Todos hemos dicho alguna vez algo así como “no estoy para muchas fiestas”. La tristeza interior a veces nos deja psicológicamente fuera de juego para disfrutar con la familia o con los amigos de las alegrías que da la vida. Cuando esta situación se enquista en el corazón la vida puede llegar a ser muy triste, necesitando ser compensada con otras ocupaciones como, por ejemplo, una dedicación desmedida al trabajo, sin duda la mejor excusa para no afrontar la belleza de vivir ¿Quién renunciaría a una fiesta a la que es invitado por un amigo para ir a trabajar? Sólo encuentro dos razones para elegir el trabajo a la fiesta: una es la codicia que lleva a trabajar para ganar y tener más; la otra es una incapacidad espiritual para disfrutar y saborear la vida; algo así como tener un carácter rancio, agriado o auto mutilado de todo derecho al gozo.
Como criaturas de Dios, nuestra misión es “re-crear” con El; es decir, cooperar en su trabajo creador. La vida es por tanto un “re-creo”; en realidad hemos sido creados para el ocio, aunque sin darnos cuenta terminamos viviendo para el negocio, que es la negación del ocio. En otras palabras: Dios es el amigo que quiere compartir con nosotros el gozo de la amistad, el triunfo de la vida sobre la muerte, la dicha de estar juntos. Esto es expresado en la tradición bíblica con varias imágenes; Isaías usa la imagen de un banquete en el que Dios nos quitará los mantos de luto y las mortajas, y enjugará nuestras lágrimas.
Jesús compara este banquete en el evangelio de Mateo a un banquete de bodas al que todos somos invitados, buenos y malos.
No aceptar la invitación es una tragedia, porque nos hace quedar fuera de la fiesta de la vida. Dios no nos ha creado para ser simples e ilustres animales, sino que nos ha dotado de una vida espiritual que está llamada a la eternidad; esa eternidad empieza aquí y ahora, en este mundo. La salvación no es algo que acontece sólo en el futuro; hoy es la antesala del mañana. Aunque en el futuro nuestra salvación llegue a su plenitud, en realidad esa salvación se puede empezar a saborear aquí y ahora.
La palabra de Dios de este domingo nos puede hacer reflexionar sobre la calidad de la alegría en nuestra vida. ¿Vivo para trabajar o trabajo para vivir? ¿Cómo es mi alegría? ¿Sé disfrutar de la vida?
Deberíamos recuperar el sentido del ocio, tanto del propio como del ajeno; descansar y ser descanso para los demás; saber apreciar lo sublime de la vida, que si se mira bien siempre es gratis.
En resumen, aceptar la invitación a la boda que recibimos de Dios y vestirnos de fiesta, porque no basta con ir a la boda, hay que vestir también el traje de fiesta que el protocolo requiere. En la época de Jesús, a los invitados a las bodas se les procuraba una túnica de fiesta si no la tenían; únicamente hay una razón para que un invitado no vistiera esa túnica: no querer hacerlo. Para colmo, cuando es preguntado sobre su actitud, a pesar de ser llamado “amigo”, opta por un sospechoso silencio, es decir, por eludir el diálogo con el anfitrión que con tanto amor le ha invitado. La consecuencia es trágica porque esta persona es arrojada fuera, al infierno de una vida sin música, sin alegría, sin banquete ni ocio, ni recreo… De nosotros depende encontrar la puerta de la salvación, que no es sólo lo opuesto al infierno sino también la aceptación de la invitación al banquete del reino de los cielos. Hemos de redescubrir el verdadero sentido de nuestra la vida, aquello para lo que fuimos creados. Hemos de ser conscientes que estamos envueltos en un manto de alegría y gozo, que fuimos creados para la vida, la música, la danza, la luz y la alegría.
Vestirnos de otra cosa es disfrazarnos de algo que no somos. Estamos hechos para la alegría, no para la tristeza. La pena, el dolor, el llanto, el luto… no son realidades queridas por Dios; no forman parte de nuestra esencia.
Seamos nosotros mismos, dejemos terreno libre a la virtud de la pobreza espiritual que llevamos dentro sin pretender riquezas que no son nuestras. Seamos libres como Pablo para vivir en la escasez y en la abundancia, sin atarnos a nada ni a nadie: ni a la tristeza del no tener, ni a la avaricia del apego a lo que se tiene. Seamos libres para vivir la vida como una fiesta en la que disfrutamos de unos manjares inigualables. La carne de Cristo que se hace nuestra carne; su sangre en forma de vino que nos procura la alegría de la hermandad. Hagamos de la vida alegre Eucaristía; prolonguemos en la vida cotidiana esa misa para que a nuestro alrededor resuene siempre la llamada al banquete de bodas que nos hace Dios, nuestro Padre.
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