Homilías

Domingo XXVII del tiempo ordinario (Ciclo C)

Homilía del Domingo XXVII del tiempo ordinario (Ciclo C)

Evangelio: Lucas 17, 5-10

La queja es algo muy humano. ¿Quién no se ha quejado alguna vez?

Incluso Jesús se quejó varias veces durante su vida. Analizando los motivos que llevan a alguna persona a quejarse nos damos cuenta de lo siguiente: a) La persona que se queja ve lo que es justo, lo bueno, lo que tendría que ser. b) Al mismo tiempo ve la realidad y se da cuenta de que muchas veces la maldad se sale con la suya. c) Entonces se clama al cielo, se buscan culpables e incluso, si la injusticia nos afecta directamente, algunos llegan a revelarse contra Dios dudando de su bondad al permitir que el mal se salga con la suya, pudiéndolo evitar.

No es esta una experiencia extraña. A menudo conocemos personas cuya máxima dificultad para vivir la fe es sospechar que Dios no hace lo suficiente contra las injusticias, pudiendo remediarlas. A todos se nos ha enseñado desde pequeños que Dios es “todopoderoso”. ¿Qué tiene que decir Dios a todo esto? ¿Por qué si todo lo puede no actúa?

En el texto de Habacuc se pone de manifiesto esta experiencia, tan vieja como la vida misma. Dios da una respuesta que es una llamada de atención contra nuestra forma distorsionada de enfocar los problemas y nuestra mirada miope ante la realidad, centrándonos sólo en el hecho puntual, incapaces de ver la vida en su conjunto, como un todo y un proceso en el que ya está desplegada, sin duda alguna, la voluntad salvífica de Dios. Podemos clasificar la respuesta de Dios en dos aspectos: 1. Todo a su tiempo. El tiempo de sufrir tiene un sentido de preparación del bien que está por venir. Hay que tener, por tanto, una esperanza activa y no ahogarse en un momento puntual fuera de su contexto existencial. Más tarde volveremos sobre este punto. 2. Al final, cada cosa quedará en su justo lugar. Es la ratificación divina del refrán popular que dice: “cada uno queda por lo que es” o “quien mal anda mal acaba”.

Dentro de una perspectiva creyente, el bien se impondrá sobre el mal, aunque tenga que ser amasando el trigo molido con el sudor y la sangre de los inocentes. Todo desierto tiene sus bordes y toda injusticia su límite en la justicia de Dios. Nuestra misión no es tanto quejarnos esperando que todo lo arregle el Señor, cuanto tener fe y confianza en que Él ya está actuando, preparando el triunfo final a poco que tengamos paciencia y un compromiso firme. 6Porque el problema no es tener poca fe, sino tenerla o no, pues si se tiene, aunque fuera tan pequeña como un grano de mostaza, esa fe sería capaz de desencadenar la reacción en cadena en favor de la justicia, la paz y la libertad. El drama de Occidente no es que tenga poca fe, es que la ha descartado dejando de creer en Dios y, con ello, dejando de creer en sí mismo, en la humanidad, en la bondad, en la posibilidad del bien por encima de todo mal. Sin fe no hay tampoco esperanza ni caridad y la sociedad entra en un proceso decante, como en el que nos encontramos actualmente.

Tocamos aquí uno de los puntos más importantes de la vida cristiana, uno de los valores que más damos por supuesto pero que menos vivimos: la fe. No tendríamos que cansarnos de repetir que quizá la raíz de todos nuestros males sea su fragilidad e incluso su carencia. A veces la suplimos con actos religiosos o la camuflamos con quehaceres y miles de tareas… pero es un drama que afecta hasta las mismas entrañas de la Iglesia. Un obispo (ya fallecido) me confesó en cierta ocasión que al episcopado español (por extensión también al universal) “le sobra miedo y le falta fe”.

