El tema de la relación entre religión y política ha sido y es siempre un tema conflictivo. El hecho de que todo lo que el ser humano haga (incluso si opta por no hacer nada), sea siempre un hecho político, hace inevitable que, aunque se sigan caminos separados, religión y política tengan que encontrarse con frecuencia. En la historia de la humanidad y prácticamente en todas las épocas, culturas y civilizaciones, hemos tenido buenas y malas experiencias en este sentido. Por ejemplo, en la primera lectura, los judíos interpretan la tolerancia y bondad del rey Ciro (que era persa y por tanto un pagano), como una bendición de Dios. Isaías llega a afirmar que Ciro es “ungido” de Dios, es decir, algo así como un mesías liberador a pesar de no conocer a Yahvé. Esta es una clara muestra de que no toda la historia veterotestamentaria está repleta de sangre, violencia o luchas, sino también de guiños incipientes a lo que después, con Cristo, adquirirá carta de ciudadanía: el amor como única fuente de cualquier religión que aspire a ser camino orientado a la Verdad. El poder de Dios puede revelarse incluso a través de un rey que no forma parte de su pueblo. De esta forma, Isaías incluye los poderes de este mundo bajo el gran poder del único Dios.
Pero, ¿Qué ocurre cuando el gobernante es malo? ¿Qué ocurre cuando hay leyes injustas que oprimen y hacen daño? Bien podría ser este el contexto en el que le tienden una trampa a Jesús en el evangelio de hoy. El imperio romano tenía sometido a los judíos; en aquel contexto, pagar al emperador de los invasores era una traición a la patria y un acto de sumisión a los opresores; suponía al mismo tiempo legitimar y reconocer al emperador como dios, como reflejaba la moneda que llevaba grabado su rostro, lo cual suponía un sacrilegio para un buen judío. Pero esto parecía importar poco a los judíos ricos, a los saduceos y a los miembros del partido de Herodes, a quienes la religión sólo les servía de pretexto para mantener sus privilegios. Frente a ellos se suponía que estaban los fariseos, máximos exponentes del nacionalismo anti colaboracionista. No obstante, la inquina que tienen contra Jesús les llevó a tramar un complot contra él sin importarles usar la efigie e inscripción sacrílega del césar, haciéndose así cómplices de aquello que se suponía detestaban. Jesús es una víctima más de esta atmósfera polarizada hasta el extremo. Como un ciudadano más, debía situarse políticamente. Lo injusto es la manera en que le obligan a responder con la pregunta capciosa que le hacen, pues respondiera lo que respondiera siempre estaría haciendo algo incorrecto, ya fuera negando a Dios al reconocer la divinidad del césar o situándose en contra de los poderes políticos que regían la sociedad de su época.
Esta es también nuestra tragedia, pues con frecuencia nos vemos abocados a vivir aprisionados en dilemas tramposos que tienden a polarizarnos, obligándonos a elegir entre opciones excluyentes, sin posibilidad de aclarar las opciones poniéndolas en su sitio, que es lo hace Jesús. Dicho de otra forma: Jesús nos enseña a no negar la legitimidad política (ni la del césar), pero poniéndola en su sitio, que es bajo la suprema autoridad del único Dios.Cristo no responde a la pregunta tal y como le es formulada, porque además de esconder una trampa, lo que le interesa es desenmascarar el motivo que late en el fondo de la misma. ¿Por qué hay que negar la autonomía política del mundo para afirmar la soberanía de Dios? O ¿Por qué la política ha de prescindir de toda referencia a Dios para terminar deificando o sacralizando lo que es puramente humano? Entregarle a Dios la propia vida no supone atentar contra los “césares” de este mundo; ni entregarse a la noble tarea del bien común y la justicia social (hacer política) supone necesariamente negar a Dios, aunque veamos con demasiada facilidad como el poder “endiosa” a los que lo ostentan. Es evidente que la polarización lleva a que los poderes sagrados que dicen actuar “en nombre de Dios” deriven en teocracias que oprimen la libertad humana hasta anularla. También es cierto que hay regímenes políticos que tienden a constituirse en estructuras absolutistas de corte pseudo-religioso que sólo favorecen el fanatismo. Contra todos estos peligros, Jesús ofrece una propuesta astuta y aguda que rehúye el simplismo y el radicalismo de responder de forma excluyente.
La respuesta de Jesús pone las cosas en su sitio y descubre las trampas que esconcen algunas formas de hacer preguntas. A pesar de tener que dar al césar lo que es suyo (las cosas temporales de este mundo), el alma sólo se la debemos dar a Dios. Los reyes de este mundo gobiernan durante un tiempo reinos mundanos que tienen un fin; pero Dios gobierna eternamente el universo. La política se ocupa de los asuntos terrenales; pero que sea terrenal no es una minusvaloración. Dios crea la razón para que creemos herramientas políticas que contribuyan a la construcción de sociedades justas que promuevan la paz y la justicia. Pero no hay que confundir la fuente con el cauce. De la misma forma que sin fuente o corriente de agua ninguna acequia es útil porque no llevará agua, toda política es estéril si detrás de quien la realiza no hay una corriente o un caudal de valores que hacen sagrada la vida.
Esos valores únicamente pueden manar de Dios. Si la política suplanta esa fuente, siempre terminará por secarse. Cuando a la política le estorba Dios termina por endiosarse a sí misma, incapacitándose para hacer el bien.
Como nos recuerda san Pablo, de Dios recibimos los tres dones más hermosos que tiene el ser humano: fe, esperanza y amor. Estos dones, a pesar de estar en nuestras manos, no son nuestros; por ello, debemos devolverlos a Dios como nuestra contribución para poder ser llamados ciudadanos del cielo.
Se trata de ser hombres y mujeres de fe, de esperanza y de una honda caridad.
De esta forma, esforzándonos por trabajar con constancia por un mundo más justo (aunque nuestras opciones políticas o posicionamientos ideológicos sean diferentes) es posible que el Reino de Dios empiece a ser un horizonte en este mundo. Dejemos nuestras diferencias y centrémonos en dar a Dios, lo que es suyo; es decir, donémonos a nosotros mismos, porque Dios se complace más en la donación plena y sin condiciones de nuestras propias vidas que en la forma concreta y práctica (política) en la que la hagamos.
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