Si se nos concediera un deseo como a Aladino en el cuento de las mil y una noches o Al rey Salomón, según nos cuenta el libro primero de los reyes, ¿Qué deseo pediríamos? El ser humano está lleno de anhelos, sueños, deseos y aspiraciones. Salomón, al contrario que Aladino, lo tenía prácticamente todo: juventud, riqueza, poder… pero se da cuenta de que le falta la llave maestra que le permitiera utilizar todos esos dones de forma correcta: le falta la sabiduría y el discernimiento para elegir entre lo bueno y lo malo. Salomón hace una opción por la sabiduría porque entiende que de nada sirve tenerlo todo si no se sabe usar bien lo que se tiene. En realidad, la ignorancia es unos de los peores males en nuestro mundo; a veces lo que no falta son las fuerzas, ni los recursos, ni la capacidad o voluntad, sino la sensatez y la sabiduría para armonizar todos los dones, carismas y gracias de que se dispone.
Elegir bien es muy importante en la vida. Si no elegimos bien podemos hacer y hacernos mucho daño. Salomón eligió la sabiduría; pero, y Dios, ¿qué elige Dios? Dios nos elige a nosotros; somos el tesoro escondido de Dios, la perla por la que vende (se desprende) de todas sus demás perlas, entre ellas su poder, su gloria y omnisciencia, para poder tenernos. Dios se desprende de todo, incluso de sí mismo, para poder ganarnos. Esta elección de Dios nos la describe Pablo en la carta a los romanos en cuatro tiempos bien marcados:
Dios “elige”, “llama”, “santifica” y “glorifica”. Es decir, Dios hace una opción al crearnos: nos elige a cada uno de nosotros y nos llama por nuestro nombre; nos da un nombre para que seamos suyos y ante nuestra pobreza y debilidad nos concede su santidad para revestirnos de su gloria y así no perdernos por causa de la locura de nuestros pecados. Dios se vacía a sí mismo para llenarnos de divinidad.
Como el ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios, también nosotros llevamos impresa en nuestras almas esta fuerza dinámica y creativa divina. También nosotros estamos llamados a optar, a elegir. Dios nos muestra en Jesucristo aquello que quiere que elijamos; Dios quiere que le elijamos a Él, quiere ser amado como Él ama; me atrevería a decir que necesita ser amado como Él ama. Dios nos busca, nos seduce, nos llama; a veces hasta nos persigue insistentemente con tal de no perdernos. Es terco en su opción y constante en sus decisiones, porque su amor es tan grande que nunca se da por vencido.
Como criaturas hechas a su imagen y semejanza, nuestra felicidad reside en hacer vida en nosotros esta corriente amorosa de Dios. Teniendo en cuenta las parábolas del evangelio de hoy, podemos resumir en tres momentos el proceso al que estamos llamados: 1. Descubrir el tesoro: supone mirar con profundidad, despacio, sin prisa; no pasar de largo con la vista perdida por tantas distracciones, sino estar atentos a lo cotidiano; mirar el suelo que pisamos y aún debajo de él, porque tal vez en donde menos imaginamos hay un tesoro esperándonos. 2. Vender lo que se tiene: el desprendimiento es la llave de la pobreza espiritual, pero de nada sirve sin la experiencia previa del descubrimiento y sin la posterior de la opción. El desprendimiento siempre tiene una connotación negativa que sólo es dotada de sentido cuando se llena de la positividad de la opción buscada. 3. Elegir: discernir es algo fundamental en la vida para no perdernos en las redes de este mundo. Para elegir hay que tener sabiduría, pues sin ella no sabríamos cómo discernir entre lo bueno y lo malo o entre lo bueno y lo mejor; e incluso entre lo malo y menos malo; también hay que tener voluntad para desprenderse del mal para elegir el bien e incluso para ser capaz de desprenderse de lo bueno para lograr lo mejor… Elegir no es fácil; supone un equilibrio entre la inteligencia y la fortaleza. Toda elección es una dinámica que no muere en un momento, sino que ha de hacerse realidad cada día y a cada instante.
Las decisiones se pueden tomar en un momento, pero hay que aprender a mantenerlas durante toda la vida.
Pidamos a Dios Sabiduría, como Salomón, pero también fortaleza para optar por el Reino de Dios y su justicia, aún teniendo que vender todo lo que tenemos para lograrlo. Elegir siempre implica desprendimiento, pues ya sabemos que no se puede tener todo. Ahora bien, no podemos considerar cualquier renuncia sólo como algo negativo, pues lo que tiene de pérdida queda sobradamente compensando con la alegría de aquello por lo que se opta; de ahí que elegir bien sea crucial para no convertir la vida en un cúmulo de decisiones erradas que nos encadenan al pasado en lugar de abrirnos a un futuro esperanzado.
¿De qué estás dispuesto a desprenderte para hacer realidad tus sueños?
¿Qué eres capaz de dejar atrás para abrir tu vida a un mañana nuevo? Si no te has cuestionado estas preguntas, tal vez sea el momento para preguntarte con sinceridad si tu vida no se estará tan apegada a las muchas cosas de este mundo que realmente no tienen valor incapacitándose así para descubrir y valorar los tesoros y perlas escondidas a la espera de que las encontremos.
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