Homilías

Fiesta de la presentación del Señor (Ciclo C)

Homilía de la Fiesta de la presentación del Señor (Ciclo C)

Evangelio: Lucas 2,22-40

El nombre del profeta Malaquías significa “el mensajero o enviado de Dios”. Es el último de los profetas del destierro y del canon bíblico judío, aunque algunos consideran que detrás de sus palabras estaba el escriba Esdras. Este profeta lanza su mensaje en un contexto al mismo tiempo doloroso y esperanzado. Es doloroso porque el pueblo liberado del destierro en Babilonia regresa a una tierra arrasada en la que todo está por reconstruir, también la espiritualidad y la religiosidad; pero es también esperanzado porque esta crisis abre una nueva oportunidad y permite un futuro que está todavía por hacer, permitiendo la recreación de un pueblo más fuerte y de una religiosidad más auténtica.

Como suele suceder en la liturgia, vemos en las palabras de Malaquías una profecía que parece cumplirse plenamente en el Evangelio con la llegada de Jesucristo, el verdadero enviado o mensajero de Dios padre, representado este domingo en el episodio de su presentación en el templo. Este ceremonial de la presentación en el templo coincidía con la purificación de la madre (María) tras haber pasado 40 días después del parto. Hemos de recordar aquí, que este detalle parece ser histórico, pues coincide con las prácticas judías de la época de Jesús, que seguían la Ley de Moisés. Según esta ley, la madre que había dado a luz a su primer hijo quedaba impura tras el parto como cualquier madre, debiendo evitar todo contacto con el mundo exterior durante esa cuarentena. A los diez días, el niño era circuncidado, pero la madre no podía asistir a ese rito. Era a los cuarenta días cuando debía acudir al templo para ratificar su pureza una vez cumplido el tiempo establecido.

En este caso, la purificación de María en el templo que le permitía su vuelta a una vida normal, coincidía con la presentación de su hijo primogénito, también siguiendo la Ley de Moisés. De esta forma, todo primogénito quedaba consagrado a Dios en el templo, aunque no perteneciera a la tribu de Leví, en cuyo caso la consagración era bajo la función sacerdotal. En el caso del resto de tribus, incluida la tribu de Judá a la que pertenecía Jesús por línea paterna, la exención de la función de servicio al templo quedaba cubierta con un pequeño pago o la ofrenda de dos pichones o tórtolas, en el caso de la gente humilde.

Estamos, por tanto, ante una presentación ritual de un niño de pecho, ceremonia que tiene un sinfín de paralelos en prácticamente todas las religiones. Pero este rito tiene para nosotros un sentido muy especial, pues deja de ser un simple rito para transformarse en el reconocimiento del niño Jesús como el Mesías esperado largamente por un pueblo aplastado por la opresión, la injusticia y el pecado. Y son dos ancianos, Simeón y Ana, quienes reconocen en el niño Jesús a este mensajero único de Dios, destinado a salvar a su pueblo y a ser luz de las naciones.

Nos detenemos en este detalle, pues entre tantas personas que abarrotarían el templo, sólo estos dos ancianos son capaces de mirar más allá de lo aparente, descubriendo en una joven pareja con su hijo pequeño, la semilla de la que brotará un nuevo futuro para su pueblo.

De esta forma, las profecías que habían alimentado su fe desde tiempo inmemorial, como la de Malaquías, se ven cumplidas en el sencillo gesto de la sagrada familia cumpliendo con la Ley.

Simeón y Ana tienen cada uno su propia historia, pero les une la edad avanzada. Ellos son un símbolo de la cantidad de personas mayores que nutren nuestros templos e iglesias. Gracias a ellos se mantiene viva la memoria y la tradición, pero no con la añoranza de los tiempos pasados sino con la serena espera de lo que está por venir. Y es que los mayores en nuestras iglesias tienen en sus ojos una mirada amansada por los años y dispuesta a escrutar más allá de las prisas con las que miran el mundo los más jóvenes. De esta mirada surge la certeza interior de estar ante un nuevo mañana y la serenidad de afrontar la muerte desde la esperanza de ver cumplidas todas las expectativas, superando así la frustración de lo que se fue y ya no volverá.

