Nos encontramos este domingo con la imperiosa necesidad de proclamar un mensaje contra corriente: la catolicidad o universalidad de la fe. No lo hacemos movidos por ninguna ideología, ya sea política o teológica, sino por pura fidelidad a la Palabra de Dios y a la verdad que, a poco que busquemos dentro de nosotros, seremos capaces de reconocer: la de que todos los seres humanos somos hijos de Dios y por lo tanto debemos gozar de un mismo reconocimiento en nuestra dignidad, independientemente de las circunstancias que adornen nuestras existencias.
Es cierto que muchas veces, estas circunstancias (raza, religión, cultura, condición sexual, historial moral… etc) pueden condicionarnos de tal manera que haga difícil a la cultura predominante el reconocimiento de la dignidad de los “diferentes”. Todos hemos de reconocer que, desde la comodidad de un modelo cultural mayoritario en el que todos parecemos más o menos iguales, la presencia de personas diferentes que rompen nuestras costumbres puede provocarnos malestar cuando pasan del exotismo de unos pocos “tolerables” a la inquietud de un número lo suficientemente numeroso como para constituirse una micro cultura dentro de la nuestra, vista a veces como una especie de “caballo de Troya”. Esto se agudiza cuando estos grupos “minoritarios”, crecen demográficamente, confrontando y “amenazando” la cultura dominante a través de sus propios valores culturales.
Hay que reconocer sinceramente, que el reto de la emigración es de dimensiones colosales y de consecuencias todavía desconocidas. Nunca en la historia de la humanidad este fenómeno se había presentado con el carácter globalizador y universal que tiene hoy. Siempre ha habido movimientos migratorios, unas veces lentos y más o menos pacíficos y otras rápidos y violentos. No hay más que echar un vistazo a la historia, también a la historia sagrada, para descubrir estos “encuentros” interculturales que generalmente terminaban con la supresión o expulsión de la cultura que perdía la batalla y su sustitución por la invasora.
Hasta no hace mucho tiempo, las culturas eran prácticamente compartimentos estancos. Desde esta realidad “multicultural” en la que cada pueblo, colectivo, raza o religión ocupaba un espacio determinado, era fácil dar soluciones a los problemas que pudieran surgir, pues la posibilidad de otras visiones era prácticamente nula. Es lo que Jesús hizo cuando se encontró con la mujer cananea; simplemente reacciona desde los patrones de su cultura, sin atribuir a dichos patrones ninguna dimensión moral, ni tan siquiera espiritual. Simplemente Jesús había sido educado con las herramientas culturales y religiosas de su pueblo y ante un problema, reacciona de forma automática: “no está bien echar a los perros el pan de los hijos”.Pero he aquí que sucede algo inesperado y peculiar; a la mujer cananea no parece importarle el desprecio de ese maestro judío al que ella reclama la salud de su hija sin importarle su raza o religión. De alguna forma lo espera; ella hubiera hecho probablemente lo mismo, aunque la urgencia de su caso le hace darle la vuelta al problema para que su solicitud sea atendida:
“también los perrillos se comen el pan que cae de la mesa de lo amos”. Jesús se queda sin argumentos y profundamente conmovido por este derroche de humildad y de fe, valores difíciles de encontrar en el encorsetado universo cultural del judaísmo de su época.
Esta forma de actuar era muy minoritaria, pero no extraña a la Revelación, como el profeta Isaías o algunos salmistas habían puesto de manifiesto en el Antiguo Testamento. Ciertamente, estas “excepciones” que reconocían la fe de los extranjeros no eran ajenas a la tradición de Jesús.
Que ocuparan un lugar minoritario y estuvieran casi escondidas en el Antiguo Testamento no les resta valor ni legitimidad. Si este reconocimiento de la universalidad de la fe aparece pocas veces en el Antiguo Testamento es porque era una realidad social y religiosamente minoritaria; pero que fuera minoritaria no significa que debiera ser obviada o despreciada. Es más, la forma en la que la Verdad se abre paso siempre es desde lo pequeño e insignificante, como el grano de mostaza o la levadura en la masa.
La verdad no viene definida por una mayoría, sino por el valor intrínseco y real de lo que revela, independientemente de que sean muchos, pocos o incluso no haya nadie que la proclame. La multiculturalidad no contribuye al descubrimiento de la verdad, sino que la atomiza en “pequeños fragmentos” que cada uno vive a su modo desde su propio universo cerrado.
