El evangelio de la samaritana del domingo pasado deja paso a otro texto íntimamente ligado al proceso catecumenal que lleva a la fe en Jesucristo. Si la semana pasada era una mujer samaritana, hoy se nos presenta a un joven ciego de nacimiento que, como se creía en aquella época, sufría con su enfermedad las consecuencias de su pecado o el de sus antepasados. Y es que el mal físico en el antiguo Israel era considerado como una especie de castigo divino, pretexto ideal para no comprometerse en defensa de los que sufrían.
Jesús cura a este ciego de nacimiento ¡y lo hace en sábado! Hay un paralelismo muy grande entre este gesto y el acto creador de Dios en el libro del Génesis. Al igual que Jesús hace para dar la vista al ciego, Dios también usó el barro para crear al primer hombre. El símbolo del barro hecho con saliva no es un gesto cualquiera; significa una nueva creación, es decir, la recreación de un hombre renacido de las aguas en la piscina de Siloé, capaz de percibir la luz, los colores y la claridad de la vida por primera vez.
Mientras que este muchacho, condenado posiblemente desde su infancia a la mendicidad, pasa de la muerte a la vida, los que en teoría estaban en la luz inician un lento pero inexorable camino hacia las tinieblas. Los pobres no tienen más teorías ni estudios que los de la vida; los ignorantes sólo pueden echar mano de sus sentimientos y experiencias vitales, mientras que los sabios y entendidos se pierden entre libros, teorías y razonamientos, sin acabar de encontrar razones suficientes para rendirse a lo evidente. Sin duda, la soberbia de la erudición nubla la vista para dejarse iluminar por la verdadera sabiduría; aquella que brilla desde la realidad poniendo luz en nuestras zonas oscuras, especialmente en aquellas que menos nos gustan.
Para aquel ciego nacer de nuevo supuso un cambio tan grande que ni tan siquiera los conocidos fueron capaces de reconocerlo. El sí sabe que no ha perdido su identidad, que no está loco; pero los demás se empeñan en seguir condenándolo a vivir dentro de lo racional, de lo lógico, de los clichés y estereotipos en que lo habían etiquetado sin abrirse al milagro de la vida.
De la misma forma, los hombres de leyes se encuentran ante una tremenda paradoja: el milagro de la vida que emerge de la realidad les desmonta sus teorías, sus planes, su mundo religioso perfectamente organizado. Dios se libera de las ataduras humanas, nos sorprende, nos inunda con su luz; pero nosotros seguimos empeñados en vivir bajo las sombras de nuestras ideas preconcebidas. Cuando un hombre ciego recobra la luz lo lógico es alegrarse con él y alabar a Dios; en cambio lo que vemos en el evangelio de hoy es un juicio muy severo contra el ciego curado.En este acoso incesante, el ciego de nacimiento no tiene recursos humanos ni razones; sólo su experiencia. Para su desgracia, esa experiencia desmonta por completo la mentira de los que creían ver. El ciego es el único que consigue recorrer el camino de la fe, el mismo camino que la semana pasada recorrió la samaritana y que recorren tantas personas que buscan las aguas del bautismo iluminados por una luz que no se apaga y que, sin saber cómo, comenzó a brillar en sus corazones. De esta forma, el ciego, sin hacer más que dejarse llevar por la simplicidad de lo evidente, reconoce a Cristo en un primer momento como “ese hombre”.
Más tarde, ante la insistencia de los fariseos le llamará “profeta”. Luego dirá que “viene de Dios”, y finalmente, cuando se encuentra con él y por primera vez cara a cara, se postra y le llama “Señor”. Juan usa aquí la palabra griega Kyrie, es decir el nombre del “Señor” referido a Dios para que no quepa la menor duda. Toda vivencia de fe supone un PROCESO de descubrimiento por el que somos guiados desde la sequedad y las tinieblas de nuestro corazón a las fuentes del agua viva por una senda iluminada con la luz de Dios. Por ello en el rito del bautismo se usa tanto el agua como la luz, símbolos que reflejan perfectamente esa experiencia.
En ese ciego están representadas todas aquellas personas que, habiendo estado cegadas por el pecado y sumergidas en la noche oscura, han sentido como Dios les recreaba desde el barro. Experimentan así que la nobleza emerge de un polvo que, con la gracia de Dios, es amasado hasta formar un ser infinitamente más valioso que cualquier metal noble o que cualquier perla o joya preciosa que pueda existir en el universo.
