La solemnidad de la asunción de la Virgen María en cuerpo y alma en el cielo goza de una gran popularidad entre el pueblo de Dios. Tal vez el contexto estival en el que se celebra contribuya a que esta expresión del misterio de la fe tenga tanta acogida y encuentre tantas expresiones en la religiosidad popular. Recordemos que la Virgen de la Asunción no sólo da nombre numerosas parroquias e iglesias, sino que es también patrona de numerosísimas poblaciones en el ámbito hispano.
La acogida de este misterio de la fe bien merece una serena reflexión para profundizar en lo que la Iglesia quiere decirnos, dado que, al ser declarado dogma de fe, constituye uno de los pilares que configuran no sólo la espiritualidad mariana, sino la propia visión cristiana de la muerte y de la resurrección, es decir, el sentido de nuestra propia salvación.
El dogma de la Asunción de la Virgen María fue proclamado solemnemente por el papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950, mediante la constitución apostólica “Munificentissimus Deus”. La Tradición que derivó en este dogma nos habla de dos expresiones: “Dormición” y “Asunción”.
El término “Dormición” (en griego “Koímēsis”, que significa también “sueño”) proviene de una tradición desarrollada primeramente en Oriente, según la cual María murió al final de su vida terrena para ser después glorificada por Dios. La tradición no pretende decir que María simplemente “se durmió” sin morir, sino que presenta su muerte como una especie de tránsito sereno hacia la vida celestial. El término “Asunción” fue el elegido por la Iglesia católica romana para definir el dogma según el cual María fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.
Podemos preguntarnos entonces si la Iglesia definió que María murió o simplemente “se durmió”, transitando de este mundo terrenal a la vida eterna. Esto es importante porque al ser María de condición exclusivamente humana (es decir, no teniendo la naturaleza divina como su hijo Jesucristo), su itinerario o tránsito puede iluminar también el nuestro. De este modo, la forma en la que María se adormece o es asumida en el cielo supone un matiz importante.
El dogma católico de 1950 no define expresamente si María murió o no.
Pío XII utilizó deliberadamente la fórmula “terminado el curso de su vida terrestre”, afirmando que María fue llevada “en cuerpo y alma a la gloria celestial”. Por tanto, la muerte de María no forma parte de la definición dogmática. Sin embargo, la tradición de la Dormición (particularmente en la tradición oriental) sostiene que María sí murió antes de ser glorificada, siendo esta interpretación perfectamente compatible con el dogma católico.
La tradición de la Dormición es especialmente característica de las Iglesias orientales, celebrándose ya en la antigüedad, para pasar después a Occidente, donde se desarrolló con mayor fuerza la expresión “Asunción de María”. Existe, por tanto, en esta expresión de la fe de la Iglesia algunos énfasis o matices, aunque en realidad ambas tradiciones convergen en el punto fundamental: el cuerpo de María no quedó sometido a la corrupción del sepulcro, sino que participa de su glorificación celestial. Un detalle interesante es que la propia iconografía oriental de la Dormición suele representar a Cristo sosteniendo el alma de María, mientras que su cuerpo aparece yacente. Es una forma visual de expresar precisamente esa transición entre su muerte y su glorificación.
Como vemos, las expresiones dogmáticas (que no dan puntada sin hilo) miden todas y cada una de las palabras que utilizan para no caer en la pretensión querer encerrar el misterio insondable de la fe dentro de unas categorías que, con el paso de los siglos, se vean comprometidas. Si con la Sagrada Escritura la exégesis bíblica (interpretación del mensaje divino que revelan los textos bíblicos) forma parte de la propia Revelación, ¿Cómo no legitimar también una “exégesis de los dogmas” que nos ayude a entender en nuestro contexto histórico y cultural lo que el Espíritu Santo nos quiere decir a través de la Iglesia sin caer en el fanatismo de una interpretación literal y miope encarcelada en un contexto histórico y cultural ya pasado?
Ahora bien, esta legitimidad para interpretar los dogmas no ha de suponer en ningún caso una licencia a la libre interpretación subjetiva.
