Homilías

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN (Ciclo A)

Homilía de la SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN (Ciclo A)

Evangelio: Lucas 1,39-56

La solemnidad de la asunción de la Virgen María en cuerpo y alma en el cielo goza de una gran popularidad entre el pueblo de Dios. Tal vez el contexto estival en el que se celebra contribuya a que esta expresión del misterio de la fe tenga tanta acogida y encuentre tantas expresiones en la religiosidad popular. Recordemos que la Virgen de la Asunción no sólo da nombre numerosas parroquias e iglesias, sino que es también patrona de numerosísimas poblaciones en el ámbito hispano.

La acogida de este misterio de la fe bien merece una serena reflexión para profundizar en lo que la Iglesia quiere decirnos, dado que, al ser declarado dogma de fe, constituye uno de los pilares que configuran no sólo la espiritualidad mariana, sino la propia visión cristiana de la muerte y de la resurrección, es decir, el sentido de nuestra propia salvación.

El dogma de la Asunción de la Virgen María fue proclamado solemnemente por el papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950, mediante la constitución apostólica “Munificentissimus Deus”. La Tradición que derivó en este dogma nos habla de dos expresiones: “Dormición” y “Asunción”.

El término “Dormición” (en griego “Koímēsis”, que significa también “sueño”) proviene de una tradición desarrollada primeramente en Oriente, según la cual María murió al final de su vida terrena para ser después glorificada por Dios. La tradición no pretende decir que María simplemente “se durmió” sin morir, sino que presenta su muerte como una especie de tránsito sereno hacia la vida celestial. El término “Asunción” fue el elegido por la Iglesia católica romana para definir el dogma según el cual María fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.

Podemos preguntarnos entonces si la Iglesia definió que María murió o simplemente “se durmió”, transitando de este mundo terrenal a la vida eterna. Esto es importante porque al ser María de condición exclusivamente humana (es decir, no teniendo la naturaleza divina como su hijo Jesucristo), su itinerario o tránsito puede iluminar también el nuestro. De este modo, la forma en la que María se adormece o es asumida en el cielo supone un matiz importante.

El dogma católico de 1950 no define expresamente si María murió o no.

Pío XII utilizó deliberadamente la fórmula “terminado el curso de su vida terrestre”, afirmando que María fue llevada “en cuerpo y alma a la gloria celestial”. Por tanto, la muerte de María no forma parte de la definición dogmática. Sin embargo, la tradición de la Dormición (particularmente en la tradición oriental) sostiene que María sí murió antes de ser glorificada, siendo esta interpretación perfectamente compatible con el dogma católico.

La tradición de la Dormición es especialmente característica de las Iglesias orientales, celebrándose ya en la antigüedad, para pasar después a Occidente, donde se desarrolló con mayor fuerza la expresión “Asunción de María”. Existe, por tanto, en esta expresión de la fe de la Iglesia algunos énfasis o matices, aunque en realidad ambas tradiciones convergen en el punto fundamental: el cuerpo de María no quedó sometido a la corrupción del sepulcro, sino que participa de su glorificación celestial. Un detalle interesante es que la propia iconografía oriental de la Dormición suele representar a Cristo sosteniendo el alma de María, mientras que su cuerpo aparece yacente. Es una forma visual de expresar precisamente esa transición entre su muerte y su glorificación.

Como vemos, las expresiones dogmáticas (que no dan puntada sin hilo) miden todas y cada una de las palabras que utilizan para no caer en la pretensión querer encerrar el misterio insondable de la fe dentro de unas categorías que, con el paso de los siglos, se vean comprometidas. Si con la Sagrada Escritura la exégesis bíblica (interpretación del mensaje divino que revelan los textos bíblicos) forma parte de la propia Revelación, ¿Cómo no legitimar también una “exégesis de los dogmas” que nos ayude a entender en nuestro contexto histórico y cultural lo que el Espíritu Santo nos quiere decir a través de la Iglesia sin caer en el fanatismo de una interpretación literal y miope encarcelada en un contexto histórico y cultural ya pasado?

Ahora bien, esta legitimidad para interpretar los dogmas no ha de suponer en ningún caso una licencia a la libre interpretación subjetiva.

Aunque pueda parecer paradójico, si bien es cierto que en la interpretación de un pentagrama el intérprete siempre está llamado a encontrar su libertad en la fidelidad a las normas musicales aplicadas en el mismo por el compositor, también lo es que ningún concierto es exactamente igual a otro, ni provoca las mismas emociones en los intérpretes o en los oyentes. Por decirlo de alguna manera, aunque la obra escrita sea una y única, cada representación de la misma también lo es. Al igual que la música une a compositores, intérpretes y melómanos de todos los tiempos en un mismo espíritu de amor al arte musical, la Palabra de Dios y los dogmas unen al Creador que crea y revela la verdad, a los hombres y mujeres inspirados por esa revelación, a los hagiógrafos, redactores, copistas, traductores, editores, teólogos, profetas, sacerdotes y fieles receptores de esa verdad revelada.

