El final de una época de crisis y sufrimiento puede convertirse en una gran oportunidad para encontrarse con Dios. Cuando nos sumergimos en la tormenta provocada por cualquier mal suelen asaltarnos las preguntas sobre el sentido de nuestra vida; es posible que en los momentos duros nuestra religiosidad aflore, aunque la inmediatez del padecimiento no nos ponga fácil vivir la fe con serenidad. Y es que en la crisis la vida se convierte en un ir y venir de emociones, la mayoría de las veces incontenibles y desnortadas. En esos momentos hay que recordar el consejo de san Ignacio: “en tiempo de desolación no hacer mudanza”. Pero la tempestad siempre pasa, y llega el tiempo de poner orden dentro y fuera de nuestra desordenada “casa”, de rehacer la vida y reorganizar el corazón.
Isaías se aferra a este momento solicitando del pueblo de Dios una reflexión profunda tras el destierro. Esto es a lo que hoy llamamos una “lectura creyente de la realidad”. Los judíos que vuelven a su tierra han de refundar su nación. Ya nada será lo mismo; la humillación sufrida en tierra extraña cambiará la vida del pueblo judío para siempre; pero ese cambio no tiene por qué ser negativo; al contrario, bien mirado debe ser una oportunidad para purificar y asegurar la propia fe. Isaias pide una vuelta al Señor, una conversión profunda a los caminos de Dios, que no suelen coincidir prácticamente nunca con los nuestros. También a esto le llamamos ahora “conversión pastoral”. Precisamente el Sínodo nos está pidiendo comenzar todos los procesos de renovación eclesial por la conversión, tanto personal, como relacional y de las estructuras. No se trata de cambiar por necesidad práctica o funcional, sino porque el cambio forma parte esencial de nuestra espiritualidad. Esto es lo que significa la conversión.
Nos movemos en la vida de forma superficial. Incluso a la hora de vivir nuestra fe lo hacemos de una forma muy primitiva. Es posible que muchos cristianos vivan todavía en el antiguo testamento y no hayan descubierto la eterna novedad del Evangelio. Es muy fácil caer en la desesperanza cuando nuestros planes y proyectos fracasan, sin darnos cuenta de que esos fracasos son necesarios para asumir mejor los planes de Dios. Pablo escribe su carta a los filipenses desde el fracaso de la cárcel; sin embargo, no le vemos derrotado; al contrario, Pablo está lleno de esperanza y ánimo, dispuesto a aceptarlo todo. No vive resignado, sino sumergido de lleno en el misterio de los designios de Dios; todo lo vive con paz. Pablo no sabe lo que le vendrá tras la cárcel; quizá la muerte; pero no le importa porque tiene razones para afrontar lo que venga. Si muere mártir, por fin verá cumplido su sueño de estar con Cristo en la eternidad; y si permanece en este mundo, seguirá trabajando por el bien de la Iglesia y por el anuncio del Evangelio. Pase lo que pase lo asume. Pablo busca así siempre lo positivo de cualquier situación, sin quedarse en la queja ni en la miopía espiritual de mirar únicamente el fracaso, pues toda cruz es el inicio de una resurrección.
Jesús nos sumerge en estos caminos incomprensibles y desconcertantes de Dios a través de la parábola de los trabajadores contratados en la viña. La viña es en la tradición bíblica un símbolo del pueblo de Dios; en esa viña nadie trabaja por su cuenta, sino que todos son llamados a diferentes horas y en diferentes circunstancias. Mateo trata de hacer ver en la parábola que los llamados desde el principio (un símbolo del pueblo de Israel) son los únicos a los que se les ajusta un jornal (un denario o moneda de planta, que era lo que una familia necesitaba para poder subsistir un único día). Curiosamente éstos son los únicos que se quejan al final de la jornada por la presunta injusticia del dueño al pagar lo mismo a los que se incorporaron a última hora.
Al final de un día de trabajo, como al final de un periodo de esfuerzo y sacrificio, es posible que la alegría por lo realizado quede empañada por nuestra miopía espiritual al no ver más que lo que creemos debe ser nuestra recompensa. Porque quien trabaja sólo por el peculio nunca terminará de estar satisfecho; pero quien lo hace como una prolongación de su vida, en respuesta a una llamada, convierte el trabajo no en algo ajeno a su vida, sino en parte esencial de la misma.
Cuando no se mira con agradecimiento el salario apalabrado, sino el salario que reciben los demás, se están diciendo muchas cosas; quizá más que estar centrados en lo que teníamos que hacer, hemos estado pendientes de lo que hacían los demás, de la hora en que llegaban y del tiempo o la forma en que trabajaban. De esta manera la justicia nos parece injusticia y la bondad y misericordia de Dios un agravio. El que se mueve por lo “racional” de este mundo suele confundir la generosidad con la injusticia y la misericordia con la parcialidad. Al igual que en las veces en que hay que perdonar, Jesús nos revela así que ni las matemáticas ni la economía de Dios son las nuestras, gracias a Dios, nunca mejor dicho.
En nuestras comunidades es posible que nosotros también vivamos más centrados en lo que hacen los demás que en gozar del ejercicio de nuestra vocación. De ser así, la Palabra de Dios nos pide en este domingo una revisión de nuestra vida a través de una auténtica conversión. Muchos de los “destierros” y sufrimientos que padecemos en la vida se ven acentuados porque no los afrontamos con paz y serenidad; tenemos una boca muy grande para la queja y la exigencia de nuestros derechos, pero esa boca se torna pequeña para el agradecimiento y la alegría por el bien de los demás.
Cambiemos de vida y demos gracias por ser llamados a trabajar en la viña del Señor. No importa si se ha empezado antes o después; lo importante es ser llamados y tener la seguridad de que pase lo que pase, se trabaje lo que se trabaje, Dios siempre nos dará lo que necesitamos para vivir con el pan de cada día. Querer más destierra de nosotros el trabajo, nos divorcia de las labores creativas y creadoras y convierte esta hermosa actividad humana en motivo de disputa en lugar de un espacio de encuentro fraterno.
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