Homilías

Fiesta de San Pedro y San Pablo (Ciclo C)

Homilía de la Fiesta de San Pedro y San Pablo (Ciclo C)

Evangelio: Mateo 16,13-19

A san Pedro y san Pablo la liturgia de la Iglesia los conmemora juntos. Sin duda hay similitudes en sus vidas, pero a simple vista resaltan mucho más sus diferencias, no sólo en cuanto a su condición social, sino también en cuanto a los carismas con que fueron bendecidos y a la forma de desempeñarlos. Pedro es el pescador rudo y noble de Cafarnaúm, Pablo el fariseo apegado al templo y a las tradiciones judías más identitarias. Ambos eran hombres muy apasionados, pero mientras que Pedro presenta un carácter impulsivo y directo, Pablo da la sensación de presentar un perfil más político y táctico, sin duda debido a su mayor preparación intelectual.

El color litúrgico que acompaña este día es el rojo, porque ambos son mártires, dando su vida en Roma, aunque por caminos distintos. A Pablo lo decapitan (privilegio de tener la ciudadanía romana) fuera de las murallas aurelianas, cerca de la Vía Ostiense, entre los años 65 y 67, bajo el emperador Nerón. A san Pedro, según la tradición, lo matan también en torno al año 67 en la colina vaticana, crucificado de forma invertida a petición propia por no considerarse digno de morir de la misma forma que su Señor. Por tanto, ambos llegan a la gloria del martirio en lugares y fechas similares, aunque por caminos diferentes, signo evidente de que la unidad en la Iglesia no es uniformidad. Las diferencias eclesiales (también en su jerarquía y líderes carismáticos), lejos de ser signo de división, son una muestra de la inmensa libertad y el colorido con el que el Espíritu viste a nuevo Pueblo de Dios.

Esta variedad debería alentarnos en los momentos actuales, en los que con frecuencia solemos percibir la Iglesia como una especie de “comunión de sectas” o “archipiélago inconexo” más que como un arco iris que rompe de raíz con la rutina de un mundo monocolor. Si Pedro representa la piedra firme en donde se asienta la Iglesia (curiosamente careciendo de habilidades formativas para ello, pues era un simple pescador), Pablo representa la caña flexible que se dobla sin romperse y es capaz de flotar en las aguas del paganismo sin hundirse. Así, si la piedra de Pedro no flota en el mundo líquido, sí lo hace la caña de Pablo.

Y si esta caña no es capaz de ser cimiento firme para construir encima ningún edificio, sí lo hace la roca firme de Pedro. El reto estará en armonizar ambos dinamismos, que bien podríamos representar como una fuerza centrípeta (ad intra) que da consistencia y seguridad, garantizando la unidad, y otra fuerza centrífuga (ad extra) que permite irradiar la esencia del mensaje de salvación al mundo entero sin que quede reducido a una secta residual. Si la primera evita la dispersión y la pérdida de la propia identidad, la segunda nos vacuna contra la tentación de la auto referencialidad, de los etnocentrismos y los dinamismos endogámicos que terminan por asfixiar aquello que se quiere proteger.En resumidas cuentas, nos encontramos ante dos arquetipos eclesiales indispensables para dotar a la Iglesia de estabilidad: la unidad y la misión. El contexto en el que la Palabra de Dios nos ofrece a estos dos arquetipos no es precisamente alentador, pues ambos son mostrados privados de libertad. Pero con la misma crudeza que la Palabra refleja la persecución y la persecución, también nos muestra que no hay fuerza humana capaz de retener la verdad y el ímpetu de fe. Incluso aunque Pedro pareciera haber perdido toda esperanza, el ángel del Señor le libra de las cadenas y le conduce hasta la calle. Pedro pensaba que era una visión; sólo la desaparición del ángel le hace ver que no. Pero ¡ojo! El ángel desaparece cuando la libertad está conquistada. Desde ese momento será Pedro el que tendrá que desenvolverse en la calle, gestionando esa libertad y tratando de no volver a caer en la “boca del león”.

Como rezamos en el salmo, Dios nos libra de todas nuestras ansias, a poco que pongamos nuestra confianza en él. Es el caso de Pablo, quien viéndose también encarcelado y estando próximo a su ejecución, no vive los últimos momentos de su vida de forma dramática, sino más bien alegre y feliz de llegar al final del camino habiendo mantenido firme su vocación. Si Pedro es liberado para seguir su camino hasta Roma, Pablo será “liberado” de las ataduras de este mundo para que, desde Roma, llegara al cielo. Y es que hay procesos liberadores terrenales que nunca hay que considerarlos definitivos, sino anticipos o signos del único y verdadero acontecimiento liberador: la resurrección. Hay quien a esta liberación final la llama acertadamente “salvación”. Ciertamente “liberación” y “salvación” son palabras sinónimas, aunque tal vez la primera tenga una connotación más terrenal, en cuanto prefiguración de la liberación definitiva, mientras que la segunda apele más a una liberación integral, acontecida al final de la vida, tras haber recorrido el camino de la fe y entregado la vida a Dios.

