Con la celebración de la cena del Señor se abre el llamado triduo de pascua. Pudiera parecer que son tres celebraciones, pero en realidad es como si celebráramos un único acto litúrgico dividido en tres partes, en medio de las cuales volvemos a la vida cotidiana, pero con la sensación de estar sumergidos en una liturgia muy especial que se funde con la vida. De esta manera, estos tres días hemos de hacer todo lo posible por crear fuera del ámbito del templo un ambiente interior de recogimiento, reflexión y oración. No importa que las tareas a las que nos dediquemos parezcan profanas, pues de lo que se trata es de sacralizarlas.
Recordemos que, según el Evangelio de san Juan, el solemne momento de la institución de la Eucaristía que los otros tres evangelistas introducen en la última cena, está ocupado por uno de los actos más denigrantes que se podían realizar en aquella época: el lavatorio de los pies. Hemos de recordar que este servicio era el trabajo de los siervos o de los miembros de la casa de menor escalafón. Evidentemente no es casualidad que Juan introduzca justo en el momento donde debería de ir la institución de la Eucaristía, el gesto del lavatorio que deja completamente desconcertados a sus discípulos.
Según el texto, Jesús se desprende de su manto (símbolo de la autoridad magisterial) y se arrodilla ante sus discípulos. La reacción de Pedro bien podría ser la nuestra. Aparentemente lo que esconde este rechazo de Pedro a ser lavado por Jesús es el respeto a la debida jerarquía y a la autoridad del maestro; sin embargo, existe otra lectura, pues si Jesús hace este acto servil con los suyos, todo discípulo queda obligado desde ese momento a hacer lo mismo, es decir, queda comprometido a arrodillarse ante los otros, a humillarse quitándose toda insignia, poder, autoridad o privilegio para lavar la parte más sucia del cuerpo de sus hermanos, aquella que por permanecer más pegada al suelo es susceptible de ser la más mugrienta.
Con este gesto, para nada improvisado, san Juan (que es el último evangelio canónico en ser escrito), da por sentado que toda la Iglesia conoce ya la Eucaristía, por lo que no era necesario repetir su institución; en su lugar, ofrece su sentido más profundo, que no es otro que el servicio.
Se trata de un gesto que huye de toda apariencia, pues a nadie le resulta agradable quitarse los galones y arrodillarse como un esclavo o un siervo ante un hermano.
La Eucaristía adquiere así un sentido de servicio y entrega hasta el extremo. Por ello el jueves santo es también del día del amor fraterno, visualizado a través de la colecta que hacemos para Cáritas, que es el brazo de amor que la Iglesia tiende a todo el mundo, aunque no sea el único. Esta es una de las celebraciones de hoy, pero no la única. En este día todos estamos llamados a reflexionar sobre nuestro espíritu de servicio, nuestra humildad y actitud ante los más pobres y necesitados de nuestra sociedad, comenzando por los miembros de nuestra familia.
¿Vivimos en actitud de servicio haciendo el trabajo que nadie quiere o nos instalamos en nuestras posiciones sociales haciendo uso del escalafón? ¿Entendemos la Iglesia como el cuerpo místico de Cristo que antes de darse hasta el extremo se arrodilla ante la humanidad para limpiar sus manchas o buscamos una Iglesia impoluta y angelical que sólo existe en la ficción o dentro de una burbuja?
Pero, aún siendo importante, el día del amor fraterno no es el único significado de este día, pues el jueves santo es una conmemoración poliédrica. También celebramos la institución de la Eucaristía y del orden sacerdotal. Efectivamente este es el día en el que re-presentamos el momento en que Cristo nos deja el memorial de su pasión, muerte y resurrección condensado dentro de una celebración: la Eucaristía, que es al mismo tiempo banquete fraternal y sacrificio, siendo estos dos aspectos complementarios. Al hablar de memorial no estamos haciendo un simple recuerdo de lo que Jesús “hizo”, sino de lo que “hace” ahora, en nuestro momento presente. De hecho, la Eucaristía, como cualquier otro sacramento, es la re-presentación de la acción salvífica de Dios en nuestras vidas en este preciso momento. Representar es volver a hacer presente un único acto supremo de amor, pues estrictamente hablando sólo existe una única Eucaristía y un único Sacerdote, Jesucristo, que es al mismo tiempo la víctima ofrecida y el oferente.
Si esto es así, ¿Qué papel ocupamos nosotros? Al igual que los músicos o los actores re-presentan una obra musical o teatral siguiendo el pentagrama o el relato escrito de una obra escrita a veces hace siglos, los hombres designados por Jesús en la última cena (los apóstoles y sus sucesores) re-presentan lo que Jesús nos dijo que hiciéramos para perpetuar su obra salvífica.
No se trata sólo de repetir unas palabras y unos gestos que nacen en el contexto previo a la celebración de la pascua judía según san Juan o en el contexto de la misma cena de pascua, según los otros evangelistas, sino que se trata de representar en una única celebración una pascua que es un acto en tres momentos: La pasión y muerte, la resurrección y el acto ritual (la Eucaristía) que lo expresa. Por ello, aunque todos los domingos celebramos la Eucaristía, el triduo pascual (no sólo el jueves santo) es la celebración de las celebraciones, sin la cual el resto de domingos quedaría sin sentido, pues todo el año litúrgico parte y culmina en estos tres días que expresan y alimentan al mismo tiempo nuestra fe.
De ahí la importancia de participar en ellos.
Son muchas las actividades pastorales en torno a estos días, como las vigilias, vía crucis, celebraciones del perdón, procesiones… convendría usarlas en su justa medida, evitando que eclipsen el núcleo al que deben su sentido. Participemos por tanto de este tiempo sagrado, especial y maravilloso, volviendo a vivir en nuestro propio contexto personal y social el acto supremo de amor que Jesús hizo y sigue haciendo para nuestra salvación: dar la vida por los amigos y aún por los enemigos.
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