¡Qué importante es la sabiduría! Es, sin duda, uno de los dones indispensables para el ser humano, pero del que sufrimos una dramática carencia. La falta de sabiduría está en la base de buena parte de nuestros fracasos. Existe una inteligencia a la que llamamos “sabiduría”, cuando en realidad no lo es. La sabiduría es algo que transciende el conocimiento y la inteligencia; no se reduce a un manojo más o menos amplio de conocimientos ni a un índice intelectual alto o a una vasta cultura; tampoco supone tener respuestas para todos los problemas. La sabiduría es algo que transciende esta vida, pues está enraizada en el mismo Dios; no en vano, ya en el Antiguo Testamento, a la sabiduría se le atribuía un tipo de ser personal y se la consideraba como una especie de presencia divina. En realidad, la sabiduría es como un sacramento de Dios que se hace realidad histórica en Jesucristo, quien nos muestra el verdadero calado de este indispensable don divino.
No se puede acceder a la sabiduría sin la mediación de Cristo, con su palabra y su vida, su sacrificio, su renuncia y la opción de abandonarse por completo a Dios. La expresión de esta entrega es la cruz, que no es el final de la vida, sino un pórtico a la verdadera libertad. El camino de la sabiduría es sin duda un camino inhóspito, incómodo, frustrante en muchos casos si falta la fe y la vinculación con la persona de Jesús de Nazaret. Por esta incomodidad que acarrea la verdadera sabiduría, el ser humano (no sólo en este tiempo si no a lo largo de la historia), ha elegido el camino más fácil, descafeinando la sabiduría cuando no usando su nombre para enmascarar la propia ignorancia, miedo o maldad. Podemos decir, siguiendo la primera lectura, que nuestro cuerpo o nuestra carne, es decir, aquello que más inmediatamente nos vincula a esta vida terrenal, se ha convertido en una carga pesada para el corazón; una carga que, en lugar de ayudar, impide al alma ser libre para transcender lo terrenal y encaminarse hacia el destino eterno.
Con todo, no debemos ignorar el peligro de caer en un sutil dualismo entre el cuerpo (lo carnal y terrenal) y el alma (lo espiritual, lo inmortal). No se trata de que lo primero sea malo y lo segundo bueno; el cristianismo no predica una visión tan simple del ser humano. Por ello proclamamos en el credo que creemos en “la resurrección de la carne”.
Con la encarnación de Cristo, todo lo terrenal, lo mundano, lo secular o lo carnal ha sido santificado, redimido, transformándose también en presencia de Dios que lo redime todo con su infinita misericordia en la persona de Cristo. No sería sabio condenar lo terrenal y lo humano santificando sólo el alma o el corazón, porque entonces seríamos víctimas de un dualismo destructor que separa dramáticamente nuestro ser, cayendo directamente en lo que persigue el mal: dividir, separar, sembrar el odio incluso para con uno mismo.Muchos cristianos detestan y maldicen su cuerpo y su carne creyendo que sólo el alma es digna y noble; por el contrario, muchos no creyentes se entregan incondicionalmente a lo carnal y sensorial, identificando la felicidad con el placer sensual y la satisfacción personal, olvidándose por completo de su alma y de su corazón.
Es la sabiduría la que precisamente une estas dos realidades que parecen irreconciliables, tanto para una religión dualista y opresiva como para una increencia que, a lomos del materialismo, termina en la crueldad. Necesitamos esta sabiduría para superar la superficialidad y la ignorancia, verdaderas antesalas de la maldad. Necesitamos sabios (que es lo mismo que decir santos) para decir con sus vidas y sus palabras a este mundo que una religión que odia el mundo y trata de desprenderse de él no es realista ni fiel a Dios. Pues Dios es capaz de abrazar al mundo hasta hacerse pan y vino con él y para él. Los santos y sabios también enseñan al mundo que odiar la fe es odiase a sí mismo, entregándose inevitablemente a la esclavitud de los falsos dioses.
Seguir a Jesús es la única manera de entrar en esta corriente de sabiduría superando nuestra superficialidad. Pero seguir a Jesús no puede ser un hobby ni un entretenimiento de fin de semana. Hemos de pensarlo muy seriamente y como Jesús dice, “sentarnos a echar cuentas”; puede ser que confundamos la sabiduría con los sueños, deseos o modas del momento. Hemos de comprender que nos jugamos la vida y la felicidad en este asunto; no sólo la vida y la felicidad eterna, sino la vida y la felicidad en el mundo presente. El problema es que hoy en día resulta casi imposible pedirle al ser humano que “se siente a echar cuentas” porque el mundo y la sociedad que hemos construido lo facilita todo menos la reflexión y el pensamiento crítico que nos hace libres. En este sentido es donde hemos de luchar contra esta forma de entender el mundo, no contra el mundo en sí mismo como algo malvado, sino contra el mundo que hemos forjado: superficial, irreflexivo y caprichoso que nos hace confundir lo bueno con lo que nos agrada, con el “me apetece” o el “me siento realizado”.
