Todos buscamos en la vida cierta seguridad; los creyentes lo hacemos apoyándonos en Dios; para ello nos valemos de estructuras a través de las cuales asumimos la Revelación divina, la guardamos y la trasmitimos. A eso lo llamamos religión. Con el tiempo, esas estructuras que nacieron como caminos que se abrían al horizonte, suelen tender a convertirse en cotos cerrados o remansos seguros (incluso, a veces fortificados) en donde se suele ceder a la añoranza del pasado y al temor ante el futuro. La cosa se pone mucho peor si a esas fortalezas, nacidas del miedo, se les suma algún tipo de identidad nacional, racial, histórica o filosófica. De ser así, las religiones derivan en una especie de compartimentos estancos, sin cauce alguno que renueve la vida que hay dentro. En esas condiciones, al igual que le ocurre a una vela encendida dentro de un vaso boca abajo, el fuego se va apagando al tiempo que la llama consume lenta pero inexorablemente el poco oxígeno que haya dentro. Este podría ser el retrato de la religión que Jesús encontró en su época y, por qué no, una invitación a revisar nuestras religiones de hoy en día por si estuviéramos cometiendo el mismo error.
Con religiones así es inevitable que el sentido de la búsqueda se atrofie, que a la sabiduría le supla la mera curiosidad o que a la mística le surja el sucedáneo del espiritualismo desencarnado y narcisista. De este tipo de formas religiosas surgen preguntas desenfocadas que, más que ahondar en una fe que continuamente ha de destruir para reconstruir, se afanan únicamente en barnizar, pero sin lijar o en decorar el interior sin atender al estado ruinoso de los cimientos. Cuando algunos misioneros regresan de vacaciones es normal que muchos les pregunten por el número de bautismos, como si la misión dependiera del número de bautizos o la calidad de su misión se midiera por el número de cristianos que logran hacer, como si la Iglesia fuera una especie de multinacional cuya única misión es hacer clientes para aumentar el capital. Para que la religión no caiga en una especie de “autismo espiritual”, necesitamos que Jesús nos abra los ojos continuamente, reconduciendo nuestras preguntas cerradas (¿Serán muchos los que salven?) y abriendo, con la espada afilada de la verdad, nuestro corazón de piedra.
La verdadera cuestión que abre nuestro mundo cerrado al horizonte no es preguntarse por el número de los que se van a salvar, sino por el “cómo” o por el “qué hacer” para salvarse. La pregunta del número siempre daba por supuesto que los únicos susceptibles de ser salvados serían los miembros de la propia raza o religión; ¿Cuantos católicos siguen pensando todavía que si no se es católico la salvación es imposible? Más o menos lo mismo pensaban los judíos de la época de Jesús y lo hacen algunas religiones excluyentes en la actualidad, en las que, por desgracia, podemos entrar también nosotros.
Jesús no quiere entrar en esas cuestiones intranscendentes y va al corazón del ser humano. Él no da por supuesto (como sus interlocutores) que sólo algunos se salvarían, sino que, situándose en el caudal universalista que ya viene del Antiguo Testamento, propone algo que al menos nos debería inquietar: nadie debe darse por salvado; pero todos sí deberíamos esforzarnos por saber cómo salvarnos. La salvación es algo que se BUSCA, no que se POSEE; en cuanto dejas de buscar pierdes todo lo que has logrado encontrara antes. Podemos haber comido y bebido con Jesús; podemos haberle escuchado en las plazas e incluso conversado amistosamente con él; pero todo eso no nos privará de poder escuchar de sus propios labios unas palabras que caen en nuestro corazón como una losa terrible: “apartaos de mí, NO OS CONOZCO”.
He de confesar que el hecho de que Jesús pueda no conocerme me abruma y horroriza, no porque ÉL no esté intentando buscarme y “conocerme”, sino porque ni yo mismo me conozco y mucho menos me dejo conocer por los demás. Mi verdadero “yo” permanece atrapado en las redes de la apariencia, del “yo ideal”, de aquél que quiero ser o que juego a ser; de aquél que deseo mostrar a los demás… Si, ni yo mismo me conozco, ¿cómo puedo exigir a Jesús que me conozca, aunque haya comido o bebido con él? Necesitamos una relación con Cristo mucho más honda e íntima; mucho más sincera que esa relación descafeinada y adulterada en la que a menudo terminamos convirtiendo nuestra experiencia religiosa. Las prácticas, ritos, dogmas y demás sistemas atrapan de tal modo nuestro ser que, con frecuencia, los creyentes terminamos sucumbiendo bajo nuestras propias leyes, encerrados en nuestros castillos interiores sin comprender que la vida entera es un camino abierto a veces inseguro, incómodo, difícil… tan difícil como entrar por la puerta estrecha.
Hemos de evitar retrasar para mañana la urgencia de reiniciar la senda hoy. Salir es algo indispensable porque sin ese movimiento centrífugo no hay vida. Por ello la misión es algo fundamental en la vida de la Iglesia; por ello nuestra fe se mide más por el tiempo que invertimos fuera de los límites del templo que dentro del mismo. Por supuesto que siempre se regresa, como todas las naciones regresarán un día a Jerusalén según la visión de Isaías; pero ese regreso será porque el mismo Dios nos ha convocado a un servicio universal, dejando claro así que ni el sacerdocio ni los ministerios en torno a culto o la organización religiosa descansarán en una única tribu privilegiada (ni en una única religión), sino que cualquier extranjero podrá ser también llamado; a fin de cuentas todos somos compañeros de un mismo y único camino, que es la vida. Que nuestras verdades difieran en su formulación no nos impide compartir la vida y el camino y, desde ese compartir, caminar juntos atraídos por una única Verdad hacia esa Verdad.
Una fractura no sólo se cura inmovilizando la zona herida. Al principio es así, pero si esa inactividad se alarga, no sólo el hueso se descalcificará, sino que los músculos perderán su elasticidad y la parte afectada se atrofiará. Hoy en día me asombra que los médicos manden a los enfermos recién operados a que caminen al día siguiente de la operación, agarrados todavía a los palos que sostienen sus sueros y bolsas; me emociona y conmueve entrar en las clínicas de rehabilitación donde los fisioterapeutas parecen torturar a sus pacientes. Pero eso que parece daño (la biblia lo llama “castigo”) no deja de ser el dolor necesario que hay que provocar para la sanación; porque no hay curación sin dolor.
Decir lo contrario sería mentir y engañar.
Eludir el dolor de hoy es aumentar el dolor de mañana; un dolor que se multiplica al tiempo que vamos retrasando nuestro proceso de maduración en la fe. Por eso la Iglesia sufre tanto; porque en el fondo nos resistimos a madurar y nos seguimos encerrando en nuestros alcázares fortificados con dogmas, espiritualidades tibias, medias tintas, superficialidad y una falta de madurez que desencadena a la larga escándalos imposibles de ocultar. Que a esta situación de desconcierto sepamos abrir el corazón para dejarnos interpelar por la propuesta de Jesús; una propuesta de libertad lograda a base de esfuerzo, sacrificio y dolor. No tenemos ganado nada; incluso aquello con lo que contamos por pura gracia podemos perderlo por causa de nuestra dejadez, frivolidad o ignorancia espiritual. Estemos alerta, por tanto, y no dejemos que nada detenga nuestro camino hacia Jerusalén, sin importarnos quienes o cuantos van por él, sino cómo caminar sin detenerse, cómo recordar sin añorar o cómo mirar al futuro sin ansiedad.
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