Quienes experimentan en sus vidas este proceso de transformación interior se saben los últimos, pero convertidos por pura gracia en los primeros en el reino de los cielos. Proceder del barro supone tomar conciencia de ser pobre; no es una cosa que se elige; es lo que se es. En realidad, todos somos pobres; precisamente por ello también preferidos de Dios si nos dejamos abrazar por Él. Por ello, los pobres han de ser una referencia en nuestras vidas; ellos reflejan nuestra realidad, una realidad inútilmente disimulada con riquezas, títulos o capacidades intelectuales; pero nada con lo que nos podamos vestir podrá evitar la realidad de estar hechos de barro. Nuestra piel, aunque sea cubierta con todo tipo de lujos, siempre seguirá siendo tan frágil como el barro con el que nos hicieron.
Sólo en las manos de Dios ese barro alcanza su verdadera grandeza y es capaz de brillar con una luz que no le pertenece para iluminar la creación, nunca para deslumbrarla.
Es bueno intentar desprendernos de nuestras riquezas para abrazar la pobreza evangélica, como hacemos en la cuaresma. Esta es la pobreza de espíritu de la que hablan las bienaventuranzas. Pero desprendernos de nuestras riquezas no es tarea fácil porque solemos hacerlo más con razones, ideas o con mera voluntad que con el corazón. En el proceso de conversión es fundamental dejarse iluminar por el Señor; pedirle que nos haga ver, porque sólo así podremos descubrir lo esencial de lo accesorio.Al principio puede que todo esté borroso, pero a poco que nos lavemos los ojos el amasijo de luces y colores irá dando paso a la clarividencia de una vida capaz de distinguir perfectamente la realidad, dando gracias por ello y testimoniando la verdad de una auténtica libertad interior.
Al igual que José no eligió ser ungido por el profeta para ser rey, hemos de dejarnos sorprender por Dios; dejarnos elegir sin hacer más esfuerzo que el de vivir con naturalidad y espontaneidad la vida que ahora nos toca vivir; porque la fe es un regalo, no un mérito, y la luz es algo que se nos da gratuitamente. Queramos o no, siempre amanece; sólo los que se encierran en sus cuevas se quedan al margen de los rayos de luz que forjan el día. Dios no se fija en nuestras apariencias, en nuestros esfuerzos, en nuestro apretar los dientes para lograr entrar por la senda recta; más bien le estorban todos esos esfuerzos, porque lo más que conseguimos con ellos es enorgullecernos si logramos algún avance o hundirnos si fracasamos en el intento. Es duro abrir los ojos para ver nuestra propia ceguera y comprender que para ser curado es suficiente sentarse a la orilla del camino y dejarse mirar por Cristo para que se compadezca de nosotros y nos cure. No hay acto más pasivo e inútil que buscar alocadamente; ni más proactivo y dinámico que sentarse para dar la oportunidad a Dios de que nos mire. Por eso nos cuesta tanto trabajo sentarnos y hacer silencio. Cuando lo hacemos, la tentación que primero aparece es la del activismo que trata de ridiculizar este acto subversivo que es la oración, haciéndonos creer que se trata de una “pérdida de tiempo” o un acto estéril o ineficiente.
El primer paso para la curación de nuestra ceguera es reconocer que creemos ver, cuando en realidad estamos espiritualmente ciegos. Caminar como hijos de la luz es aceptar que hemos vivido o vivimos en las tinieblas y que contra ella nuestras luces artificiales no sirven; sólo es válida la luz de Dios, una luz que nunca cesa y que es capaz de llegar hasta el último rincón de la conciencia.
En esta cuaresma, la sinceridad ha de ser nuestra mejor aliada; hemos de reconocernos incapaces, pobres e inútiles para remediar por nosotros mismos tanta mediocridad; sentarnos a esperar que Dios nos mire con la confianza en que lo hará; no perdernos en razonamientos ni teorías, sino dejarnos abrazar como un niño pobre y pequeño por quien sabemos que es nuestro Padre y nos ama sin medida.
No nos olvidemos tampoco de que, aunque Dios nos devuelve la luz por medio del barro, somos nosotros los que, a tientas, hemos de ir a lavarnos en las aguas del bautismo. Guiados por Cristo, luz del mundo, vayamos tras nuestro pastor sabiendo que nada nos faltará con su presencia. Entremos de nuevo en las aguas del bautismo y dejemos que la luz que recibimos ese día brille en nosotros e ilumine todo nuestro ser.
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