¿Qué ocurre cuando hacemos lo que tenemos que hacer para lograr hacer algo bueno, pero lejos de recoger el fruto todo nos sale al revés? Los fracasos son momentos de frustración y desaliento. No es esta una experiencia ajena a Dios. A lo largo de la historia de la humanidad Dios ha tenido que afrontar muchos fracasos en sus planes. En la biblia no son pocos los textos que aluden a esta ingratitud de la creación para con su Creador.
En este domingo se usa la imagen de la “viña”, que en la tradición bíblica representa al pueblo de Dios. Pero, aunque el símbolo de la viña es el mismo en la primera lectura y en el evangelio, se trata de relatos con sentidos diferentes: cuando Isaías escribió el texto que hoy escuchamos como primera lectura, el pueblo judío estaba a punto de afrontar una de sus mayores catástrofes por culpa del alejamiento de la Ley. Israel había devenido en un pueblo sin justicia social al olvidarse de los mandamientos, sobre todo de la ley del amor, que hacía que las personas fueran justas y rectas en sus acciones. Gran culpa de ello la tenían los políticos de aquella época, cuya obcecación había derivado en una profunda crisis que conduciría al pueblo al destierro en Babilonia. Isaías advirtió que Dios no podría seguir protegiendo una viña que, en lugar de dar el dulce fruto de la vid, producía la amargura de los agrazones. Esta no es una decisión parcial o caprichosa de Dios, y para que así conste pone como jueces a los mismos hombres, decidiendo retirar las protecciones para dejar la viña expuesta a los peligros.
Dejar una viña sin valla ni protección suponía en aquella época permitir que la naturaleza silvestre se adueñara de ella, desordenando lo cultivado por la mano del hombre y convirtiendo en un erial lo que era una tierra fértil. A veces, una buena pedagogía pasa por desproteger a quien se quiere educar cuando éste se cree con las fuerzas suficientes para rechazar los consejos y enseñanzas del educador. No se trata de abandonar al educando, sino de hacerle ver en toda su crudeza las consecuencias de actitudes inmaduras, caprichosas y prepotentes.
Por ejemplo, a la hora de educar a los hijos, a los alumnos, e incluso a los catecúmenos o miembros de un grupo del que se es catequista o acompañante, no hay más remedio que provocar un shock. No se trata de maltratar física ni psicológicamente, sino de dejar que el educando experimente por sí mismo las consecuencias de su obcecación, porque la experiencia (no la teoría) es la madre de la ciencia, y sólo experimentando seremos capaces de reconocer la verdad que nuestros padres o educadores nos tratan de transmitir. Es lógico que estas experiencias ocurran con más frecuencia en la infancia adulta, en la adolescencia y en la juventud, pero también en personas maduras que caen en la arrogancia y se creen con la capacidad de enseñar el propio maestro, de inventar sus propias reglas como si las leyes anteriores no existieran… en resumen, de pensar ingenuamente con la verdad empieza con ellos.En el evangelio de Mateo la comparación de la viña tiene un sentido diferente, tal vez porque las circunstancias históricas y el objetivo del evangelista también lo son. Mateo escribe su evangelio para que los judíos reconocieran en Jesús al Mesías esperado. En la comparación de Mateo, la viña no es culpable de la falta de fruto, sino que lo son unos labradores ávaros que pretenden quedarse con todas las ganancias. Mateo usa esta comparación de la viña porque era fácil de entender para las autoridades judías, jugando con el símbolo de los enviados del dueño (los profetas) y del propio hijo (Jesucristo); los enviados son apaleados y expulsados y el hijo es asesinado fuera de la viña (en alusión a la muerte que Jesús sufrió fuera de las murallas de Jerusalén), Mateo conecta así una vieja imagen bíblica con el mensaje evangélico de arrepentimiento y conversión para reconocer en Cristo al Hijo de Dios enviado al mundo para salvarnos. Su intención es pedir a los viñadores que den a Dios el fruto de su trabajo en la viña sin pretender apoderarse de la cosecha como ladrones.
En nuestra vida no son pocos los momentos en los que nos quedamos sin “defensas”. De repente nuestras murallas y protecciones caen y el mundo exterior irrumpe con toda su crudeza. Esto puede suceder porque alguien quita las protecciones para que comprendamos lo duro y cruel que es el mundo, o bien porque nosotros mismos las ponemos para que nadie entre, creyendo ingenuamente ser los únicos dueños de la viña que puede ser la familia, la empresa, la parroquia…etc. Jugamos con fuego y nos terminamos quemando; creemos que la viña es nuestra y que podemos hacer con ella lo que queramos; la consecuencia es siempre nefasta, tanto para nosotros como para los demás. En estos casos es tiempo de gritar como lo hace el salmo:
“¡Ven a visitar tu viña!, ¡Danos vida para invocar tu nombre! ¡Restáuranos, que brille tu rostro y nos salve!
Pablo nos pide, desde su animosa carta a los filipenses, que no nos cansemos de orar y suplicar con acción de gracias. Sólo quien pide, abre su corazón a Dios, cerrándolo al orgullo y a la soberbia. Pedir es la llave de la dicha; una puerta humilde pero necesaria para que la paz custodie nuestros corazones, como nos dice Pablo. El cristiano ha de tener en cuenta todo lo bueno del mundo, porque en el mundo no todo son agrazones. Si somos enviados al mundo es para ayudar a fomentar lo bueno y poner en práctica el evangelio que hemos aprendido. Si así lo hacemos, aunque la persecución trate de robarnos la paz, nuestro corazón estará seguro, porque Dios lo custodiará con muros de justicia y con vallas de rectitud. De esa forma nuestra viña, lejos de dar agrazones, dará dulces uvas con las que elaborar el vino de la alegría que tanto necesita el mundo.
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