La falta de información en los evangelios acerca de lo que conocemos como “la vida oculta de Jesús”, nos lleva a dar un salto temporal de unos 30 años en apenas unas horas. Así, casi de repente, dejamos de contemplar el niño Jesús para plantarnos ante el bautismo de un Jesús adulto en la orilla del río Jordán. Hay que señalar que los evangelios no tratan de ser una biografía de Jesús, sino unas catequesis que nos invitan a relacionarnos y encontrarnos con el Señor.
Ciertamente podemos hacer de la vida oculta de Jesús en Nazaret toda una espiritualidad; la falta de información o el vacío que sobre su infancia y juventud tenemos no tiene por qué ser una laguna; también es una invitación a valorar la rutina, la vida sencilla y el día a día en el que aparentemente no pasa nada pero que, una vez acumulado, nos forja como personas. Dios también se sumergió en el anonimato de la vida cotidiana, de las normas y culturas aparentemente inocuas, pero que contribuyen a forjar grandes personalidades.
Sabemos que Jesús pasó gran parte de su vida en Nazaret, que crecía en estatura y sabiduría ante Dios y ante los hombres, que pasó desapercibido entre sus paisanos y que un día se plantó en el río Jordán para ser bautizado por Juan el bautista. ¿Cómo llegó hasta ese momento clave que marca un antes y un después en su vida? ¿Por qué comenzó su misión con este gesto? Las interpretaciones son varias, pero lo importante no es analizar este gesto de forma científica, sino espiritual.
Todos los evangelios recogen de una u otra manera este acontecimiento, lo que nos puede dar muestra de su historicidad y de la importancia que tuvo. El bautismo que Jesús recibe no es el mismo que el nuestro. Él recibe un bautismo de agua de manos del profeta que prepara su entrada; una especie de “telonero” de Dios. El bautismo de Juan podría equipararse a nuestra “confesión”, es decir, a un acto público de arrepentimiento, petición de perdón y purificación pública mediante un baño de agua.
Y allí, en la fila de los que deseaban arrepentirse, cambiar de vida y purificarse, estaba Jesús, como uno más. Sabemos por la fe que, al no tener pecado, no debería estar allí… pero lo estaba. Y es que Jesús, desde el primer momento, hace una declaración de intenciones: su sitio está entre los pecadores, sin privilegios ni prebendas. El que viene a salvar al mundo se sumerge en las mismas aguas que los salvados. El bautismo de Jesucristo también usa el signo del agua, pero de un agua que no mana de ninguna fuente o manantial, sino del costado abierto de Cristo por el que se nos dona su Espíritu.
Lo importante de este momento en la vida de Jesús es que parece ser el acontecimiento en el que Jesús toma conciencia de su vocación. Es un hecho que actúa como detonante de su misión, impulsando a Cristo a entrar en el río para sentir de modo especial la presencia del Espíritu Santo en su ser, “como una paloma”. Si en el evangelio de Mateo esta efusión del Espíritu es pública (todo el mundo la percibe), en el evangelio de Marcos que proclamamos este año se revela como algo íntimo de Jesús. Tanto en un caso como en el otro, lo importante es esta toma de conciencia que marca un antes y un después entre la vida oculta de Nazaret y el dinamismo del anuncio del Reino.
Todos tenemos en nuestra vida ambas experiencias: la de “Nazaret” y la de la vida activa y frenética en la que desempeñar nuestra misión. Es importante tomar conciencia de que la verdadera llamada se hace en este ambiente humilde y sencillo, en medio del pueblo y no de forma privilegiada. La verdadera vocación emana del silencio, del trabajo diario, de la educación y de la oración. Sin estos cimientos, podríamos caer fácilmente en un ser “para” los demás, pero “sin” los demás. Es decir, desarrollar una actitud meramente funcional sin poner el corazón en lo que hacemos, transmitiendo contenidos asépticos, pero sin que haya ternura, calor o vida en ellos. No es esta la vocación de Jesús.
Al igual que celebrábamos en la Epifanía, el Señor se manifiesta para todos sin hacer acepción de personas; es más, deseando recuperar la caña cascada o avivar la llama que parece apagarse. Dios no viene a condenar, sino a salvar, y lo hace desde dentro de los ríos de la vida. Debemos agradecer a Dios este gesto que nos acerca a él, no por nuestros méritos, sino por su infinita misericordia a la hora de mirar nuestra debilidad, compadeciéndose y “mojándose” con el objetivo de librarnos del mal.
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