Homilías

Domingo XXX del tiempo ordinario

Homilía del Domingo XXX del tiempo ordinario

Evangelio: Mateo 22,34-40

Un maestro de la Ley pregunta a Jesús cuál es el mandamiento principal para ponerlo a prueba. Jesús responde que el amor a Dios y el amor al prójimo constituyen los dos grandes mandamientos que sostienen toda la Ley y los Profetas.

HOMILÍA

Cuando la fe y la vida se unen, lo que llamamos “evangelización” es algo que emerge espontáneamente sin necesidad de esfuerzo, como una prolongación natural de nuestra vida espiritual. Pero por desgracia no siempre es así; fe y vida suelen caminar demasiado distantes la una de la otra. Esta disociación es terrible para el anuncio y la credibilidad del Evangelio en regiones donde el cristianismo todavía no ha echado raíces, e incluso en nuestra propia tierra. Una vez me hizo ver un japonés que revisando la historia de la Iglesia católica y la puesta en práctica que hacen de su fe muchos dirigentes políticos, el catolicismo no sólo no le resultaba interesante, sino que incluso le infundía cierto desasosiego.

Realmente, si nos sacudimos el corporativismo y una visión auto referencial, no podemos dejar de admitir el drama que supone contemplar el espectáculo (a veces bochornoso y escandaloso) que hemos dado y a veces seguimos dando ante el mundo. En el origen de este drama está en la separación entre la fe y la vida. No se trata de añorar regímenes monoteístas en los que la religión invadía la autonomía del mundo; no hablamos de religión, sino de fe. Porque cuando la fe queda reducida a un credo desencarnado, encorsetado en fórmulas que más que ser caminos abiertos al encuentro con Dios y con el prójimo, son condiciones a priori impuestas para poder seguir caminando, la experiencia de encuentro con Dios deriva en una religiosidad que, o bien se vive de forma privada (lo que muchos poderosos quieren) o termina por invadir la política, confundiendo la ley de Dios con la ley de los hombres (que es lo que proponen los sistemas dictatoriales monoteístas).

En cualquier caso, para no pocos cristianos la fe se convierte en una especie de carga indigesta; para otros en algo prescindible, y para algunos menos en una especie de tesoro indispensable, refugio y armamento para luchar contra aquellos que se mueven en las “guerras de trincheras” de una sociedad cada vez más polarizada. Pero la vida sigue quedando huérfana de la luz que la alumbra, porque esa luz ilumina únicamente el cerebro o la memoria, pero no el corazón que nos une a todos.

Los tesalonicenses tuvieron la desgracia (más bien la suerte, según se mire), de no contar todavía con un credo tan definido y pulido como el nuestro. Sin embargo, su fe era tan auténtica que se trasmitió naturalmente no sólo de persona a persona, sino incluso hasta otras regiones como Acaya y Macedonia. ¿Cómo puede llegar a ser modelo una Iglesia incipiente sin apenas formación? Basta con mirar las Iglesias jóvenes actuales, sobre todo en África o Asia, para entenderlo. Cuando la fe es vivida con autenticidad el milagro deja de ser extraño para convertirse en la consecuencia natural de CREER.

Tal vez sobran palabras, razones, discursos y documentos, y nos falte vida, gestos, opciones tangibles. No se trata de eliminar lo primero; simplemente de encontrar el equilibrio adecuado entre lo formulado y lo vivido. En mi caso personal, me pregunto muchas veces si no sería mejor empezar a disminuir el tiempo que paso en el despacho o ante el ordenador para invertir más tiempo ante las personas, cara a cara, sin ordenador, teléfono móvil ni prisas. No sólo cambiaría mi vida; tal vez con ello pudiera contribuir, aunque fuera un poco, a cambiar la faz de este mundo: la soledad del anciano, la tristeza del sin techo, el ansia de alegría de los niños… En el fondo se trata de volver a lo ESENCIAL, que como dice Jesús se reduce a amar a Dios con el corazón, el alma y el ser; es decir, con todo y en todo momento, incluso tomando conciencia de que, en el inconsciente más escondido hay una presencia de Dios que nos reclama. Este es el amor del que fuimos hechos y que debería rebosar naturalmente en nuestras vidas si no fuésemos tan opacos, racionales, teóricos y utilitaristas. Sólo un amor volcado real y visiblemente sobre los que están cerca de mí es indicio auténtico de la fe. ¿Sienten los que están cerca de mí la fe que digo profesar?