Jesús se lamenta en el Evangelio de esta falta de fe. El hecho es bien simple y tiene una explicación lógica: como nos falta fe en Dios tendemos a confiar únicamente en el mundo, lo cual nos lleva a precipitarnos en nuestros juicios. Porque cuando la confianza en lo mundano se topa contra el muro de las injusticias irremediables (ya sean por causa de las guerras, el hambre, las enfermedades o las situaciones dramáticas) entonces, como siguiendo una especie de instinto básico primario tenemos tendencia a mirar al cielo y a pedir explicaciones a Dios y a la religión; también aquellos que se definen como no creyentes o no practicantes encuentran en esta experiencia la excusa perfecta para justificar su incredulidad o su falta de compromiso.

Somos como los niños pequeños y bravucones que caminan por su mundo de fantasía ignorando los consejos de sus padres, creyendo que lo pueden todo; en cuando se topan con una dificultad insuperable se irritan y lloran, buscando así culpables a su impotencia porque la realidad no cabe en sus mundos ficticios.

Es esta experiencia un callejón sin salida que sólo tiene dos soluciones: o quedarse en él para siempre o hacer la afirmación de los discípulos: “Auméntanos la fe”. Esta petición ya no es exigencia ni reproche, sino constatación de nuestra limitación y deseo ferviente de que Dios nos regenere. Hace falta mucha humildad para pedirla, pero cuando lo hacemos, Jesús nos da la razón y reconoce que, si al menos tuviéramos la fe de un grano de mostaza, seriamos capaces de hacer virguerías. 7Jesús nos muestra entonces el camino hacia la fe mediante una parábola: el siervo debe aceptar lo que ES sin forzar a su amo a que le dé antes de tiempo lo que de sobra sabe que recibirá; eso sí, sólo después de haber hecho su trabajo. Siguiendo esta parábola podemos concluir las siguientes actitudes para trabajarlas en nosotros mismos: 1) Hacer nuestro trabajo. Volvemos sobre la idea que hemos reseñado antes (la “esperanza activa”). Esperar en Dios no es sentarse con los brazos cruzados a aguardar que Él lo haga todo, sino desplegar nuestras velas para que el viento de su Espíritu nos lleve; hacer nuestro trabajo como buenos marinos para que nuestro velero surque los mares de la vida. Esta es nuestra responsabilidad. Dios pone el viento, pero el trabajo de navegar es tarea nuestra. La fe no es pasividad, sino profunda convicción de que la justicia, el bien y la libertad vendrán sólo después de un trabajo comprometido; la esperanza hay que provocarla, nunca aguardar que surja por arte de magia. 2) Al terminar el trabajo, llegar a casa y servir a nuestro Señor. Ya en el Salmo 95 se nos indica cuál es nuestra misión delante del dueño de la vida: aclamarle como el único salvador, adorarle incesantemente, escuchar lo que tiene que decirnos. Esto no es servilismo, sino agradecimiento. Este vivir en gratitud emana de un corazón esponjado que sabe que sólo bajo el poder de nuestro Señor se encuentra la libertad auténtica. No querer adorar a Dios nos lleva inevitablemente a ponernos bajo la órbita de otros “señores”; el primer paso para ello es la rebeldía contra nuestro Creador: huir de Él o querer hacer de nuestra vida una continua queja. Nos convertimos así en seres cuyas bocas gritan justicia, sin oídos ni corazón para escuchar y meditar las respuestas que Dios nos da, sobre todo en su silencio o lo que creemos su ausencia. 3) Comer y disfrutar del pan de nuestra recompensa, recibiendo agradecidos el alimento tras trabajar en los campos de nuestro Señor con la alegría de servir en su casa.

