Homilías

Segundo domingo de cuaresma (Ciclo A)

Homilía: Segundo domingo de cuaresma (Ciclo A)

En la vida de todo creyente siempre hay unos momentos especiales; son pocos, pero fundamentales en la vida. En esos momentos, Dios se nos MANIFIESTA irrumpiendo en la cotidianidad de nuestros quehaceres para revelarnos su gloria. Las transfiguraciones, “teofanías” o “epifanías” de Dios, son momentos en los que su gloria se cuela entre las rendijas de este mundo para impactar de forma terrible y definitiva en nuestras almas.

Toda experiencia de transfiguración, como la misma palabra dice, supone un cambio de figura. No sólo es una experiencia interior o subjetiva, sino que viene acompañada de un cambio externo, visible y palpable. La realidad hasta ese momento conocida cambia de repente y nos obliga a cambiar con ella; todo cobra nuevo color; todo parece diferente; lo cotidiano se hace eterno por un momento, como si el muro de cemento opaco fuera capaz por un instante de convertirse en ventana que deja ver lo que hay tras él. Aunque tras el cambio todo vuelva a la “normalidad”, su efecto permanece en nosotros. Ya no podemos ser los mismos sin traicionarnos; ya nada será igual desde entonces.

La biblia refleja esta experiencia en muchos pasajes, tanto del antiguo como del nuevo testamento. (Ex 2,15; 29,43; 1Re 8,10-11; Heb 1,13; 1cor 2,8; 2cor 4,6… Evidentemente en el Nuevo Testamento esa manifestación o epifanía de Dios tiene nombre propio: Jesucristo. En cuanto Palabra encarnada, la gloria de Dios se refleja en Cristo de forma directa en la experiencia del Tabor como anticipo de la gloria que se abrirá paso definitivamente en la resurrección. Pero, al margen de Cristo, los que vivencian esa gloria de Dios que se transfigura en lo humano y mundano, son los creyentes. En las lecturas de este domingo tenemos dos modelos de experiencias con las que iluminar nuestra fe: la experiencia de Abraham y la de los apóstoles Pedro, Santiago y Juan.

A Abram Dios se le aparece con un imperativo que está a la base de toda experiencia de fe: “sal de tu tierra”, y con una llamada a la confianza “ve a la tierra que te mostraré”. Desde Abraham, el creyente vive su fe no como seguridad, sino como búsqueda y camino. Creer es caminar y caminar supone la renuncia de lo conocido, de lo seguro, de la vida cómoda en función de lo que está por venir, tras la cuesta, al cruzar el río o tras la siguiente esquina… Esta forma de creer sólo puede venir provocada por un cambio que no es únicamente simbólico, sino también existencial. Creer de esta forma cambia la vida, incluso la vida cotidiana.

Los apóstoles tienen una experiencia parecida en el monte Tabor.

Dos de ellos, Juan y Pedro, hablarán directamente de esta experiencia en textos posteriores (Jn 1,14; 2Pe 1,16-18). Veamos algunos rasgos de esta experiencia transfiguradora: a) Ocurre en un contexto de oración. Ello significa que no basta con mirar; hay que contemplar para poder ver la gloria de Dios. b) Es una experiencia que incluye y se nutre de la fe de antaño, de la ley y los profetas. Es una experiencia nueva que plenifica lo anterior sin eliminarlo. c) Es una experiencia imposible de retener. De nada sirve pretender acaparar el misterio de Dios; nunca cabe en nuestros tenderetes, ideas o dogmas. d) Es una experiencia que nos infunde un inmenso temor, pero no un temor paralizante, sino un temor que es capaz de abrirse a la confianza. “Despertad. No temáis”, nos dice Jesús. e) Es una experiencia que pide bajar de la montaña y volver a la vida cotidiana; no hay que proclamarla hasta que se haga plena a través de la muerte y resurrección; pero sí hay que conservarla como anticipo y prenda de aquello a lo que estamos llamados.

Todos tenemos miedo a los cambios porque cambiar es algo que nos genera inseguridad; incluso algunos desórdenes psicológicos. Pero nada hay tan necesario para crecer espiritualmente como cambiar. Esa conversión es lo que busca Dios transfigurándose en este mundo ante nuestros ojos como si de una bofetada al corazón dormido se tratara, para que despertemos de la comodidad al camino de la verdad y la justicia. Es bueno que nos preguntemos, ¿Cuantos momentos así ha habido en mi vida? ¿Qué momentos han supuesto un giro crucial y fundamental en mi existir? Son momentos de los que a veces no somos conscientes hasta que han pasado. Son momentos que suelen preparar la cruz, una cruz que debe ser asumida sin resignación, con la esperanza de que el sacrificio y la muerte no tendrán la última palabra porque hemos saboreado la gloria que hay tras ella.

Nuestra religión trata de acaparar inútilmente estos momentos.

Sin embargo, no se pueden enlatar ni programar, porque Dios es libre y nos quiere libres. Para ser libres hay que dejar seguridades y arriesgar.

Con san Ireneo de Lyon hay que decir que, si “la gloria de Dios es que el hombre viva”, hemos de dar vida al hombre para que esa vida sea la mejor de las manifestaciones de la gloria de Dios.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del libro del Génesis (12,1-4a)

En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: “Sal de tu tierra y de la casa de

tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te

bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los

que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se

bendecirán todas las familias del mundo.” Abrán marchó, como le había

dicho el señor.

Salmo responsorial (32)

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti

La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales;

él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. R.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,

en los que esperan en su misericordia,

para librar sus vidas de la muerte

y reanimarlos en tiempo de hambre. R.

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti. R.

2ª Lectura

Lectura de la segunda carta a Timoteo (1,8b-10)

Querido hermano: Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según

la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por

nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso

darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha

manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la

muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.

EVANGELIO

Mateo 17,1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano

Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de

ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron

blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con

él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien se

está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y

otra para Elías.” Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los

cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: “Éste es mi Hijo, el

amado, mi predilecto. Escuchadlo.” Al oírlo, los discípulos cayeron de

bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

“Levantaos, no temáis.”

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando

bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No contéis a nadie la visión

hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.”

Acción de gracias

Sal de tu tierra, ponte en camino,

confía y no tengas miedo.

Deja que te abrace la niebla

y que tus ojos traspasen

el barro del que te hicieron,

para encontrar en tu piel

la huella del divino aliento.

Goza del instante eterno

para así nutrir tus sueños,

porque el camino es largo

y debes cabalgar de nuevo

a lomos de la terca rutina

que te hará posible abrir

sendas en tus desiertos.

No rehuyas los oasis,

pero no hagas casa en ellos,

porque el peregrino habita

a lo largo del sendero;

hace del camino hogar

y del gozo efímero alas

para volar más adentro

de los océanos inmensos

y de los profundos cielos.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57