Estamos acostumbrados a imaginar la ascensión de Jesús a los cielos como una especie de despegue vertical, como si Cristo fuera un cohete que se eleva hasta el universo dejándonos aquí en la tierra. Esta imagen, tan frecuente en la imaginería religiosa cristiana, no sólo no es histórica, sino que espiritualmente es perniciosa. En realidad, la ascensión forma del parte del misterio central de nuestra fe, que es la resurrección. Tal es así, que hasta el siglo V, la resurrección y la ascensión eran misterios conmemorados el mismo día; dicho de otra forma, Jesucristo asciende a los cielos al mismo tiempo que resucita.
Esta ascensión no significa un alejamiento o una elevación física y visible, sino la culminación de su paso por este mundo (pascua) y su “regreso” definitivo a la derecha de Dios Padre.
El Jesús resucitado, ya es el Cristo ascendido a los cielos. Su aparición con signos y señales tras la resurrección, así como su mensaje, sin romper con el Jesús de antes de la cruz, están definitivamente inundados de eternidad; de ahí que los discípulos no le reconozcan en un primer momento. Este es el simbolismo de la “nube” que aparece en el relato de los hechos de los apóstoles. Una nube puede ser vista pero que curiosamente nubla nuestra propia visión de la auténtica realidad.
Podemos incluso estar dentro de ella, pero no podemos retenerla ni explicarla. Cristo resucitado se aparece ante sus discípulos, pero la incapacidad de estos para entender lo eterno les hace percibirlo como una “nube” inaccesible y misteriosa. Es sin duda una experiencia real.
No se trata de espejismos, de sugestiones colectivas, de proyecciones o meros montajes para superar el fracaso de la cruz. Existe una experiencia real y trasformadora que ocurre en el interior de los discípulos. Tal experiencia es puesta por escrito siguiendo los esquemas y géneros literarios de aquella época; tales géneros ya habían sido usados en la biblia (por ejemplo, en el pasaje en el que Elías es arrebatado por un carro de fuego) y que son también parte del legado cultural greco-romano como demuestran otros muchos escritos paganos de la época.
Esta experiencia religiosa no es algo del pasado. Nosotros, como discípulos de Jesús, somos herederos de esta experiencia de fe si sabemos acogerla y superamos la tentación de quererlo filtrar todo por nuestra mentalidad positivista o por la lógica racional. La fe está más allá de toda forma de comprensión y nos invita a entrar en esa nube desde la que la silueta de Jesús nos es arrebatada (tal vez para que no caigamos en la tentación de dominarla), dejándonos sus palabras y la promesa del Espíritu que siempre estará con nosotros para enseñarnos la verdad.
En realidad, la ascensión de Jesús no es una salida de este mundo, sino el comienzo de la llegada definitiva de Dios. Aunque nosotros tengamos que situarlo todo dentro de las categorías del tiempo y del espacio, estas categorías no limitan a Dios. Es por ello que, muerte, resurrección, accesión y efusión del Espíritu santo, son para nosotros momentos temporales y espaciales diferentes, mientras que para Dios son un único y permanente instante en el que volcar todo su amor para la salvación de su creación y la erradicación definitiva del mal y de la muerte.
Hemos de superar la tentación de querer comprenderlo y explicarlo todo, así como la actitud maximalista de considerarlo todo mentira por el mero hecho de que lo narrado no entre dentro de nuestros criterios científicos históricos. Una vez hecho esto y comprendido que el Evangelio está cargado de una mística profunda y de una enseñanza que desborda la razón humana sin negarla, estaremos en disposición de entender que la Palabra de Dios no es sólo un libro, sino una corriente de vida en nosotros. Estamos llamados también a ser testigos de los misterios salvíficos, incluida la ascensión, no meros espectadores o lectores de historias bíblicas “increíbles”.
La enseñanza de la ascensión se manifiesta en una misión que se ha desplegar en dos momentos: el primero es el “id” con que Cristo ordena a los creyentes extender este mensaje; el segundo es “creer y bautizarse”, parte que corresponde al que recibe el mensaje de salvación, el cual debe ser aceptado para que esta libertad sea real.
