El nombre del profeta Malaquías significa “el mensajero o enviado de Dios”. Es el último de los profetas del destierro y del canon bíblico judío, aunque algunos consideran que detrás de sus palabras estaba el escriba Esdras. Este profeta lanza su mensaje en un contexto al mismo tiempo doloroso y esperanzado. Es doloroso porque el pueblo liberado del destierro en Babilonia regresa a una tierra arrasada en la que todo está por reconstruir, también la espiritualidad y la religiosidad; pero es también esperanzado porque esta crisis abre una nueva oportunidad y permite un futuro que está todavía por hacer, permitiendo la recreación de un pueblo más fuerte y de una religiosidad más auténtica.
Como suele suceder en la liturgia, vemos en las palabras de Malaquías una profecía que parece cumplirse plenamente en el Evangelio con la llegada de Jesucristo, el verdadero enviado o mensajero de Dios padre, representado este domingo en el episodio de su presentación en el templo. Este ceremonial de la presentación en el templo coincidía con la purificación de la madre (María) tras haber pasado 40 días después del parto. Hemos de recordar aquí, que este detalle parece ser histórico, pues coincide con las prácticas judías de la época de Jesús, que seguían la Ley de Moisés. Según esta ley, la madre que había dado a luz a su primer hijo quedaba impura tras el parto como cualquier madre, debiendo evitar todo contacto con el mundo exterior durante esa cuarentena. A los diez días, el niño era circuncidado, pero la madre no podía asistir a ese rito. Era a los cuarenta días cuando debía acudir al templo para ratificar su pureza una vez cumplido el tiempo establecido.
En este caso, la purificación de María en el templo que le permitía su vuelta a una vida normal, coincidía con la presentación de su hijo primogénito, también siguiendo la Ley de Moisés. De esta forma, todo primogénito quedaba consagrado a Dios en el templo, aunque no perteneciera a la tribu de Leví, en cuyo caso la consagración era bajo la función sacerdotal. En el caso del resto de tribus, incluida la tribu de Judá a la que pertenecía Jesús por línea paterna, la exención de la función de servicio al templo quedaba cubierta con un pequeño pago o la ofrenda de dos pichones o tórtolas, en el caso de la gente humilde.
Estamos, por tanto, ante una presentación ritual de un niño de pecho, ceremonia que tiene un sinfín de paralelos en prácticamente todas las religiones. Pero este rito tiene para nosotros un sentido muy especial, pues deja de ser un simple rito para transformarse en el reconocimiento del niño Jesús como el Mesías esperado largamente por un pueblo aplastado por la opresión, la injusticia y el pecado. Y son dos ancianos, Simeón y Ana, quienes reconocen en el niño Jesús a este mensajero único de Dios, destinado a salvar a su pueblo y a ser luz de las naciones.
Nos detenemos en este detalle, pues entre tantas personas que abarrotarían el templo, sólo estos dos ancianos son capaces de mirar más allá de lo aparente, descubriendo en una joven pareja con su hijo pequeño, la semilla de la que brotará un nuevo futuro para su pueblo.
De esta forma, las profecías que habían alimentado su fe desde tiempo inmemorial, como la de Malaquías, se ven cumplidas en el sencillo gesto de la sagrada familia cumpliendo con la Ley.
Simeón y Ana tienen cada uno su propia historia, pero les une la edad avanzada. Ellos son un símbolo de la cantidad de personas mayores que nutren nuestros templos e iglesias. Gracias a ellos se mantiene viva la memoria y la tradición, pero no con la añoranza de los tiempos pasados sino con la serena espera de lo que está por venir. Y es que los mayores en nuestras iglesias tienen en sus ojos una mirada amansada por los años y dispuesta a escrutar más allá de las prisas con las que miran el mundo los más jóvenes. De esta mirada surge la certeza interior de estar ante un nuevo mañana y la serenidad de afrontar la muerte desde la esperanza de ver cumplidas todas las expectativas, superando así la frustración de lo que se fue y ya no volverá.
Así, la fe de Simeón y Ana nos enseñan el valor de la edad avanzada y la importancia que tiene entender el sentido de la vida no sólo desde la utilidad de los años jóvenes y productivos, sino también desde la sabiduría que sólo procura una oración alimentada por las limitaciones y achaques de quienes ya casi lo único que pueden hacer es rezar. Ellos son los verdaderos vigías del mañana, los centinelas del futuro y los guardianes del tesoro acumulado durante la vida pasada. Ellos son los que ponen voz a las verdaderas alabanzas, descubriendo la alegría no en lo que se tiene sino en lo que se es. Ellos nos enseñan a descubrir que el verdadero tesoro está no tanto en lo que se es (una familia pobre con un recién nacido), sino en lo que se puede llegar a ser.
Esta experiencia a buen seguro la hemos experimentado los que ya vamos teniendo cierta edad: cuando vemos a los niños y jóvenes hacer las cosas que nosotros podíamos hacer antes y miramos esas cosas no con envidia ni frustración, sino con la alegría de descubrir que nuestras agotadas fuerzas perviven en las nuevas generaciones y que existe un mañana que se está construyendo gracias al legado que hemos dejado en aquellos que tienen en sus manos la fuerza que la vida nos ha arrebatado, porque nunca fue nuestra. Esa mirada es una mirada luminosa que da luz. Es una mirada capaz de encender no sólo nuestro futuro, incluso aunque sea un futuro próximo al valle de la muerte, sino el futuro de los jóvenes cuando miran a sus mayores y les descubren bendiciendo y no maldiciendo, alentando en lugar de lastrar, abrazando y no gruñendo, diciendo la verdad con ternura para no mancillar la alegría natural de la juventud.
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