HOMILÍA
Cuando la fe y la vida se unen, lo que llamamos “evangelización” es algo que emerge espontáneamente sin necesidad de esfuerzo, como una prolongación natural de nuestra vida espiritual. Pero por desgracia no siempre es así; fe y vida suelen caminar demasiado distantes la una de la otra. Esta disociación es terrible para el anuncio y la credibilidad del Evangelio en regiones donde el cristianismo todavía no ha echado raíces, e incluso en nuestra propia tierra. Una vez me hizo ver un japonés que revisando la historia de la Iglesia católica y la puesta en práctica que hacen de su fe muchos dirigentes políticos, el catolicismo no sólo no le resultaba interesante, sino que incluso le infundía cierto desasosiego.
Realmente, si nos sacudimos el corporativismo y una visión auto referencial, no podemos dejar de admitir el drama que supone contemplar el espectáculo (a veces bochornoso y escandaloso) que hemos dado y a veces seguimos dando ante el mundo. En el origen de este drama está en la separación entre la fe y la vida. No se trata de añorar regímenes monoteístas en los que la religión invadía la autonomía del mundo; no hablamos de religión, sino de fe. Porque cuando la fe queda reducida a un credo desencarnado, encorsetado en fórmulas que más que ser caminos abiertos al encuentro con Dios y con el prójimo, son condiciones a priori impuestas para poder seguir caminando, la experiencia de encuentro con Dios deriva en una religiosidad que, o bien se vive de forma privada (lo que muchos poderosos quieren) o termina por invadir la política, confundiendo la ley de Dios con la ley de los hombres (que es lo que proponen los sistemas dictatoriales monoteístas).
En cualquier caso, para no pocos cristianos la fe se convierte en una especie de carga indigesta; para otros en algo prescindible, y para algunos menos en una especie de tesoro indispensable, refugio y armamento para luchar contra aquellos que se mueven en las “guerras de trincheras” de una sociedad cada vez más polarizada. Pero la vida sigue quedando huérfana de la luz que la alumbra, porque esa luz ilumina únicamente el cerebro o la memoria, pero no el corazón que nos une a todos.
Los tesalonicenses tuvieron la desgracia (más bien la suerte, según se mire), de no contar todavía con un credo tan definido y pulido como el nuestro. Sin embargo, su fe era tan auténtica que se trasmitió naturalmente no sólo de persona a persona, sino incluso hasta otras regiones como Acaya y Macedonia. ¿Cómo puede llegar a ser modelo una Iglesia incipiente sin apenas formación? Basta con mirar las Iglesias jóvenes actuales, sobre todo en África o Asia, para entenderlo. Cuando la fe es vivida con autenticidad el milagro deja de ser extraño para convertirse en la consecuencia natural de CREER.
Tal vez sobran palabras, razones, discursos y documentos, y nos falte vida, gestos, opciones tangibles. No se trata de eliminar lo primero; simplemente de encontrar el equilibrio adecuado entre lo formulado y lo vivido. En mi caso personal, me pregunto muchas veces si no sería mejor empezar a disminuir el tiempo que paso en el despacho o ante el ordenador para invertir más tiempo ante las personas, cara a cara, sin ordenador, teléfono móvil ni prisas. No sólo cambiaría mi vida; tal vez con ello pudiera contribuir, aunque fuera un poco, a cambiar la faz de este mundo: la soledad del anciano, la tristeza del sin techo, el ansia de alegría de los niños… En el fondo se trata de volver a lo ESENCIAL, que como dice Jesús se reduce a amar a Dios con el corazón, el alma y el ser; es decir, con todo y en todo momento, incluso tomando conciencia de que, en el inconsciente más escondido hay una presencia de Dios que nos reclama. Este es el amor del que fuimos hechos y que debería rebosar naturalmente en nuestras vidas si no fuésemos tan opacos, racionales, teóricos y utilitaristas. Sólo un amor volcado real y visiblemente sobre los que están cerca de mí es indicio auténtico de la fe. ¿Sienten los que están cerca de mí la fe que digo profesar?
Cuando en el antiguo testamento el pueblo de Dios se puso a concretar la ley de Moisés, resultó esta maravilla jurídica que tenemos en la primera lectura. En realidad, es el amor tal y como lo entienden los profetas; un amor que por desgracia no sólo nunca llegó a aplicarse plenamente, sino que incluso fue desplazado y ocultado en la tradición por una ley teórica, insoportable y absurda que derivó en la hipocresía de los fariseos y doctores de la ley. ¿No nos puede estar pasando hoy día algo parecido? Quizá hoy día no encontremos a los pobres de hace siglos, pero hay otros pobres, otros extranjeros en nuestro país, otras viudas y huérfanos de esperanza, alegría o respeto; otros prójimos que no encuentran puertas abiertas.
¿Vivimos para ellos o hemos convertido la religión en un sistema excluyente de todo aquel que no sea como nosotros? Hemos de abrir los ojos a lo que está pasando aquí y ahora; es absolutamente indispensable empezar a creer lo que se vive y a vivir lo que se cree. Sugiero para ello tres caminos sencillos, pero a la vez recios, pues han de comenzar con una profunda conversión:
a) Caminar hacia una vida más austera y sencilla; más natural y sana.
b) Empezar a crear hábitos que nos hagan más cercanos a los pobres y que permita a los más desfavorecidos tenernos “a mano”, aunque su presencia rompa nuestros planes.
c) Aumentar el interés por conocer las injusticias de este mundo y por comprometernos en la defensa de los más indefensos.
Santa Teresa de Calcuta decía que una persona que no vive para servir, no sirve para vivir. Es una verdadera pena que pasemos por la vida de puntillas, buscando las luces artificiales y los focos que se centren en nosotros, perdiéndonos el maravilloso paisaje que Dios ha creado a nuestro alrededor cuando somos capaces de mirar más allá de nosotros mismos.
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