Homilías

Domingo XXII del tiempo ordinario (Ciclo A)

Homilía del Domingo XXII del tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio: Mateo 16,21-27

Es difícil entender la propia vocación sin pasión, sin ese fuego ardiente que consume los huesos, como dice Jeremías. No se trata de una pasión superficial, sino de algo mucho más profundo.

No es difícil sentir en este mundo el empuje de las pasiones y los instintos. Vivimos en un mundo que enciende esos fuegos que abrasan sin tiempo para calentar, y ciegan sin saber alumbrar. Pero la vocación es otra cosa. Es importante saber distinguir ese fuego de muchas sensaciones religiosas embriagadoras, pero superficiales y un tanto inmaduras. Discernir la propia vocación suele ser cosa de mucho tiempo, a veces de muchos años.

En el fondo, la vocación únicamente es percibida desde el seguimiento de Jesús y, como todo seguimiento, supone saber superar etapas sin querer llegar a la meta en un solo día.

La biblia está llena de estas experiencias de búsqueda: desde Abraham que deja su tierra y su mundo conocido, confiando en una promesa que siente en su corazón, hasta los discípulos de Jesús que lo dejan todo para seguir a ese hombre desbordante de un amor incomprensible. Es también la experiencia de Moisés que, fracasado en sus planes, encuentra la zarza que arde sin consumirse; o la experiencia de Jeremías y los profetas, casi obligados a la fuerza a vivir por y para el Señor, a pesar de los sufrimientos que ello les acarreó.

En todas estas experiencias vemos el común denominador de toda vocación verdadera: la entrega; pero una entrega nada espectacular porque el amor no se demuestra en un instante, sino durante toda una vida. Es fácil decir “te quiero” movidos por un impulso emocional; lo difícil es decir “te quiero” día a día, haya emociones o no, haya recompensa o ingratitud. Amar es decir “te quiero” con la entrega de la propia vida, aunque se reciba a cambio nada, indiferencia, crítica, envidia o rechazo. Esto sólo es posible desde una profunda actitud de fidelidad en el seguimiento de Jesús, aceptando con humildad sus correcciones y su perdón tras los fracasos y caídas.

Sin duda nuestro modelo es Jesucristo. Vemos en el evangelio como Jesús habla claro; a nadie engaña porque desde el principio vincula el camino de la libertad y de la salvación con el camino del sufrimiento y la cruz.

Duras palabras estas (“sufrimiento” y “cruz”) que no hay forma de encajar en la sociedad hedonista, conformista y superficial en la que vivimos. El problema es que, aunque las neguemos están ahí a poco que abramos los ojos y miremos la realidad cara a cara, sin esconder ni enmascarar lo que vemos. Jesús destapa esta realidad que es incómoda.Pedro, sin embargo, no habla abiertamente, sino que corrige a su propio maestro a escondidas. Pedro no sólo no quiere ver la realidad, sino que no quiere que nadie la vea; por ello se esconde para hablar con Jesús en lugar aparte y no a la vista de los demás. La reacción de Jesús es muy dura porque el proceder de Pedro, como el del mundo, supone un gran peligro para el discipulado que hay que evitar desde el principio. Jesús, tras advertir a Pedro, habla de nuevo claramente; tan claramente que nos duele tener que asumir y aceptar que lleva toda la razón.

Para ganar la vida alguien tiene que perder. No hay más camino para la salvación que cargar con la propia cruz. Miremos a las familias unidas y descubriremos que en la sombra siempre hay una madre, un padre o unos abuelos que calladamente forjan los cimientos de su casa con sufrimiento y fatigas. Miremos la sonrisa de un niño en un país empobrecido y descubriremos detrás de ella el esfuerzo de tantas personas para que dicha sonrisa no se apague, aunque ellos tengan que llorar a escondidas. Miremos una vida recién nacida tras el dolor de la madre; o una reconciliación que ha vencido el orgullo y la cerrazón de los que antes estaban enemistados. En toda vida hay una semilla de cruz enterrada que la ha hecho germinar. Negar esta semilla y entregarse en las manos de lo fácil, lo cómodo o lo superficial es obstaculizar el camino de Dios.

Podemos preguntarnos, ¿Cuál es mi cruz? ¿En dónde y a qué me siento llamado para dar la vida? ¿Qué llamada arde sin consumirse en mis huesos y a pesar del tiempo no se apaga? Dios siempre llama de forma sutil, pero constante; nunca se cansa porque sabe que su fuerza no busca derribar a nadie, sino enseñar que en toda caída hay una fuerza poderosa que nos empuja a levantarnos levantando a los demás.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del profeta Jeremías (20,7-9)

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Yo era el

hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo

que gritar: “Violencia”, proclamando: “Destrucción”. La palabra del Señor se

volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: “No me acordaré de

él, no hablaré más en su nombre”; pero ella era en mis entrañas fuego

ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo, y no podía.

Salmo responsorial: 62

Mi alma está sediente de ti, Señor, Dios mío.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,

mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti,

como tierra reseca, agostada, sin agua. R.

¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria!

Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios. R.

Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote.

Me saciaré como de enjundia y de manteca,

y mis labios te alabarán jubilosos. R.

Porque fuiste mi auxilio,

y a la sombra de tus alas canto con júbilo;

mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene. R.

Lectura de la carta a los Romanos (12,1-2)

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros

cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto

razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino trasformaos por la renovación

de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno,

lo que le agrada, lo perfecto.

Evangelio de Mateo 16,21-27

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir

a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos

sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: “¡No lo permita Dios, Señor!

Eso no puede pasarte.” Jesús se volvió y dijo a Pedro: “Quítate de mi vista,

Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como

Dios.” Entonces dijo a sus discípulos: “El que quiera venirse conmigo, que se

niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su

vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve

a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar

para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la

gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.”

Acción de gracias

Ponte detrás, deja el camino libre,

reconoce y carga con tus miedos,

pero arrójalos a la cuneta,

nunca trabes con ellos la senda

para que tú y los tuyos puedan correr ligeros

hacia la meta que anhelamos.

Déjate seducir de nuevo

a pesar de las arrugas

y las heridas abiertas en mil batallas.

Renueva tu mente,

no dejes que se empantane

en los frívolos reclamos de este mundo,

porque la verdad es la brújula del peregrino,

aunque sus ejes tengan forma de cruz.

Aprende a discernir los signos de los tiempos

con los que Dios besa la historia,

aunque a veces sus ósculos duelan;

sólo así la voluntad de Dios tornará tus brazos,

clavados en los maderos del sacrificio,

en alas indomables que te lleven

hasta la serena dicha de los amados

que saben transformar sus miedos

en el hermoso bálsamo de la fidelidad.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57