Homilías

Domingo XXVII del tiempo ordinario (Ciclo A)

Homilía del Domingo XXVII del tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio: Mateo 21,33-43

¿Qué ocurre cuando hacemos lo que tenemos que hacer para lograr hacer algo bueno, pero lejos de recoger el fruto todo nos sale al revés? Los fracasos son momentos de frustración y desaliento. No es esta una experiencia ajena a Dios. A lo largo de la historia de la humanidad Dios ha tenido que afrontar muchos fracasos en sus planes. En la biblia no son pocos los textos que aluden a esta ingratitud de la creación para con su Creador.

En este domingo se usa la imagen de la “viña”, que en la tradición bíblica representa al pueblo de Dios. Pero, aunque el símbolo de la viña es el mismo en la primera lectura y en el evangelio, se trata de relatos con sentidos diferentes: cuando Isaías escribió el texto que hoy escuchamos como primera lectura, el pueblo judío estaba a punto de afrontar una de sus mayores catástrofes por culpa del alejamiento de la Ley. Israel había devenido en un pueblo sin justicia social al olvidarse de los mandamientos, sobre todo de la ley del amor, que hacía que las personas fueran justas y rectas en sus acciones. Gran culpa de ello la tenían los políticos de aquella época, cuya obcecación había derivado en una profunda crisis que conduciría al pueblo al destierro en Babilonia. Isaías advirtió que Dios no podría seguir protegiendo una viña que, en lugar de dar el dulce fruto de la vid, producía la amargura de los agrazones. Esta no es una decisión parcial o caprichosa de Dios, y para que así conste pone como jueces a los mismos hombres, decidiendo retirar las protecciones para dejar la viña expuesta a los peligros.

Dejar una viña sin valla ni protección suponía en aquella época permitir que la naturaleza silvestre se adueñara de ella, desordenando lo cultivado por la mano del hombre y convirtiendo en un erial lo que era una tierra fértil. A veces, una buena pedagogía pasa por desproteger a quien se quiere educar cuando éste se cree con las fuerzas suficientes para rechazar los consejos y enseñanzas del educador. No se trata de abandonar al educando, sino de hacerle ver en toda su crudeza las consecuencias de actitudes inmaduras, caprichosas y prepotentes.

Por ejemplo, a la hora de educar a los hijos, a los alumnos, e incluso a los catecúmenos o miembros de un grupo del que se es catequista o acompañante, no hay más remedio que provocar un shock. No se trata de maltratar física ni psicológicamente, sino de dejar que el educando experimente por sí mismo las consecuencias de su obcecación, porque la experiencia (no la teoría) es la madre de la ciencia, y sólo experimentando seremos capaces de reconocer la verdad que nuestros padres o educadores nos tratan de transmitir. Es lógico que estas experiencias ocurran con más frecuencia en la infancia adulta, en la adolescencia y en la juventud, pero también en personas maduras que caen en la arrogancia y se creen con la capacidad de enseñar el propio maestro, de inventar sus propias reglas como si las leyes anteriores no existieran… en resumen, de pensar ingenuamente con la verdad empieza con ellos.En el evangelio de Mateo la comparación de la viña tiene un sentido diferente, tal vez porque las circunstancias históricas y el objetivo del evangelista también lo son. Mateo escribe su evangelio para que los judíos reconocieran en Jesús al Mesías esperado. En la comparación de Mateo, la viña no es culpable de la falta de fruto, sino que lo son unos labradores ávaros que pretenden quedarse con todas las ganancias. Mateo usa esta comparación de la viña porque era fácil de entender para las autoridades judías, jugando con el símbolo de los enviados del dueño (los profetas) y del propio hijo (Jesucristo); los enviados son apaleados y expulsados y el hijo es asesinado fuera de la viña (en alusión a la muerte que Jesús sufrió fuera de las murallas de Jerusalén), Mateo conecta así una vieja imagen bíblica con el mensaje evangélico de arrepentimiento y conversión para reconocer en Cristo al Hijo de Dios enviado al mundo para salvarnos. Su intención es pedir a los viñadores que den a Dios el fruto de su trabajo en la viña sin pretender apoderarse de la cosecha como ladrones.

