¿Puede existir algo peor que la guerra? Tal vez la indiferencia y el irenismo o “buenismo” con el que a veces maquillamos nuestros miedos, mediocridades y tibiezas. Existe una guerra maquillada a la que solemos llamar “paz” porque se le parece (al menos formalmente), si bien lo que en realidad quiere decir es “tranquilidad”, “seguridad”, “confort” o el tan manido “estado del bienestar” con el que hemos pervertido la cultura occidental olvidándonos del “estado del bien-SER”.
Por eso, cuando Jesús nos recuerda que él ha venido a traer fuego y no un apocado buenismo, los apóstoles de lo políticamente correcto se suelen poner nerviosos; hay páginas en los evangelios que nos molestan y que a veces desearíamos que no estuvieran ahí; son palabras difíciles de digerir, “dinamita pura” que revienta un modelo de Iglesia que, en el fondo, usa lo religioso (aunque sea inconscientemente) para adormecer las conciencias y tener entretenidos a los creyentes mientras la verdadera guerra sigue consumiendo el mundo, sembrando injusticia y ocultándola con himnos estériles, folclore de rancia cristiandad o liturgias engoladas y desencarnadas que en lugar de remitir a la realidad, la ocultan.
Al igual que Jeremías, no han faltado voces que han proclamado la verdad en medio de este pueblo hipnotizado y aborregado, inculto y presa de los maximalismos; pero si no han faltado profetas, tampoco han faltado las manos (¡y cuantas!) que han sumergido estas voces en el lodo: indiferencia, ninguneo, persecución, anatematización o directamente supresión mediante la calumnia, los anatemas o la exterminación, llegando al martirio… el miedo tiene muchos recursos para meter en los pozos sin agua a aquellos que descubren su verdadero rostro.
Jesús trae un fuego, sí, pero un fuego interior que empieza por nosotros mismos, por la autodenuncia que lleva a la conversión, no a una culpabilidad insana. Es el fuego que movió a los profetas; el fuego del Espíritu Santo que nos convierte en testigos de la verdad y transforma los pozos en los que somos arrojados en una oportunidad para volver al barro del que vinimos, a nuestra desnuda esencia. Cuando en mal nos mete en el lodo, no se da cuenta que lo único que está haciendo es devolviéndonos a nuestro estado original, dándonos así la oportunidad de reencontrarnos con nuestra verdadera identidad para regresar con más fuerza a la lucha por la justicia.
A veces las experiencias más dolorosas son una oportunidad para descubrir nuestra verdadera realidad y el inicio de una vida renovada y libre. Por ello se habla de “tocar fondo”, una expresión que no sólo denota la crisis a la que se ha llegado, sino también la esperanza que está por venir.Con todo, al igual que un chiste de los años setenta, siempre habrá quien nos diga que tras haber tocado fondo lo único que se puede hacer es cavar… Eso es lo que desearía el sistema injusto y opresor que inocula derrotismo y resignación en nuestros corazones; pero Jesús nos dice otra cosa. Él nos habla de lucha, de indignación ante una realidad que se opone al Reino de Dios y de un enfrentamiento contra todo aquello que desdice la verdad del ser humano.
Hay cristianos que confunden esta “lucha” con “guerras santas” o nuevas “cruzadas” en búsqueda de una idealizada cristiandad que, en realidad, no existió más que en la imaginación de unos privilegiados. Este tipo de creyentes hiperventilados (“sin complejos” se autodefinen algunos de ellos mismos) son capaces de justificar la violencia cuando el objetivo es “bueno”. Para ellos el fin justifica los medios. No creo que Jesús estuviera de acuerdo con esta interpretación porque toda su vida desdice esta postura radical y maximalista.
Hay quien entiende también esta lucha como una especie de purificación o “guerra intestinal” dentro de la misma Iglesia; pero, en realidad Jesús dice que ha venido a “traer fuego al mundo”, no a la Iglesia (se supone que la Iglesia ya tiene el fuego del Espíritu). A veces nuestras comunidades son un cúmulo de luchas internas, de competiciones por el poder, de “lobbies” o grupos que pugnan unos contra otros por pescar en la pecera… ¡Cuántas fuerzas perdidas para no dar la batalla donde hay que darla realmente! Es en el mundo, en la sociedad, en la vida diaria donde hay que mostrar los valores del evangelio, donde hay que decir la verdad asumiendo el riesgo de que nos tiren a los pozos vacíos de agua; en ellos nos haremos uno con el lodo y gritaremos a Dios que nos salve; y Él lo hará porque siempre escucha nuestras súplicas. Dios nos salva incluso de la muerte, rehaciendo nuestro cuerpo roto por el pecado y las dentelladas mortales del mal.
Estamos ciertamente rodeados de testigos, de Iglesias hermanas y sufrientes que están dando su sangre como lo hizo Cristo. Al día de hoy estoy pensando en la Iglesia martirial de Palestina, de otros países en el Oriente Medio (las Iglesias más antiguas), del Sahel, de Nicaragua… Somos la misma Iglesia, pero no lo parece cuando el fuego de Cristo descubre unas Iglesias occidentales dormidas e indiferentes a las injusticias; unas iglesias “remendonas” pero no “renovadoras ni reformadoras”; Iglesias con miedo y por ello con ansia de tranquilidad y relax, que son en el fondo una falsa paz.
Pero la verdad siempre prevalece, aunque sea poco a poco; el grito de Jeremías clama desde el pozo; es tiempo de elegir entre los que desean acallar para siempre su voz o los que se atreven a sacarlo del pozo. Es tiempo de sacar a los profetas de los pozos donde los arrojamos; de descubrir que existen, que siempre han existido, pero que tal vez las instituciones de este mundo (incluida la Iglesia) les ha cerrado la boca por miedo y falta de fe.El conflicto es necesario, pero no nos engañemos; es un conflicto hacia afuera, en la sociedad, no de sacristía, de “toreo de salón” o de “grupos estufa” que hablan y hablan sin llegar nunca a los compromisos concretos. Una fe que no se concreta en actos reales, visibles y valientes es una Iglesia miope y desnortada. Por ello es tan importante mirar a Cristo, que inicia y completa nuestra fe (Alfa y Omega) para seguir su estela, renunciando a los gozos inmediatos, a la autocomplacencia, a la búsqueda de la serenidad y la tranquilidad para soportar con él la cruz que la divina providencia nos tenga deparada. Es tiempo de resistencia hasta la sangre, de afianzarse en las raíces de la fe, de búsqueda de una espiritualidad más encarnada y radical (en el sentido de enraizada). Es tiempo de fuego, de lucha y de compromiso, de abrir nuevos caminos, de riesgo y de una aventura que nos convierta en “bienaventurados”. En realidad es un tiempo de crisis, de tocar fondo, de volver al barro del que venimos para que Dios nos rescate y nos envíe de nuevo como profetas del Reino.
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