La palabra “epifanía” significa “manifestación” y hace referencia al hecho de que Dios se haga hombre para salvar no sólo a los miembros de una raza o creencia, sino a TODA LA HUMANIDAD, sin distinción alguna. Dios se manifiesta en Cristo a todos los pueblos de la tierra y en todos los tiempos y mundos posibles. Cristo es la manifestación o epifanía plena de Dios en su creación. Nosotros, como parte de la creación, somos también elegidos e invitados a asistir a esta manifestación gloriosa del amor de Dios, no como meros espectadores, si no como personas directamente implicadas en esta única y definitiva intervención divina.
Al igual que Isaías pide a Jerusalén que se levante para ver la manifestación de Dios, nosotros, que somos la nueva Jerusalén, también hemos de alzarnos sin miedo superando toda tentación de inmovilismo para resplandecer no con luz propia, sino con la luz del que nos ilumina. Vivimos en un mundo sumergido en muchas sombras. El siglo XXI está resultando especialmente trágico y dramático. Nuestros adelantos y progresos no están dando los frutos esperados y por todos los rincones de la tierra se incrementan los conflictos, la sensación de inseguridad e incertidumbre, cuando no el hambre, la guerra, los desastres sanitarios o climáticos provocados por el uso indiscriminado de los recursos naturales, las soledades, las enfermedades mentales y demás males que atenazan a una humanidad nunca satisfecha y cada vez más vacía por dentro, con un vacío que se agranda más cuanto mayor es el consumo compulsivo. Sin duda los parámetros económicos han mejorado y el hambre se ha reducido, pero el camino que queda por recorrer hacia la equidad y la justicia sigue siendo todavía escandalosamente inmenso.
Si el dolor, la injusticia, el miedo o los pecados no tienen frontera, tampoco debería existir para la salvación. Ninguna religión excluyente puede ser realmente liberadora. Ninguna religión que pretenda ofrecer un camino de salvación puede hacerlo poniendo obstáculos a los que no sean de una determinada raza o no profesen un determinado credo. El común denominador es que todos somos “personas”; lo demás son adjetivos: nuestras religiones, ideologías, razas, países, opciones sexuales, lenguas… Es cierto que no todo es lo mismo. Por ejemplo, no es lo mismo ser un monje budista perdido en las montañas del Japón practicando zen, que un islamista fanatizado guerreando en el Medio Oriente o sembrando el terror en Occidente. No podemos caer en un igualitarismo infantil, porque además de falso sería injusto y peligroso. No todos los caminos llevan a Roma, pero sí que en todos ellos hay pistas para reencontrar el camino correcto y así dirigirnos hacía un mismo destino.
Vivir es recorrer cada uno su camino dejándose guiar por diferentes luces o estrellas. Los sabios de oriente lo dejaron todo porque comprendieron que tenían que dedicar su vida a la búsqueda del Mesías. El sentido de la estrella no es astronómico, si no espiritual. En realidad, cada uno de nosotros tendría que ser una estrella en la noche de tantas personas que viven en la oscuridad. Una estrella es una luz que desde la tierra parece pequeña, aunque en realidad la mayoría de ellas son más grandes que nuestro sol. Todo es cuestión de distancia. La cercanía o lejanía puede hacer que una estrella brille más o menos, pero todas las estrellas brillan con luz natural y son capaces de iluminar y guiar. Por el contrario, las luces artificiales se apagan y sólo brillan para aquellos que pueden pagar la energía que las genera. El sol y el resto de estrellas brillan para todos, como brilló para los judíos y como ahora brilla para toda la humanidad.
En nuestro camino de búsqueda, como los sabios de oriente, nos vamos a encontrar con muchos “Herodes”. Herodes es la antítesis del hombre que busca. Él tiene su vida resuelta y su única obsesión es mantener lo conquistado, creyéndose “rey” a pesar de no ser más que un títere del sistema imperialista de la época. La riqueza y el poder ciegan a las personas, las hacen sedentarias para que se olviden de caminar y aunque sepan que ha nacido el mesías, no se pongan en camino, sino que valiéndose de mentiras y a lomos de la hipocresía, pretendan utilizar a los buscadores para ahorrarse el trabajo. Esto ocurre porque en el fondo toda búsqueda es una experiencia que nos transforma, obligándonos a desinstalarnos, a ponernos en camino dejando atrás todo lo que tenemos, pensamos e incluso creemos. Toda búsqueda es peligrosa; pero no hay otra solución si queremos ser fieles a nuestra condición humana. No buscar es aliarse con Herodes para terminar asesinando inocentes, instalados en la indiferencia o en los mundos virtuales que ocultan la realidad y nos deshumanizan.
La misión de toda estrella es iluminar. Ninguna luz es capaz de iluminarse a sí misma; su sentido es dar luz y calor a lo que hay a su alrededor. La misión de todo aquel que aspire a ser estrella para los demás es guiar e iluminar. Optar por el camino correcto o no, no es responsabilidad de la estrella sino de la libertad de cada individuo. Todos estamos llamados no sólo a recorrer nuestro camino siguiendo la estrella que Dios hace brillar para nosotros, sino también siendo estrellas para los demás. El objetivo es siempre el mismo: encontrarse con el portal pobre y miserable de Belén, o con la cruz (que espiritualmente es lo mismo) para adorar a la fuente de toda luz: Dios, que ha querido manifestarse a todos los pueblos desde los márgenes, pesebres, cruces y tumbas de nuestra historia.
Salgamos de nuestros palacios y acompañemos a los reyes magos en su camino de búsqueda, eludiendo los peligros y superando las dificultades. Y una vez producido el encuentro que nos transforme, volvamos a nuestro lugar de origen, pero por otros caminos, porque nadie que se haya encontrado con Dios puede decir que le ha dejado indiferente. Así, lejos de eliminar nuestro origen, el niño nacido en Belén ampliará nuestro círculo vital haciéndonos no sólo pobladores de un determinado lugar, sino habitantes de todo un planeta, y aún del universo.
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