Sumergidos de lleno en el tiempo Navideño, nuestras miradas se han dirigido desde la nochebuena al ambiente en el que nace el Niño Dios. Toca ahora poner el foco en la escena de la Sagrada familia, deleitándonos con aquello que envuelve la presencia en nuestro mundo y en nuestra historia de Dios hecho hombre, rodeado de las personas que Dios designó. Cuando se hace esto, cuando no sólo se mira al niño Jesús sino también a su entorno, constatamos que lo primero en aparecer al lado de Dios hecho hombre son dos personajes: un padre, una madre… en definitiva: una familia.
Desde la prehistoria, el ser humano nunca ha sido un individuo solitario, sino un ser en relación que ha vivido siempre en familias, tribus o grupos. Está claro que en un principio esta “estrategia” grupal tiene un claro sentido de autodefensa y supervivencia; pero con el paso del tiempo vamos descubriendo algo más profundo: la supervivencia no es sólo biológica, sino también espiritual.
El texto del Eclesiástico pone de relieve el respeto a la unidad familiar desde el punto de vista de los Padres. Si tuviéramos que definir el modelo de familia que se defiende en esta primera etapa del A.T. podríamos decir que es “la familia como DON”. El que ha sido educado en el seno de una familia no puede dar la espalda a aquellos que le han dado la vida y cuidado desde niños.
De manear que, cuando sus progenitores lo necesiten, deberán volcarse hacia ellos en gratitud por los cuidados recibidos en la infancia. Es una ley de justicia divina incluso recogida en un mandamiento: “honrar al padre y a la madre”. El amor empieza, de esta manera, por los que tenemos más cerca; la penitencia también. Es decir, cuando se trata de recomponer lo que el pecado ha roto en nosotros y de curar las heridas del mal, los primero que deben sentir ese cambio de actitud son los padres, aquellos que tenemos más cerca.
Pero nadie tiene vocación sólo de “hijo”, sino que normalmente, con el paso del tiempo, se nos despierta la vocación de ser también “padres” o “madres”. Echamos mano aquí de la segunda lectura de Colosenses. Si la primera lectura está enfocada desde la perspectiva de los padres, esta segunda lo está desde la perspectiva de los esposos, al menos en su parte final. Ya no se trata de mirar la familia sólo como un don, sino también como una “VOCACIÓN”. El final del texto es quizá más clarificador y directo a la hora de delimitar cuáles deben ser las actitudes de cada uno de los miembros de la familia.
Puestas las bases de lo que era la familia en el A.T. y de lo que Pablo propone para las familias cristianas del siglo I, volvemos la vista ahora sobre la familia de Jesús y tratamos de ver en ella el modelo a seguir por toda familia cristiana, tratando siempre de adaptar a las circunstancias actuales los valores que emanan de la sagrada familia.Como no podía ser de otra manera en aquel contexto histórico, vemos a José acaparar el protagonismo de la escena. María parece algo difuminada en Mateo; tendrá que ser Lucas (un no judío, sino un griego) el que recuperase el valor de María en estas primeras escenas de la vida de Cristo entre nosotros.
Pero como quiera que el Evangelio que se nos propone es el de Mateo, tratemos de entresacar algunas de sus enseñanzas más básicas.
La familia de Nazaret como familia en HUIDA: A veces buscar el bien supone huir del mal; no es una huida fruto de la cobardía, sino de la prudencia.
Es lo que haría cualquier persona normal; y es lo que hizo José como padre de familia cuando la vida de los suyos peligraba. También será lo que haría Jesús durante toda su vida. Las familias cristianas, sobre todo en estos tiempos donde tantos “herodes” acechan a los niños y jóvenes, han de tener siempre una actitud en alerta. Los padres, como José, no se han de dedicar sólo a satisfacer las necesidades materiales de los hijos, sino que han de aprender a soñar con ellos, anticipándose a las pesadillas que puedan sobrevenir y huyendo si es preciso de todo aquello que suponga una amenaza superior a las propias fuerzas.
La vuelta a Egipto tiene unas claras resonancias bíblicas. Al huir a Egipto, Jesús y su familia rememoran la historia de su pueblo. No se trata sólo de recordarla, sino de hacerla vida en la propia vida. En este sentido, sobre todo en familias cuyos progenitores vienen de épocas dramáticas o tristes, conviene que los hijos sean partícipes de esos sufrimientos, sin sobre protegerles con la cantinela de evitar “que no pasen lo que yo pasé”; al contrario, los niños y jóvenes han de saber, conocer y experimentar, en la medida de lo posible, la historia de la propia familia, pues conocer y experimentar la propia historia es la mejor forma de amarla, respetarla y continuarla. Hay una gran diferencia entre aquellos jóvenes que trabajan y aquellos que no lo hacen porque sus padres entienden más las vacaciones como un “premio”, en el que muchas veces no se sabe bien ni lo que hacer. Hay que recuperar el sentido “ascético” de la vida, la experiencia del sufrimiento y del sudor noble del trabajo para entender lo difícil que puede llegar a ser la vida sin sacrificio y esfuerzo. Ni el mismo Jesús rehuyó ese trabajo. No queramos ser nosotros más que Él.
Pero hay tiempo para huir y también para regresar, pues el mal no es eterno. El regreso también está plagado de prevención y no vale cualquier tierra para rehacer la vida. Se elige una tierra fronteriza, Galilea, y un pueblo pequeño, Nazaret, y desde allí se iniciará un largo y silencioso camino de muchos años en el anonimato hasta que la Palabra de Dios esté lista para ser proclamada abiertamente. De la misma forma, este regreso y establecimiento en una tierra segura, no solo ha de ser un derecho de toda familia, sino también un deber que hay que asumir con alegría. La rutina no es lo que mata la vida, sino lo que la hace avanzar. Hay toda una espiritualidad en el ocultamiento y silencio de Nazaret; se trata de todo un mundo construido en torno a los años de la forja lenta y serena de la propia personalidad.Toda familia cristiana tiene, de alguna manera, un espejo en esta vida silenciosa, callada, rutinaria, pero plena y llena de sentido. Protegidos de los peligros, toda familia necesita su propio Nazaret en el que disfrutar del placer de lo sencillo y cotidiano. Que la familia sagrada de Nazaret ayude a todas las familias del mundo a saborear este tiempo de la vida, desarrollándose en él como personas y construyendo con el esfuerzo de cada día una sociedad más justa a la espera de la llegada del Reino de Dios.
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