Homilías

Domingo XX del tiempo ordinario (Ciclo C)

Homilía del Domingo XX del tiempo ordinario (Ciclo C)

Evangelio: Lucas 12, 49-53

¿Puede existir algo peor que la guerra? Tal vez la indiferencia y el irenismo o “buenismo” con el que a veces maquillamos nuestros miedos, mediocridades y tibiezas. Existe una guerra maquillada a la que solemos llamar “paz” porque se le parece (al menos formalmente), si bien lo que en realidad quiere decir es “tranquilidad”, “seguridad”, “confort” o el tan manido “estado del bienestar” con el que hemos pervertido la cultura occidental olvidándonos del “estado del bien-SER”.

Por eso, cuando Jesús nos recuerda que él ha venido a traer fuego y no un apocado buenismo, los apóstoles de lo políticamente correcto se suelen poner nerviosos; hay páginas en los evangelios que nos molestan y que a veces desearíamos que no estuvieran ahí; son palabras difíciles de digerir, “dinamita pura” que revienta un modelo de Iglesia que, en el fondo, usa lo religioso (aunque sea inconscientemente) para adormecer las conciencias y tener entretenidos a los creyentes mientras la verdadera guerra sigue consumiendo el mundo, sembrando injusticia y ocultándola con himnos estériles, folclore de rancia cristiandad o liturgias engoladas y desencarnadas que en lugar de remitir a la realidad, la ocultan.

Al igual que Jeremías, no han faltado voces que han proclamado la verdad en medio de este pueblo hipnotizado y aborregado, inculto y presa de los maximalismos; pero si no han faltado profetas, tampoco han faltado las manos (¡y cuantas!) que han sumergido estas voces en el lodo: indiferencia, ninguneo, persecución, anatematización o directamente supresión mediante la calumnia, los anatemas o la exterminación, llegando al martirio… el miedo tiene muchos recursos para meter en los pozos sin agua a aquellos que descubren su verdadero rostro.

Jesús trae un fuego, sí, pero un fuego interior que empieza por nosotros mismos, por la autodenuncia que lleva a la conversión, no a una culpabilidad insana. Es el fuego que movió a los profetas; el fuego del Espíritu Santo que nos convierte en testigos de la verdad y transforma los pozos en los que somos arrojados en una oportunidad para volver al barro del que vinimos, a nuestra desnuda esencia. Cuando en mal nos mete en el lodo, no se da cuenta que lo único que está haciendo es devolviéndonos a nuestro estado original, dándonos así la oportunidad de reencontrarnos con nuestra verdadera identidad para regresar con más fuerza a la lucha por la justicia.

A veces las experiencias más dolorosas son una oportunidad para descubrir nuestra verdadera realidad y el inicio de una vida renovada y libre. Por ello se habla de “tocar fondo”, una expresión que no sólo denota la crisis a la que se ha llegado, sino también la esperanza que está por venir.Con todo, al igual que un chiste de los años setenta, siempre habrá quien nos diga que tras haber tocado fondo lo único que se puede hacer es cavar… Eso es lo que desearía el sistema injusto y opresor que inocula derrotismo y resignación en nuestros corazones; pero Jesús nos dice otra cosa. Él nos habla de lucha, de indignación ante una realidad que se opone al Reino de Dios y de un enfrentamiento contra todo aquello que desdice la verdad del ser humano.

Hay cristianos que confunden esta “lucha” con “guerras santas” o nuevas “cruzadas” en búsqueda de una idealizada cristiandad que, en realidad, no existió más que en la imaginación de unos privilegiados. Este tipo de creyentes hiperventilados (“sin complejos” se autodefinen algunos de ellos mismos) son capaces de justificar la violencia cuando el objetivo es “bueno”. Para ellos el fin justifica los medios. No creo que Jesús estuviera de acuerdo con esta interpretación porque toda su vida desdice esta postura radical y maximalista.

Hay quien entiende también esta lucha como una especie de purificación o “guerra intestinal” dentro de la misma Iglesia; pero, en realidad Jesús dice que ha venido a “traer fuego al mundo”, no a la Iglesia (se supone que la Iglesia ya tiene el fuego del Espíritu). A veces nuestras comunidades son un cúmulo de luchas internas, de competiciones por el poder, de “lobbies” o grupos que pugnan unos contra otros por pescar en la pecera… ¡Cuántas fuerzas perdidas para no dar la batalla donde hay que darla realmente! Es en el mundo, en la sociedad, en la vida diaria donde hay que mostrar los valores del evangelio, donde hay que decir la verdad asumiendo el riesgo de que nos tiren a los pozos vacíos de agua; en ellos nos haremos uno con el lodo y gritaremos a Dios que nos salve; y Él lo hará porque siempre escucha nuestras súplicas. Dios nos salva incluso de la muerte, rehaciendo nuestro cuerpo roto por el pecado y las dentelladas mortales del mal.

