Homilías

Domingo XXV del tiempo ordinario (Ciclo A)

Homilía del Domingo XXV del tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio: Mateo 20,1-16

El final de una época de crisis y sufrimiento puede convertirse en una gran oportunidad para encontrarse con Dios. Cuando nos sumergimos en la tormenta provocada por cualquier mal suelen asaltarnos las preguntas sobre el sentido de nuestra vida; es posible que en los momentos duros nuestra religiosidad aflore, aunque la inmediatez del padecimiento no nos ponga fácil vivir la fe con serenidad. Y es que en la crisis la vida se convierte en un ir y venir de emociones, la mayoría de las veces incontenibles y desnortadas. En esos momentos hay que recordar el consejo de san Ignacio: “en tiempo de desolación no hacer mudanza”. Pero la tempestad siempre pasa, y llega el tiempo de poner orden dentro y fuera de nuestra desordenada “casa”, de rehacer la vida y reorganizar el corazón.

Isaías se aferra a este momento solicitando del pueblo de Dios una reflexión profunda tras el destierro. Esto es a lo que hoy llamamos una “lectura creyente de la realidad”. Los judíos que vuelven a su tierra han de refundar su nación. Ya nada será lo mismo; la humillación sufrida en tierra extraña cambiará la vida del pueblo judío para siempre; pero ese cambio no tiene por qué ser negativo; al contrario, bien mirado debe ser una oportunidad para purificar y asegurar la propia fe. Isaias pide una vuelta al Señor, una conversión profunda a los caminos de Dios, que no suelen coincidir prácticamente nunca con los nuestros. También a esto le llamamos ahora “conversión pastoral”. Precisamente el Sínodo nos está pidiendo comenzar todos los procesos de renovación eclesial por la conversión, tanto personal, como relacional y de las estructuras. No se trata de cambiar por necesidad práctica o funcional, sino porque el cambio forma parte esencial de nuestra espiritualidad. Esto es lo que significa la conversión.

Nos movemos en la vida de forma superficial. Incluso a la hora de vivir nuestra fe lo hacemos de una forma muy primitiva. Es posible que muchos cristianos vivan todavía en el antiguo testamento y no hayan descubierto la eterna novedad del Evangelio. Es muy fácil caer en la desesperanza cuando nuestros planes y proyectos fracasan, sin darnos cuenta de que esos fracasos son necesarios para asumir mejor los planes de Dios. Pablo escribe su carta a los filipenses desde el fracaso de la cárcel; sin embargo, no le vemos derrotado; al contrario, Pablo está lleno de esperanza y ánimo, dispuesto a aceptarlo todo. No vive resignado, sino sumergido de lleno en el misterio de los designios de Dios; todo lo vive con paz. Pablo no sabe lo que le vendrá tras la cárcel; quizá la muerte; pero no le importa porque tiene razones para afrontar lo que venga. Si muere mártir, por fin verá cumplido su sueño de estar con Cristo en la eternidad; y si permanece en este mundo, seguirá trabajando por el bien de la Iglesia y por el anuncio del Evangelio. Pase lo que pase lo asume. Pablo busca así siempre lo positivo de cualquier situación, sin quedarse en la queja ni en la miopía espiritual de mirar únicamente el fracaso, pues toda cruz es el inicio de una resurrección.

Jesús nos sumerge en estos caminos incomprensibles y desconcertantes de Dios a través de la parábola de los trabajadores contratados en la viña. La viña es en la tradición bíblica un símbolo del pueblo de Dios; en esa viña nadie trabaja por su cuenta, sino que todos son llamados a diferentes horas y en diferentes circunstancias. Mateo trata de hacer ver en la parábola que los llamados desde el principio (un símbolo del pueblo de Israel) son los únicos a los que se les ajusta un jornal (un denario o moneda de planta, que era lo que una familia necesitaba para poder subsistir un único día). Curiosamente éstos son los únicos que se quejan al final de la jornada por la presunta injusticia del dueño al pagar lo mismo a los que se incorporaron a última hora.

Al final de un día de trabajo, como al final de un periodo de esfuerzo y sacrificio, es posible que la alegría por lo realizado quede empañada por nuestra miopía espiritual al no ver más que lo que creemos debe ser nuestra recompensa. Porque quien trabaja sólo por el peculio nunca terminará de estar satisfecho; pero quien lo hace como una prolongación de su vida, en respuesta a una llamada, convierte el trabajo no en algo ajeno a su vida, sino en parte esencial de la misma.

