Dice un refrán que “es de bien nacidos ser agradecidos”. El agradecimiento es una de las acciones más hermosas del ser humano, aunque como todo, corre el riesgo de contaminarse y quedar simplemente en un cumplimiento para saldar las cuentas con aquél que nos ha ayudado. Si el agradecimiento se entiende como una especie de pago por los servicios prestados pierde todo su valor para convertirse en un mero trueque; algo así como un “estamos en paz” que impide enriquecer y acrecentar una relación. Sin embargo, si el agradecimiento supone la aceptación de la ayuda del otro desde la gratuidad, lo que se ofrece en agradecimiento no son cosas en compensación por el bien recibido, sino el propio corazón; un corazón abierto a la amistad y a una relación fructífera. Entender el agradecimiento en su justa medida supone algo a lo que difícilmente estamos dispuestos: el compromiso de la vida hacia mi prójimo. Es más práctico pagar la deuda para evitarnos molestos compromisos que comprometernos de por vida con algo o con alguien.
Naamán logra curarse con algo tan sencillo como sumergirse siete veces en las aguas del Jordán. Su piel se vuelve como la de un niño.
Hasta ahí todo va bien hasta que pretende pagar a Eliseo. Eliseo es un profeta, no un sacerdote a sueldo de ningún templo. A Naamán se le abre un nuevo horizonte, el horizonte de la gratuidad. Si hubiera pagado al profeta, quizá hubiera vuelto a su tierra con la conciencia tranquila para terminar adorando de nuevo a sus falsos dioses; nada hubiera cambiado en él. Sin embargo, no se vuelve con las manos vacías, sino con la tierra del Dios verdadero sobre la que ofrecer un nuevo sacrificio. No es sin duda la mejor de las formas de agradecer al Dios que lo ha curado, pero no olvidemos que estamos todavía en el antiguo testamento. En el nuevo, las cosas sufren una ligera variación.
En el evangelio de este domingo no es uno, sino diez los enfermos de la piel que piden curación. Hemos de recordar, antes de nada, que en la época de Jesús las enfermedades de la piel (cualquiera de ellas) eran muy temidas. Para evitar el contagios, los enfermos de afecciones cutáneas (no sólo los leprosos) eran considerados impuros y obligados a vivir apartados del resto de la gente, fuera de la ciudad o en zonas debidamente delimitadas. Las personas que se curaban de su enfermedad debían obtener de los sacerdotes un certificado de curación que les permitiera volver a su vida normal, integrados de nuevo en la sociedad. Se entiende así que Jesús pida a los enfermos que vayan a ver al sacerdote, dando por supuesta su curación, una curación en la que ellos también creen.Es de notar que los enfermos no se curan de inmediato, sino yendo “de camino”. Este dato es muy importante para nuestra vida espiritual.
La curación no nos viene desde el inmovilismo, sino desde un “ir caminando” confiados en la Palabra del que nos ha indicado el camino a seguir. Sin embargo, al quedar curados, sólo uno de ellos decide volver donde Jesús para echarse a sus pies. Echarse a los pies de alguien era reconocerle como maestro; es la expresión corporal que se adopta para acoger las enseñanzas. Dicho de otra manera, el enfermo curado no vuelve para pagar con ningún presente el favor recibido, sino para hacerse discípulo y consagrar su vida al seguimiento de Jesús. Sólo así encuentra la salvación. Los otros nueve sólo logran la curación de su enfermedad corporal, pero no de su corazón. Cumplen con el precepto de presentarse en el templo a los sacerdotes, pero no logran alcanzar la salvación completa. En cambio, el que regresa, (que además es un samaritano), sabe que más que un certificado del templo que le permita volver a la misma vida de antes, lo que necesita es otro templo y otro sacerdote, el único y verdadero templo y sacerdote a la vez que es Cristo.
No va a recibir ningún certificado legal, pero, a cambio, va a recibir algo infinitamente mejor: la salvación no sólo de su alma, sino también de su cuerpo. Cuando Dios nos cura de cualquier dolencia, no lo hace para que volvamos a la vida de antes, sino para que a través del sufrimiento y del recibimiento gratuito de la gracia de Dios nos abramos a una vida nueva y eterna, transformando y convirtiendo nuestras vidas.
Al igual que Timoteo, nosotros también estamos invitados a recordar quién es nuestro verdadero maestro y a reconocer la infinidad de milagros que Dios opera cada día en nuestra piel putrefacta por el pecado. Dios nos cura en el camino, un camino que, bien entendido, no tiene como meta y culmen templos humanos o los sacerdotes a los que hay que pagar el trabajo que prestan en nombre de Dios, sino al mismo Cristo, verdadero templo y verdadero sacerdote. Cuando nos encontremos con algún “apestado”, no eludamos su compañía porque al hacerlo estaremos negando al mismo Cristo. Unamos nuestro pecado a su enfermedad para que Cristo nos cure a ambos con el bálsamo de la compasión y el ungüento de la misericordia; pues, aunque nosotros seamos infieles, Dios no nos busca para juzgarnos impuros y expulsarnos de la Jerusalén celeste, sino para ponernos en camino hacia la verdadera libertad, porque Dios no puede negarse a sí mismo; Él siempre permanece fiel.
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