Estamos ciertamente rodeados de testigos, de Iglesias hermanas y sufrientes que están dando su sangre como lo hizo Cristo. Al día de hoy estoy pensando en la Iglesia martirial de Palestina, de otros países en el Oriente Medio (las Iglesias más antiguas), del Sahel, de Nicaragua… Somos la misma Iglesia, pero no lo parece cuando el fuego de Cristo descubre unas Iglesias occidentales dormidas e indiferentes a las injusticias; unas iglesias “remendonas” pero no “renovadoras ni reformadoras”; Iglesias con miedo y por ello con ansia de tranquilidad y relax, que son en el fondo una falsa paz.

Pero la verdad siempre prevalece, aunque sea poco a poco; el grito de Jeremías clama desde el pozo; es tiempo de elegir entre los que desean acallar para siempre su voz o los que se atreven a sacarlo del pozo. Es tiempo de sacar a los profetas de los pozos donde los arrojamos; de descubrir que existen, que siempre han existido, pero que tal vez las instituciones de este mundo (incluida la Iglesia) les ha cerrado la boca por miedo y falta de fe.El conflicto es necesario, pero no nos engañemos; es un conflicto hacia afuera, en la sociedad, no de sacristía, de “toreo de salón” o de “grupos estufa” que hablan y hablan sin llegar nunca a los compromisos concretos. Una fe que no se concreta en actos reales, visibles y valientes es una Iglesia miope y desnortada. Por ello es tan importante mirar a Cristo, que inicia y completa nuestra fe (Alfa y Omega) para seguir su estela, renunciando a los gozos inmediatos, a la autocomplacencia, a la búsqueda de la serenidad y la tranquilidad para soportar con él la cruz que la divina providencia nos tenga deparada. Es tiempo de resistencia hasta la sangre, de afianzarse en las raíces de la fe, de búsqueda de una espiritualidad más encarnada y radical (en el sentido de enraizada). Es tiempo de fuego, de lucha y de compromiso, de abrir nuevos caminos, de riesgo y de una aventura que nos convierta en “bienaventurados”. En realidad es un tiempo de crisis, de tocar fondo, de volver al barro del que venimos para que Dios nos rescate y nos envíe de nuevo como profetas del Reino.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del profeta Jeremías. (38, 4-6. 8-10)

En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: «Muera ese Jeremías,

porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a

todo el pueblo, con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien

del pueblo, sino su desgracia.» Respondió el rey Sedecías: «Ahí lo tenéis,

en vuestro poder: el rey no puede nada contra vosotros.» Ellos cogieron a

Jeremías y lo arrojaron en el aljibe de Malquías, príncipe real, en el patio

de la guardia, descolgándolo con sogas. En el aljibe no había agua, sino

lodo, y Jeremías se hundió en el lodo. Ebedmelek salió del palacio y habló

al rey: «Mi rey y señor, esos hombres han tratado inicuamente al profeta

Jeremías, arrojándolo al aljibe, donde morirá de hambre, porque no

queda pan en la ciudad.» Entonces el rey ordenó a Ebedmelek, el cusita:

«Toma tres hombres a tu mando, y sacad al profeta Jeremías del aljibe,

antes de que muera.»

Salmo responsorial 39

Señor, date prisa en socorrerme.

Yo esperaba con ansia al Señor;

él se inclinó y escuchó mi grito. R.

Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa;

afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos. R.

Me puso en la boca un cántico nuevo,

un himno a nuestro Dios.

Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos

y confiaron en el Señor. R.

Yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor se cuida de mí;

tú eres mi auxilio y mi liberación: Dios mío, no tardes. R.

Lectura de la carta a los hebreos (12, 1-4)

Hermanos: Una nube ingente de testigos nos rodea: por tanto,

quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la

carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y

completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó

la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del

trono de Dios. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y

no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre

en vuestra pelea contra el pecado.

Evangelio de Lucas 12, 49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego

en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un

bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido

a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco

estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el

padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la

hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la

suegra.»

Acción de gracias

Los lodazales de la historia están llenos de profetas malheridos

que claman como figuras de arcilla en este belén viviente, que es la vida.

Pero hoy el mundo está ciego y sordo y sólo acepta figuritas inmóviles,

reducidas a un modelismo de salón

que convierte la vida en mera decoración estéril;

arte amordazado al que desnudaron de la verdad

para que sólo entretenga sin sugerir nada.

Así, mutilan el pensamiento y cortan las alas del alma

para que la grey no sueñe con otros prados.

Ya no se escucha la voz de los profetas en las calles,

sólo vacíos discursos de charlatanes de diseño,

hijos de una red que lograron infiltrar en cada hogar.

Al son de una renacida flauta mágica

anestesian la conciencia y entumecen nuestras manos y pies

para que nadie se atreva a cruzar las fronteras que alguien,

que no fue Dios, trazó sin permiso en nuestras tierras.

No hemos llegado hasta la sangre en esta lucha sin cuartel

a favor de la verdad, aunque haga daño

y de la justicia social, aunque descorra la cortina de la mentira,

destapando las excusas en las que vivimos atrincherados,

en esta lenta y dulce decadencia de lo que una vez fue

nuestra conciencia.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57