Dicen que las cosas buenas siempre son caras, pero que lo mejor de lo mejor siempre es gratuito: la amistad, el beso de una madre, el abrazo del amigo, el aire, la luz, el mar, la belleza de la naturaleza… etc. ¿Por qué invertimos tantas energías y tanto esfuerzo en conseguir cosas que en el fondo nunca terminan de hartarnos? Si examinamos nuestra vida cotidiana nos daremos cuenta que la mayoría de nuestros quebraderos de cabeza vienen provocados por cosas que realmente no nos hacen felices; no es que sean cosas malas, al contrario, son buenas, pero por ello mismo también son caras, difíciles de adquirir y de mantener. Para más inri, además de caras, las cosas buenas nos exigen una cantidad de energía y un esfuerzo tal que terminan por robarnos el tiempo, la energía y, a veces, hasta la alegría.
¿Merece realmente la pena tanto esfuerzo para lograr tal o cual deseo? ¿No estaremos derrochando lo mejor de nuestras vidas en algo que no es un verdadero tesoro? ¿No estaremos confundiendo lo bueno con lo mejor?
Isaías nos hace una invitación absolutamente revolucionaria en los tiempos que vivimos, en donde todo tiene un precio; Somos convocados a beber y comer de balde, a disfrutar de los dones gratuitos de la vida que Dios nos da sin poner condiciones, porque el amor, cuando es amor de verdad, siempre es incondicional. Hoy día pagamos por todo: la cuota del teléfono móvil del que nos hacemos esclavos, la tarifa de internet sin el que nos sentiríamos desconectados del mundo, la factura de la luz con la que alimentamos las pantallas de nuestros televisores… vivimos en un mundo virtual, traicionados por nuestros anhelos y condenados a nadar en un pozo de soledad, sufrimiento y quebraderos de cabeza sin que sepamos salir de él.
¿Nos pasaría lo mismo si invirtiéramos la vida en la lucha por la justicia, por construir la paz, por promover un ecologismo que honre a Dios a través del mundo o simplemente por sembrar caridad en nuestras relaciones? Todas estas cosas son gratis, pero nos ayudan a vivir en la realidad y, sobre todo, nos proponen unos sueños y anhelos que lejos de generar tensión o ansiedad, nos ayudan a vivir en la esperanza y en la alegría.
La gente que seguía a Jesús comprendía muy bien que éste era el camino. En el evangelio vemos a una masa anónima, inoportuna y poco respetuosa con la tristeza y la privacidad de Jesús tras la muerte de Juan Bautista. A la gente que seguía a Jesús no le importaba ser inoportuna; el pobre y necesitado suele serlo; no teme molestar; de alguna forma los pobres se han acostumbrado a ser molestos porque deben serlo para sobrevivir. Por otro lado, quien conoce a Jesús sabe que es alguien que nunca rechaza a nadie; su compasión y misericordia están siempre supeditadas a sus propias necesidades. Jesús no vive para sí, sino para Dios a través de sus criaturas.
Jesús no da nada que no sea gratis, que no sea él mismo; Jesús vive absolutamente “extasiado”, es decir, fuera de sí mismo, expuesto al mundo al que ha sido enviado; su centro es el Padre y el Reino, no él y, por ello mismo el acceso a Cristo siempre es gratuito, incondicionado y fácil, como el acceso a cualquier pobre, como el acceso al verdadero amigo, a la madre o al padre que viven para sus hijos.
Jesús se da a sí mismo y pide que no despidan a la gente. En el “dadles vosotros de comer” hay una invitación a hacer propio todo acto de caridad.
La caridad no consiste en algo externo al corazón, sino en algo íntimo. El que ama no da nada que no sea a sí mismo. En los insignificantes cinco panes y dos peces hay mucho alimento porque está el corazón y la vida de aquellos que los ofrecen. No son ofrendas “en pago” por nada. sino el símbolo y la prolongación de la donación de la propia vida y del propio ser.
Siempre se ha visto en el “milagro” de la multiplicación de los panes y los peces una vinculación con la Eucaristía, porque la Eucaristía no puede ser reducida a un acto litúrgico al margen de la vida. Caridad y liturgia, justicia y culto deberían ser caras de la misma moneda; separarlas es convertir la religión en hipocresía; de ahí la importancia que tiene entender cualquier actividad social como parte de la vida de fe, no sólo como un compromiso social aislado de la totalidad de nuestra vida y mucho menos motivado por una ideología y no por una experiencia de fe. Cristo cura y alimenta al mismo tiempo, sin que sea posible en su persona diferenciar lo uno de lo otro.
Los panes y los peces son ofrecidos por el pueblo, pero sólo tras pasar por las manos de Cristo. Es decir, únicamente ofrecidos como prolongación de su propio cuerpo y de su propia sangre pueden llegar a saciar el hambre y la sed de las multitudes necesitadas. Debemos poner en las manos de Cristo nuestros peces y nuestros panes para que Él los multiplique en las nuestras y de esta manera poder saciar tanta sed de justicia y de paz, tanta hambre de caridad y de esperanza. Nada nos puede separar de este Cristo que se da a sí mismo. Nada puede quebrantar esta donación eterna que se hace presente en cada Eucaristía que nos impulsa al amor fraterno, especialmente cuando se orienta a los más pobres, o a cada acto de caridad y de justicia social que nos mueve a celebrar la vida en comunidad con el maravilloso sacramento de la Eucaristía.
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