En tiempos de Jesús ningún criado comía a la par que su dueño, sino después de haber realizado su trabajo sin exigir a su dueño que hiciera el suyo. Quizá esta mentalidad resulte servil en nuestros días, pero hay que dejar claro que Jesús no pretende en la parábola legitimar el sistema social de su época, sino constatar una realidad que hoy podríamos interpretar, por ejemplo, desde el ámbito empresarial mediante la relación “obrero-empresario”. Se nos pide desde la Palabra de Dios una actitud humilde: hacer lo que tenemos que hacer acorde con lo que somos y después reconocer sencillamente que en ello no hay ningún mérito. No exigir el fruto de forma precipitada, pues por fe sabemos que vendrá a su tiempo. 8Quizá haya en esta experiencia un retrato de nuestra sociedad, acostumbrada a introducir la moneda en la máquina y recibir el producto al momento, o a tomar la medicina y curarse de la enfermedad de forma inmediata… pero las cosas no son siempre así; por eso los inconvenientes e imprevistos de la vida nos perturban y descentran, reaccionando casi siempre con ira y buscando culpables. No cabe la menor duda que la Palabra de Dios nos invita a que reconozcamos lo que somos: siervos inútiles cuya misión es hacer lo que debemos y esperar agradecidos la recompensa desde la esperanza firme de que, tarde o temprano, llegará.

Es tiempo, como sugiere san Pablo a Timoteo, de que cada uno de nosotros revisemos la gracia que recibimos en el sacramento del bautismo y de la confirmación, que cada semana alimentamos con la Eucaristía. Es tiempo de recordar que no estamos llamados a vivir un espíritu timorato o de cobardía, pues en el fondo son el miedo y la cobardía las que encienden nuestras quejas e incluso nuestras iras y violencias. Es tiempo de caer en la cuenta de que llevamos dentro un Espíritu inmenso que hemos de liberar para descubrir el potencial de amor, fortaleza y prudencia que atesoramos. Que esta experiencia nos ayude a soportar mejor nuestros sufrimientos y fatigas por el Evangelio, siempre con la ayuda y el poder de Dios.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del Profeta Habacuc (1, 2-3; 2, 2-4)

¿Hasta cuándo clamaré, “Señor”, sin que me escuches? ¿Te gritaré:

«Violencia», sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me

muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan

contiendas? El Señor me respondió así: «Escribe la visión, grábala en

tablillas, de modo que se lea de corrido. La visión espera su momento, se

acerca su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin

retrasarse. El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su

fe.»

Salmo responsorial (94)

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. R.

Entrad, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía. R.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masa en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R.

Lectura de la segunda carta de san Pablo a Timoteo (1, 6-8. 13-14)

Querido hermano:

Reaviva el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque

Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía,

amor y buen juicio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor

y de mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio,

según la fuerza de Dios. Ten delante la visión que yo te di con mis

palabras sensatas y vive con fe y amor en Cristo Jesús. Guarda este

precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros.

Evangelio de Lucas 17, 5-10

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe.»

El Señor contestó: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a

esa morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar.» Y os obedecería.

Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor;

cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: «En seguida, ven y

ponte a la mesa»? ¿No le diréis: ‘Prepárame de cenar, cíñete y sírveme

mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú»? ¿Tenéis que

estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo

vosotros: cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos

pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.»

Acción de gracias

¡Qué fácil es clamar al cielo

clavando en él las dagas de la ira,

los improperios que brotan, cual mala hierba,

de nuestras frustraciones y estériles fatigas!

Pero el cielo lo aguanta todo;

y lo que a él se lanza con más fuerza se regresa,

aumentado, si cabe aún más,

el agrio sabor de la derrota

que adorna nuestro gris horizonte.

Hasta las más sacras palabras se tornan hiel

si son recitadas de memoria,

como frías jaculatorias aprendidas sin pasión

y vertidas sin caridad ni empatía

cuando el obligado silencio

se torna tan incómodo como indispensable

para la verdadera escucha.

¡Qué pequeña es nuestra fe, sin es que la tenemos!

Aramos de mañana, plantamos a medio día

y con nuestras impacientes manos

queremos cosechar antes que el sol se recueste,

porque tememos la noche con sus oscuros silencios.

Dios tiene sus tiempos

y no se deja manejar por la inmadura impaciencia

de sus traviesas criaturas.

Auméntanos la fe, Señor,

y enséñanos el gozo de la bendita rutina,

de ese rosario vital y misterioso

que mantiene firme la esperanza

y encendida sin descanso la llama de la caridad.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57