La asunción de la Virgen María en el cielo en cuerpo y alma es un dogma de fe que, si bien fue declarado como tal por el papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950 mediante la Constitución “Munificentissimus Deus”, forma parte de la fe de la Iglesia prácticamente desde su mismo origen, habiendo sido primeramente más impulsado por la Iglesia Oriental para pasar rápidamente a la Occidental.
Es cierto que en las Sagradas Escrituras no hay ninguna referencia a este hecho que toca de lleno lo que en Teología se conoce como “escatología”, o reflexión que desde la fe se hace del destino final del mundo y de todas las criaturas. Fuera de este contexto, pensar en este misterio de la fe no tiene sentido, pues todos los misterios sagrados están íntimamente vinculados, formando parte de lo que podríamos considerar como un único misterio que abarca desde la creación inicial hasta la salvación definitiva. En medio de estos dos polos (que necesariamente han de ser temporales desde nuestro limitado conocimiento) se encuentran no pocos personajes fundamentales; uno de ellos es María, que de forma parecida al profeta Elías, no permaneció en este mundo como lo hacemos nosotros cuando morimos, sino que fue llevada al cielo en cuerpo y alma.
Ciertamente la muerte de Elías no está revelada como sí lo está el hecho de que fuera “arrebatado” por un carro de fuego para ser llevado al cielo; la de María tampoco está atestiguada en la biblia, pero la Tradición nos habla de su “dormición”, rodeada por los apóstoles. Esta es la base de lo que hoy conocemos como la asunción de María en el cielo, pero no sólo la asunción de su alma, sino también de su cuerpo. Esto significa que el cuerpo de María, una ver “dormida” (es decir, fallecida), no conoció la corrupción como lo hacen los nuestros, sino que está ya plenamente resucitado y en presencia de su Hijo Jesucristo, del Dios trino y de todos sus ángeles.
Esta fe nos remite, por tanto, a una creencia que conviene repasar de vez en cuando para que no nos dejemos contaminar con ideas ajenas a la Tradición cristiana, como puede ser el caso de la reencarnación. Para los cristianos, todo ser humano es creado con un alma y con un cuerpo que va evolucionando a lo largo del ciclo biológico terrenal, siendo la vida la unión plena entre ambos. La muerte se produce cuando el cuerpo pierde el aliento que lo anima y comienza un proceso de corrupción. En ese momento, el alma (o ánima) queda separada del cuerpo a la espera de la resurrección de la carne al final de los tiempos, donde tras el juicio final lo recuperará, bien para encontrar la salvación tras una necesaria purificación o para, habiendo elegido libremente la separación del creador, alejarse de él eternamente (lo que conocemos como infierno). Es decir, con la muerte, el alma no se busca otro cuerpo como si éste fuera una simple vasija o recipiente (creencia de la reencarnación), sino que queda a la espera, porque el alma no muere, del final de los tiempos.
Ninguna criatura totalmente humana se encuentra en cuerpo y alma en la presencia de Dios, salvo María. Recordemos que Jesucristo también resucitó, pero en su caso la fe nos dice que posee dos naturalezas: la humana y la divina; no así en María, que no tiene naturaleza divina, sino únicamente humana, como nosotros. Por ello, no sólo Jesucristo anticipa nuestro destino final, sino también aquella mujer por medio de la cual se hizo posible que el Verbo eterno del Padre, por la acción del Espíritu Santo, encontrara la forma de abrazar nuestra naturaleza humana sin renunciar a la suya, aunque sí vaciado de la misma para salvarnos desde dentro de nuestra propia condición.
Esto está recogido (para quien quiera profundizar) en el Catecismo de la Iglesia en su número 966, señalando que la Asunción de María (que significa que es asumida por Dios en el cielo, no ascendida por sí misma al no ser diosa), supone una participación singular en la resurrección de su hijo, al mismo tiempo que también anticipa nuestra propia resurrección. Es, por tanto, una fiesta para honrar a la Madre de Dios, sabiendo que contamos con su intercesión no sólo desde la mediación de su alma, como el resto de santos, sino de todo su ser completo: en alma y en cuerpo.
Pero como estamos en verano y este misterio se nos puede atragantar un poco, dejemos que la imaginación y la literatura nos haga un poco más amable el hecho de que María disfrutara ya en este mundo de la resurrección. Sabemos que en el Nuevo Testamento tampoco existe texto alguno que nos hable de la aparición de Jesús resucitado a su madre, habiéndolo hecho a muchos de sus discípulos. ¿Por qué este silencio bíblico? ¿Cómo puedo excluir Jesucristo a su propia madre de esta gran alegría? Desde una interpretación muy personal, nada histórica y puramente literaria, me atrevo a terminar esta homilía con una narración inspirada en la Anunciación de Lucas, pero que me vino inspirada como añadido apócrifo al final del su Evangelio. Espero que este sencillo relato nos haga más amable y enriquezca nuestra devoción a la Madre de Dios y Madre nuestra.
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