En el recorrido del camino de la fe no estamos solos. Ese camino fue abierto por Jesús de Nazaret, aquel que llamó en su vida terrenal a Pedro y en su vida, ya celestial, a Pablo. En este sentido, nosotros podemos distinguir dos tipos de llamadas o vocaciones: una sería una llamada más apegada a los procesos o acontecimientos terrenales; la otra sería una llamada que podríamos considerar más “mística” o carismática.

Así, si Pedro es llamado en el desarrollo de su trabajo cotidiano, para dotarlo de un nuevo sentido, infinitamente más amplio, Pablo es llamado tras un proceso de religiosidad febril que le sume en una crisis monumental, llegando hasta la ceguera para finalmente encontrarse de forma gradual, pero radical, con el Cristo de la fe. Es el mismo Cristo el que llama, pero en circunstancias completamente distintas; y es que no existen dos vocaciones iguales a pesar de estar todos convocados al seguimiento por una misma voz.A lo que sí estamos invitados todos es a responder a una pregunta que define nuestra vocación como auténtica o como simple espejismo o moda pasajera. Y esta pregunta es: “¿Quién dices tú que soy yo?”. Es la pregunta que reciben los discípulos de Jesús en un ámbito fronterizo, es decir, cuando estaban a punto de entrar en tierra de paganos (Cesarea de Filipo). Creo que no es casualidad este contexto, pues nadie puede compartir con los demás algo que no tiene claro en sí mismo. La misión no puede ser un diálogo al que vamos “en blanco”, sin criterios ni experiencias arraigadas. Sólo cuando Pedro acierta con la respuesta podemos decir que Jesús comienza a construir su Iglesia.

La certeza más intuitiva que intelectual de que Jesús de Nazaret es el Mesías, el Hijo de Dios, es lo que hace que Jesús reconozca la “dicha” de Simón, pues esa convicción sólo puede nacer de la inspiración del Espíritu santo; no forma parte de ninguna ideología o doctrina. Dicho de otro modo, la alegría no nace del conocimiento intelectual ni de la memorización de ningún catecismo, sino de una experiencia de encuentro personal con Jesús. Ahí es donde Pedro y Pablo convergen. Su fe no es fruto de una elucubración mental (por mucho que Pablo hiciera teología de ella), sino de un encuentro transformador. Al igual que ese encuentro transformó para siempre las vidas de Pedro y Pablo, también puede cambiar las nuestras. Para ello hemos de responder con sinceridad a la pregunta y responder a Jesús quién es realmente para nosotros; qué papel juega en nuestras vidas y hasta dónde le dejamos entrar en nuestro ser.

Responder como Pedro nos asegura entrar a formar parte de esa Iglesia en la que él es elegido como “piedra”. Esta Iglesia tiene dos características significativas: la primera es que el poder del infierno no podrá nunca contra ella; la segunda es que sólo Pedro custodia las llaves del Cielo, pero curiosamente no para abrir o cerrar (que sería la función propia de unas llaves), sino para atar o desatar, lo cual no deja de ser desconcertante. Tenemos así definida la función de Pedro, acentuada por el cambio de nombre que sufre en este momento, pues recordemos que se llamaba Simón. Convertir a Simón en “piedra”, supone darle una nueva identidad en cuanto garante, fortaleza y seguridad a la hora de fundamentar la Iglesia en este mundo para que el poder del mal no prevalezca sobre ella. Es consolador saber que Dios nos garantiza esto frente a los ataques que la Iglesia ha sufrido a lo largo de la historia y sigue sufriendo hoy; ataques que en muchos casos provienen incluso desde dentro de ella misma.

Pero Pedro no sólo es roca, sino que también es el custodio de las llaves del Reino de los cielos. Todos sabemos lo que supone entregarle a alguien las llaves de nuestra casa. Tener las llaves de una casa ajena supone una gran responsabilidad, pues sabemos que, aun pudiendo abrir y cerrar y teniendo la posibilidad de dejar entrar o salir a quien queramos, hemos de responder por ello al dueño de la misma.

Por otro lado, está la función de las llaves, que no están hechas para atar o desatar, sino para abrir y cerrar. La interpretación que propongo de este texto es desligar el símbolo de las llaves de la capacidad petrina de decidir sobre lo que atar o soltar. La función que Pedro recibe de Cristo viene a ser la de una especie de nexo entre el cielo y la tierra; algo así como un árbitro que ha de decidir sobre una infinida de problemas concretos que van apareciendo conforme el mundo y sus culturas cambian y ante los cuales la Iglesia ha de tener un criterio. Y es que Cristo se movió en un mundo, tiempo y cultura concretos que, evidentemente, no son los mismos a lo largo de la historia y de la geografía humana. Por poner un ejemplo: ni los conocimientos científicos de entonces eran los mismos de hoy en día, ni por ejemplo los avances técnicos tampoco. La evolución de las ciencias y de la técnica hacen que los tiempos cambien, y con ellos la cultura en cuanto forma de relacionarnos con la naturaleza en base a nuestros conocimientos. Ello plantea problemas nuevos que no existían en tiempos de Jesús, pero que necesitan una respuesta por parte de la Iglesia, asistida por el Espíritu santo.

