Homilías

Domingo XVII del tiempo ordinario (Ciclo C)

Homilía del Domingo XVII del tiempo ordinario (Ciclo C)

Evangelio: Lucas 11, 1-13

Ya desde el comienzo de la Biblia los primeros creyentes logran romper con las aterradoras imágenes de los dioses de la antigüedad; dioses todopoderosos y crueles a los que se debía tener satisfechos para evitar su ira; dioses tiranos y violentos al lado de los ejércitos; dioses a los que más que fe o respeto se les tenía miedo. Abraham es el padre de la fe no sólo porque es el primero en creer en un único Dios, sino porque nos enseña a relacionarnos con él de una manera madura. El pasaje del Génesis en donde Abraham, humildemente, suplica a Dios por la salvación de las ciudades pecadoras de Sodoma y Gomorra sería una osadía contra cualquiera de las imágenes falsas de Dios. Pero Abraham sabe que Dios es misericordioso, que su voluntad no es rígida e inflexible, que Él es Padre dispuesto a perdonar, a corregir, a enmendar, a construir sobre lo bueno, aunque sea poco, en lugar de arrasarlo todo por capricho o venganza.

Podemos estar seguros que cuando pedimos a Dios, Él nos escucha siempre, antes incluso de abrir la boca. A veces nuestras visiones torcidas de Dios nos llevan a creer que si nuestros deseos y peticiones no se cumplen es porque Dios ha decidido no hacernos caso; algo así como si Dios tuviera la llave que abre o cierra la realización de nuestros deseos.

Esa idea es propia de las creencias en los falsos dioses que trata de combatir el Antiguo Testamento. Esta forma de creer, en la actualidad, lleva inevitablemente o a la increencia, cuando lo que pedimos no se cumple, o a la prepotencia y al uso caprichoso de lo religioso, cuando nuestros deseos se ven satisfechos. La cosa no es tan fácil y por ello san Pablo nos invita a crucificar con Cristo esta falsa forma de relacionarnos con Dios.

El pasaje del Evangelio nos desvela cómo deben ser nuestras súplicas a Dios. Es un pasaje que se abre con la petición de los discípulos:

“Señor, enséñanos a orar”. No es solo la petición de aquellos hombres y mujeres, sino la nuestra. No sabemos orar ni sabemos pedir. Nuestras oraciones nos llevan a la nada, pero cuando nos fijamos realmente en Jesús nos damos cuenta que él reza de una forma diferente. La oración que nos enseña Jesús es simple, repleta de palabras sencillas y de peticiones fáciles de entender: comienza por una invocación que rompe con la imagen del Dios distante y terrible al llamarle “Abba”, es decir, “papá”. Prosigue con una serie de deseos formulados en voz alta:

“santificado sea tu nombre… venga tu reino, hágase tu voluntad, danos hoy nuestro alimento, perdona nuestras deudas, no nos dejes caer en la tentación… etc… Pedir se convierte así no en la súplica del esclavo al dueño, sino en un compartir de sueños de un hijo con su padre.

Pedir no es mendigar. Dios no quiere que nuestra religión sea una relación asimétrica y vertical, de esclavo a dueño, sino horizontal, como de un hijo a su padre o de un amigo a otro. Hay cosas que los padres no pueden dar a los hijos; unas veces porque los hijos no están maduros para recibirlas o no son conscientes de lo que piden y otras, sencillamente, porque no está al alcance del padre concederlas sin quebrantar la libertad de sus hijos o las reglas del juego que él mismo se ha dado con los suyos.

Orar no es pedir cuando me hace falta algo, sino también dar gracias cuando ya lo tengo. Orar es también adorar. Jesús no se obsesiona por enseñar a orar; de hecho, la petición no parte de él, sino de los discípulos.

Jesús muestra, eso sí, su oración en silencio, con su vida y con su ejemplo y así despierta la curiosidad de los suyos. Cuando enseña a orar lo hace con ejemplos; nos invita a no cansarnos de pedir, a no cejar en nuestro empeño. A veces, a base de repetir las cosas, nos damos cuenta de que no las estamos haciendo bien; así nos perfeccionamos. La repetición de las cosas nos hace más diestros y la constancia nos ayuda a ser más coherentes y auténticos. Por eso Dios se hace de rogar y, aunque es amigo y padre, a veces pone obstáculos: “es tarde y los míos duermen…”; “ven mañana…” La persona sin fe se rinde, pero no el amigo que sabe que, aunque sea por su incordio, no se irá con las manos vacías.

Así es nuestro Dios.