En nuestra vida no son pocos los momentos en los que nos quedamos sin “defensas”. De repente nuestras murallas y protecciones caen y el mundo exterior irrumpe con toda su crudeza. Esto puede suceder porque alguien quita las protecciones para que comprendamos lo duro y cruel que es el mundo, o bien porque nosotros mismos las ponemos para que nadie entre, creyendo ingenuamente ser los únicos dueños de la viña que puede ser la familia, la empresa, la parroquia…etc. Jugamos con fuego y nos terminamos quemando; creemos que la viña es nuestra y que podemos hacer con ella lo que queramos; la consecuencia es siempre nefasta, tanto para nosotros como para los demás. En estos casos es tiempo de gritar como lo hace el salmo:

“¡Ven a visitar tu viña!, ¡Danos vida para invocar tu nombre! ¡Restáuranos, que brille tu rostro y nos salve!

Pablo nos pide, desde su animosa carta a los filipenses, que no nos cansemos de orar y suplicar con acción de gracias. Sólo quien pide, abre su corazón a Dios, cerrándolo al orgullo y a la soberbia. Pedir es la llave de la dicha; una puerta humilde pero necesaria para que la paz custodie nuestros corazones, como nos dice Pablo. El cristiano ha de tener en cuenta todo lo bueno del mundo, porque en el mundo no todo son agrazones. Si somos enviados al mundo es para ayudar a fomentar lo bueno y poner en práctica el evangelio que hemos aprendido. Si así lo hacemos, aunque la persecución trate de robarnos la paz, nuestro corazón estará seguro, porque Dios lo custodiará con muros de justicia y con vallas de rectitud. De esa forma nuestra viña, lejos de dar agrazones, dará dulces uvas con las que elaborar el vino de la alegría que tanto necesita el mundo.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del profeta Isaías (5,1-7)

Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña.

Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó,

y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavó un

lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agrazones. Pues ahora,

habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sed jueces

entre mi viña y yo. ¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no

lo haya hecho? ¿Por qué, esperando que diera uvas, dio

agrazones? Pues ahora os diré a vosotros lo que voy a hacer con

mi viña: quitar su valla para que sirva de pasto, derruir su tapia

para que la pisoteen. La dejaré arrasada: no la podarán ni la

escardarán, crecerán zarzas y cardos; prohibiré a las nubes que

lluevan sobre ella.

La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los

hombres de Judá su plantel preferido. Esperó de ellos derecho, y

ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos.

Salmo responsorial: 79

La viña del Señor es la casa de Israel.

Sacaste una vid de Egipto,

expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste.

Extendió sus sarmientos hasta el mar,

y sus brotes hasta el Gran Río. R.

¿Por qué has derribado su cerca

para que la saqueen los viandantes,

la pisoteen los jabalíes y se la coman las alimañas? R.Dios de los ejércitos, vuélvete:

mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña,

la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa. R.

No nos alejaremos de ti:

danos vida, para que invoquemos tu nombre.

Señor, Dios de los ejércitos, restáuranos,

que brille tu rostro y nos salve. R.

Lectura de la carta a los Filipenses (4,6-9)

Hermanos: Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la

oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean

presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio,

custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo

Jesús. Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble,

justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito,

tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y

visteis en mí, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con

vosotros.

Evangelio de Mateo 21,33-43

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los

senadores del pueblo: “Escuchad otra parábola: Había un

propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en

ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos

labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia,

envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le

correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados,

apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de

nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos

lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán

respeto a mi hijo.” Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron:

“Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su

herencia.” Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo

mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará

con aquellos labradores?” Le contestaron: “Hará morir de mala

muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores,

que le entreguen los frutos a su tiempo.” Y Jesús les dice: “¿No

habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los

arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha

hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os

quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que

produzca sus frutos.”

Acción de gracias

¡Qué protegido me siento

entre tus manos de seda y terciopelo!

Al calor de tu mirada

me rodea un aura de ternura

y me acaricia un viento fresco.

Pero no puedo evitar pensar

lo que hay más allá de tu regazo:

el mundo que me grita con vehemencia

removiendo mis adentros,

retando mis manos y mis brazos

para que se tornen alas

que me alejen de tus manos.

Y al fin vuelo;

vuelo libre, pero solo,

en un espacio al que amputaste el cielo,

en una nada oscura y fría,

en una estéril lejanía.

Levantaste la valla que me protegía

para que me invadiera el mundo,

ese mundo que temía tanto como deseaba.

Ahora el deseo se me tornó hiel

y sólo anhelo regresarme a ti de nuevo,

a tus manos tan vacías por mi ausencia

como llenas de esperanza.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57