Hemos de reconocer que nos dejamos mover por los sentimientos y no por la reflexión, cuando la verdadera sabiduría debería ser la justa conjunción de ambos. Una reflexión sin sentimientos no deja de ser un pensamiento frío y autómata, como el de una máquina. Por otro lado, una reflexión puramente sentimental no deja de ser un potro salvaje, indomable y peligroso para quien se acerque. Así entendemos el pensamiento frío de los que manejan la economía sin importarles el sufrimiento que genera su sistema salvaje o el pensamiento irreflexivo de quienes queriendo vivir por encima de sus posibilidades no echan cuentas y se aventuran en empresas o proyectos con pies de barro, generando posteriormente un sufrimiento innecesario.Hemos de sentarnos a pensarlo bien, a asumir que el camino hacia la libertad tiene un coste que no está escrito en letra pequeña. La cruz será inevitable para todos; tarde o temprano lo será. Podemos adornarla con flores para que no se vea o ignorarla; pero es imposible vivir sin pasar por ella. No hemos de rechazarla sino asumirla, como hemos de asumir el mundo, con sus miserias y con las nuestras. Hemos de desprendernos de lo que tenemos para seguir a Jesús libres. No se trata de un desprendimiento sólo material sino también espiritual que es, sin duda, mucho más difícil. En realidad, el desprendimiento material que nos hace pobres siempre ha de comenzar por el desprendimiento espiritual, por quitarse de encima ideologías religiosas, proyectos pastorales y sueños de creyentes, para abrazar únicamente el amor de Dios, su proyecto de salvación y su anhelo de eternidad para nosotros.
Hemos de fijarnos bien porque lo que Jesús nos pide no es sólo “odiar” (es una palabra fuerte para contrarrestar los apegos) incluso a los seres queridos, sino también cargar con nuestra cruz. Desprendernos de algo para seguir al Señor no supone deshacernos de lo que dejamos atrás, sino asumirlo como una cruz que nos lleva a la gloria. El desprendimiento, por sí mismo, no tiene sentido, sencillamente porque es imposible. ¿Cómo desprendernos de nuestra propia historia sin caer en la amnesia? o ¿Cómo desprendernos de las cosas a las que nos hemos apegado, como el dinero, los bienes, el cuerpo, la salud, los amigos, la familia… y seguir viviendo en este mundo, comprando o vendiendo y relacionándonos con los demás? El desprendimiento que nos pide Jesús no es un acto que nos hace raros convirtiéndonos en eremitas o anacoretas; incluso éstos comen y beben, compran o trabajan para vivir.
Jesús nos pide desprendernos de las cosas, pero sin hacer que desaparezcan, sino convirtiéndolas en “astillas” de nuestra cruz de cada día. Al igual que el paralítico curado vuelve a casa cargando con su camilla (curiosa petición de Jesús en otro pasaje evangélico), quien quiera seguir a Jesús y ser libre, tiene que aprender a cargar con su pasado, convertir lo que antes eran apegos en su cruz cotidiana, tal vez para renovar cada día el acto del desprendimiento. Nadie puede vivir como si no existiera su carne o como si sus malas inclinaciones se hubieran acabado el día que dijo “sí” al Señor. Ese sí es diario, cotidiano, como la cruz.
Sabemos que el mal está ahí porque Jesús no quiere su desaparición, sino su conversión; por eso hemos de cargar con nuestros defectos y con nuestros pecados ya perdonados, que persisten en forma de tentaciones recurrentes o de actitudes difíciles de digerir y con las que tendremos que bregar toda nuestra vida. No podemos vivir como si eso no existiera; por eso es tan importante sentarnos a echar cuentas para evaluar si somos capaces de querernos como Jesús nos quiere, es decir, como somos y no como queremos o pretendemos ser.Hemos de pensar si podemos cargar con nosotros mismos, con nuestras pobrezas y miserias, porque no hay cruz más difícil ni pesada que nuestro propio ser. Pensémoslo bien, como Jesús nos pide, porque de ello depende vivir la fe como un seguimiento liberador o como una ascesis titánica y voluntarista que, a la larga, nos hará sufrir a nosotros y a los demás con un sufrimiento innecesario porque no será redentor.
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