No deja de resultar curioso que celebremos en septiembre una fiesta que exalta la cruz de Jesucristo. Semana santa queda muy lejos en el calendario litúrgico para entender esta fiesta que, en caso de caer en domingo, se prioriza sobre el tiempo ordinario. Hay que remontarse a la historia para comprender su sentido. La celebración de este día se basa en la dedicación de las basílicas del Gólgota y de la resurrección, realizadas el 13 de septiembre del año 335. Un día después, se expuso ante los cristianos una reliquia de la santa cruz, supuestamente encontrada años antes, para que fuera adorada. Este es el origen histórico-legendario; pero, ¿Qué sentido tiene exaltar la cruz en esta época del año?
La cruz no deja de ser un instrumento de tortura, un símbolo que representa la injusticia, el sufrimiento y el dolor de la humanidad. ¿Cómo podemos llegar a exaltar semejante patíbulo? En realidad, vista únicamente como un instrumento de tortura y sufrimiento, la cruz no tiene sentido; por sí misma es un callejón sin salida si no está impregnada y atravesada del amor del que en ella entregó su vida por el mundo. Sólo este amor hace que la cruz deje de ser un instrumento del mal para convertirse también en un instrumento útil para la salvación.
Visto de esta manera, la cruz puede llegar a convertirse no ya en el abismo final de la vida, sino en la puerta que nos abre a la auténtica libertad. La libertad y la salvación definitivas llegan a través del sacrificio y de la cruz. En este mundo es imposible ganar la vida si no es entregada de forma libre y consciente. Es esta entrega el sentido que estamos invitados a encontrar en el símbolo de la cruz.
La cruz llega siempre; no hace falta buscarla o provocarla. Llega por muchos cauces que brotan del mal. Algunos de esos cauces son naturales y clavan sus garras en nuestra fragilidad física. De esta manera sufrimos la cruz de las enfermedades y de los límites de nuestro cuerpo biológico o nuestra mente, atenazada por un sinfín de emociones, apegos o sentimientos incontrolables. Otros cauces no son naturales, sino fruto de errores y decisiones injustas del ser humano. Estos cauces son evitables, pero la realidad nos dice que el pecado sigue siendo hoy en día una fuente permanente de cruz.
La cruz por sí misma no salva. El dolor por sí mismo no puede ser querido por un Dios que no busca la perdición del pecador, sino su conversión y su salvación. Para lograr esa salvación, Dios no elude la cruz, sino que la abraza, mostrándonos de esa manera hasta dónde puede llegar a amarnos. Siendo Dios se hace hombre y asume la condición más baja; Jesucristo acepta el dolor más cruel, tanto el físico como el psicológico.En la cruz no sufre únicamente el cuerpo de Cristo; sufre sobre todo su espíritu hasta el borde de la locura. Desahuciado, abandonado, insultado, humillado hasta el extremo, Jesús mantiene su dignidad aferrándose al madero seco y sin vida, símbolo de una humanidad derrotada por el pecado para, con su cuerpo y con su sangre, insuflarle una nueva vida que nos haga reverdecer eternamente.
Aceptar la cruz es iniciar el camino de la propia salvación. Exaltar la cruz no es exaltar el sufrimiento, no es cargar las tintas de una forma masoquista sobre el dolor y la pena. La cruz no implica resignación, sino amor y entrega. Lo que salva no es el dolor, sino el amor que se abre a la esperanza; porque la resignación es un camino sin salida. Frente a la tentación de aceptar la cruz por que sí, sin más, está la aceptación de la cruz por AMOR, con la esperanza de que a través de ella y tras ella se abre la VIDA. La cruz es fuente de vida más que símbolo de muerte.
Todos estamos invitados a asumir nuestras propias cruces. Hoy es día de revisar nuestra cruz personal; una cruz que nos puede llegar por muchas vías, pero que no nos queda más remedio que tenemos que encarar con toda la dignidad que podamos. ¿Cuál es mi cruz? ¿De qué manera me aferro a ella? Miremos a Cristo en la suya y si somos mordidos por las serpientes de este mundo, no dudemos en alzar la vista para encontrar en Él el antídoto que evite nuestra perdición y nos abra las puertas de la esperanza. No huyamos ni agotemos nuestras fuerzas en el vano esfuerzo de la queja o el lamento por lo duro de la travesía de este desierto, sino pongamos todo nuestro empeño en mirar al que levantan sobre nosotros, porque antes se humilló bajo nosotros. Hinquemos así nuestros corazones ante tanto amor donado sin medida y abriremos de par en par las puertas de la libertad.
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