Hay un lema ecológico que dice: “No tires nada; ¡recicla!”. Incluso la basura bien tratada puede llegar a ser útil. Pero, ¿y las personas? ¿Somos reciclables también las personas? Mirando la palabra de Dios, la respuesta es rotunda: no sólo las personas son reciclables, sino que no hacer nada para reciclarlas supone abrir el camino de la propia perdición. Jesucristo es “el gran reciclador”; para él no hay nada ni nadie perdido; incluso en las situaciones más desoladoras Él siempre deja la puerta abierta al cambio.
Hay personas que tienen mucha facilidad para tirar lo que ya no sirve; otras, en cambio, no tiran nada y acumulan compulsivamente todo tipo de chismes pensando que un día serán útiles. El reciclaje es el término medio.
Reciclar es aprender a reparar y recuperar, lo cual supone una nueva actitud ante la vida. Ni tirar indiscriminadamente ni acumular inútilmente: transformar y transformarse. A las personas nos pasa algo parecido. Solemos ir de un extremo al otro con suma facilidad: o bien condenamos a los demás dejando a quien juzgamos como alguien “imposible”, cortando así toda posibilidad de recuperación, o bien tenemos la manga tan ancha que bajo capa de “tolerancia” lo consentimos todo. Ni lo uno ni lo otro es constructivo.
Recuperar y reciclar a las personas supone un trabajo que requiere mucha pedagogía, si se quiere ser efectivo; pero no se trata de una pedagogía cualquiera, sino de la pedagogía del amor. Esta pedagogía supone un compromiso y esfuerzo que implica toda la vida, no sólo un esfuerzo ético desligado de una espiritualidad integral; por ello resulta tan fácil caer en la tentación de los extremos. Sin embargo, cuando esta actitud de vida se hace propia, se abren nuevos horizontes y la vida se ensancha y oxigena. Veamos en cuatro pasos este esfuerzo recuperador según el evangelio: 1. Hablar a solas con el hermano. Evitar todo juicio previo y toda publicidad gratuita de su error para no condenarlo de por vida. Es todo un gesto de delicadeza, elegancia y respeto a la condición humana; lo que requiere aquí es una verdadera fe en la posibilidad de conversión y un ejercicio de confianza en el ser humano. 2. Llamar a dos o tres testigos. Esto nos ayuda evitar que nuestro “juicio” sea parcial. Incorporar a testigos supone enriquecer las visiones enfrentadas y tal vez subjetivas, eliminando todo peligro de prejuicios o visiones parciales. 3. Dar la a voz de alarma a la comunidad, para que toda ella se una al proceso y refuerce el trabajo recuperador del hermano perdido. 4. Considerar al hermano que reúsa nuestra corrección como “pagano” o “publicano”. En el fondo no es la comunidad la que expulsa o excomulga, sino que es la propia persona la que se auto excluye negándose a entrar en el proceso regenerador que se le ha ofrecido, aislándose y cerrándose en su propia obstinación.
Si nos paramos a pensar cómo vivimos esta propuesta evangélica en nuestra vida cotidiana, hemos de reconocer que con frecuencia hacemos lo contrario: primero criticamos públicamente a las espaldas del otro con una crítica que ya lleva consigo un prejuicio y una condena; luego esa crítica pasa por grupos grandes y pequeños hasta llegar a romper la relación que nos unía con esa persona. En el fondo, se trataría de huir de maximalismos y posturas radicales para adquirir la finura, elegancia y delicadeza suficiente para tratar a los demás con ternura y amor; justo como a nosotros nos gustaría ser tratados, porque el amor es la fuente de todo proceso regenerador.
No es posible regenerar sin amor; incluso en el caso de llevar toda la razón, si el prójimo no percibe en la corrección nuestro dolor sincero por su error y el deseo vivo de su recuperación, le cerramos indirectamente las puertas del perdón, abriéndoles las del orgullo y el amor propio. Tener una actitud “vigilante”, como pide Ezequiel, no es tener una actitud censora ni represiva. El profeta es vigilante no sólo para salvar al otro, sino para salvarse a sí mismo, tratando de levantar al caído. Al vigilante no le mueve la curiosidad, el chismorreo o el afán de descubrir errores ajenos, sino el deseo de que no los haya; y si los hay, el de contribuir a regenerarlos.
Gracias a Dios cada día aprendemos y valoramos más el valor que tiene la comunidad en este proceso. Sin comunidad estaríamos perdidos porque no habría nadie que nos vigilara y alertara de lo que nosotros no vemos; de esa manera nuestra fe se vería abocada al error sin posibilidad alguna de reciclaje, ahogados en nuestra propia ceguera espiritual. Y es que un pecador puede convertirse y cambiar, pero un ignorante que se cree en la verdad difícilmente será capaz de reconocer su error y enmendarlo.
Velemos los unos por los otros para que, si alguno cae, el amor de la comunidad lo levante y regenere, porque salvando a uno de nuestros hermanos, nos salvamos también todos con él.
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