Cuando miramos al mundo en que vivimos nos damos cuenta de lo acertado que estuvo Jesús a la hora de predecir el futuro. En realidad, aunque Jesús pudiera haber anticipado las calamidades de nuestro mundo, el evangelio de Lucas refleja más la situación de las comunidades cristianas de la época en que fue escrito que las revelaciones del Mesías, por otro lado, muy previsibles dada la naturaleza humana. No obstante, no deja de ser desoladoramente desalentador que, a pesar de haber pasado tanto tiempo, los pecados de la humanidad sigan siendo los mismos. Nos hemos refinado, eso sí, en su ejecución: ahora fabricamos “armas inteligentes”, aunque no conseguimos que los que las usan lo sean; llamamos a las agresiones “guerras preventivas” u ofrecemos versiones publicitarias de los conflictos tan convincentemente manipulados que convertimos en “antipatriotas” a los que no justifiquen la violencia como medio necesario para resolverlos. Tanta inteligencia artificial nos está atrofiando la inteligencia natural.
Para una gran mayoría de la humanidad estos acontecimientos no ocurren tras la ventanita de una pantalla, sino tras la ventana de su misma casa (si es que la tienen). Gran parte de la humanidad vive amenazada por el terror; sólo una minoría vivimos relativamente tranquilos, aunque un tanto asustados porque ese terror, hasta hace poco circunscrito en determinados territorios, también ahora dicen que nos puede salpicar dentro de poco si no nos armamos hasta los dientes con un dinero que necesariamente hemos de restar de la educación y de la sanidad.
Nuestra indiferencia nos inmunizaba como una vacuna adormecedora; no estábamos a favor de los malos, de los dictadores, de los tiranos o de las grandes multinacionales que hoy por hoy son las que en realidad generan las guerras; pero tampoco estábamos en contra; al menos no de una forma clara y contundente. Nuestro silencio era como la garantía de que nadie iría a por nosotros. Éramos como los vagos de Tesalónica, que creían que ante el fin del mundo lo único que se podía hacer era cruzarse de brazos y esperar que el Espíritu Santo arreglara las cosas por nosotros.
Al igual que san Pablo despierta a estos vagos espirituales, nosotros hemos de despertar y reaccionar también dejándonos interpelar por la Palabra de Dios; porque la indiferencia es como la sombra del verdugo. Dicen que en el mundo el cristianismo es la religión mayoritaria, pero no parece ser cierto. Tal vez haya una sexta parte de la humanidad cristianizada, pero el evangelio sigue sin ser abierto; está como si continuara envuelto en un papel de regalo que nadie se atreve a romper.
Pero la realidad nos urge; hemos de ponernos manos a la obra porque nos podemos quedar sin comer el pan que se reparte a los pobres si no somos capaces de incluirnos entre ellos. Nuestra maldad debe ser quemada, abrasada, erradicada de nuestras vidas de una vez por todas.Nadie puede vivir permanentemente anestesiado porque, tarde o temprano, esa anestesia o bien provoca la muerte o la adicción. Hemos de despertar si no queremos formar parte de la hoguera que arde eternamente y todo lo consume: hasta los sueños más sagrados.
Es bonito creer en una religión grande, repleta de riqueza no sólo económica, sino también intelectual y artística; pero corremos el peligro de quedarnos mirando las nuevas piedras y exvotos de nuestros templos, nuestras catedrales, palacios episcopales, universidades, escuelas centenarias o cofradías que revitalizan un arte religioso que ha dejado de ser expresión de la fe para pasar a ser una atracción turística. También podemos adorar otros exvotos y piedras: fundadores vivos o muertos a los que llamamos “padres” o “madres” en grupos más o menos sectarios y generadores más de ideologías que de verdaderas experiencias de un encuentro auténticamente transformador. Existe un pecado eclesial que consiste en mirarse el ombligo para autoconvencerse de lo hermosa que es nuestra verdad, cerrando las puertas a todo lo que haya fuera, huyendo así del testimonio desnudo, pobre y valiente al que estamos llamados, sin tanto peso en la mochila, con ese tesoro imperecedero que hoy brilla por su ausencia: la fe.
Jesús lo tuvo claro; no vino a destruir el templo, sino la falsa fe que lo idolatra convirtiendo en un fin en sí mismo. Habría que preguntarse si hoy no estaremos invirtiendo más energía en mantener estructuras arcaicas, generadas y arrastradas a lo largo de nuestra historia, en lugar de soñar y testimoniar la fe de una forma menos corporativa, superficial, institucional y artificial. Se hace necesaria una fe más humana, cercana, desnuda, sincera y austera. El sufrimiento del mundo se sigue visibilizando en las llagas abiertas de Jesucristo que continúan sangrando. Por desgracia, como él mismo ya nos profetizó, siempre tendremos a los pobres y siempre afrontaremos nuevas guerras y catástrofes: unas provocadas por fuerzas naturales y otras por el mal uso de la libertad, pero ambas generadoras de un dolor y un sufrimiento al que tenemos que hacer frente acompañando a Jesús en su cruz y cargando con la nuestra.
Para esta empresa tenemos el consuelo de saber que él siempre está con nosotros; ni un pelo de nuestra cabeza cae sin que a él le importe. En esta presencia consoladora encontramos el motor de nuestra constancia y perseverancia, porque nadie se puede mantener en el frente de la batalla si no es con la certeza y la experiencia de la compañía de Jesús. Acerquémonos sin miedo, en este final del año litúrgico, a esta batalla final que se libra en el mundo; de nada sirve escapar de ella; tarde o temprano la sangre que mana de las heridas inocentes terminará por salpicarnos. Que lejos de amedrentarnos ante tales pruebas encontremos en ellas el camino por el que seguir a Jesús en su cruz hasta que resplandezca su gloria a través de nuestro testimonio.
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