Nos encontramos posiblemente ante una de las solemnidades menos valoradas del calendario litúrgico, tal vez por la vorágine sacramentalista (bautizos, comuniones, bodas) de estas fechas primaverales y el cansancio acumulado después de un intenso año pastoral. Si contamos las fiestas dedicadas a la Virgen, o aquellas que tienen como titular a Cristo, e incluso las de algunos santos, nos daremos cuenta de la desproporción que existe a la hora de celebrar los misterios de nuestra fe. En el misterio de la Trinidad adoramos a un único Dios en sus tres personas diferentes. De las tres, quizá el Espíritu Santo sea la persona divina más eclipsada en la espiritualidad cristiana.
Es importante recuperarla y visibilizarla, explicando su sentido y tratando de vincularnos más estrechamente a su dinamismo de vida.
Porque el Espíritu Santo es la PRESENCIA DE DIOS ACTUANDO en nuestras vidas, aquí y ahora.
Las mismas lecturas de Pentecostés, que pone punto final al tiempo de Pascua, son un claro ejemplo de la importancia de esta celebración. El hecho que podamos contar con varias opciones para la liturgia no hace más que reforzar esta solemnidad. Mirando las lecturas por encima y tratando de ahondar en algunos de sus detalles, propongo hacer un breve recorrido por esta Palabra, “masticando” su sentido y tratando de encontrar el común denominador que recorre los textos.
No deja de ser curioso que la primera lectura de la vigilia de pentecostés sea la de la torre de Babel. ¿Qué tiene que ver el Espíritu en esta historia tan curiosa? Aparentemente nada, pero al escuchar esta lectura no podemos evitar emparentarla con el acontecimiento de Pentecostés que repara el despropósito de Babel. Si en la lectura del Génesis, el orgullo humano por llegar al cielo termina con la confusión de lenguas y la dispersión de la humanidad, en Pentecostés encontramos la antítesis: es decir, la capacidad de una pequeña, débil y temerosa comunidad para hablar todas las lenguas del mundo, llegando a forjar una unidad cuya riqueza es la pluralidad, no la uniformidad que pretendía el proyecto de Babel. Hay algunos detalles dignos de mención. Por ejemplo: no es la humanidad la que provoca la confusión de las lenguas, sino que es el mismo Dios quien introduce esta variedad idiomática que, aparentemente, divide y no une. ¿No será que Dios no quiere una uniformidad que aniquile las riquezas y singularidades particulares? ¿No está siendo un globalismo aniquilador de la diversidad el culpable de que no vivamos una sana globalización basada la interrelación cultural?La multiculturalidad es un gran error porque nos obliga vivir juntos en un mismo espacio, pero sin conexión ni relación posible entre unos y otros. La interculturalidad sí promueve esta unión desde la riqueza de la diversidad puesta al servicio del bien común universal.
Efectivamente, el peligro de la humanidad, no sólo en Babel sino también hoy en día, es confundir la unidad con la uniformidad. Este es uno de los riesgos del globalismo ideológico que no respeta las diferentes culturas con sus idiosincrasias particulares, pretendiendo imponer a nivel global una única forma de pensar, vivir e incluso crear.
Si hablar una misma lengua lleva a la prepotencia y estupidez de creerse dioses, Dios no puede más que crear y promover la diversidad de lenguas como antídoto ante la tiranía de una única cultura dominante. Esta diversidad, lejos de buscar la división, lo que supone es una garantía para la verdadera unidad.
Ser diferentes no tiene por qué promover la división. La diferencia es un espacio abierto para que lo plural se encuentre y se armonice sin perder la propia identidad. Es un movimiento que busca la unidad, sí, pero no a través de la uniformidad, sino desde el respeto a lo particular, por pequeño que sea. Una sola lengua que se pierda en la tierra supone una gran pérdida para toda la humanidad, pues con ella se pierden también visiones, sabores y apreciaciones únicas que no están presentes en otras lenguas.
Recordemos que los discípulos, embriagados del Espíritu en Pentecostés, no hablan una misma lengua. Es decir, Dios no devuelve la humanidad al momento anterior a Babel, sino que hace que cada uno pueda entender y ser entendido por los demás a pesar de hablar en lenguas diferentes. Es decir, no se trata de que Iglesia hable un único idioma (sea el arameo, hebreo, griego, Latín…) sino de que sus miembros sean capaces de superar su propia lengua para abrirse a las de los demás, no individualmente (no todos tenemos que hablar todas las lenguas) sino como comunidad unidad por un mismo Espíritu. Por ello, cuando Jesús se aparece ante sus discípulos y les insufla su aliento, el efecto inmediato es el envío misionero para predicar el Evangelio en toda la tierra. Esto supone la superación de la estrechez de la propia aldea, incluyendo la cultura, con su máxima expresión, el idioma.
