Homilías

Primer domingo de cuaresma (Ciclo A)

Homilía: Primer domingo de cuaresma (Ciclo A)

No somos más que frágiles criaturas de barro. Nuestra belleza está esculpida por las manos entrañables de Dios y nuestro respirar es su aliento. Somos hechura de Dios, preciosa y viva, pero también libre. En esta libertad reside al mismo tiempo nuestra grandeza y nuestra miseria.

Vulnerables al encanto de la serpiente, a sus palabras engañosas con las que inocula en nosotros el veneno de la envidia. Porque el mal siempre es envidioso: envidia a Dios y nos envidia a nosotros por el mero hecho de ser amados.

La envidia es la simiente del pecado. Envidiar es vivir sin agradecer lo que se es y se tiene; querer ser y poseer al otro en lugar de relacionarse con él de igual a igual. Podríamos pasarnos la vida comiendo los infinitos frutos del amor y de la misericordia que nos rodean; encontraríamos en cada uno de ellos un gozo que nunca cesa; nuestro corazón se renovaría en cada banquete… Pero preferimos el alimento de los “dioses” a la comida de los hombres, queremos ser como ellos, decidir entre lo bueno y lo malo sin más criterio que nuestro apetito; juzgar entre la vida y la muerte como si fuéramos dueños del universo y no meras criaturas perdidas en su espesura.

Hay un hombre que no ha sucumbido al encanto de la serpiente y a sus insinuaciones cargadas de veneno. Fue tentado tres veces. Cada una de ellas fue más intensa que la anterior; pero él no dejó de ser quien era, ni quiso convertir a los otros en lo que no eran. Él vivió hasta el final agradeciendo y aceptando sin buscar la dicha más allá de sus límites.

Ese hombre fue tentado primeramente para satisfacer su hambre de pan, el más elemental de los instintos que remite al hambre de afecto y cariño en un mundo lleno de corazones de piedra. Pero él no vino para cambiar los corazones a la fuerza, ni para alimentarse del afecto y la gratitud de sus hermanos, sino para hacerse a sí mismo pan de los pobres y alimento de los miserables.

Ante su primer fracaso, el mal cambió de estrategia y se vistió de confianza y providencia para tentarle como se tienta a las almas santas.

La voz del mal imitó a la de Dios para tentar la fe manipulando la misma Palabra de Dios. Esta es la tentación de las personas buenas, empujadas a estirar su fe hasta que se rompe. Y es que tentar a Dios es un error en el que es fácil caer cuando se cree sólo con el corazón, sin usar la cabeza.

Pero ese hombre no era un mago de feria, ni usaba sus dones para impresionar u obligar a Dios a realizar el trabajo que sólo a los hombres les corresponde.

De esta manera, Jesús nos enseña a desenmascarar una de las trampas más sutiles de las religiones: la de convertir a Dios en una especie de mago de feria, o super héroe capaz de cambiar la realidad sin cambiarnos a nosotros. En realidad, Dios no es así.Con frecuencia, personas muy religiosas suelen pedirle a Dios milagros, creyendo ingenuamente que Dios actúa en la realidad antes que en nosotros. Pero Dios no se relaciona con las cosas (que son objetos) de la misma forma que lo hace con nosotros, pues a nosotros nos trata como sujetos, interlocutores de un diálogo “de amigo a amigo”. Así, Dios confronta el mal desde dentro; es decir, cambiándonos a nosotros para que nosotros cambiemos la realidad y no cambiando la realidad para que nosotros cambiemos. Sabemos que Jesús hizo milagros, pero estos milagros no cambiaron los corazones de muchas personas a tener del final que tuvo su vida terrenal. Y es que no es lo mismo una religión que predica a un dios “puedelotodo”, que cambia las cosas, o no, según una voluntad arcana y misteriosa, que a un Dios que se encarna abrazando la realidad para transformarla desde dentro, sin forzarla ni romperla.

Hemos de tener mucho cuidado porque a veces creemos y predicamos una imagen de distorsionada de Dios que aparta a muchas personas de la fe en lugar de ayudarles a creer.

