A veces, la Palabra de Dios es como una patada en la espinilla. Ni Ezequiel ni Jesús se andan con contemplaciones para proclamar la verdad en medio de un contexto religioso dominado por la hipocresía y las apariencias. La hipocresía es el peor de los pecados; no tiene cura porque el “enfermo” se niega a reconocer su mal. Es un pecado que contamina al alma generando una mirada que al centrarse en los demás se olvida revisarse a uno mismo.
Resulta fácil pensar en los escribas, fariseos, saduceos o doctores de la ley como personas que nada tienen que ver con nosotros; esto no deja de ser una trampa que destapa nuestra propia hipocresía. La Palabra de Dios debe ser aplicada primeramente a uno mismo y secundariamente a los demás. Si así lo hacemos, constataremos que a veces calificamos y etiquetamos con ligereza a los demás como falsos e hipócritas (lo sean o no) para no afrontar nuestras propias contradicciones e incongruencias.
Pensemos, por ejemplo, en una persona cuyo comportamiento nos parezca intolerable. ¿Creemos realmente que somos mejores que ella? De ser así posiblemente estemos cayendo en el mismo error que los escribas y fariseos cuando juzgaban según sus criterios a los publicanos y a las prostitutas. Sus razones eran lógicas y coherentes porque veían hechos objetivamente deplorables, pero no lo hacían tanto para descubrir y corregir el pecado ajeno cuanto para tapar y enmascarar el suyo.
Pecar no es tanto caer en tal o cual tentación (que también), cuanto negarse a reconocer que todos, incluido nosotros, somos también pecadores.
Para reconocer la propia debilidad hace falta mucha humildad; únicamente desde este presupuesto es posible una sincera conversión. La conversión no es la realización de grandes obras de piedad o devoción; convertirse es mirarse el corazón con sinceridad, para a través de su suciedad y negrura aprender a mirar a los demás; es la única forma de tener misericordia unos de otros, porque todos, absolutamente todos, estamos en el mismo saco.
Cuando tomamos conciencia de nuestra propia condición de pecadores, es cuando caemos en la cuenta de que no podemos hacer nada por nosotros mismos. Convertirse es rendirse ante nuestra propia debilidad sin renunciar a la lucha, pero haciendo de Dios y su gracia nuestra fortaleza. El creyente auténtico no se rinde ante el mal, sino ante el Dios de la misericordia, capaz de hacer en nosotros lo que más nos conviene.
Sin duda hay momentos en la vida donde este proceso de conversión irrumpe de forma evidente; no son muchos, pero cuando llegan no conviene rehuirlos. Se trata de “encrucijadas” donde es necesario estar bien orientados y saber elegir la senda correcta.Muchas prostitutas y publicanos supieron elegir bien el camino porque tuvieron dos grandes ayudas: la primera fue la presencia de profetas que les indicaban la dirección adecuada sin juzgarles de antemano; la segunda es la humildad suficiente para reconocer el error y rectificar a tiempo.
En cambio, ni los jerarcas en tiempos de Ezequiel ni los escribas y fariseos en tiempos de Jesús tuvieron la suficiente humildad para incluirse en el grupo de los necesitados de salvación. Muchas veces nos asaltan pensamientos tales como: “¿Cómo puede pasarme esto a mí?”, o “no sabes quien soy yo”, o “¿Quien se ha creído que es?”… Son alarmas que delatan un estado engreído del alma. No importa si quien se enfrenta a nosotros actúa bien o mal, lleva razón o no; ese no es el tema. Se trata de ser capaces de reaccionar con humildad ante la crítica de los demás, porque siempre suele haber algo de verdad en las correcciones que recibimos, por pequeñas que sean. Curiosamente esta parte de verdad es directamente proporcional a la rabia que emerge cuando nuestra autoestima se ve afectada.
San Pablo nos invita a tener los mismos sentimientos de Cristo, quien teniendo motivos suficientes para dejarnos a todos por imposibles, soportó hasta el final nuestras bravuconadas y prepotencias para hacernos ver de forma inequívoca, en la cruz, lo equivocados que estábamos. Tener los mismos sentimientos de Cristo es optar por la misericordia y la humildad; tratar de dejar de ser el centro para poner en él a Dios y al prójimo. Todo un camino que bien podemos comenzar hoy caminando detrás de los publicanos y prostitutas del siglo XXI; porque ellos nos siguen llevando la ventaja en el reino de los cielos. No temamos seguir este camino porque tras la fachada de pecadores públicos se suelen esconder personas llenas de humanidad y de infinidad de valores olvidados para nosotros; personas que esperan ser tratadas con dignidad, aguardando una palabra amiga que no les juzgue, sino que les trate como el Señor lo haría, caminando con ellos bajo la luz de la misericordia y el perdón.
Documento de la semana
Lecturas, homilía y oraciones para leer, imprimir o compartir · 334,8 KB