristiana experimenta a Dios actuando en los acontecimientos más sencillos: a través de historias cotidianas, por medio de la inspiración de los profetas y los poetas, en los descubrimientos científicos o en las pequeñas acciones anónimas y rutinarias que dignifican al ser humano.
Hoy sigue siendo todo un reto (incluso para no pocos cristianos) creer en “Enmanuel”, es decir, en el “Dios con nosotros”, que nace en nuestros pesebres, cena a nuestra mesa, muere en las cruces injustas, es sepultado en los agujeros del mundo, pero también resucita para otorgarnos el don de la vida eterna a través de su presencia amistosa, misericordiosa y entrañable.
Tal vez sea más fácil creer en un Dios ausente, arcano, inaccesible. Así lo siguen haciendo no pocas religiones e incluso muchos cristianos; es fácil porque es menos comprometedor. Estos sistemas religiosos tienen a Dios bien “controlado” en determinados espacios (los templos), ritos sagrados (liturgia), tiempos (solemnidades y fiestas) o doctrinas (dogmas). Sin desmerecer lo positivo que puede existir en estos acercamientos religiosos, hemos de decir con rotundidad que no hay templo, fiesta, rito o dogma que pueda contener completamente a Dios.
Un año más celebramos que Dios viene, no a través de apariciones celestes y deslumbrantes, sino por medio del pequeño cuerpo de una niña, incapaz todavía de ser madre, vecina de una pequeña aldea en un país pequeño, en un mundo pequeño perdido en la inmensidad del universo. Así es Dios y así crea para que su creación perdure. Dios nos invita a entrar en su misterio desde lo pequeño para ir, poco a poco, desplegando la grandeza de la fe.
Esta fiesta de la Inmaculada concepción de la virgen María nos recuerda y actualiza este fundamental misterio. Tratemos de profundizar en él desde e las lecturas que todos los años nos ofrece la liturgia de este día. Que gran parte de la humanidad vive separada de Dios es algo evidente. Desde nuestra experiencia, los seres humanos aman las obras que crean, ya sea una obra de arte, un trabajo o la más sublime re-creación: un hijo. Es lógico que las personas deseemos encontrarnos con lo que amamos en este mundo y que suframos cuando ello se aleja o lo perdemos. Esta pérdida de aquello que amamos nos roba la identidad, haciendo que nuestra vida se pierda. Por ello, la primera pregunta que se formula en la Biblia es realmente dramática:
«¿Dónde estás?». Es lo que clama Dios en este precioso relato. ¡Cuántas personas repiten ese mismo grito ante la ausencia de los seres amados o de una pérdida irreparable!
Generalmente la huida acontece porque hay algo que esconder.
La transgresión nos asusta porque descubrimos que no éramos tan fuertes ni tan perfectos como pensábamos. Por eso la primera reacción cuando se hace algo malo (lo vemos claramente en los niños) es esconderlo, bien sea huyendo o echando la culpa a los demás. Adán se asusta ante su desnudez cuando la transgresión le hace ver su propia realidad, no con los ojos amorosos de Dios sino con los suyos. Esta desnudez deja de ser una condición natural; por ello surge la necesidad de un vestido que tape sus vergüenzas y de una careta que oculte la verdad que explota en su vida de forma impertinente. Tras la huida suele venir la excusa y luego las apariencias. Descubrir los límites humanos es una experiencia sobrecogedora.
Muchas personas huyen para no afrontar su realidad, como lo hizo Adán. Otras culpan a los demás y establecen con el mundo una especie de enemistad o pesimismo crónico. Como en otras muchas tradiciones patriarcales, la mujer terminó siendo la responsable de todo.
Hoy este relato puede resultar denigrante para el sexo femenino si no se contextualiza bien, es decir, dentro de una época pretérita y patriarcal.
Hoy, sin duda, se escribiría de otra forma.