Aunque pueda parecer paradójico, si bien es cierto que en la interpretación de un pentagrama el intérprete siempre está llamado a encontrar su libertad en la fidelidad a las normas musicales aplicadas en el mismo por el compositor, también lo es que ningún concierto es exactamente igual a otro, ni provoca las mismas emociones en los intérpretes o en los oyentes. Por decirlo de alguna manera, aunque la obra escrita sea una y única, cada representación de la misma también lo es. Al igual que la música une a compositores, intérpretes y melómanos de todos los tiempos en un mismo espíritu de amor al arte musical, la Palabra de Dios y los dogmas unen al Creador que crea y revela la verdad, a los hombres y mujeres inspirados por esa revelación, a los hagiógrafos, redactores, copistas, traductores, editores, teólogos, profetas, sacerdotes y fieles receptores de esa verdad revelada.
Lo anteriormente dicho es importante para no quedarnos, en este caso, en una interpretación superficial del dogma de la Asunción de la Virgen María. Así, por ejemplo, el católico puede creer y enriquecer su fe con un dogma como este sin que la Sagrada Escritura aporte ninguna enseñanza literal sobre el mismo, como descubrimos en las lecturas que todos los años proclamamos y escuchamos en este día. Así, el hecho de que ni la palabra “Asunción” ni “Dormición” de la Virgen María aparezca no sólo en los textos litúrgicos de hoy, sino en toda la biblia, no significa que esta verdad de fe se encuentre al margen de la Revelación.Para un católico, la Revelación se manifiesta en la Sagrada Escritura, pero la Sagrada Escritura no agota toda la Revelación, sino que la expresa por escrito, siendo susceptible de ser interpretada por la misma Iglesia la forma y la proclama, estando abierta siempre a lo que el Espíritu Santo nos quiera seguir enseñando y explicitando a lo largo de los siglos. Es decir, no se trata de que la Iglesia descubra nuevas verdades, sino de que vaya profundizando en la Verdad, descubriéndola, profundizando en ella y desplegándola de diferentes formas a lo largo de los siglos. En esto se legitima la enseñanza de la fe y el Magisterio de la Iglesia como intérpretes de la gran sinfonía que tiene a Dios mismo como compositor y a la Iglesia como intérprete.
Una vez dicho esto, hemos de descubrir en María un modelo exclusivamente humano en el que mirarnos para pensar en nuestro propio tránsito de este mundo a lo que conocemos por “cielo”. Es evidente que quien abre el paso a estos ámbitos irreconciliables desde que el ser humano se alejó de Dios y perdió el paraíso, es Jesucristo, el único mediador de la salvación.
Pero por Cristo, con él y en él, comenzando por su Madre, todos estamos llamados a ser “asumidos” en el cielo. Si Cristo puede ascender tras su muerte, al ser no sólo hombre sino también Dios, María (que es sólo mujer y no diosa) no puede ascender, sino ser asumida. En su asunción, todos encontramos el culmen de nuestra salvación. Por ello nos alegramos de ver completada en la Madre de Dios y Madre nuestra todo el proceso de la salvación. Esto es, por tanto, una garantía de nuestra salvación si sabemos seguir la estela que Jesús abrió en este mundo y que María recorrió como ningún otro santo.
De esta forma, con María aprendemos a hacer frente a los “dragones de este mundo” que quieren devorar todo lo sagrado. Con ella aprendemos también a vivir en el desierto sin perder la esperanza y a descubrir en nuestra pequeñez la verdadera grandeza de la humanidad, que no radica en pretender (ingenua y torpemente) conquistar los cielos, cuanto en dejarse llevar a ellos a lomos de los más nobles sueños que se puedan tener. Porque estos sueños, lejos de alejarnos de la realidad o hipnotizarnos con otros mundos irreales o virtuales, nos sumergen en ella, por muy cruda que pueda llegar a ser. Son sueños que nos obligan a cerrar los ojos a este mundo pasajero para ponerlos en nuestra verdadera patria. Que María, asumpta en la patria celestial, nos ayude a pasar por este mundo con la misma humildad y compromiso que ella lo hizo para que nuestro final no sea más que un tránsito hacia la vida verdadera que ya empezamos a soñar aquí.
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