Lo anteriormente dicho es importante para no quedarnos, en este caso, en una interpretación superficial del dogma de la Asunción de la Virgen María. Así, por ejemplo, el católico puede creer y enriquecer su fe con un dogma como este sin que la Sagrada Escritura aporte ninguna enseñanza literal sobre el mismo, como descubrimos en las lecturas que todos los años proclamamos y escuchamos en este día. Así, el hecho de que ni la palabra “Asunción” ni “Dormición” de la Virgen María aparezca no sólo en los textos litúrgicos de hoy, sino en toda la biblia, no significa que esta verdad de fe se encuentre al margen de la Revelación.Para un católico, la Revelación se manifiesta en la Sagrada Escritura, pero la Sagrada Escritura no agota toda la Revelación, sino que la expresa por escrito, siendo susceptible de ser interpretada por la misma Iglesia la forma y la proclama, estando abierta siempre a lo que el Espíritu Santo nos quiera seguir enseñando y explicitando a lo largo de los siglos. Es decir, no se trata de que la Iglesia descubra nuevas verdades, sino de que vaya profundizando en la Verdad, descubriéndola, profundizando en ella y desplegándola de diferentes formas a lo largo de los siglos. En esto se legitima la enseñanza de la fe y el Magisterio de la Iglesia como intérpretes de la gran sinfonía que tiene a Dios mismo como compositor y a la Iglesia como intérprete.

Una vez dicho esto, hemos de descubrir en María un modelo exclusivamente humano en el que mirarnos para pensar en nuestro propio tránsito de este mundo a lo que conocemos por “cielo”. Es evidente que quien abre el paso a estos ámbitos irreconciliables desde que el ser humano se alejó de Dios y perdió el paraíso, es Jesucristo, el único mediador de la salvación.

Pero por Cristo, con él y en él, comenzando por su Madre, todos estamos llamados a ser “asumidos” en el cielo. Si Cristo puede ascender tras su muerte, al ser no sólo hombre sino también Dios, María (que es sólo mujer y no diosa) no puede ascender, sino ser asumida. En su asunción, todos encontramos el culmen de nuestra salvación. Por ello nos alegramos de ver completada en la Madre de Dios y Madre nuestra todo el proceso de la salvación. Esto es, por tanto, una garantía de nuestra salvación si sabemos seguir la estela que Jesús abrió en este mundo y que María recorrió como ningún otro santo.

De esta forma, con María aprendemos a hacer frente a los “dragones de este mundo” que quieren devorar todo lo sagrado. Con ella aprendemos también a vivir en el desierto sin perder la esperanza y a descubrir en nuestra pequeñez la verdadera grandeza de la humanidad, que no radica en pretender (ingenua y torpemente) conquistar los cielos, cuanto en dejarse llevar a ellos a lomos de los más nobles sueños que se puedan tener. Porque estos sueños, lejos de alejarnos de la realidad o hipnotizarnos con otros mundos irreales o virtuales, nos sumergen en ella, por muy cruda que pueda llegar a ser. Son sueños que nos obligan a cerrar los ojos a este mundo pasajero para ponerlos en nuestra verdadera patria. Que María, asumpta en la patria celestial, nos ayude a pasar por este mundo con la misma humildad y compromiso que ella lo hizo para que nuestro final no sea más que un tránsito hacia la vida verdadera que ya empezamos a soñar aquí.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del libro del Apocalipsis (11,19a;12,1.3-6a.10ab)

Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció

el arca de la alianza. Después apareció una figura portentosa en el

cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con

doce estrellas. Apareció otra señal en el cielo: Un enorme dragón

rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las

cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas,

arrojándolas a la tierra. El dragón estaba enfrente de la mujer que

iba a dar luz, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera. Dio a

luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos.

Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios. La mujer

huyó al desierto, donde tiene un lugar reservado por Dios. Se oyó

una gran voz en el cielo: “Ahora se estableció la salud y el poderío, y

el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo.”

Salmo responsorial: 44

De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

Hijas de reyes salen a tu encuentro,

de pie a tu derecha está la reina,

enjoyada con oro de Ofir. R.

Escucha, hija, mira: inclina el oído,

olvida tu pueblo y la casa paterna;

prendado está el rey de tu belleza:

póstrate ante él, que él es tu Señor. R.

Las traen entre alegría y algazara,

van entrando en el palacio real. R.

Lectura de la primera carta a los Corintios (15,20-27ª)

Hermanos: Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.

Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la

resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán

a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia;

después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los

últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez

aniquilado todo principado, poder y fuerza.

Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado

de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque

Dios ha sometido todo bajo sus pies.

Evangelio de Lucas 1,39-56

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la

montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludo

a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura

en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:

“¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto

tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.

Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se

cumplirá.”

María dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi

espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de

su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es

santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en

generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios

de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los

humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los

despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la

misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor

de Abrahán y su descendencia para siempre.” María se quedó con

Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

Acción de gracias

Te dormiste, María,

entre claveles rojos,

con tu carita de niña

y tu sonrisa en los ojos.

A todos dices adiós

sin reproche ni enojo,

con la serena calma

de quien habita en el gozo.

A lomos de luna menguante

cabalgas sin miedo hasta el cielo

entre estrellas ya caídas

y alabanzas de luceros.

No puede contigo fiera

ni serpiente en el desierto,

porque encontraste tu nido

donde se forjan los sueños.

Y así, dormida, señorial y bella

te alegras en tu pobreza,

y en el que ensalza a los pobres

y derriba la soberbia.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57