De esta forma, al vivir las civilizaciones apoyadas sólo en partes de la verdad y no estar interconectadas unas con otras, se produce una endogamia cultural que termina por atrofiar la sociedad, haciéndola débil y por tanto susceptible de ser conquistada por otro universo cultural más potente. Esta fortaleza cultural no tiene por qué estar apoyada en una fuerza física o militar; es más, generalmente el músculo militar es inversamente proporcional a la calidad de la cultura que defiende. Que sólo sirvan los razonamientos coercitivos para imponer la verdad sólo es signo de la fragilidad de esa verdad. De esta forma, pueblos débiles como el judío se han abierto paso en historia sin haber sido nunca una gran potencia militar. Tal vez por lo mismo, cuando han empezado a serlo han comenzado también a perder su credibilidad. De la misma forma, es curioso ver la estrategia de fuerza imperialista de los EEUU frente a la astucia económica de China.
Pero sin perdernos en cuestiones geopolíticas, hemos de quedarnos en este domingo con la gran lección que tanto el profeta Isaías como Jesús de Nazaret y el mismo san Pablo (nadie con unos antecedentes más nacionalista que él) nos dan. Todos ellos se dejan interpelar por la realidad sin dejarse aprisionar por sus universos culturales.Ahora bien, ello no significa que despreciaran los universos culturales y religiosos de los que procedían, ni mucho menos. No se trata de suprimir una cosa para cambiarla por otra completamente nueva, sino de dejarse enriquecer por la verdad que los otros aportan mediante un abrir de puertas desde la propia cultura para tratar de entender el universo cultural del diferente. Es decir, se trata de pasar de nuestros sistemas “multiculturales” en los que convivimos en una misma tierra sin relacionarnos, a los “interculturales”, en los que somos capaces de establecer relaciones y dejar que el Espíritu de Dios nos guíe por ellos.
Hay que señalar que, para no caer en la trampa del irenismo buenista, la única forma de relacionarme con otro universo cultural es siempre desde el ahondamiento en el propio. Desconocer la propia cultura con toda su riqueza nos incapacita para establecer un contacto auténtico con otras culturas, pues sólo desde el ahondamiento en nuestra propia tradición seremos capaces de valorar las demás tradiciones. Esto puedo parecer una paradoja, pero los que alguna vez hemos sido extranjeros muchos años en otro país y hemos tenido que subsistir en otra cultura lo sabemos bien. No se trata, por tanto, de perder la identidad o de rendirla a otra, sino de enriquecernos desde la nuestra ahondando en lo que somos, nos guste más o menos.
Que Dios se haga hombre no resta nada a su naturaleza divina.
Ciertamente se vacía y se pliega a la realidad humana para asumirla total y completamente, pero sin ceder un ápice de su condición divina. Así, Jesús es capaz al mismo tiempo de relacionarse con una cananea desde su condición de judío para desde ese mismo judaísmo reconocer la enorme fe de alguien de otra raza y religión, movida por sentimientos universales válidos para cualquier persona: en este caso, la del bien de su hija enferma.
Descubrimos así unos comunes denominadores desde los que relacionarnos inter culturalmente sin poner en peligro nuestra cultura ni amenazar las otras. Es más, el verdadero encuentro intercultural exige, en primer lugar, un mayor conocimiento de nuestra propia tradición.
Otra cosa es si estamos dispuestos a ahondar en nuestra propia tradición cultural o más bien le damos la espalda, entregándonos así a una especie de nihilismo cultural que lógicamente nos debilita e incapacita para un verdadero encuentro con otras civilizaciones, tal vez menos desarrolladas que la nuestra en algunos aspectos como el técnicos o el políticos, pero sin duda más arraigadas que nosotros en otros valores tales como el sentido del sacrificio, el respeto a los mayores, la hospitalidad, la generosidad, la disciplina, el respeto a la vida… etc. Esta será una batalla que a largo plazo perderemos, sin duda, por incomparecencia.Jesús de Nazaret se dejó interpelar por el Espíritu Santo a través de una mujer Cananea. Sin dar la espalda a su cultura fue capaz de abrir el objetivo y descubrir que Dios puede sacar hijos de las piedras. ¿No es así como nosotros nos consideramos también hijos de Dios a pesar de ser paganos para los judíos? El día en que dejemos de mirar a los demás por el color de su piel, su religión o cualquier otro aspecto externo y seamos capaces de mirar primero su dignidad en cuanto seres humanos, criaturas creadas y amadas por Dios como lo podemos ser nosotros, habremos dado el primer paso para vivir una verdadera catolicidad, es decir, el primer paso para construir una religión universal que no globalizadora; una religión que no cae en el buenismo y sabe discernir lo bueno de lo malo sin entregarse a la tiranía de las mayorías, pero que al mismo tiempo reconoce en la pluralidad de las razas, culturas y religiones un signo de la esa maravillosa unidad trinitaria a cuya imagen y semejanza hemos sido creados los seres humanos: todos uno en nuestra propia personalidad; una unidad diversa y una diversidad única.
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