Todos llevamos una llave en el bolsillo o en el bolso. Tener la llave de casa supone para muchos jóvenes todo un símbolo de independencia. Con una llave se puede entrar y salir de casa libremente sin tener que solicitar permiso a nadie. De alguna manera, las llaves son un símbolo de un poder que es directamente proporcional a la importancia de las puertas que se puedan abrir o cerrar con ellas; pues no es lo mismo tener las llaves del candado de una bicicleta que la de una caja fuerte de un banco.
Existen unas llaves invisibles que abren puertas simbólicas, pero no por ello menos importantes. Nos referimos a las llaves que abren o cierran el corazón. Tener muchas llaves para abrir y cerrar puertas no nos garantiza poseer las llaves para abrir o cerrar corazones; es más, suele suceder que cuantas más llaves se poseen para abrir y cerrar las puertas de este mundo, menos capacidad se tiene para discernir cuando se debe abrir o cerrar las puertas del corazón.
¿De qué sirve tener muchas llaves para abrir y cerrar puertas blindadas o cajas de caudales si carecemos de la llave que abra nuestro corazón a la justicia, a la acogida, a la paz o a la generosidad? Como en la primera lectura, hay personas que no hacen un buen uso de las llaves que tienen, utilizándolas siempre en beneficio propio. Como el mayordomo del palacio del rey de la primera lectura, algunas personas pueden abrir y cerrar todo, menos su corazón. Un corazón del que no se tiene la llave para abrirlo al bien y cerrarlo al mal, termina por oxidar su cerradura y endurecerse.
Porque todo corazón tiene una cerradura y para abrirlo o cerrarlo no basta cualquier llave. Como el niño que aguarda el día de recibir de sus padres las llaves de casa, el creyente ha de esperar pacientemente el día en el que Dios le conceda la llave para abrir y cerrar el corazón, que es en realidad el hogar en el que vivimos más íntimamente con Dios.
El corazón humano no se abre ni se cierra con cualquier llave. Para recibir esa llave hemos de responder algún día como Pedro. En el evangelio, Jesús hace dos preguntas: la primera se refiere a quién dice la gente que es el “hijo del hombre”; esta expresión era muy popular en la época de Jesús.
Decir “hijo del hombre” era una forma de aludir al mesías liberador que los judíos esperaban. Ninguna de las respuestas se refiere a él. La segunda pregunta va dirigida directamente a los discípulos, y también a nosotros, y no se refiere al “hijo del hombre”, sino a Jesús mismo. Pedro responde más con el corazón que con la cabeza porque para Pedro, Jesús lo es todo. No se detiene a sopesar el alcance de su respuesta, fiel a su carácter impulsivo; pero en este caso Pedro acierta con la respuesta correcta, lo que le otorga el poder de recibir las llaves del Reino de los cielos. Como un adolescente, quizá no tenga todavía el equilibrio ni la sensatez suficiente, pero Jesús reconoce en él los cimientos de la persona que puede llegar a ser.Pedro es merecedor de confianza y como prueba de ello recibe de Jesús las llaves del reino de los cielos para abrir y cerrar. De esta forma Jesús se fía de Pedro; acepta cargar con la responsabilidad de sus decisiones porque sabe que se encuentra ante un hombre sin doblez, sincero y lleno de un profundo amor que le hará capaz de todo, incluso de llorar y superar sus traiciones y alcanzar en su momento la gloria del martirio.
Jesús bendice a Pedro y lo declara cimiento de la Iglesia, otorgándole el poder para decidir en este mundo en su nombre como roca firme de su pueblo. Nosotros, en algún momento de nuestra vida, también somos objeto de la confianza que alguien deposita en nosotros cuando nos otorga el poder para hacer y deshacer en su nombre. Como creyentes, a partir del día de nuestro bautismo somos corresponsables de la custodia del Reino de Dios.
Ello nos compromete a contribuir con nuestro servicio y trabajo pastoral a orientar bien nuestros pasos e incluso los caminos de aquellos que se nos encomienda.
La Iglesia no es nuestra, no podemos administrarla como el mal mayordomo de la primera lectura. La Iglesia es de Dios, y por mediación de Cristo ha de ser camino que lleva a la culminación del Reino de los cielos.
Para guiar a esta Iglesia hay que hacerse uno con Cristo, porque únicamente unidos con él podremos conocer la voluntad del Padre guiados por el Espíritu.
Porque conocer la voluntad de Dios y distinguirla de nuestros caprichos es algo esencial para todo creyente. Usemos bien las llaves que recibimos en este mundo para no ser tachados de malos mayordomos sino, como Pedro, ser roca sobre la que se apoye la Iglesia sin que ningún poder sea capaz de destruirla.
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