Homilías

Domingo XXVI del tiempo ordinario (Ciclo A)

Homilía del Domingo XXVI del tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio: Mateo 21,28-32

A veces, la Palabra de Dios es como una patada en la espinilla. Ni Ezequiel ni Jesús se andan con contemplaciones para proclamar la verdad en medio de un contexto religioso dominado por la hipocresía y las apariencias. La hipocresía es el peor de los pecados; no tiene cura porque el “enfermo” se niega a reconocer su mal. Es un pecado que contamina al alma generando una mirada que al centrarse en los demás se olvida revisarse a uno mismo.

Resulta fácil pensar en los escribas, fariseos, saduceos o doctores de la ley como personas que nada tienen que ver con nosotros; esto no deja de ser una trampa que destapa nuestra propia hipocresía. La Palabra de Dios debe ser aplicada primeramente a uno mismo y secundariamente a los demás. Si así lo hacemos, constataremos que a veces calificamos y etiquetamos con ligereza a los demás como falsos e hipócritas (lo sean o no) para no afrontar nuestras propias contradicciones e incongruencias.

Pensemos, por ejemplo, en una persona cuyo comportamiento nos parezca intolerable. ¿Creemos realmente que somos mejores que ella? De ser así posiblemente estemos cayendo en el mismo error que los escribas y fariseos cuando juzgaban según sus criterios a los publicanos y a las prostitutas. Sus razones eran lógicas y coherentes porque veían hechos objetivamente deplorables, pero no lo hacían tanto para descubrir y corregir el pecado ajeno cuanto para tapar y enmascarar el suyo.

Pecar no es tanto caer en tal o cual tentación (que también), cuanto negarse a reconocer que todos, incluido nosotros, somos también pecadores.

Para reconocer la propia debilidad hace falta mucha humildad; únicamente desde este presupuesto es posible una sincera conversión. La conversión no es la realización de grandes obras de piedad o devoción; convertirse es mirarse el corazón con sinceridad, para a través de su suciedad y negrura aprender a mirar a los demás; es la única forma de tener misericordia unos de otros, porque todos, absolutamente todos, estamos en el mismo saco.

Cuando tomamos conciencia de nuestra propia condición de pecadores, es cuando caemos en la cuenta de que no podemos hacer nada por nosotros mismos. Convertirse es rendirse ante nuestra propia debilidad sin renunciar a la lucha, pero haciendo de Dios y su gracia nuestra fortaleza. El creyente auténtico no se rinde ante el mal, sino ante el Dios de la misericordia, capaz de hacer en nosotros lo que más nos conviene.

Sin duda hay momentos en la vida donde este proceso de conversión irrumpe de forma evidente; no son muchos, pero cuando llegan no conviene rehuirlos. Se trata de “encrucijadas” donde es necesario estar bien orientados y saber elegir la senda correcta.Muchas prostitutas y publicanos supieron elegir bien el camino porque tuvieron dos grandes ayudas: la primera fue la presencia de profetas que les indicaban la dirección adecuada sin juzgarles de antemano; la segunda es la humildad suficiente para reconocer el error y rectificar a tiempo.

En cambio, ni los jerarcas en tiempos de Ezequiel ni los escribas y fariseos en tiempos de Jesús tuvieron la suficiente humildad para incluirse en el grupo de los necesitados de salvación. Muchas veces nos asaltan pensamientos tales como: “¿Cómo puede pasarme esto a mí?”, o “no sabes quien soy yo”, o “¿Quien se ha creído que es?”… Son alarmas que delatan un estado engreído del alma. No importa si quien se enfrenta a nosotros actúa bien o mal, lleva razón o no; ese no es el tema. Se trata de ser capaces de reaccionar con humildad ante la crítica de los demás, porque siempre suele haber algo de verdad en las correcciones que recibimos, por pequeñas que sean. Curiosamente esta parte de verdad es directamente proporcional a la rabia que emerge cuando nuestra autoestima se ve afectada.

San Pablo nos invita a tener los mismos sentimientos de Cristo, quien teniendo motivos suficientes para dejarnos a todos por imposibles, soportó hasta el final nuestras bravuconadas y prepotencias para hacernos ver de forma inequívoca, en la cruz, lo equivocados que estábamos. Tener los mismos sentimientos de Cristo es optar por la misericordia y la humildad; tratar de dejar de ser el centro para poner en él a Dios y al prójimo. Todo un camino que bien podemos comenzar hoy caminando detrás de los publicanos y prostitutas del siglo XXI; porque ellos nos siguen llevando la ventaja en el reino de los cielos. No temamos seguir este camino porque tras la fachada de pecadores públicos se suelen esconder personas llenas de humanidad y de infinidad de valores olvidados para nosotros; personas que esperan ser tratadas con dignidad, aguardando una palabra amiga que no les juzgue, sino que les trate como el Señor lo haría, caminando con ellos bajo la luz de la misericordia y el perdón.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del profeta Ezequiel (18,25-28)

Así dice el Señor: “Comentáis: “No es justo el proceder del Señor.”

Escuchad, casa de Israel: ¿es injusto mi proceder?, ¿o no es

vuestro proceder el que es injusto? Cuando el justo se aparta de su

justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que

cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y

practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si

recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente

vivirá y no morirá.”

Salmo responsorial: 24

Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas:

haz que camine con lealtad; enséñame,

porque tú eres mi Dios y Salvador,

y todo el día te estoy esperando. R.

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas;

no te acuerdes de los pecados

ni de las maldades de mi juventud;

acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. R.

El Señor es bueno y es recto,

y enseña el camino a los pecadores;

hace caminar a los humildes con rectitud,

enseña su camino a los humildes. R.

Lectura de la carta a los Filipenses (2,1-11)

Hermanos: Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con

vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas

compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y

concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por

rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y

considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en

vuestros intereses, sino buscad todo el interés de los demás. Tened

entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús.

Evangelio de Mateo 21,28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los

ancianos del pueblo: “¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos.

Se acerco al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.”

Él le contestó: “No quiero.” Pero después recapacitó y fue. Se acercó

al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor.” Pero no

fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?” Contestaron:

“El primero.” Jesús les dijo: “Os aseguro que los publicanos y las

prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios.

Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia,

y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le

creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis

ni le creísteis.”

Acción de gracias

Cuando digo “¡Voy!” nunca me llego.

Lleno mi aljaba de palabras mustias

como flores olvidadas

sobre las erosionadas tumbas

huérfanas de rezos

y desnudas de plegarias.

Lleno a rebosar mi saco

de promesas abortadas,

de luces que deslumbran y mueren

en la orilla de la nada.

Vivo asido a mis diplomas y medallas;

soy un libro, pesado y grueso

con las páginas en blanco

y un águila de alas amputadas

clavada cruelmente en la portada.

Cuando no quiero ir, termino yendo,

dejándome llevar por el destino

que anuda con dulzura en mis adentros

la callada obediencia del orgullo herido.

Herido está mi pecho, despojado de medallas

y cubierto de besos de pan y vino.

Mi fracaso es una hoja del otoño

que emprende de la copa al suelo su camino;

un vacío en el que siempre hay sitio

para que entre como amigo el peregrino.

Él llenará mi nada con su todo

y hará de mi yerma esperanza

un fértil huerto cubierto de rocío.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57