A la hora de responder a estos problemas nuevos (la IA, el transhumanismo, las fronteras de la vida, los nuevos sistemas políticos, los nuevos conceptos de familia y matrimonio, los avances médicos que permiten nuevas terapias…etc) necesitamos de “pablos” que se adentren en estos mundos ajenos al judaísmo del siglo I, como ya lo hizo en la cultura griega y romana; pero también de “pedros” que sean garantes de que las respuestas se ajusten al espíritu del aquel que le entregó las llaves del cielo para que la Iglesia siga siendo el Cuerpo Místico de Cristo y no una asociación benéfica o una ong. Es decir, hacen falta tanto la flexibilidad como la firmeza. El conflicto está servido y en nuestras manos la capacidad de gestionarlo como una oportunidad de crecimiento “ad intra” y “ad extra” de forma armónica. De no hacerlo caeríamos en rupturas cismáticas (como ya ha ocurrido a lo largo de la historia). Unos querrán adaptarse al mundo y tendrán que asumir el riesgo de “mundanizarse” o paganizarse, perdiendo así el ser original; otros querrán mantener la identidad a toda costa, pudiendo caer en el error de cerrar o de atar la Iglesia de tal manera que no sólo no deje entrar el mal, sino que tampoco lo deje salir, contribuyendo así a convertirnos en una institución rancia de ambiente irrespirable y enmohecido que se pudre desde dentro por falta de espíritu misionero.

En nuestras manos está conmemorar a Pedro y a Pablo de forma armónica. Tal vez por eso la Iglesia ha decidido, con buen criterio, celebrarlos juntos. Porque la Iglesia sin misión pierde su identidad y sin un criterio básico de unidad, también. Así que, ya sintiéndonos más cerca de Pedro o de Pablo, no perdamos de vista que ambos se necesitan y, por tanto, todos nos necesitamos mutuamente para ser fieles al único Señor que nos ha llamado, aunque sea por caminos y en circunstancias distintas, para servicios y misiones diferentes.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura de los Hechos de los apóstoles (12,1-11)

En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos

miembros de la Iglesia. Hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de

Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, decidió detener a Pedro. Era

la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel,

encargando su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno;

tenía intención de presentarlo al pueblo pasadas las fiestas de Pascua.

Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba

insistentemente a Dios por él. La noche antes de que lo sacara Herodes,

estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con cadenas. Los

centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel. De repente, se presentó

el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro, lo

despertó y le dijo: «Date prisa, levántate.» Las cadenas se le cayeron de

las manos, y el ángel añadió: «Ponte el cinturón y las sandalias.»

Obedeció, y el ángel le dijo: «Échate el manto y sígueme.» Pedro salió

detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no realidad.

Atravesaron la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro

que daba a la calle, y se abrió solo. Salieron, y al final de la calle se

marchó el ángel. Pedro recapacitó y dijo: «Pues era verdad: el Señor ha

enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la

expectación de los judíos.»

Salmo responsorial 33

El Señor me libró de todas mis ansias.

Bendigo al Señor en todo momento,

su alabanza está siempre en mi boca;

mi alma se gloría en el Señor:

que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,

ensalcemos juntos su nombre.

Yo consulté al Señor, y me respondió,

me libró de todas mis ansias. R.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,

vuestro rostro no se avergonzará.

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha

y lo salva de sus angustias. R.

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege.

Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él. R.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo. (4,6-

8.17-18)

Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el

momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he

corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona

merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no

sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. El Señor me

ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo

oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá

librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él

la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Evangelio de Mateo 16,13-19

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo Jesús

preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del

hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías,

otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros,

¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el

Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón,

hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso,

sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre

esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.. Te

daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará

atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el

cielo.

Acción de gracias

“¿Quién dices que soy yo?”

Creía conocerte,

pero tu pregunta

desnuda mis viejas razones

dejando en carne viva un corazón

encallecido por la rutina

y aprisionado por la desesperanza.

¿Quién eres tú para mí?

Me consuela la fragilidad de las respuestas

que tus mejores amigos dieron antaño:

sus precipitadas palabras

llenas de tanta ingenuidad

como inocente ternura;

sus búsquedas airadas,

sus alocados sueños fluyendo

como un río joven y furioso

antes de encontrar el sereno cauce

que antecede a la desembocadura.

Cuando la negrura de estos calabozos

de rejas invisibles, pero ciertas,

aprisionen el alma hasta ahogarla,

regresará a mi pecho tu pregunta:

“¿Quién dices tú que soy yo?”

Tengo el presentimiento que, sólo entonces,

el Espíritu del aquel que me interpela

también se mecerá en mis labios temblorosos

para musitar un grito que nadie podrá acallar:

Tú eres el Hijo de Dios, mi Señor, mi Salvador.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57