Por último, lo que Dios nos concede no son piedras a cambio de pan ni escorpiones a cambio de huevos. Dios nos da su Espíritu santo. Sin duda, algunos quedarán defraudados con ese don porque pedir bien no es fácil y quien no pide bien no sabe agradecer lo que recibe. Pedimos a Dios que se elimine el hambre del mundo, pero seguimos tirando comida a la basura; pedimos que se regenere el medio ambiente, pero seguimos contaminando usando el coche de forma innecesaria o abusando del aire acondicionado; pedimos que se acaben las guerras, pero seguimos votando a políticos que las promueven, apoyan o generan; pedimos que haya justicia en el mundo, pero luego somos injustos con los que viven bajo nuestro techo. Pedimos dinero y derrochamos el que tenemos; pedimos salud y malgastamos la nuestra con comidas basura y una vida insana; pedimos fe, pero sólo queremos a Dios para que nos saque las castañas del fuego. Pedimos mal; muy mal, porque pedimos sólo con la boca y no con el corazón ni desde la vida. Por eso lo único que Dios puede darnos para solucionar nuestra ceguera es el Espíritu santo. Él nos iluminará para que veamos con claridad; nos dará constancia para pedir con fe, sabiendo que siempre que llamemos se nos abrirá y siempre que pidamos se nos dará.

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Para la celebración

Lecturas

Lectura del libro del Génesis (18, 20-32)

En aquellos días, el Señor dijo: «La acusación contra Sodoma y Gomorra

es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus

acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré.»

Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor

seguía en compañía de Abrahán.

Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios: «¿Es que vas a destruir al

inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los

destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay

en él? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de

modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El

juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?»

El Señor contestó: «Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta

inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos.»

Abrahán respondió: «Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo

y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes,

¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?»

Respondió el Señor: «No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y

cinco.»

Abrahán insistió: «Quizá no se encuentren más que cuarenta.»

Le respondió: «En atención a los cuarenta, no lo haré.»

Abrahán siguió: «Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se

encuentran treinta?»

Él respondió: «No lo haré, si encuentro allí treinta.»

Insistió Abrahán: «Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se

encuentran sólo veinte?»

Respondió el Señor: «En atención a los veinte, no la destruiré.»

Abrahán continuo: «Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y

si se encuentran diez?»

Contestó el Señor: «En atención a los diez, no la destruiré.»

Salmo responsorial 137

Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón;

delante de los ángeles tañeré para ti,

me postraré hacia tu santuario. R.

Daré gracias a tu nombre,

por tu misericordia y tu lealtad.

Cuando te invoqué, me escuchaste,

acreciste el valor en mi alma. R.

El Señor es sublime, se fija en el humilde,

y de lejos conoce al soberbio.

Cuando camino entre peligros, me conservas la vida;

extiendes tu brazo contra la ira de mi enemigo. R.

Y tu derecha me salva.

El Señor completará sus favores conmigo:

Señor, tu misericordia es eterna,

no abandones la obra de tus manos. R.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los colosenses (2, 12-14)

Hermanos: Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo, y habéis

resucitado con él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo

resucitó de entre los muertos.

Estabais muertos por vuestros pecados, porque no estabais

circuncidados; pero Dios os dio vida en él, perdonándoos todos los

pecados.

Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario

a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz.

Evangelio de Lucas 11, 1-13

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno

de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a

sus discípulos.»

Él les dijo: «Cuando oréis decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga

tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros

pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe

algo, y no nos dejes caer en la tentación.»»

Y les dijo: «Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la

medianoche para decirle: «Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis

amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.»

Y, desde dentro, el otro le responde: «No me molestes; la puerta está

cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para

dártelos.»

Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por

ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará

cuanto necesite.

Pues así os digo a vosotros:

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien

pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre.

¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra?

¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le

dará un escorpión?

Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros

hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los

que se lo piden?»

Acción de gracias

Quien se cansa de pedir

es que realmente no necesita.

Lo bueno nunca harta;

el don siempre se hace de rogar,

porque así fortalece la fe del suplicante,

endurece sus rodillas,

esponja su corazón,

aquilata su inteligencia

y fortalece su voluntad.

¡Qué ingrato es pedir el pan de cada día

sin agradecer el que se recibió ayer!

No nos cansemos de llamar,

Pero tampoco de abrir al amigo.

No nos cansemos de suplicar,

pero tampoco de compartir con quien necesite.

Pidamos sin descanso a un Dios

que, más que darnos cosas,

se nos da Él mismo hasta el extremo.

¿Necesitas ayuda?

Acude al Centro Social (subida San Diego, 2) o llama al teléfono de la parroquia:

968 50 02 57