El “id”, es un envío que ya no se circunscribe sólo a Jerusalén, como en un principio, sino que Jesús extiende de forma centrífuga desde Judea a Samaría y desde Samaría al resto del mundo. De esta manera, el pueblo elegido no pierde su condición de elegido, sino que la comparte y la extiende con los demás pueblos de la tierra. De no hacerlo sí que perdería tal gracia, pues lo que no se da siempre se termina perdiendo. De la misma forma, el creyente que guarda su fe, la termina perdiendo. La fe sólo madura y fructifica cuando se comparte asumiendo el riesgo de no vivir protegidos. Para Dios, todos los pueblos son “pueblo elegido”; por tanto, a todos los pueblos debe llegar el anuncio de la salvación por medio de sus testigos. Estos no deben mirar al cielo, sino a la tierra; de ahí el “tirón de orejas” de los ángeles, invitando a toda la Iglesia a mirar a este mundo superando los espiritualismos y las falsas concepciones religiosas, tan piadosas como irreales y muchas veces hasta ridículas. El enviado ha de mirar al suelo y aprender a encontrar en él el cielo desde el que Dios nos llama, porque ya hemos dicho que Dios no se ha ido a lo alto de ningún trono, sino que ha ascendido a lo más íntimo de su propia creación, habitando entre nosotros como Espíritu dador de vida y de esperanza.A los testigos siempre le acompañan signos, porque el verdadero Evangelio no son palabras huérfanas de hechos. Palabra y vida, mensaje y hechos son caras de la misma moneda. En este sentido, los signos que acompañan a los enviados son los siguientes: a) Echar demonios: El misionero no huye de los demonios, sino que les planta cara. A veces son demonios interiores y otras exteriores, pero en ambos casos el misionero ha de expulsarlos luchando contra ellos, no sólo con sus frágiles fuerzas sino con la fuerza que Dios ha puesto en sus manos. Hay muchos demonios en el mundo de hoy, como las incontables injusticias del mundo y nuestras propias fragilidades interiores. De ahí nace la necesidad tanto de la lucha social como de la espiritualidad personal que toda misión lleva consigo y todo misionero ha de cultivar. La ausencia de estas características nos hace permanecer mirando al cielo, como bobos, buscando a Dios en un cielo inexistente, fruto de nuestra propia imaginación, no de la realidad. b) Hablar lenguas. Este acto de comunicación supone construir puentes para la comunicación y el diálogo con gentes que hablan otros idiomas distintos a los nuestros. Hay muchos idiomas diferentes y muchas confusiones en la comunicación, de ahí el esfuerzo que el misionero ha de poner en entender y hacerse entender, no imponiendo las propias categorías, sino tratando de hacerse entender en las categorías del oyente. Es sin duda un “salir de uno mismo”. c) Beber veneno sin morir. Se trata de un signo inevitable. No es que al enviado le guste el veneno, pero vivir en este mundo lleva siempre consigo introducirse en las aguas sucias de este mundo, como parte del propio bautismo, para desde ahí no quedar sepultado bajo ellas, sino emerger con Cristo por el camino de vida que inauguró con su resurrección. Mezclarse con el veneno sin morir a su efecto; vivir entre serpientes e incluso mordido por ellas, sin convertirnos en una de ellas; vivir como corderos entre lobos sin aspirar a sobrevivir matando como uno de ellos. Esto no es posible sin la fuerza del que nos envía, sin su perdón ante las caídas y sin nuestra aceptación de su poder en nosotros. d) Imponer las manos a los enfermos. La debilidad, la pobreza, la marginación y el rechazo que los enfermos significaban en la época de Jesús, han de ser abrazadas como por sus herederos. Nuestras manos no deben abrazar otra cosa sino esas realidades últimas y olvidadas de todos si queremos realmente ser signos auténticos de la llegada del reino de Dios.El otro momento es el de “creer y bautizarse”. No entra esto dentro de las posibilidades del misionero, sino que es responsabilidad del receptor de la buena nueva. Pero para creer primero hay que dejarse amar, y para bautizarse hay que asumir lo negativo de uno mismo, sumergiéndose en las aguas negras del propio pecado con los defectos, fracasos, problemas o dificultades que genera. No hay bautismo si se huye de uno mismo y no se acepta la propia realidad. Bautizarse supone aceptarse como se es; no es una huida hacia adelante, sino una aceptación de la propia fragilidad y de las derrotas, abriéndose así a la posibilidad de que Cristo, también derrotado por la muerte y el fracaso, nos rescate y nos sitúe en una vida nueva. En este sentido, no es lo mismo un bautismo sólo de agua, que cura por un momento, pero no remedia el origen del mal, que un bautismo en el Espíritu, que nos da la clave para superar de raíz nuestra mediocridad. Evidentemente no estamos hablando aquí de un bautismo meramente ritual o litúrgico, sino de lo que ello significa.
Vivamos la ascensión de Jesucristo en su justa dimensión, profundizando en el misterio que supone que haya subido a lo más bajo de nuestro mundo para desde ahí manifestar su gloria a través del Espíritu santo que nos alienta y anima.
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