Cuando en el antiguo testamento el pueblo de Dios se puso a concretar la ley de Moisés, resultó esta maravilla jurídica que tenemos en la primera lectura. En realidad, es el amor tal y como lo entienden los profetas; un amor que por desgracia no sólo nunca llegó a aplicarse plenamente, sino que incluso fue desplazado y ocultado en la tradición por una ley teórica, insoportable y absurda que derivó en la hipocresía de los fariseos y doctores de la ley. ¿No nos puede estar pasando hoy día algo parecido? Quizá hoy día no encontremos a los pobres de hace siglos, pero hay otros pobres, otros extranjeros en nuestro país, otras viudas y huérfanos de esperanza, alegría o respeto; otros prójimos que no encuentran puertas abiertas.

¿Vivimos para ellos o hemos convertido la religión en un sistema excluyente de todo aquel que no sea como nosotros? Hemos de abrir los ojos a lo que está pasando aquí y ahora; es absolutamente indispensable empezar a creer lo que se vive y a vivir lo que se cree. Sugiero para ello tres caminos sencillos, pero a la vez recios, pues han de comenzar con una profunda conversión:

a) Caminar hacia una vida más austera y sencilla; más natural y sana.
b) Empezar a crear hábitos que nos hagan más cercanos a los pobres y que permita a los más desfavorecidos tenernos “a mano”, aunque su presencia rompa nuestros planes.
c) Aumentar el interés por conocer las injusticias de este mundo y por comprometernos en la defensa de los más indefensos.

Santa Teresa de Calcuta decía que una persona que no vive para servir, no sirve para vivir. Es una verdadera pena que pasemos por la vida de puntillas, buscando las luces artificiales y los focos que se centren en nosotros, perdiéndonos el maravilloso paisaje que Dios ha creado a nuestro alrededor cuando somos capaces de mirar más allá de nosotros mismos.

Documento de la semana

Lecturas, homilía y oraciones para leer, imprimir o compartir · 323,3 KB

Descargar el PDF

Para la celebración

Lecturas

Primera lectura: Éxodo 22,20-26

Así dice el Señor: "No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo."
Palabra de Dios

Salmo responsorial: Salmo 17

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos. R.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido. R.

Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 1,5c-10

Hermanos: Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. Desde vuestra Iglesia, la palabra del Señor ha resonado no sólo en Macedonia y en Acaya, sino en todas partes. Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la acogida que nos hicisteis: cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que os libra del castigo futuro.
Palabra de Dios

Evangelio: Mateo 22,34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?" Él le dijo: ""Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas."

Moniciones

Monición de entrada

Volvemos a ser congregados en torno al altar tras una semana de trabajo y fatiga. Lo hacemos encontrándonos con los hermanos en la iglesia, pero también cruzándonos por la calle con muchas personas que siguen su camino. Dios nos invita a que nuestra adoración y gloria se prolongue en sus hijos para que nuestra fe no sea sólo una teoría o un ideal. Abrámonos al amor de Dios y seamos transparentes para que ese amor se prolongue en nosotros hasta llegar a nuestros prójimos, especialmente a los más necesitados.

Monición a las lecturas

La antigua sinagoga enseñaba que existían nada más y nada menos que 613 mandamientos, de los cuales 248 eran preceptos y 365 prohibiciones. No es de extrañar la preocupación de los judíos por saber cuál de ellos era el más importante, aunque la pregunta del fariseo del evangelio es tan obvia que más parece un insulto a la inteligencia de Jesús. El Señor lo deja claro en su respuesta al maestro de la Ley que buscaba ponerlo a prueba con esa pregunta. El amor cristiano es una palabra que sabe a solidaridad, que siente el dolor ajeno como propio y que se abre a una caridad concreta y real con los más necesitados.

Acción de gracias

Acción de gracias.

Pregúntale a un pobre si irás al cielo.
Él estará en la puerta cuando llegues preguntando por Dios;
los pobres son los porteros de su Reino;
darles la espalda es alejarse del Creador:
taparse los oídos en Belén
para no oír el llanto de un niño recién parido,
gritar para que no se escuche el sermón de la montaña,
espantar a los niños que quieren jugar con Jesús,
mirar la raza o religión del forastero antes que sus pies descalzos,
sus manos encallecidas de arar nuestros campos,
sus cuerpos quebrados por cargar con nuestros padres
o su alma herida por el racismo y los prejuicios.
Dios tiene ángeles que duermen en la calle
ante los que pasamos sin mirarle a los ojos.
Algún día alzaremos la vista buscando a Dios
y encontraremos su rostro transfigurado
en todos los rostros anónimos
ante los que pasamos de largo.
Es hora de mirarles y hablarles de tú a tú
para dejarnos interpelar por el Señor.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57