Sin embargo, Dios no se rinde ante este fracaso, sino que establece una nueva estrategia liberadora, como el navegador de un coche rehace la ruta cuando nos equivocamos de camino, sin enfadarse ni recriminar; simplemente adoptando la nueva situación al objetivo o a la meta. Así es Dios. Nunca cede al derrotismo, sino que establece una enemistad con la mentira hasta lograr que otra mujer aparezca en la historia para subsanar el error de Eva. Esa mujer es María. Por ello a María Inmaculada se la representa pisando la cabeza de la serpiente, como la nueva Eva, la mujer cuya fe y obediencia a Dios nace de una vida “sin mácula” (inmaculada), es decir, sin la tendencia humana a hacer el mal en algún momento de nuestra vida. María contaba con la gracia de Dios para ello, como Eva, pero la libertad de María gestionó esa gracia pensando en Dios y no en ella. Así se da origen al Hombre Nuevo (un nuevo Adán): Jesucristo, nacido de la Mujer Nueva: María de Nazaret.
Es importante recordar que nos estamos moviendo, tal vez peligrosamente, entre la mitología y la historia. Ambos ámbitos revelan la verdad de forma distinta. Los mitos nos hablan de las verdades eternas a través de lo onírico y del subconsciente que está oculto en lo más profundo del ser humano. Cuando usamos los mitos es importante no mirar el dedo (sus símbolos) sino la verdad a la que apuntan. Pero tampoco podemos convertir la experiencia cristiana en un mero mito.
Nosotros creemos y experimentamos en nuestras vidas que esa verdad arraigada en lo más hondo del ser humano es una realidad capaz de tomar carne, de fructificar abriéndose paso a través de acontecimientos libres. Creemos que aunque la ciencia no pueda explicarlo todavía, es posible que haya reglas de la materia que permitan a lo inmaterial irrumpir de forma “milagrosa” en la historia. Pero ¡ojo!, repito, no como veleidades arcanas “llovidas del cielo” que transgreden las leyes naturales, sino como experiencias carnales emanadas del barro humano. A eso lo denominamos “maravillas”, no acontecimientos mágicos. La maravilla y el milagro son experiencias terrenales, mientras que lo mágico se sitúa fuera de los ámbitos del mundo real.
Por eso el cristianismo canta esas maravillas como una forma de decir que con fe todo es posible: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”, entonaremos hoy en el salmo responsorial.
La irrupción de Dios en la historia tiene en la figura de María un modelo para todo creyente, me atrevería a decir que de cualquier religión. El evangelio de Lucas relata, con una literatura magistral, ese encuentro entre María y el misterio de Dios. Pero antes de deleitarnos con ese relato conviene recordar lo que significa. Nos ayuda a entenderlo el texto de la carta a los Efesios con la que san Pablo se refiere a los cristianos, cuya figura más excelsa es la madre de Dios.
Pablo dirá que Dios nos “eligió en la persona de Cristo”, Palabra eterna del Padre pronunciada por Gabriel. María es elegida incluso antes de crear el mundo. Por eso María cantará las bendiciones de Dios en ese precioso canto del Magníficat que hoy no leemos en la liturgia. Ella supo, en su sencillez, que la elección no es un privilegio, sino una llamada a la santidad de vida. El creyente no debe conformarse con ser bueno. La bondad es innata a todo ser humano, sea creyente o no, pero la Santidad es propia de Dios. Esta santidad, aplicada a los seres humanos, es lo que tira de la simple bondad para que las cosas no sólo sean bellas y buenas, sino perfectas. El cristiano nunca se conforma hasta llegar a la plenitud. Ahí está una de las diferencias entre aquellos que una vez logrados sus objetivos se dedican a protegerlos y los que no temen arriesgarse a seguir caminando, asumiendo el riesgo de la pérdida en búsqueda de la perfección. Sólo estos últimos tendrán el ciento por uno.
Dios nos destina en Cristo a ser sus hijos, dirá san Pablo.