Finalmente, cuando el mal queda desenmascarado, siempre termina por dar la cara directamente, sin tapujos, poniendo toda la carne en el asador para despertar la pasión de poseer y dominar que toda criatura lleva dentro (como lo hicieron Adán y Eva). El mal ofrece el mundo porque en él campa y porque tiene la potestad de darlo a quien se le rinda. Sólo cabe ante ello exigir distancia, abrir un abismo entre nuestros pies y los tronos de este mundo para mantener nuestros cuerpos vírgenes de todo afán de posesión y acaparamiento, así como nuestros ojos protegidos para no ser deslumbrados por las luces cegadoras del poder y la riqueza.

Ese hombre es un nuevo Adán, aliento divino y barro humano fundidos, siempre fiel a la voluntad del hálito de vida del que procede y capaz de reinsuflar en nuestra carne malherida un soplo renovado de libertad que sane nuestras heridas y nos recupere para la gran batalla en la que alzarnos definitivamente con la victoria. En nuestras manos está elegir cada día entre su triunfo o un fracaso inevitable disfrazado de éxito y honores. Por ese hombre merece la pena dar la vida, vivir en el desierto de esta vida superando las tentaciones y fortaleciendo con ello nuestro camino.

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Para la celebración

Lecturas

1ª Lectura

Lectura del libro del Génesis (2,7-9;3,1-7)

El Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz

aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo. Luego el Señor Dios

plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que

había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles

hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida

en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal.

La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor

había hecho. Y dijo a la mujer:

«¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?».

La mujer contestó a la serpiente:

«Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del

árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios:

“No comáis de él ni lo toquéis; de lo contrario moriréis”».

La serpiente replicó a la mujer:

«No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os

abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal».

Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer,

atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de

su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió. Se les

abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y

entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

Salmo responsorial (50,3-4.5-6a.12-13.14.17)

Misericordia, Señor: hemos pecado.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,

por tu inmensa compasión borra mi culpa;

lava del todo mi delito, limpia mi pecado. ®

Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado.

Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. ®Oh, Dios, crea en mi un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme.

No me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. ®

Devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con espíritu generoso.

Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza. ®

2ª Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los romanos (5,12-19)

Hermanos:

Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el

pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque

todos pecaron… Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo,

pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte

reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado

con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que

venir. Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el

delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el

don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado

sobre todos. Y tampoco hay proporción entre la gracia y el pecado de uno:

pues el juicio, a partir de uno, acabó en condena, mientras que la gracia,

a partir de muchos pecados, acabó en justicia. Si por el delito de uno solo

la muerte inauguró su reinado a través de uno solo, con cuánta más

razón los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación

reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo.

En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos,

así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos.

Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron

constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos

serán constituidos justos.

EVANGELIO

san Mateo (4,1-11)

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser

tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus

cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».

Pero él le contestó:

«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que

sale de la boca de Dios”».

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo

y le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes

a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie

no tropiece con las piedras”».

Jesús le dijo:

«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los

reinos del mundo y su gloria, y le dijo:

«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».

Entonces le dijo Jesús:

«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él

solo darás culto”».

Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo

servían.

Acción de gracias

Llévanos al desierto contigo, Señor.

Arrastrados por el empuje de tu Espíritu

ayúdanos a desprendernos de las redes

que hacen inútiles las alas

que elevan nuestras almas.

Despiértanos de los falsos sueños

en los que vivimos, anestesiados,

mecidos por la oscura mano

de la mediocridad y la tibieza,

saciados de un pan duro, como una piedra,

hipnotizados por sombras que danzan,

cual marionetas,

para que nuestros ojos confundan las luces led

con el sol que nos abraza en la mañana

y nos besa cada atardecer.

Abre nuestros ojos para descubrirte

como el Dios amigo,

el compañero de viaje, el amante fiel;

aquel que se niega a cambiar la realidad

sin cambiarnos a nosotros primero.

Provoca, Señor, en nuestras manos

la suficiente rebeldía ante lo que parece evidente,

como para desentrañar las raíces del poder

que corroen lo más sagrado que nos habita.

No nos dejes, Señor, caer en la tentación.

Y si caemos, estate ahí, con la mano tendida

para levantarnos del barro

y hacer que caminemos de nuevo, contigo,

por la senda que tú nos abres

hasta ese mañana prometido

que a cada instante haces un hoy

con tu presencia.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57