Homilías

Domingo XXIII del tiempo ordinario (Ciclo A)

Homilía del Domingo XXIII del tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio: Mateo 18,15-20

Hay un lema ecológico que dice: “No tires nada; ¡recicla!”. Incluso la basura bien tratada puede llegar a ser útil. Pero, ¿y las personas? ¿Somos reciclables también las personas? Mirando la palabra de Dios, la respuesta es rotunda: no sólo las personas son reciclables, sino que no hacer nada para reciclarlas supone abrir el camino de la propia perdición. Jesucristo es “el gran reciclador”; para él no hay nada ni nadie perdido; incluso en las situaciones más desoladoras Él siempre deja la puerta abierta al cambio.

Hay personas que tienen mucha facilidad para tirar lo que ya no sirve; otras, en cambio, no tiran nada y acumulan compulsivamente todo tipo de chismes pensando que un día serán útiles. El reciclaje es el término medio.

Reciclar es aprender a reparar y recuperar, lo cual supone una nueva actitud ante la vida. Ni tirar indiscriminadamente ni acumular inútilmente: transformar y transformarse. A las personas nos pasa algo parecido. Solemos ir de un extremo al otro con suma facilidad: o bien condenamos a los demás dejando a quien juzgamos como alguien “imposible”, cortando así toda posibilidad de recuperación, o bien tenemos la manga tan ancha que bajo capa de “tolerancia” lo consentimos todo. Ni lo uno ni lo otro es constructivo.

Recuperar y reciclar a las personas supone un trabajo que requiere mucha pedagogía, si se quiere ser efectivo; pero no se trata de una pedagogía cualquiera, sino de la pedagogía del amor. Esta pedagogía supone un compromiso y esfuerzo que implica toda la vida, no sólo un esfuerzo ético desligado de una espiritualidad integral; por ello resulta tan fácil caer en la tentación de los extremos. Sin embargo, cuando esta actitud de vida se hace propia, se abren nuevos horizontes y la vida se ensancha y oxigena. Veamos en cuatro pasos este esfuerzo recuperador según el evangelio: 1. Hablar a solas con el hermano. Evitar todo juicio previo y toda publicidad gratuita de su error para no condenarlo de por vida. Es todo un gesto de delicadeza, elegancia y respeto a la condición humana; lo que requiere aquí es una verdadera fe en la posibilidad de conversión y un ejercicio de confianza en el ser humano. 2. Llamar a dos o tres testigos. Esto nos ayuda evitar que nuestro “juicio” sea parcial. Incorporar a testigos supone enriquecer las visiones enfrentadas y tal vez subjetivas, eliminando todo peligro de prejuicios o visiones parciales. 3. Dar la a voz de alarma a la comunidad, para que toda ella se una al proceso y refuerce el trabajo recuperador del hermano perdido. 4. Considerar al hermano que reúsa nuestra corrección como “pagano” o “publicano”. En el fondo no es la comunidad la que expulsa o excomulga, sino que es la propia persona la que se auto excluye negándose a entrar en el proceso regenerador que se le ha ofrecido, aislándose y cerrándose en su propia obstinación.

Si nos paramos a pensar cómo vivimos esta propuesta evangélica en nuestra vida cotidiana, hemos de reconocer que con frecuencia hacemos lo contrario: primero criticamos públicamente a las espaldas del otro con una crítica que ya lleva consigo un prejuicio y una condena; luego esa crítica pasa por grupos grandes y pequeños hasta llegar a romper la relación que nos unía con esa persona. En el fondo, se trataría de huir de maximalismos y posturas radicales para adquirir la finura, elegancia y delicadeza suficiente para tratar a los demás con ternura y amor; justo como a nosotros nos gustaría ser tratados, porque el amor es la fuente de todo proceso regenerador.

No es posible regenerar sin amor; incluso en el caso de llevar toda la razón, si el prójimo no percibe en la corrección nuestro dolor sincero por su error y el deseo vivo de su recuperación, le cerramos indirectamente las puertas del perdón, abriéndoles las del orgullo y el amor propio. Tener una actitud “vigilante”, como pide Ezequiel, no es tener una actitud censora ni represiva. El profeta es vigilante no sólo para salvar al otro, sino para salvarse a sí mismo, tratando de levantar al caído. Al vigilante no le mueve la curiosidad, el chismorreo o el afán de descubrir errores ajenos, sino el deseo de que no los haya; y si los hay, el de contribuir a regenerarlos.

Gracias a Dios cada día aprendemos y valoramos más el valor que tiene la comunidad en este proceso. Sin comunidad estaríamos perdidos porque no habría nadie que nos vigilara y alertara de lo que nosotros no vemos; de esa manera nuestra fe se vería abocada al error sin posibilidad alguna de reciclaje, ahogados en nuestra propia ceguera espiritual. Y es que un pecador puede convertirse y cambiar, pero un ignorante que se cree en la verdad difícilmente será capaz de reconocer su error y enmendarlo.

Velemos los unos por los otros para que, si alguno cae, el amor de la comunidad lo levante y regenere, porque salvando a uno de nuestros hermanos, nos salvamos también todos con él.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del profeta Ezequiel (33,7-9)

Así dice el Señor: “A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de

Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte.

Si yo digo al malvado: “¡Malvado, eres reo de muerte!”, y tú no hablas,

poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado

morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; pero si tú pones

en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de

conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida.”

Salmo responsorial: 94

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: “No endurezcáis vuestro corazón.”

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. R.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. R.

Ojalá escuchéis hoy su voz: “No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron,

aunque habían visto mis obras.” R.

Lectura de la carta a los Romanos (13,8-10)

Hermanos: A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su

prójimo tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, el “no cometerás adulterio,

no matarás, no robarás, no envidiarás” y los demás mandamientos que haya,

se resumen es esta frase: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Uno que

ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera.

Evangelio de Mateo 18,15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Si tu hermano peca,

repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.

Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede

confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la

comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como

un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra

quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado

en el cielo.

Os aseguro, además, que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra

para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están

reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.”

Acción de gracias

Desde la almena de una fortaleza

vigila el vigía

con ojos que penetran la noche

y se bañan con la luz del día.

Centinela de nobles sueños,

custodio de fronteras abiertas,

profeta de verdades incómodas

que siembran de paz las veredas.

Guarda la ciudad de todos,

erguido sobre sobre su decencia,

pertrecho de un escudo de amor

y de una espada

que sólo hiere la mentira.

Necesitamos quien ilumine la noche

sin cegar ni deslumbrar las miradas;

quien nos enseñe verdades

con la ternura de una caricia

y la firmeza de las torres milenarias.

Dios nos libre de los libertadores

de flatulentas palabras,

de los que siembran temores inciertos

y se alimentan del miedo ajeno

para nutrir sus egos

y enterrar en vida lo que saben cierto.

Necesitamos profetas

vigilantes del cielo y alfareros del suelo,

creyentes que aun confían en lo humano,

para renovar las agrietadas almas

aunque el barro que amasen sea viejo.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57