Así, la fe de Simeón y Ana nos enseñan el valor de la edad avanzada y la importancia que tiene entender el sentido de la vida no sólo desde la utilidad de los años jóvenes y productivos, sino también desde la sabiduría que sólo procura una oración alimentada por las limitaciones y achaques de quienes ya casi lo único que pueden hacer es rezar. Ellos son los verdaderos vigías del mañana, los centinelas del futuro y los guardianes del tesoro acumulado durante la vida pasada. Ellos son los que ponen voz a las verdaderas alabanzas, descubriendo la alegría no en lo que se tiene sino en lo que se es. Ellos nos enseñan a descubrir que el verdadero tesoro está no tanto en lo que se es (una familia pobre con un recién nacido), sino en lo que se puede llegar a ser.

Esta experiencia a buen seguro la hemos experimentado los que ya vamos teniendo cierta edad: cuando vemos a los niños y jóvenes hacer las cosas que nosotros podíamos hacer antes y miramos esas cosas no con envidia ni frustración, sino con la alegría de descubrir que nuestras agotadas fuerzas perviven en las nuevas generaciones y que existe un mañana que se está construyendo gracias al legado que hemos dejado en aquellos que tienen en sus manos la fuerza que la vida nos ha arrebatado, porque nunca fue nuestra. Esa mirada es una mirada luminosa que da luz. Es una mirada capaz de encender no sólo nuestro futuro, incluso aunque sea un futuro próximo al valle de la muerte, sino el futuro de los jóvenes cuando miran a sus mayores y les descubren bendiciendo y no maldiciendo, alentando en lugar de lastrar, abrazando y no gruñendo, diciendo la verdad con ternura para no mancillar la alegría natural de la juventud.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del profeta Malaquías (3,1-4)

Así dice el Señor: «Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el

camino ante mí. De pronto entrará en el santuario el Señor a quien

vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Miradlo

entrar -dice el Señor de los ejércitos-. ¿Quién podrá resistir el día de su

venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de

fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina

la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán

al Señor la ofrenda como es debido. Entonces agradará al Señor la

ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los

años antiguos.»

Salmo responsorial: 23

El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria.

¡Portones!, alzad los dinteles,

que se alcen las antiguas compuertas:

va a entrar el Rey de la gloria. R.

-¿Quién es ese Rey de la gloria?

El Señor, héroe valeroso;

el Señor, héroe de la guerra. R.

¡Portones!, alzad los dinteles,

que se alcen las antiguas compuertas:

va a entrar el Rey de la gloria. R.

-¿Quién es ese Rey de la gloria?

-El Señor, Dios de los ejércitos.

Él es el Rey de la gloria. R.

Lectura de la carta a los hebreos (2,14-18)

Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de

nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló

al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los

que por miedo a la muerte pasaba la vida entera como esclavos. Notad

que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso

tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote

compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del

pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los

que ahora pasan por ella.

Evangelio de Lucas 2,22-40

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los

padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de

acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será

consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del

Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.»

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y

piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba

en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la

muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue

al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir

con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios

diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse

en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado

ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu

pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se

decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira,

éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será

como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos

corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser.

Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada,

y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día

y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel

momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que

aguardaban la liberación de Jerusalén.

Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron

a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y

robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo

acompañaba.

Acción de gracias

La luz de Belén parece eclipsarse;

pero en la noche que cubre al centinela

se derrama una escuridad agujereada de destellos

que mantienen viva la llama de la esperanza.

Así, esa luz que se oculta a los ojos

se revela en el corazón

como miles de amaneceres diminutos

sólo visibles para los que aguardan sin descanso

la llegada del mensajero de la paz.

Los ancianos olvidados por un mundo

cegado por las luces de artificio

abrazan las sombras de los sagrados templos.

Ellos son los únicos capaces de ver un mañana

más allá del horizonte;

profetas en una tierra temerosa de mirar a los ojos,

extasiada por pantallas que no saben llorar.

Acojamos al mensajero de la paz

con una cascada de bendiciones;

al Dios que se deja abrazar para encender en nuestras almas

la luz que ilumine nuestro camino.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57