Es difícil entender la propia vocación sin pasión, sin ese fuego ardiente que consume los huesos, como dice Jeremías. No se trata de una pasión superficial, sino de algo mucho más profundo.
No es difícil sentir en este mundo el empuje de las pasiones y los instintos. Vivimos en un mundo que enciende esos fuegos que abrasan sin tiempo para calentar, y ciegan sin saber alumbrar. Pero la vocación es otra cosa. Es importante saber distinguir ese fuego de muchas sensaciones religiosas embriagadoras, pero superficiales y un tanto inmaduras. Discernir la propia vocación suele ser cosa de mucho tiempo, a veces de muchos años.
En el fondo, la vocación únicamente es percibida desde el seguimiento de Jesús y, como todo seguimiento, supone saber superar etapas sin querer llegar a la meta en un solo día.
La biblia está llena de estas experiencias de búsqueda: desde Abraham que deja su tierra y su mundo conocido, confiando en una promesa que siente en su corazón, hasta los discípulos de Jesús que lo dejan todo para seguir a ese hombre desbordante de un amor incomprensible. Es también la experiencia de Moisés que, fracasado en sus planes, encuentra la zarza que arde sin consumirse; o la experiencia de Jeremías y los profetas, casi obligados a la fuerza a vivir por y para el Señor, a pesar de los sufrimientos que ello les acarreó.
En todas estas experiencias vemos el común denominador de toda vocación verdadera: la entrega; pero una entrega nada espectacular porque el amor no se demuestra en un instante, sino durante toda una vida. Es fácil decir “te quiero” movidos por un impulso emocional; lo difícil es decir “te quiero” día a día, haya emociones o no, haya recompensa o ingratitud. Amar es decir “te quiero” con la entrega de la propia vida, aunque se reciba a cambio nada, indiferencia, crítica, envidia o rechazo. Esto sólo es posible desde una profunda actitud de fidelidad en el seguimiento de Jesús, aceptando con humildad sus correcciones y su perdón tras los fracasos y caídas.
Sin duda nuestro modelo es Jesucristo. Vemos en el evangelio como Jesús habla claro; a nadie engaña porque desde el principio vincula el camino de la libertad y de la salvación con el camino del sufrimiento y la cruz.
Duras palabras estas (“sufrimiento” y “cruz”) que no hay forma de encajar en la sociedad hedonista, conformista y superficial en la que vivimos. El problema es que, aunque las neguemos están ahí a poco que abramos los ojos y miremos la realidad cara a cara, sin esconder ni enmascarar lo que vemos. Jesús destapa esta realidad que es incómoda.Pedro, sin embargo, no habla abiertamente, sino que corrige a su propio maestro a escondidas. Pedro no sólo no quiere ver la realidad, sino que no quiere que nadie la vea; por ello se esconde para hablar con Jesús en lugar aparte y no a la vista de los demás. La reacción de Jesús es muy dura porque el proceder de Pedro, como el del mundo, supone un gran peligro para el discipulado que hay que evitar desde el principio. Jesús, tras advertir a Pedro, habla de nuevo claramente; tan claramente que nos duele tener que asumir y aceptar que lleva toda la razón.
Para ganar la vida alguien tiene que perder. No hay más camino para la salvación que cargar con la propia cruz. Miremos a las familias unidas y descubriremos que en la sombra siempre hay una madre, un padre o unos abuelos que calladamente forjan los cimientos de su casa con sufrimiento y fatigas. Miremos la sonrisa de un niño en un país empobrecido y descubriremos detrás de ella el esfuerzo de tantas personas para que dicha sonrisa no se apague, aunque ellos tengan que llorar a escondidas. Miremos una vida recién nacida tras el dolor de la madre; o una reconciliación que ha vencido el orgullo y la cerrazón de los que antes estaban enemistados. En toda vida hay una semilla de cruz enterrada que la ha hecho germinar. Negar esta semilla y entregarse en las manos de lo fácil, lo cómodo o lo superficial es obstaculizar el camino de Dios.
Podemos preguntarnos, ¿Cuál es mi cruz? ¿En dónde y a qué me siento llamado para dar la vida? ¿Qué llamada arde sin consumirse en mis huesos y a pesar del tiempo no se apaga? Dios siempre llama de forma sutil, pero constante; nunca se cansa porque sabe que su fuerza no busca derribar a nadie, sino enseñar que en toda caída hay una fuerza poderosa que nos empuja a levantarnos levantando a los demás.
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