Cuando en lugar de ladrillos o alquitrán usamos los medios naturales, aunque sean piedras o cemento, el edificio que construimos no es una torre a lo alto, sino una casa a lo ancho para que quepan todos, sin situarnos unos por encima de los otros. Este es uno de los primeros efectos de Pentecostés. Sólo el aliento de Dios puede hacer posible este milagro. Es un aliento bello, porque Dios se viste de belleza, como reza el salmo, no sólo de un saber meramente científico.La sabiduría es uno de los siete dones del Espíritu, más importante que la razón; el sabio es quien razona también desde el corazón, no sólo desde un cerebro científico-técnico. Sin el aliento de Dios no es posible la vida. Quizá sea posible tener un cuerpo, un sistema, una idea o un proyecto, pero nada de ello es factible sino hay vida dentro.
Al igual que Dios insufló su aliento (su Espíritu) en la boca de Adán y éste comenzó a vivir, Jesús insufla su aliento en otro cuerpo de barro, muerto de miedo y encerrado en sí mismo: La Iglesia. La primera comunidad que se reúne tras la ascensión tenía ciertamente una pequeña e incipiente estructura, pero no había vida dentro de ella. Es el Espíritu el que enciende lenguas de fuego capaces de abrasar la humanidad con palabras de vida. De repente, ese cuerpo inerte se convierte en un cuerpo ardiente: el cuerpo místico de Cristo animado por el Espíritu Santo. ¿Cuántas iglesias tienen hoy todos los elementos necesarios para hacer su función, pero adolecen del aliento de vida que sólo el Espíritu puede dar? ¿Cuántas iglesias viven todavía encerradas en el miedo, espantando las lenguas de fuego que buscan cabezas y corazones para encenderlos de amor? Hoy más que nunca necesitamos un renovado Pentecostés en la Iglesia para dejar atrás el miedo, superar la burla de los que nos creen ebrios o locos y proclamar sin miedo en todas las lenguas la alegría del Evangelio.
Como dice san Pablo, poseemos las primicias del Espíritu y gemimos aguardando la venida del Señor. El Espíritu es quien refuerza nuestra debilidad en esta espera, para que la esperanza no se convierta en pasividad, sino en un dinamismo creador de posibilidades. Hoy más que nunca hemos de rezar: “Envía Señor tu Espíritu y renueva la faz de la tierra”. Porque esta tierra necesita una profunda renovación y una transformación urgente, aunque ello suponga la confusión de lenguas y la dispersión que nos vacune contra la tragedia de un globalismo monocolor ¿Cuantos sistemas económicos y sociales reproducen hoy en día esa torre donde no es posible la singularidad, ni la libertad creativa?
Hemos de valorar en nuestras comunidades los carismas que el Espíritu Santo da a cada uno, huyendo de líderes populista que todo lo resuelven con una única receta, tan simplista como falsa.
No es posible que nadie pueda acaparar todos los dones del Espíritu. Dios no da todos los dones a una única persona o a única civilización, sino que los reparte entre todos para que nos hagamos necesarios unos de otros, forjando así vínculos de unidad que expresen de forma maravillosa el misterio trinitario de Dios, plural y único a la vez.Para vivir una verdadera unidad en la Iglesia hemos de reconocer y potenciar los diferentes carismas, tanto personales como grupales. No hacerlo sería como robar colores al arco iris. Cada uno de nosotros hemos de preguntarnos con qué dones hemos sido bendecidos y de qué manera los estamos poniendo a disposición de la Iglesia y del mundo.
También hemos de luchar por poder aplicar esos dones sin repetir el error de la torre de Babel, confundiendo la unidad con la uniformidad, los dones con el orgullo y la filiación divina con el “derecho” a asaltar el cielo en lugar de llamar humildemente a sus puertas. Carismas y ministerios son así uno de los deberes pastorales más urgentes en la Iglesia, sobre todo a la hora de “desclericalizarla”, pues es posible que el carisma presbiteral esté impidiendo que se desarrollen otros carismas laicales. Hemos de pasar del cura que lo hace y controla todo, al presbítero siervo de la comunidad, al director de orquesta que enseña, dirige y orienta, pero que no tiene por qué tocar sólo todos los instrumentos.
Al igual que los discípulos con María recibieron la fuerza del Espíritu, nosotros también recibimos a Cristo en cada Eucaristía tras darnos la paz. Junto con esa paz, el primer gesto de Jesús es el de soplar sobre nosotros para insuflarnos vida. La Eucaristía que comulgamos es así como un aliento de vida que nos renueva. Sólo el Espíritu es capaz de transformar nuestro pan y vino en el cuerpo y la sangre del Señor. Eso también es Pentecostés. De esta forma, comulgar es como recibir el aliento de Padre mediante el cuerpo del Hijo. ¿Qué es esto sino el Espíritu Santo? Vivamos la presencia de Dios en nuestras vidas a través de este Espíritu que va desplegando en la historia toda la sabiduría divina. Dejémonos guiar por este Espíritu y seamos así agentes de renovación en el mundo que nos ha tocado vivir.
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