Cuentan que en la cola del juicio final se produjo tal atasco que Dios no tuvo más remedio que movilizar a todos los ángeles porque la fila no avanzaba y los que iban a ser juzgados comenzaban a perder los nervios ante aquella desorganización. Cuando los ángeles llegaron a la sala del juicio se encontraron con que Dios se había ausentado por unos momentos, dejando en su lugar a san Pedro, quien estaba absolutamente desbordado, paralizado y sin saber qué hacer. Pedro estaba sentado ante una mesa; sobre la mesa, a un lado, había unas biblias, mientras que al otro lado un habían amontonado un buen fajo de billetes. Interesándose los ángeles sobre lo que ocurría, Pedro contestó que como él no tenía el poder suficiente para condenar o salvar a los hombres, Dios le había pedido que mandara al cielo a aquellos que cogieran una biblia y al infierno a los que optaran por el dinero. La cosa parecía sencilla hasta que se presentó un señor distinguido. Este hombre, tomando primero una biblia, la había abierto por diferentes textos, intercalando en cada texto un billete cogido del otro extremo de la mesa hasta completar un buen fajo. Según la razonada explicación de aquel devoto hombre, los billetes eran meros marcadores de los textos más importantes para él.
Los ángeles también quedaron profundamente aturdidos por aquel cúmulo de devoción tan pragmática. Para poner orden, optaron por apaciguar a los que aguardaban su juicio en la cola, esperando que el buen Dios pudiera escrutar el corazón de este señor y desatascar el embotellamiento. Al poco tiempo llegó Dios y mirando con una sonrisa pícara a Pedro y a los ángeles le dijo: “¡Qué! ¿Ya se os ha intentado colar en el cielo otro monseñor de una curia?”
Dios y dinero no hacen buenas migas. Lucas es el más radical en este tema; para él, el dinero es malo en esencia y, por tanto, algo con lo que hay que evitar enredarse. La dureza de esta Palabra choca con nuestras organizaciones humanas, en las que el dinero juega un papel fundamental. Ciertamente la organización económica actual no tiene nada que ver con la de los tiempos bíblicos, pero una cosa sigue siendo cierta: cambian las formas y los métodos, pero el engaño, la injusticia o sencillamente el robo se sigue produciendo año tras año y siglo tras siglo, alimentado por la avaricia y la codicia, que son sentimientos universales y, por lo visto, casi imposibles de erradicar.
Basta con echar una mirada al mundo para contemplar las consecuencias de esta dinámica diabólica: En el tiempo en el que se lea o se escuche esta homilía se contarán por miles las personas muertas en el mundo por causa de las diferentes injusticias. A la raíz de estas injusticias están las organizaciones económicas que han forjado un entramado de muerte casi imposible de deshacer. Nosotros, todos nosotros, somos cómplices de ese entramado, bien con nuestro silencio o indiferencia o bien a través de nuestra participación directa a través de la acumulación de aquello que realmente no nos es necesario para vivir dignamente.¿Realmente no hay nada que nos sobre? ¿Es más importante eso que tenemos atesorado que la vida de tantos seres humanos que serían salvadas si pusiéramos lo que nos sobra y nuestros dones al servicio de los más pobres? ¿Qué estamos haciendo para corregir esta dinámica de muerte?
Tal vez la posibilidad de perder la vida, bien aquí o bien en la eternidad, nos lleve a ser tan astutos como el administrador de la parábola del evangelio de hoy. Conviene aclarar el sentido de ésta para no llevarnos a engaño y creer que Jesús está justificando el robo o la pícara astucia de los malvados. Se trata justamente de lo contrario.
Veamos: en la época de Jesús, los administradores eran siervos o esclavos; no tenían sueldo y su manutención corría a cuenta de sus señores; todo lo que ganaban no era para ellos, sino que pertenecía a la casa que les había dado una capacitación y un trabajo; es decir, se debían a su señor. La avaricia llevaba a estos administradores a llevar una doble contabilidad que consistía en cobrar una comisión a los clientes, comisión que quedaba íntegramente como beneficio propio y que, por tanto, no redundaba en beneficio de su señor. Es decir, si un cliente debía 50, los administradores cobraban 100, quedándose ellos con 50 y entregando “lo justo” a su señor. La ganancia de los administradores es lo que Lucas llama el “injusto dinero” porque estaba forjado desde la avaricia, el robo y la injusticia de unas relaciones económicas opresoras.
Esto es lo que llevó a la Iglesia durante siglos a condenar la usura (incluidos los préstamos con interés) como uno de los pecados más graves. Mucho han cambiado las cosas desde entonces; muchos billetes hemos metido en las biblias como pretexto para marcar los textos que consideramos más importantes.
¿Qué hace el administrador injusto cuando es descubierto? Al saber que se va a quedar en la calle decide reconciliarse con los clientes dejando de cobrar su comisión; es decir, renuncia al “dinero injusto” y cobra lo acordado con su señor (lo justo), de donde su señor pagaba sus gastos y su manutención; es decir, lo suficiente para que llevara una vida digna bajo la protección de su casa. Esa actitud astuta es la que Jesús pone como ejemplo porque nosotros no somos más que administradores, no dueños; somos siervos al servicio de nuestro único Señor que confía en nosotros, nos acepta en su casa, nos capacita y envía para que trabajemos en su nombre.
El comportamiento injusto genera injusticia, dolor, sufrimiento y muerte. Nosotros somo cómplices de él cuando no nos conformamos con lo suficiente para llevar una vida digna, envidiando a nuestro “señor” y queriendo ser como él o más que él (en el fondo es una expresión del pecado original: ser dioses). Pretendemos vivir como él, pero sin aceptar que nuestra condición no es más que la de criaturas y no creadores.
No asumimos tampoco que, lejos de estar oprimidos por nuestro Creador, somos hechos sus hijos, depositarios de una confianza que traicionamos al adueñarnos de lo que no es nuestro, no sólo del dinero (que es la consecuencia artificial de nuestros dones) sino de la salud, la fuerza, la juventud, la inteligencia, las habilidades que adornan nuestra vida…etc. Todo lo hemos recibido de Dios para el bien de la humanidad, no para nuestro propio beneficio. Todo es para los demás, no para nosotros mismos.
Por desgracia las leyes de la economía mundial están en las antípodas de este planteamiento y la Iglesia no es lo suficientemente libre para alzar la voz contra esta espiral de muerte. Aunque tal vez la posibilidad de quedarnos en la calle al tener que pagar cifras millonarias por los pecados cometidos o la realidad de una administración eclesial insostenible porque nuestros mayores van muriendo y no hay jóvenes que colaboren y mantengan nuestra “multinacional”, devuelva a la Iglesia a la realidad de los pesebres, cenáculos, cruces y tumbas de donde ha de salir resucitada, desnuda de apoyos mundanos, libre y embellecida únicamente con la gracia de Dios.
Preguntémonos si nuestra vida se ha adueñado de lo que hemos amasado con dones que no nos pertenecen o si los demás son los que disfrutan de nuestro trabajo, beneficiándonos también nosotros de la amistad de aquellos a los que, lejos de explotar, ofrecemos nuestros dones más hermosos.
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