También María es hija, además de madre. Es más, si es llamada con razón “Madre de Dios” es porque asume totalmente el papel de hija, convirtiendo su vida en una alabanza a la gloria de Dios.
Para culminar este difícil discurso hay que volver sobre el relato de Lucas. El evangelista usa un género literario común en su época para narrar la concepción de un personaje único. Que existan relatos parecidos en otras tradiciones literarias no desmerece ni desdice la verdad que Lucas trata de exponer, sino que como hemos dicho antes, hace que Dios emerja de la carne de la historia, también a través del arte literario, pues la Palabra de Dios no deja de ser también palabra humana. El texto de la anunciación recuerda a otros textos bíblicos de elecciones donde hombres débiles y aparentemente fracasados reciben una misión que claramente les supera. Sólo así es posible descubrir con más facilidad la grandeza de Dios. Por eso Dios siempre elige lo pequeño, lo débil, las mujeres estériles, bien por ser demasiado ancianas (Sara, Isabel) o demasiado jóvenes para la maternidad (la virgen de Isaías, María).
La llamada del ángel es a la alegría. Esta alegría se produce por la presencia de Dios. “Dios está contigo”. Sin esta presencia de Dios en el interior de su carne, en vez de alegría habría opresión, pavor y pánico ante una misión impuesta desde fuera, no propuesta desde dentro. La turbación de María no nace del miedo, sino del temor de Dios. Temor y miedo no son la misma cosa. El miedo paraliza, el temor dinamiza, pone en alerta, activa los sentidos. En este contexto hay que entender los “reparos” lógicos de María, parecidos a los que puso Moisés cuando fue elegido, o a los de Jeremías cuando dijo que era sólo un niño y no sabía hablar. Es ahí donde el reconocimiento de la propia inutilidad se convierte en el mejor hábitat para el milagro. La misión es de Dios, no de María. Ella sólo debe creer y cooperar. Bellamente se dice que el Espíritu Santo vendrá sobre ella (se inicia así un profundo vínculo entre María y la tercera persona de la Trinidad). Será la sombra del altísimo, no su luz, la que cubra a María. Desde ese momento, María vivirá siempre a la sombra de Dios, pero no eclipsada, sino protegida; no iluminada como una figura estelar, sino resguardada de todo protagonismo. De ahí su papel tan discreto (y al mismo tiempo tan fundamental y excelso) en la salvación humana. Su hijo nacerá bajo esa sombra, en la oscuridad de un pesebre; celebrará su cena fraternal y liberadora en una noche de Pascua, se hará de noche cuando muera y la oscuridad llegará a su grado máximo cuando sea enterrado… pero será también de noche cuando resucite, no para deslumbrar con una luz cegadora y vengativa, sino con la tenue luz de un candil con el que los discípulos lo descubren poco a poco en una tumba vacía, camino de Emaús o en el tenebroso miedo de una reunión clandestina o a las orillas del lago de Galilea. La sombra del altísimo es artífice del verdadero milagro de la encarnación. Ello nos debería hacer huir de las luces de feria o de los fuegos artificiales con que muchas veces las religiones tratan de atraer adeptos. La encarnación de Dios en el mundo no es un show, sino en muchos casos un drama, y en otros un acontecimiento tan sencillo que puede resultar incluso anodino y rutinario. Es ahí donde lo “imposible” para el hombre se torna “posible” para Dios.
Con María, al menos, hemos de reconocer la posibilidad de que Dios lleve razón. Como ella debemos abrir un hueco en nuestro corazón para que Dios quepa en él. Sólo así el milagro será posible, Dios seguirá encarnándose en nosotros; los creyentes seguiremos dando a luz a Dios en la historia; ésta quedará redimida del pecado y de la muerte y el Espíritu Santo seguirá guiando la humanidad hasta la culminación de una creación todavía con demasiados “Adanes” y “Evas”, y muy deficitaria de personas como María. Que ella, que es la nueva Eva, limpia y pura de toda mancha, siga intercediendo por nosotros.
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