Homilías

Domingo XXVIII del tiempo ordinario (Ciclo A)

Homilía del Domingo XXVIII del tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio: Mateo 22,1-14

Todos hemos dicho alguna vez algo así como “no estoy para muchas fiestas”. La tristeza interior a veces nos deja psicológicamente fuera de juego para disfrutar con la familia o con los amigos de las alegrías que da la vida. Cuando esta situación se enquista en el corazón la vida puede llegar a ser muy triste, necesitando ser compensada con otras ocupaciones como, por ejemplo, una dedicación desmedida al trabajo, sin duda la mejor excusa para no afrontar la belleza de vivir ¿Quién renunciaría a una fiesta a la que es invitado por un amigo para ir a trabajar? Sólo encuentro dos razones para elegir el trabajo a la fiesta: una es la codicia que lleva a trabajar para ganar y tener más; la otra es una incapacidad espiritual para disfrutar y saborear la vida; algo así como tener un carácter rancio, agriado o auto mutilado de todo derecho al gozo.

Como criaturas de Dios, nuestra misión es “re-crear” con El; es decir, cooperar en su trabajo creador. La vida es por tanto un “re-creo”; en realidad hemos sido creados para el ocio, aunque sin darnos cuenta terminamos viviendo para el negocio, que es la negación del ocio. En otras palabras: Dios es el amigo que quiere compartir con nosotros el gozo de la amistad, el triunfo de la vida sobre la muerte, la dicha de estar juntos. Esto es expresado en la tradición bíblica con varias imágenes; Isaías usa la imagen de un banquete en el que Dios nos quitará los mantos de luto y las mortajas, y enjugará nuestras lágrimas.

Jesús compara este banquete en el evangelio de Mateo a un banquete de bodas al que todos somos invitados, buenos y malos.

No aceptar la invitación es una tragedia, porque nos hace quedar fuera de la fiesta de la vida. Dios no nos ha creado para ser simples e ilustres animales, sino que nos ha dotado de una vida espiritual que está llamada a la eternidad; esa eternidad empieza aquí y ahora, en este mundo. La salvación no es algo que acontece sólo en el futuro; hoy es la antesala del mañana. Aunque en el futuro nuestra salvación llegue a su plenitud, en realidad esa salvación se puede empezar a saborear aquí y ahora.

La palabra de Dios de este domingo nos puede hacer reflexionar sobre la calidad de la alegría en nuestra vida. ¿Vivo para trabajar o trabajo para vivir? ¿Cómo es mi alegría? ¿Sé disfrutar de la vida?

Deberíamos recuperar el sentido del ocio, tanto del propio como del ajeno; descansar y ser descanso para los demás; saber apreciar lo sublime de la vida, que si se mira bien siempre es gratis.

En resumen, aceptar la invitación a la boda que recibimos de Dios y vestirnos de fiesta, porque no basta con ir a la boda, hay que vestir también el traje de fiesta que el protocolo requiere. En la época de Jesús, a los invitados a las bodas se les procuraba una túnica de fiesta si no la tenían; únicamente hay una razón para que un invitado no vistiera esa túnica: no querer hacerlo. Para colmo, cuando es preguntado sobre su actitud, a pesar de ser llamado “amigo”, opta por un sospechoso silencio, es decir, por eludir el diálogo con el anfitrión que con tanto amor le ha invitado. La consecuencia es trágica porque esta persona es arrojada fuera, al infierno de una vida sin música, sin alegría, sin banquete ni ocio, ni recreo… De nosotros depende encontrar la puerta de la salvación, que no es sólo lo opuesto al infierno sino también la aceptación de la invitación al banquete del reino de los cielos. Hemos de redescubrir el verdadero sentido de nuestra la vida, aquello para lo que fuimos creados. Hemos de ser conscientes que estamos envueltos en un manto de alegría y gozo, que fuimos creados para la vida, la música, la danza, la luz y la alegría.

Vestirnos de otra cosa es disfrazarnos de algo que no somos. Estamos hechos para la alegría, no para la tristeza. La pena, el dolor, el llanto, el luto… no son realidades queridas por Dios; no forman parte de nuestra esencia.

Seamos nosotros mismos, dejemos terreno libre a la virtud de la pobreza espiritual que llevamos dentro sin pretender riquezas que no son nuestras. Seamos libres como Pablo para vivir en la escasez y en la abundancia, sin atarnos a nada ni a nadie: ni a la tristeza del no tener, ni a la avaricia del apego a lo que se tiene. Seamos libres para vivir la vida como una fiesta en la que disfrutamos de unos manjares inigualables. La carne de Cristo que se hace nuestra carne; su sangre en forma de vino que nos procura la alegría de la hermandad. Hagamos de la vida alegre Eucaristía; prolonguemos en la vida cotidiana esa misa para que a nuestro alrededor resuene siempre la llamada al banquete de bodas que nos hace Dios, nuestro Padre.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del profeta Isaías (25,6-10ª)

Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos,

en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos

de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este

monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas

las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios

enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo

lo alejará de todo el país. -Lo ha dicho el Señor-. Aquel día se dirá:

“Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara;

celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará

sobre este monte.”

Salmo responsorial: (22)

Habitaré en la casa del Señor por años sin término.

El Señor es mi pastor, nada me falta:

en verdes praderas me hace recostar;

me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre.

Aunque camine por cañadas oscuras,

nada temo, porque tú vas conmigo:

tu vara y tu cayado me sosiegan. R.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos;

me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan

todos los días de mi vida,

y habitaré en la casa del Señor por años sin término. R.

Lectura de la carta a los Filipenses (4,12-14.19-20)

Hermanos: Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para

todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación.

Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien

en compartir mi tribulación. En pago, mi Dios proveerá a todas

vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su espléndida

riqueza en Cristo Jesús. A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos

de los siglos. Amén.

Evangelio de Mateo 22,1-14

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en

parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “El

reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo.

Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no

quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran:

“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y

todo está a punto. Venid a la boda.” Los convidados no hicieron caso;

uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les

echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey

montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos

asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La

boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora

a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos

a la boda.”

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que

encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de

comensales. [Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó

en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has

entrado aquí sin vestirte de fiesta?” El otro no abrió la boca. Entonces

el rey dijo a los camareros: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera,

a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.” Porque

muchos son los llamados y pocos los escogidos.”]

Acción de gracias

Que empiece la música

y que nunca cese de sonar en nuestras almas.

Que las voces del mundo se unan para entonar cánticos

que acaricien los sueños y abrecen los horizontes.

Que dancen los niños y los jóvenes

dibujando con sus cuerpos en el viento

graciosas siluetas de belleza.

Que los ancianos nos deleiten con sus versos,

y los que tejen con sus manos la creación

conviertan su trabajo en una sinfonía

que amase de nuevo el universo.

Dios crea y su creación se recrea

en la espesura de un amor sin miedos

en el que hay que perderse para encontrarse,

olvidar la tiranía de lo cotidiano

para hallar la libertad de lo eterno,

desnudarse de la rutina que nos viste de cordura

para sumergirse en la locura de la belleza

y así poder tocar el cielo,

aunque sólo sea por la diminuta grieta

que el misterio de la vida nos regala de verso en verso.

No vive quien nunca hace fiesta,

porque estamos hechos para la el gozo y el exceso,

para saborear codo con codo,

entre risas y cantares

el pan que nos convierte en compañeros

y el vino que recorre las venas de Adán y Eva

para encender de nuevo en ellos

una creación que nunca tuvo que eludir la fiesta

a la que Dios nos convoca cada día al caer la tarde.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57