“Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Con esta frase, a veces tomamos conciencia de lo absurdo de la vida. En los malos momentos es normal que todo carezca de sentido; pero incluso hay momentos felices en los que, de repente, sin saber cómo, nos asalta un profundo pesar; en esos momentos tomamos conciencia que todo es pasajero y que el esfuerzo que muchas veces hacemos por lograr algo está abocado a desaparecer más pronto o más tarde. La alegría que proporciona este mundo tiene fecha de caducidad y por ello nuestro corazón no puede más que preguntarse si, en realidad, tantas fatigas y esfuerzos merecen realmente la pena. Esta es la experiencia que recoge la Biblia en el libro del Eclesiastés, un libro para “pasotas” que nos sitúa frente al precipicio del pesimismo.
Pero para el ser humano que cree, este mundo no lo es todo; la esperanza de todo hombre y mujer de fe no se pone exclusivamente en las cosas de este mundo, sino en aquello que apunta a la eternidad. Es el sentido del Bautismo que se nos describe en el final de la carta a los Colosenses. San Pablo nos invita a buscar los bienes “de arriba”, no los de aquí abajo. Si no superamos al hombre viejo que nos apega a las cosas materiales de este mundo, será el mismo proceso natural de la vida el que nos recuerde nuestra condición de seres mortales. “Recuerda que eres mortal”, le repetía el esclavo que le mantenía la corona al general romano cuando entraba triunfal, aclamado por una multitud en la ciudad eterna de Roma. Nosotros somos ese pequeño general paseado en un carro de madera con una corona de oro en la cabeza, mientras que Dios, que se hace esclavo, nos repite lo mismo: “recuerda que eres mortal”. Este recordar supone aceptar la realidad, abrir los ojos y no dejarse deslumbrar por los espejismos de este mundo, por muy hermosos que puedan parecer.
El hombre nuevo no es aquel que renuncia a lo terreno por estoicismo o deseo de simple mortificación, sino el que lo hace porque ha encontrado algo mucho mejor; el que renuncia a la vieja condición humana no es un masoquista que da la espalda a este mundo, sino el que lo pone en su lugar. Renunciamos a la fornicación, pero no al amor expresado ordenadamente en la sexualidad; renunciamos a la impureza pero no a la amistad clara y limpia; renunciamos a la pasión desenfrenada e irracional, pero no a la fe viva y pura que nos habita; renunciamos a la codicia, pero no al uso necesario de los bienes de este mundo para nuestra subsistencia y la de los demás; renunciamos a la avaricia, pero no a los dones y carismas que se nos dan para compartir con nuestros semejantes; renunciamos a la idolatría, pero no a la alegría de adorar a Dios en el prójimo, o a través del arte o la naturaleza.
No hay nada más humano que el evangelio; por ello mismo se nos recuerda en él que todo lo que envuelve este mundo no es esencial a él, sino un mero adjetivo. No es que Jesucristo diera la espalda a las cosas cotidianas, pero Él no recibió ninguna misión ni nombramiento para cosas tan triviales, por mucho que el hombre las haya hecho importantes.
Por eso, cuando a Jesús se le plantea un problema tan habitual como el de la herencia entre hermanos, reacciona de forma enérgica: no es su misión; no ha venido al mundo para ser juez entre los hombres sino el abogado que nos libre de la tiranía del mal. Por decirlo de alguna manera, Jesús no ha venido para perder el tiempo en esas cosas. Si hay dos hermanos que son capaces de romper su hermandad por dinero no es su misión poner paz donde dos han decidido que haya guerra, sino tratar de persuadir a ambos de lo ridículo e inútil que supone iniciar una guerra por cosas tan pasajeras como el dinero.
Como siempre, la parábola explica de forma mucho más evidente el mensaje que Jesús quiere trasmitir. Las personas nos sentimos tranquilas y felices cuando creemos tener todo lo necesario para vivir, pero nos olvidamos de lo esencial; y lo esencial es que de nada sirve lo que se tiene si nos falta la vida. Las cosas de este mundo no son nuestras dueñas, sino meras herramientas que unas veces vienen y otras se van.
El Señor de la vida es Dios; sólo Él es la fuente de la verdadera felicidad.
Lo demás, sin ser malo, no es más que un medio, una herramienta, un canal. ¿Qué nos llevaríamos a la eternidad si esta noche se nos pidiera la vida? ¿Qué cosas empiezan a ser realmente importantes cuando se sabe que nos quedan unas pocas horas? La respuesta a ello es la verdad de nuestro existir; por todo lo demás no merece la pena sufrir o llorar.
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