Cuando no se mira con agradecimiento el salario apalabrado, sino el salario que reciben los demás, se están diciendo muchas cosas; quizá más que estar centrados en lo que teníamos que hacer, hemos estado pendientes de lo que hacían los demás, de la hora en que llegaban y del tiempo o la forma en que trabajaban. De esta manera la justicia nos parece injusticia y la bondad y misericordia de Dios un agravio. El que se mueve por lo “racional” de este mundo suele confundir la generosidad con la injusticia y la misericordia con la parcialidad. Al igual que en las veces en que hay que perdonar, Jesús nos revela así que ni las matemáticas ni la economía de Dios son las nuestras, gracias a Dios, nunca mejor dicho.

En nuestras comunidades es posible que nosotros también vivamos más centrados en lo que hacen los demás que en gozar del ejercicio de nuestra vocación. De ser así, la Palabra de Dios nos pide en este domingo una revisión de nuestra vida a través de una auténtica conversión. Muchos de los “destierros” y sufrimientos que padecemos en la vida se ven acentuados porque no los afrontamos con paz y serenidad; tenemos una boca muy grande para la queja y la exigencia de nuestros derechos, pero esa boca se torna pequeña para el agradecimiento y la alegría por el bien de los demás.

Cambiemos de vida y demos gracias por ser llamados a trabajar en la viña del Señor. No importa si se ha empezado antes o después; lo importante es ser llamados y tener la seguridad de que pase lo que pase, se trabaje lo que se trabaje, Dios siempre nos dará lo que necesitamos para vivir con el pan de cada día. Querer más destierra de nosotros el trabajo, nos divorcia de las labores creativas y creadoras y convierte esta hermosa actividad humana en motivo de disputa en lugar de un espacio de encuentro fraterno.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del profeta Isaías (55,6-9)

Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está

cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus

planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios que

es rico en perdón. Mis planes no son vuestros planes, vuestros

caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo es

más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros,

mis planes, que vuestros planes.

Salmo responsorial: 144

Cerca está el Señor de los que lo invocan.

Día tras día, te bendeciré

y alabaré tu nombre por siempre jamás.

Grande es el Señor, merece toda alabanza,

es incalculable su grandeza. R.

El Señor es clemente y misericordioso,

lento a la cólera y rico en piedad;

el Señor es bueno con todos,

es cariñoso con todas sus criaturas. R.

El Señor es justo en todos sus caminos,

es bondadoso en todas sus acciones;

cerca está el Señor de los que lo invocan,

de los que lo invocan sinceramente. R.

Lectura de la carta a los Filipenses (1,20c-24.27ª)

Hermanos: Cristo será glorificado abiertamente en mi cuerpo, sea

por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo, y una

ganancia el morir. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone

trabajo fructífero, no sé qué escoger. Me encuentro en ese dilema:

por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho

lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más

necesario para vosotros. Lo importante es que vosotros llevéis una

vida digna del Evangelio de Cristo.

Evangelio de Mateo 20,1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “El

reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió

a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos

en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a

media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y

les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos

fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo

mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:

“¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le

respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también

vosotros a mi viña.” Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al

capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por

los últimos y acabando por los primeros.” Vinieron los del atardecer

y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros,

pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un

denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo:

“Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual

que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el

bochorno.” Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna

injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete.

Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad

para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia

porque yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los

primeros los últimos.”

Acción de gracias

Tarde me llamaste, tarde,

en el ocaso del día,

en la agonía del jornal,

cuando el sudor de la briega

se torna blanco y salobre sello

y las rodillas y brazos del obrero

se doblegan en humilde alabanza,

exhaustas por el peso de la faena.

No dudé en seguir tu llamada

aunque mis aletargadas manos

no pudieran más que acariciar

la liviana carga de un último gemido.

Tarde me llegó tu voz,

pronta me llego tu paga,

como un beso inesperado

que la noche me tenía escondido

tras la espesa negrura de su manto.

Era mi vida una espera pasiva,

puro cansancio huérfano de anhelos,

cuando me hallaste sentado y mustio

y me pediste a ir a tu mies.

Me enseñaste a hacer camino

cuando se quiebran las humanas sendas;

a esperar que, cuando mi esperanza muera,

amanezca la tuya, siempre nueva,

convocándome a bregar contigo

en la inagotable siembra

o en la esperanzada siega.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57