Ya desde el comienzo de la Biblia los primeros creyentes logran romper con las aterradoras imágenes de los dioses de la antigüedad; dioses todopoderosos y crueles a los que se debía tener satisfechos para evitar su ira; dioses tiranos y violentos al lado de los ejércitos; dioses a los que más que fe o respeto se les tenía miedo. Abraham es el padre de la fe no sólo porque es el primero en creer en un único Dios, sino porque nos enseña a relacionarnos con él de una manera madura. El pasaje del Génesis en donde Abraham, humildemente, suplica a Dios por la salvación de las ciudades pecadoras de Sodoma y Gomorra sería una osadía contra cualquiera de las imágenes falsas de Dios. Pero Abraham sabe que Dios es misericordioso, que su voluntad no es rígida e inflexible, que Él es Padre dispuesto a perdonar, a corregir, a enmendar, a construir sobre lo bueno, aunque sea poco, en lugar de arrasarlo todo por capricho o venganza.
Podemos estar seguros que cuando pedimos a Dios, Él nos escucha siempre, antes incluso de abrir la boca. A veces nuestras visiones torcidas de Dios nos llevan a creer que si nuestros deseos y peticiones no se cumplen es porque Dios ha decidido no hacernos caso; algo así como si Dios tuviera la llave que abre o cierra la realización de nuestros deseos.
Esa idea es propia de las creencias en los falsos dioses que trata de combatir el Antiguo Testamento. Esta forma de creer, en la actualidad, lleva inevitablemente o a la increencia, cuando lo que pedimos no se cumple, o a la prepotencia y al uso caprichoso de lo religioso, cuando nuestros deseos se ven satisfechos. La cosa no es tan fácil y por ello san Pablo nos invita a crucificar con Cristo esta falsa forma de relacionarnos con Dios.
El pasaje del Evangelio nos desvela cómo deben ser nuestras súplicas a Dios. Es un pasaje que se abre con la petición de los discípulos:
“Señor, enséñanos a orar”. No es solo la petición de aquellos hombres y mujeres, sino la nuestra. No sabemos orar ni sabemos pedir. Nuestras oraciones nos llevan a la nada, pero cuando nos fijamos realmente en Jesús nos damos cuenta que él reza de una forma diferente. La oración que nos enseña Jesús es simple, repleta de palabras sencillas y de peticiones fáciles de entender: comienza por una invocación que rompe con la imagen del Dios distante y terrible al llamarle “Abba”, es decir, “papá”. Prosigue con una serie de deseos formulados en voz alta:
“santificado sea tu nombre… venga tu reino, hágase tu voluntad, danos hoy nuestro alimento, perdona nuestras deudas, no nos dejes caer en la tentación… etc… Pedir se convierte así no en la súplica del esclavo al dueño, sino en un compartir de sueños de un hijo con su padre.
Pedir no es mendigar. Dios no quiere que nuestra religión sea una relación asimétrica y vertical, de esclavo a dueño, sino horizontal, como de un hijo a su padre o de un amigo a otro. Hay cosas que los padres no pueden dar a los hijos; unas veces porque los hijos no están maduros para recibirlas o no son conscientes de lo que piden y otras, sencillamente, porque no está al alcance del padre concederlas sin quebrantar la libertad de sus hijos o las reglas del juego que él mismo se ha dado con los suyos.
Orar no es pedir cuando me hace falta algo, sino también dar gracias cuando ya lo tengo. Orar es también adorar. Jesús no se obsesiona por enseñar a orar; de hecho, la petición no parte de él, sino de los discípulos.
Jesús muestra, eso sí, su oración en silencio, con su vida y con su ejemplo y así despierta la curiosidad de los suyos. Cuando enseña a orar lo hace con ejemplos; nos invita a no cansarnos de pedir, a no cejar en nuestro empeño. A veces, a base de repetir las cosas, nos damos cuenta de que no las estamos haciendo bien; así nos perfeccionamos. La repetición de las cosas nos hace más diestros y la constancia nos ayuda a ser más coherentes y auténticos. Por eso Dios se hace de rogar y, aunque es amigo y padre, a veces pone obstáculos: “es tarde y los míos duermen…”; “ven mañana…” La persona sin fe se rinde, pero no el amigo que sabe que, aunque sea por su incordio, no se irá con las manos vacías.
Así es nuestro Dios.
Por último, lo que Dios nos concede no son piedras a cambio de pan ni escorpiones a cambio de huevos. Dios nos da su Espíritu santo. Sin duda, algunos quedarán defraudados con ese don porque pedir bien no es fácil y quien no pide bien no sabe agradecer lo que recibe. Pedimos a Dios que se elimine el hambre del mundo, pero seguimos tirando comida a la basura; pedimos que se regenere el medio ambiente, pero seguimos contaminando usando el coche de forma innecesaria o abusando del aire acondicionado; pedimos que se acaben las guerras, pero seguimos votando a políticos que las promueven, apoyan o generan; pedimos que haya justicia en el mundo, pero luego somos injustos con los que viven bajo nuestro techo. Pedimos dinero y derrochamos el que tenemos; pedimos salud y malgastamos la nuestra con comidas basura y una vida insana; pedimos fe, pero sólo queremos a Dios para que nos saque las castañas del fuego. Pedimos mal; muy mal, porque pedimos sólo con la boca y no con el corazón ni desde la vida. Por eso lo único que Dios puede darnos para solucionar nuestra ceguera es el Espíritu santo. Él nos iluminará para que veamos con claridad; nos dará constancia para pedir con fe, sabiendo que siempre que llamemos se nos abrirá y siempre que pidamos se nos dará.
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